El chofer y el gordito de la terminal
Joven gordo, culón y tetón. Camión de madrugada. Lluvia. Se quedan solos. El chofer no le pregunta dos veces. Se lo folle contra el asiento, le aprieta las tetas y le saca los pedos a embestidas. Él se hace el que no… hasta que se corre sin que se la toquen..
El primer camión de la madrugada siempre olía a humedad y a metal viejo. Esa ruta no era de gente de oficina: era de obreros, de gente que se iba al tianguis, de tipos que dormían en el asiento con la cabeza pegada al vidrio. A las cinco y diez, con el cielo todavía negro, el joven se subió en la parada de la colonia.
Se llamaba Andrés, aunque esa mañana nadie le iba a preguntar el nombre. Tenía veintidós. Cuerpo de quien come bien y se mueve poco: panza redonda que le asomaba bajo la sudadera, tetas pesadas que le hacían dos bultos suaves al caminar, muslos gruesos y un culo ancho, alto, de esos que se le marcan hasta con pantalón flojo. El short gris se le había quedado chico de tanto usarlo. Atrás se le veía la raya. Adelante, el bulto dormido. Iba con audífonos, capucha, mochila pequeña. Tenía sueño. También tenía esa costumbre vergonzosa de apretar las nalgas en el asiento cuando el camión brincaba, como si pudiera esconder lo que era.
El chofer se llamaba Ramiro. Cuarenta y pico. Hombros anchos, barriga de cerveza, brazos quemados del sol, bigote cerrado, manos grandes y resecas de tanto volante. Olor a diésel, a cigarro viejo y a hombre que se levanta antes que el sol. Llevaba años en esa ruta. Conocía cada bache. También conocía los cuerpos que se subían a esas horas: los que iban dormidos, los que iban pedos, y de vez en cuando uno como Andrés. Lo había visto otras mañanas. Siempre solo. Siempre tapándose.
Esa vez el cielo se rompió a los diez minutos. Agua gruesa, de las que tapan las calles. En dos paradas se bajó todo el mundo. Quedaron ellos. El camión avanzaba lento, los limpiaparabrisas locos, el motor ronco. Andrés se había encogido en el asiento de en medio, con las piernas un poco abiertas porque el culo no le cabía de otra forma.
Ramiro lo miró por el espejo.
—Gordito. ¿Hasta dónde vas?
—A la terminal.
—Hoy no hay terminal temprano. La avenida de abajo ya está tapada. Me voy a meter al puente a esperar que baje.
Andrés asintió. No dijo nada. Se le había puesto un calor raro en la cara.
El camión dobló, bajó a un paso a desnivel y se detuvo bajo el concreto. Afueras solo se oía la lluvia rebotando. Ramiro apagó las luces del pasillo. Dejó el motor en marcha, como un animal dormido. Se soltó el cinturón, se estiró y se levantó.
Andrés se quedó rígido.
—¿Qué…?
—Ven. Nadie pasa por aquí a esta hora.
Ramiro no corrió. Caminó. Se paró frente a él. Desde arriba se le veía todo: la panza apretada contra el short, las tetas marcándole la tela mojada de sudor, el cuello grueso, la boca entreabierta.
—Levántate.
Andrés se tardó. Las piernas le pesaban. Cuando se puso de pie, el short se le había subido de un lado y se le veía la nalga blanca, con una marca roja del asiento. Ramiro le bajó la capucha. Le tocó la cara con el dorso de la mano, como midiendo.
—Te he visto. Siempre te sientas igual. Apretando ese culo como si nadie se diera cuenta.
—Yo no… nomas iba al trabajo.
—Ya sé. Quítate la sudadera.
Andrés tragó. Las manos le temblaban cuando se la sacó. Debajo llevaba una playera blanca, transparente de tanto usarla. Se le veían los pezones gordos, oscuros, ya parados. Las tetas le caían pesadas, con esa forma de quien no usa brasier porque le estorba. Ramiro le metió las dos manos debajo de la tela y se las pesó. Las apretó. Andrés soltó un sonido pequeño, avergonzado.
—Míralas. Parecen de vieja y tienes veintitantos.
Le subió la playera hasta el cuello. Se las dejó al aire. Luego le metió los pulgares en el elástico del short y se lo bajó de un jalón, calzón y todo, hasta la mitad del muslo. La verga de Andrés ya estaba a medio palo, gorda, escondida un poco por la panza. Atrás, el culo se le abrió solo: dos nalgas grandes, suaves, con hoyuelos, y en medio un agujero oscuro, húmedo, que se le contraía de nervios.
Ramiro le dio una nalgada. La carne le tembló y le quedó la marca.
—Date vuelta. Agárrate del asiento.
Andrés lo hizo. Se inclinó. Se le vieron los huevos colgando, la raya del culo bien abierta, y esa espalda ancha que bajaba hasta la cintura hundida. Tenía vergüenza. Se le notaba en cómo escondía la cara en el antebrazo. También se le notaba que no se iba.
Ramiro le abrió los cachetes con las dos manos. Le escupió largo, directo al agujero. El chorro le bajó por los huevos. Metió un dedo. Andrés se le cerró encima, caliente, apretado.
—Relaja. No te voy a lastimar si me dejas entrar.
—Está grande… yo no he…
—Sí has. Este culo ya sabe.
Le metió el segundo dedo. Lo abrió en tijera. Andrés jadeó. Se le escapó un pedito corto, seco, de puro nervio. Se tapó la boca.
—Perdón.
Ramiro se rió por lo bajo.
—No pidas perdón. Eso me late.
Se bajó el cierre. La verga se le cayó pesada, oscura, venosa, más gruesa de lo que Andrés quería admitir que le cabía. Se la restregó entre las nalgas, mojándola con saliva y con lo que el culo ya estaba soltando. Puso la cabeza en el agujero. Empujó.
Andrés soltó un quejido largo. Se le abrió de golpe. El ardor le subió por la panza. Se le llenaron los ojos.
—Despacio… por favor.
Ramiro se detuvo a medias, respirándole en la nuca.
—Agárrate. Voy a dártela toda.
Se la enterró. Lento al principio, después sin piedad. El culo de Andrés lo tragó con un sonido húmedo. Cuando las bolas le pegaron en los huevos, el joven se le apretó todo y se le salió un pedo caliente, tembloroso, alrededor de la verga. El olor se quedó entre ellos, espeso, íntimo.
—Ahí está —dijo Ramiro, y le agarró las tetas por detrás, apretándoselas mientras empezaba a moverse—. Empújame. No te aguantes.
Lo folleó contra el asiento. Cada embestida le movía toda la carne: las nalgas rebotando, la panza golpeando el plástico, las tetas saltándole en las manos del otro. El camión crujía. Afuera la lluvia. Adentro solo el ruido de piel, de saliva, y de vez en cuando ese escape que a Andrés le quemaba la cara.
Prrrt.
Más largo esa vez. El chofer se la sacó casi toda y se la volvió a meter de un solo golpe. Otro. Más húmedo. Andrés ya no pedía que parara. Tenía la boca abierta, la baba en el asiento, la verga palpitándole contra la panza sin que nadie se la tocara.
—Dilo.
—Qué…
—Que te gusta que te saque los pedos mientras te la meto.
Andrés tardó. La voz le salió rota.
—Me gusta… se me salen cuando me la das fondo.
Ramiro le dio más duro. Lo agarró de la cintura gorda y se lo encajó hasta que el joven se le vino: un temblor largo, semen espeso manchándole la panza y el asiento, el culo cerrándose a pulsos alrededor de la verga. En medio de la corrida se le escapó un pedo agudo, casi un gemido. Ramiro no paró. Se lo acabó adentro, hondo, sujetándole las tetas, gruñéndole en la oreja mientras le llenaba el agujero.
Se la dejó puesta un rato. Andrés respiraba mal, con las piernas temblando, el short todavía en los muslos, el semen empezando a salirle por los lados cada vez que el culo se le contraía. Un último soplido caliente se le escapó al moverse.
Ramiro se la sacó despacio. El agujero se le quedó abierto, rojo, brillando. Le dio una nalgada suave.
—Súbete el short. Te voy a dejar en la terminal. Pero te vas a sentar adelante, conmigo.
Andrés se acomodó como pudo. El short se le humedeció atrás de inmediato. Se sentó en el asiento del copiloto, con las piernas juntas, las tetas todavía al aire bajo la playera subida, oliendo a sexo y a lo que el culo no había podido guardar.
El camión salió del puente. La lluvia ya no era tan fuerte. Ramiro manejaba con una mano. Con la otra le apretó un muslo.
—Mañana te subes en la misma parada. Y no te pongas calzón.
Andrés miró el camino. Tenía la cara caliente. Asintió.
Espero les haya gustado, diganme si quieren una segunda parte
Esto en X como Vll2Vll

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