El Fontanero I
Solo podía estar atrapado, pegando mi espalda a su abdomen, mi cabeza a su pecho y mi trasero a su entrepierna. Mientras trabajaba el señor Kim, sentí su aliento soplar en mi cabello. Escalofríos pasaron por mi cuerpo. Su pelvis adulta se acariciaba con mi trasero..
Mamá estaba en la cocina preparando el almuerzo cuando tocaron a la puerta.
—Debe ser el fontanero que mandé a llamar. Necesitamos reparar la fuga de agua en el baño.
La voz de mi progenitora pasó por mi lado hacía la entrada de la casa.
Abriéndose la puerta, escuché la conversación de los dos adultos con interés.
Detrás de la figura de mi madre estaba un hombre joven coreano.
Cuerpo corpulento usando un pantalón de mezclilla ajustado a sus fuertes piernas y pantorrillas. Llevaba una camisa de cuadros blancos y azules con botones en el medio, su físico prominente remarcandose por sobre la tela, tanto en sus pectorales como en los brazos. Portaba guantes amarillos en sus manos y calzaba botas negras.
Tenía el cabello bien recortado a los lados, con un mechon de pelo cayendo ligeramente hacía su rostro atractivo. Su cara angulosa miraba por encima de mi madre con interés, observándome.
Sus ojos negros me intimidaron, su nariz recta y caída juntos a sus labios rosa pálido le hacían destacar.
Una vez hechas las presentaciones, mi madre lo llevó al baño.
Cuando el adulto coreano pasó por mi lado le vi sonreirme, su mirada me hizo estremecer.
Parecía disfrutar de ver su comida favorita.
Trague saliva mirando su espalda musculosa perderse en el pasillo de la casa.
Unos minutos después mi madre regresó a la cocina.
Intenté concentrarme en jugar, pero la voz de mi progenitora me llamó.
—Cariño, ve y ayuda al señor Kim. Dice que necesitará de alguien que le pase las herramientas mientras trabaja.
—No quiero, mamá.
Mi voz sonó temblorosa.
Mi madre puso sus manos en sus caderas.
—Hazme caso, no quiero réplicas.
Bajé la cabeza cohibido y me levanté ante la mirada severa de mi progenitora.
Caminando hacía el baño, todavía podía sentir la mirada de mi progenitora.
Sabía que no podía escapar.
Una vez en el baño, el señor Kim me estaba esperando de brazos cruzados cerca de la bañera.
Su sonrisa pérfida y aquellos ojos negros eran terroríficos.
—Pasa, pequeño. Eres muy amable por ayudarme.
Su voz ronca y varonil no se sentía reconfortante.
Me acerqué a él y le ví relajar su postura ante mi miedo.
Una de sus manos se posó en mi hombro, bajando por mi espalda.
Se acercó a mi rostro, inclinándose hacía mi.
—Tranquilo. La pasaremos bien tu y yo.
Me sentí perdido por unos segundos.
Cuando recobré el sentido, estaba entre las piernas del señor kim, él de cuclillas revisando la tubería del suelo y yo apegado a su cuerpo varonil.
Sus fuertes brazos pasaban a mi lado y sus piernas no me daban espacio para moverme.
Solo podía estar atrapado, pegando mi espalda a su abdomen, mi cabeza a su pecho y mi trasero a su entrepierna.
Mientras trabajaba el señor Kim, sentí su aliento soplar en mi cabello.
Escalofríos pasaron por mi cuerpo. Su pelvis adulta se acariciaba con mi trasero.
Podia sentir algo gordo y largo aplastarse contra mis nalguitas en cada vaivén suave.
Una de las manos del señor Kim dejó de trabajar con la tubería y la puso en mi pecho, acariciándome por sobre la tela.
Su rostro bajó por mi cabello, hurgando con su nariz en cada pliegue y oliendo mi aroma infantil.
Su respiración llegó a mi cuello y sus labios se pegaron a mi oído derecho.
—¿Sientes mi instrumento de trabajo, pequeño?
Temblando, asentí con la cabeza. La dureza en su entrepierna solo seguía creciendo mientras pegaba su pelvis por sobre mis nalguitas.
—Es larga y gorda. Perfecta para niños como tu. ¿Sabes lo que haré con ella?
Me estremecí y negué con la cabeza.
Sentí su nariz oler mi cuello y besar mi piel.
La mano que estaba acariciando mi pecho bajó por mi abdomen hasta mi short, sus dedos largos pasaron por entre mis piernas, sobando mi penecito y apretando los dígitos en la entrada a mi ano.
—Voy a meterla toda aquí. En tu agujero de niño.
Su aliento caliente empezó a embriagar mi piel, la estimulación de sus dedos por sobre la tela de mi short en mi ano se sentía rara.
El roce de su brazo en mi entrepierna hizo que mi pene se pusiera duro y el temblor en mi cuerpo paso del miedo al nerviosismo.
—No temas. Seré gentil. Si me dejas ser tu hombre, serás mi niño especial. ¿Deseas qué sea tu hombre, pequeño?
Su voz ronca era casi un susurro, sus ojos negros me miraban mientras sus labios rosaban el contorno de mi rostro.
Tragué saliva y hablé.
—¿Dolerá?
Escuché un tarareo grave.
—No mentiré. Te dolerá al principio.
El calor de su cuerpo se hizo sofocante. Ya no estaba reparando la tubería, solo me tocaba con sus grandes manos, empujándome hacía su entrepierna, hundiendo su hombría erecta por sobre la tela en mi trasero.
—No quiero que duela.
Escuché una risa corta del señor Kim.
—Prometo que pasará rápido y luego todo lo demás será felicidad. ¿Estás de acuerdo, pequeño?
Sus manos me abrazaron, su cabeza hundida en mi cuello, sus piernas apretando mi cuerpo y sintiendo su calor varonil en cada extremo.
El olor de su cuerpo, aceitoso y sudoroso, llegaba a mi nariz finalmente, dándole un toque salado a sus intenciones.
Cerré los párpados por aquella sensación tan reconfortante y acepté.
—Lo quiero.
Su cuerpo me apretó fuertemente y sentí un beso en mi piel antes de separarse.
—Buen chico.
El señor Kim salió del baño y fue a la cocina donde estaba mi mamá.
No pude escuchar de lo que hablaban, pero rápidamente mi mamá vino al baño acompañado del hombre coreano.
—Cariño, voy a comprar unas cosas que necesita el señor Kim. Ayudalo en todo lo que puedas. No me tardo.
Asentí con la cabeza perdido.
El hombre coreano despidió a mi madre en la puerta de entrada y luego nos quedamos solos.
—Ven, pequeño.
Mi cuerpo se levantó ante el llamado y fui al pasillo.
Al final de este, rumbo a la sala de estar, el señor Kim me esperaba.
Con lentitud desajustó el cinturón de su pantalón y el botón de su prenda, abrió el cierre, mostrando su piel bronceada y musculosa.
Un suspensorio negro estaba a la vista, donde un pene erecto se apretaba dolorosamente por sobre la tela. El contorno de los glúteos del señor kim era evidente a sus costados.
Desabrochó su camisa de cuadros, botón a botón, hasta mostrar sus pectorales formados y abdominales definidos.
Se quitó la camisa tirándola a sus pies. Cada músculo tonificado de su cuerpo brillaba ante la luz del sol y mostraba un encanto masculino mortal.
Desde su espalda recta, hombros anchos, bíceps pronunciados, brazos firmes, pectorales inflados, abdominales definidos, canaletas bien dispuestas, el abismo de su pelvis marcado en sus dos lados, ocultando detrás del suspensorio a un monstruo de carne de gran tamaño.
Sin dejar de mirarme, el señor Kim hizo una ademán con su mano enguantada amarilla para que me acercara.
—Ven, pequeño.
Hice lo pedido lentamente. Cada paso que yo daba hacía destacar más el cuerpo del hombre y la diferencia de tamaño conmigo.
A mis 8 años, su altura era descomunal, me superaba en doble de tamaño y de músculatura ni hablar. Era enorme.
Su sonrisa pérfida se amplió y sus ojos negros brillaron de deseo al tenerme tan cerca.
Era un hombre joven agraciado, con un encanto demoniaco lascivo.
—Buen chico.
Me sentí perdido durante varios minutos.
Su cuerpo me abrazó y sus manos me desnudaron segundo a segundo.
Los labios del hombre coreano besaron mi cuello y yo no podía parar de temblar.
Cada caricia fue lenta y tierna. No habia prisas en su toque, solo el deseo de marcar mi piel con la suya.
Desnudo para él, sentí el calor de su piel contra la mia.
Su físico parecia un horno comparado al mio que era tibio.
Me sostenía contra su cuerpo, agarrándome con sus manos y elevandome hacía él. Mis piernas enredadas en su cintura, mi trasero cayendo pesadamente sobre su suspensorio negro.
El contorno de su polla presionando mis nalguitas como una vara de carne lista para perforar.
Pasé mis manitas por su abdomen y pecho, tratando de sujetarme de sus hombros.
Sus ojos negros me observaban en cada momento, disfrutando de mi timidez.
—Eres tan dulce, pequeño. Ya deseo comerte entero.
Su voz grave me hizo cerrar los párpados y el hombre coreano se limitó a pegarme contra la pared del pasillo.
Los besos del adulto pasaron a mis labios, profundizando en la carne y amasando la piel con ternura.
Su aliento inundó mis pupilas gustativas, dándome la bienvenida al calor y sabor de un macho.
La saliva era espesa y amarga, el peso de sus besos me causaba escalofríos y su movimiento labial me robaba el aliento.
Besaba con la tentación de un demonio y el cariño de un hombre.
Desnudo para él, su suspensorio se apegó a mi ano expuesto, la punta de su polla presionando mi agujero por sobre la tela.
Un liquido transparente salía de la punta, lubricando mi piel.
—Voy a meterte toda mi hombría, pequeño. ¿Estas listo?
El hombre coreano me miró con una sonrisa mórbida.
Sus ojos negros brillaban excitado y el sudor empezaba a perlar su bronceado cuerpo.
Escuché un plástico romperse, seguido del suspensorio ser retirado de mi ano.
Miré hacía abajo, notando una polla de 23 centímetros brotar de la tela y saltar hacía arriba. El grosor era considerable, del tamaño de un puño adulto. Venas azules se pronunciaban en la piel. El glande rosa en forma de cono liberaba un liquido transparente de la punta.
El suspensorio todavia estaba puesto, por debajo del pene y los testículos, presionando las piernas con el pantalón ajustado.
El hombre coreano me mostró un sobre de plástico abierto y escurrió el liquido pegajoso en todo su pene varias veces.
Una vez gastado el contenido, guardó el sobre en su pantalón y pasó su mano por toda su polla, estirando la carne y restregando aquel liquido transparente por su piel, desde la base de los testículos hasta la punta del glande.
Su piel bronceada se veía brillante y altiva, más voluminosa que antes.
El señor Kim dejó de masajear su pene y me miró a los ojos un momento.
—Finalmente tendrás a tu hombre, pequeño.
Los labios del adulto besaron los mios, su calor me distrajo y cuando me di cuenta, su polla ya estaba entrando en mi ano.
La carne interna de mi culo se abrió a la fuerza, sacándome varios gemidos de dolor.
Sentir como mi piel se estiraba para recibir a ese monstruo sin preparación estaba matándome.
Sin embargo, los labios del señor Kim evitaron que mis gritos de dolor se escucharan.
Aquella mirada oscura con su semblante estoico era de temer. Era la expresión de un hombre que sabía lo que estaba haciendo.
Follarse a un niño, más pequeño físicamente que él, y por tanto, virgen.
Su polla entró de lleno a mi culo y ambos soltamos un jadeo.
La carne de su virilidad se apretaba dolorosamente entre mis paredes, mi agujero estaba abierto de par en par, pulsando en cada contracción de dolor y sacándome gemidos.
—Tranquilo, pequeño. Respira. Ya pasó.
Lloré sobre su hombro desnudo, me sentía diferente y sucio.
—No me gusta.
—Pronto cambiarás de opinión.
Su tono de voz era diferente, ya no era de un tono grave inquietante, sino mórbido y altivo.
Las caderas del hombre coreano se movieron de atrás hacía adelante. Su polla salió y entró en un vaivén lento.
Gemí ante aquella sensación.
Su glande golpeó algo en mi interior y mi penecito tembló de placer.
—Lo sientes, verdad, pequeño. De esto hablaba sobre hacerte feliz. Seamos felices juntos.
Me sostuve a su cuello con mis bracitos, abrazándolo.
Sus caderas se movieron con más cadencia, metiendo y sacando su polla con soltura.
La carne de mi ano le daba entrada y salida como si se acostumbrara al nuevo intruso.
Los golpes a mi próstata me hicieron gemir de gusto, disfrutando de ser follado por el hombre coreano.
El calor de su cuerpo con el mio se hizo reconfortante y su olor empezaba a fusionarse conmigo.
Su aroma picante, sudoroso y apestoso a hombre de trabajo inundaba mis fosas nasales, impregnando mi piel con su marca personal.
Los vaivenes eran certeros y rítmicos, cada subida y bajada dignas del más experimentado macho en el sexo.
No titubeaba al meter su polla hasta lo más hondo de mi culo y no le fallaba el pulso al sacarla hasta la punta del glande.
Sus piernas eran dos montículos musculosos que se movían al compás de sus penetraciones. Como dos máquinas sexuales.
Con mi espalda pegado contra la pared, la fuerza de las penetraciones me presionaba hacía atrás, sintiendo con mayor rigor el glande golpear mi próstata.
Mis gemidos eran callados por los besos del señor Kim. Su lengua adulta se introducía en mi boca, dejándome chuparla a mi gusto.
El hombre coreano soltaba resoplidos por su nariz que golpeaban mi rostro. Haciéndome cosquillas.
Sus ojos rasgados negros eran dos pozos sin fondo que habían perdido su brillo.
Su aliento era pesado y su saliva apenas se sentía.
El sudor manchaba su piel en gotas chorreantes que marcaban su músculatura. En cada embestida, algunas gotas me mojaban el cuerpo.
Los vaivenes se iban acelerando mientras el adulto seguía penetrandome encorvado.
Sus manos me sostenían con firmeza mientras hundía su pelvis en mi trasero, con su polla hasta lo más profundo de mi ano. Luego la sacaba, iniciando un ciclo de repeticiones casi perfectas.
La figura musculosa del señor Kim se movía con un instinto sexual casi primitivo.
No habia dudas ni tosquedad en sus golpes, solo las embestidas animales de un macho de mi especie.
Los minutos pasaron hasta que se convirtió en una hora.
Mi culo estaba rojo, resentido por las penetraciones sin descanso.
El señor Kim me había cambiado de posición.
Me tenía sujeto de los brazos hacía atras con sus manos enguantadas, de espaldas a él. Mis piernas habían sido enganchadas a las suyas evitando que me cayera entre penetraciones. Mi trasero estaba a la vista de él y su polla entraba y salía con facilidad.
Sus vaivenes seguían perforandome como solo él sabía hacerlo, su calor era intoxicante y su aroma a macho brotaba a borbotones de su pelvis y axilas.
Con su cuerpo fibroso y húmedo hundiéndose por detrás de mi, el señor Kim me miraba contemplativamente.
Su mente parecía en transe mientras sus embestidas seguían sacándome gemidos.
—¡Se siente tan bien!
La polla entró hasta el fondo y luego salió hasta dejarme vacío, el proceso se repetía interminablemente.
—¡Quiero más, señor!
Las caderas del hombre golpeaban mi trasero, haciendo rebotar la carne de mis nalgas contra su pubis.
—¡Adoro sentirlo dentro de mi!
La bolsa de testículos se hinchaba y contraía en cada penetración, el semen listo para ser descargado.
—¡Me siento tan feliz, señor!
Las piernas del hombre coreano se mantuvieron firmes en su lugar, la espalda ligeramente curvada, acentuando la musculatura de su abdomen y pelvis, los brazos se hincharon y los pectorales se estiraron.
Con mejor postura, los vaivenes fueron frenéticos y devastadores.
La piel chocando segundo a segundo en una cadencia militar sobrecogedora.
Cerré los párpados incapaz de entender aquella estimulación constante.
La carne viril de 23 centímetros entraba y salía en pequeños espacios tan rápido que no me daba tiempo a respirar.
Los golpes de piel se escuchaban entrecortados y sonoros, como el ritmo de una banda escolar.
No era el frenesí de querer terminar pronto, sino la bestialidad hecha hombre en cada golpe.
Me follaba como si quisiera taladrar mi agujero, como lo haría un fontanero con su herramienta de trabajo.
Mis gemidos se ahogaron entre jadeos.
Los gruñidos de esfuerzo del señor Kim eran fuertes, soltando respiraciones sonoras.
Sus cejas estaban juntas en concentración y sus labios se apretaban dolorosamente, tensando su mandíbula.
Tal desempeño al follarme era digno de admirar. Rápido y duro, sin piedad.
Se escuchó algo descorcharse, seguido de gotas pesadas cayendo al suelo de entre las piernas del señor Kim.
Sus jadeos graves fueron altos y levantó la mirada al cielo dando un grito de júbilo.
—¡Como amo esto!
Su voz grave era sincera y gratificante. Todavía sin detenerse, siguió golpeando mi ano, bajando la intensidad de las penetraciones lentamente.
Más gotas espesas caían al suelo, escurriendose de mi trasero.
Una vez se detuvo, me bajó lentamente al suelo, sacando su polla de mi culo rojo y abierto.
Caí de rodillas al piso sin poder caminar y sentí la polla del hombre golpear mi rostro en suaves caricias.
—Chupa.
Hice lo pedido con la mirada vidriosa y los labios secos.
Una vez limpio el pene de 23 centímetros del hombre, ajustó su polla dormida en sus suspensorio y acomodó su ropa de trabajo, dejándome en el suelo.
Fue a por su camisa, se la puso y me miró un momento antes de reir.
—Ahora eres uno de mis chicos.
Su voz fue como un aviso que me hizo despertar de mi ensoñación.
El señor Kim me levantó y besó mis labios todavía manchados de su semen.
Degustó su leche varonil hasta dejarme seco y se separó.
Me ayudó a vestirme, todavía sintiendo el ardor en mi culo.
Limpió las manchas de semen en el suelo del pasillo y volvimos al baño para trabajar.
A la media hora, mamá regresó.
Nos vio ocupados en la ducha y dejó las compras en el inodoro.
—Gracias, señora.
—No fue nada. A ti por venir a arreglar nuestro problema de tuberias. ¿Verdad, hijo?
—Sí, mami —dije sonriente.
El señor Kim soltó una risa.
—Para eso estamos, señora. No dejamos ninguna cañeria sin revisar ni ningún agujero sin rellenar.
Mi mamá asintió, hizo una mueca al oler en nuestra dirección.
—Veo que han estado ocupados trabajando, los dejaré solos.
Con esas palabras, se despidió de nosotros, él señor Kim apretó mi nalga con su mano enguantada por sobre mi short.
—Si que trabajamos duro hoy, llenando el agujero pequeño de un niño.
Me sonrojé y bajé la cabeza.
Continuara…
Gracias por leer. Si desean conversar conmigo, estoy en telegram.
@Remaster64TL28.



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