Don mario 2da parte La mamada record
ROMPIENDO MIS LIMOTES ORALES SUCUMBI A COMPLACER A TREMENDO SEMENTAL.
Después de esa primera tarde en el rancho de don Mario todo cambió. Ese día me cogió como tres veces más: una en la camioneta, otra en su cama y la última en la ducha. Salí de ahí con el culo lleno de leche, las piernas temblando y una sonrisa de perra satisfecha que no se me borraba. Don Mario me dio su número privado y me dijo que lo buscara cuando quisiera, pero que él me buscaría a mí también.
Pasaron tres meses.
Tres meses en los que casi no nos vimos. Yo estuve muy ocupado en el trabajo, don Julián me tenía más controlado de lo que quería admitir y don Mario se había ido a un pueblo cercano por unos asuntos familiares. Durante ese tiempo solo nos mandamos algunos mensajes calientes de vez en cuando. Él me decía que estaba guardando toda su leche para mí, que no se había cogido a nadie más, ni siquiera se masturbaba. Yo le creía a medias… hasta que un viernes por la tarde recibí su llamada.
M: Fer… ya regresé, mijito. Tres meses sin cogerte, sin deslecharme. Traigo los huevos que parecen dos melones. ¿Estás solo?
Yo: Don Mario… jaja, directo como siempre. Sí, estoy solo. ¿Qué quiere?
M: Quiero que vengas a mi rancho. Pero esta vez no quiero cogerte… todavía. Quiero que uses solo tu boca. Quiero que me saques toda la leche que guardé estos tres meses. Sin parar. Quiero una mamada de casi seis horas seguidas, mi amor. ¿Te atreves?
Se me hizo un nudo en el estómago de pura calentura. Solo imaginarme de rodillas tanto tiempo con esa vergota gruesa y venosa en la boca ya me tenía mojado.
Yo: ¿Seis horas, don Mario? ¿No se va a morir de un infarto el viejito?
M: Si me muero, me muero feliz, perrita. Te espero en dos horas. No comas nada pesado… vas a estar tragando mucho.
Llegué al rancho como a las siete de la noche. Don Mario me esperaba en la puerta con una bata abierta y ya semierecto. Apenas bajé de la troca me agarró de la nuca y me besó fuerte, metiéndome la lengua como si quisiera follarme la boca desde ya.
M: Quítate la ropa y híncate aquí en la sala, mi amor. Vamos a empezar.
Me puse completamente desnudo. Él se sentó en su sillón grande, abrió las piernas y dejó caer esa verga pesada y gruesa sobre su muslo. Ya estaba hinchada, con las venas marcadas y los huevos enormes, tensos, llenos.
M: Solo boca, Fer. Nada de manos a menos que yo te diga. Quiero sentir cómo me chupas lento, profundo y sin parar. Hoy vas a sacarme toda la leche acumulada.
Me hinqué entre sus piernas. Su olor a hombre maduro me mareó. Empecé besando sus huevos, lamiéndolos despacio, metiéndomelos uno por uno en la boca. Don Mario gemía bajito y me acariciaba el pelo.
M: Así, mi perrita… tres meses guardando esto para ti.
Poco a poco subí por su tronco, lamiendo cada vena, hasta llegar al glande enorme. Lo destapé con los labios y empecé a chupar solo la cabeza, haciendo círculos con la lengua. Don Mario echó la cabeza hacia atrás y gruñó.
Así pasaron las primeras dos horas.
Chupaba lento, profundo, a veces lo tragaba hasta la garganta y me quedaba ahí respirando por la nariz, sintiendo cómo palpitaba. Cada vez que sentía que se acercaba, bajaba el ritmo o solo le lamía los huevos para que se calmara. Él no paraba de hablarme sucio:
M: Qué boca tan puta tienes, Fernandito… mírate, seis horas chupándome la verga como la perra hambrienta que eres. Toda esa leche es tuya hoy.
A la tercera hora ya tenía la mandíbula adolorida, pero no pensaba parar. Tenía la cara llena de baba, los labios hinchados y la verga de don Mario brillaba completamente mojada. En ese momento empezó a correrse por primera vez. No fue un chorro fuerte, fue un flujo lento y espeso, como si estuviera ordeñando la leche guardada. Tragué todo sin sacar la verga de mi boca.
M: Primera carga, mi amor… todavía me quedan varias. No pares.
Seguí. Cuarta hora. Quinta hora. Cambiábamos de posición: a veces yo de rodillas, a veces él acostado y yo entre sus piernas, a veces sentado en el sillón y yo a cuatro patas con la cabeza entre sus muslos. En la quinta hora se corrió por segunda vez, esta vez más abundante. Me llenó la boca hasta que me chorreaba por las comisuras. Lo tragué todo.
En la hora seis, don Mario ya estaba sudado, temblando, agarrándome la cabeza con las dos manos mientras yo hacía garganta profunda sin parar. Su verga palpitaba sin control.
M: Ya… ya viene la grande, perra… ¡toda para ti!
Se corrió con fuerza. Chorros espesos, calientes y abundantes que me golpeaban la garganta. Tragué una y otra vez, gimiendo con la verga metida hasta el fondo. Cuando por fin terminó, saqué su verga lentamente, roja, hinchada y todavía goteando. Le di besitos suaves en el glande.
Yo: ¿Todo, don Mario? ¿Saqué toda su leche?
M: Casi toda, mi amor… pero todavía tengo más guardada. Mañana continuamos.
Desde ese día don Mario me buscaba obsesivamente. Me mandaba mensajes a cualquier hora: “Necesito tu boca”, “Ven a sacarme leche”, “Tengo los huevos llenos otra vez”. A veces me esperaba en el camino al trabajo, otras veces me llevaba a su rancho entero el fin de semana. Don Julián sospechaba algo, pero don Mario ya no le tenía miedo. Decía que yo era “nuestro secreto”… aunque cada vez quería más y más.
Y yo… yo ya no podía negarme. Esa verga gruesa y esa leche espesa me tenían completamente enganchado.


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