El nuevo esclavo
Kael, joven hijo de senador, cae en desgracia y es vendido como esclavo al propio emperador. Lo que comienza como humillación y miedo se convierte en una relación de posesión, deseo y rendición total..
Advertencias de contenido
Abuso de poder y relaciones con un fuerte desequilibrio de poder, violencia física y psicológica, tortura y castigos. humillación, degradación y manipulación emocional, Castración (mencionada y descrita)
ANTES DE LEER.
Cada parte de este relato sucede en distintas momentos de la historia para darle mas rapidez, meses o años. Tomé la decisión de hacerlo así porque o si no iba a quedar mucho mas largo y tendría que hacer varios capítulos, lo dejé mucho mas concentrado y resumido en solo este capitulo.
(ESTE RELATO FORMA PARTE DE LAS SOLICITUDES QUE MANDAN USTEDES PARA QUE YO ESCRIBA RELATOS)
Espero que lo disfruten <3
El nuevo esclavo
Prólogo
El Imperio de Valerian se extendía desde las arenas de África hasta los bosques oscuros del norte, y en cada rincón se respiraba la misma certeza: el emperador no perdonaba. Había heredado un trono manchado de sangre y lo había consolidado con más sangre todavía. Las fronteras se mantenían a fuerza de legiones y de ejemplos crueles. Quienes se alzaban contra Roma eran aplastados; quienes fallaban en su lealtad descubrían que la clemencia era una palabra que Valerian pronunciaba rara vez, y casi nunca en serio. El pueblo lo temía. El Senado lo temía aún más. Y en las provincias lejanas, donde la púrpura llegaba como un rumor distante, se hablaba de él con una mezcla de respeto y horror contenido.
Kael había crecido lejos de ese horror.
Hijo único de un senador de la provincia de Mesia, había pasado su infancia entre villas de mármol claro, bibliotecas con rollos de filosofía y las lecciones de un pedagogo griego que le enseñaba a hablar con elegancia y a pensar con cautela. A los diecinueve años ya conocía de memoria los discursos de Cicerón, montaba con soltura y sabía cómo inclinarse ante un gobernador sin parecer sumiso. Su padre hablaba de enviarlo a Roma dentro de dos años, de presentarlo en el Foro, de conseguirle un puesto en la administración imperial. El futuro se le ofrecía limpio, ordenado, lleno de promesas. Kael lo aceptaba con la naturalidad de quien nunca ha conocido otra cosa.
Todo cambió en la frontera del Danubio.
La tribu que atacó el fuerte no era especialmente numerosa, pero sí rápida y bien informada. Algunos dijeron después que alguien del interior había vendido los turnos de guardia. Otros susurraron que el senador, el padre de Kael, había retrasado el envío de refuerzos por un desacuerdo de impuestos con el legado. La verdad nunca se aclaró del todo. Lo único cierto fue el humo, el hierro y el grito de los centinelas al amanecer.
Kael luchó. No con la destreza de un legionario, pero sí con la desesperación de quien cree que todavía tiene algo que defender. Cayó cuando un golpe en la sien le nubló la vista. Despertó con las muñecas atadas, el sabor a sangre en la boca y el ruido de cadenas a su alrededor. Había otros prisioneros: soldados heridos, mercaderes, un par de esclavos domésticos que ya no sabían a quién pertenecían. Nadie lo trató como hijo de senador. Nadie preguntó su nombre.
El padre envió un mensajero tres días después. Ofreció una suma. No la suma completa que pedían los captores. Argumentó, desde la seguridad de su villa, que pagar el rescate íntegro sería sentar un precedente peligroso. Que Roma no negociaba con bandidos. Que su hijo entendería.
Kael entendió.
Lo llevaron hacia el sur junto a los demás. Caminaron durante jornadas enteras, encadenados en fila, bajo un sol que no distinguía entre ciudadanos y mercancía. Por las noches, cuando los guardias bebían, Kael escuchaba a los otros prisioneros hablar de mercados, de precios, de destinos peores que la muerte. Al principio intentó corregirlos. Intentó decir que él era romano, que su padre intervendría, que todo era un error. Las risas que recibió fueron las primeras de muchas. Poco a poco dejó de hablar. El polvo del camino se le pegó a la piel. El orgullo se le fue cuarteando igual que los labios resecos.
El mercado de esclavos de la capital olía a sudor, a orina y a miedo antiguo. Lo hicieron subir a una plataforma de madera junto a otros cuerpos jóvenes. Un pregonero le abrió la boca para mostrar los dientes, le levantó los brazos, le hizo girar. Kael mantuvo la mirada baja. Ya no buscaba rostros conocidos. Ya no esperaba que alguien gritara su nombre verdadero.
—Joven. Sin marcas. Buena estatura. Educado, al parecer —dijo el pregonero—. Ideal para servicio doméstico de alto nivel.
Hubo pujas. Algunas altas. Entonces un hombre del fondo, vestido con la discreción de quien no necesita demostrar nada, levantó la mano una sola vez y pronunció una cifra que silenció el resto.
—Comprado —anunció el pregonero—. Para el palacio imperial. El emperador ha solicitado específicamente un esclavo joven, sano y sin marcas previas.
Kael sintió que el suelo se movía bajo sus pies. El nombre de Valerian cayó sobre él como una losa. Había oído historias. Todos las habían oído. Ninguna terminaba bien para quienes entraban en ese círculo.
Lo bajaron de la plataforma. Le quitaron las cadenas pesadas y le pusieron otras más finas, casi elegantes. Lo llevaron a través de la ciudad en un carro cerrado. No vio las calles. Solo escuchó el ruido de Roma: gritos, ruedas, el rumor constante de un imperio que seguía girando sin importarle cuántos hijos de senadores caían en el camino.
Cuando el carro se detuvo, las puertas de bronce del palacio se abrieron con un sonido grave y definitivo. La luz del atardecer entró a raudales. Kael parpadeó. El mármol brillaba. El aire olía a incienso y a poder. Delante de él se extendía un corredor largo, custodiado por hombres que no preguntaban nombres.
Un eunuco de voz suave se acercó y le habló por primera vez desde que había perdido el suyo:
—Camina. El emperador espera.
Kael dio el primer paso. Detrás de él, las puertas se cerraron. Delante, el destino que ya no podía rechazar acababa de empezar.
***
Kael tenía diecinueve años cuando lo arrastraron al palacio. Hijo de un senador de provincia, educado entre mármoles, libros de retórica y la promesa de una carrera honorable, había crecido creyendo que el mundo le pertenecía. Ahora solo le pertenecía el peso de las cadenas en las muñecas y el olor a sudor ajeno que se le había pegado a la piel desde el mercado. Lo capturaron en la frontera del Danubio después de que su padre se negara a pagar el rescate completo. El mercader de esclavos lo había valorado alto: alto, de hombros anchos pero aún sin la dureza del trabajo pesado, piel clara que no había conocido el sol de los campos, cabello castaño oscuro que caía hasta la nuca, ojos grises que todavía intentaban sostener la mirada. Labios firmes. Cuerpo intacto. Y, sobre todo, joven.
El emperador Valerian lo esperaba en la cámara privada, más allá de los baños de púrpura. Tenía cuarenta y dos años. El cuerpo seguía siendo fuerte bajo la túnica de lino fino: pecho amplio, brazos marcados por años de campaña, una cicatriz fina que le cortaba la mandíbula izquierda como un recordatorio permanente. El cabello negro ya empezaba a platearse en las sienes, pero la mirada no había envejecido. Era una mirada que no se apresuraba, que medía, que decidía. A su alrededor, el círculo íntimo ya estaba reunido: tres eunucos de alto rango, dos libertos de confianza y cuatro esclavos de cámara ya iniciados. Algunos llevaban solo un paño en la cintura; otros estaban completamente desnudos. El aire olía a aceite de mirra, a incienso barato y a sexo antiguo que se había impregnado en las paredes.
Kael entró con las muñecas atadas delante del cuerpo. Intentó mantener la espalda recta. La mirada baja, pero no derrotada. Silencio. Esa era su última posesión. Cada paso sobre el mármol le sonaba demasiado alto. Sentía las miradas clavadas en él como si ya lo hubieran desnudado.
—Desnudarlo —ordenó Valerian, sin alzar la voz.
Las manos lo tocaron al instante. Un eunuco mayor, de piel aceitada, vientre suave y voz ronca, le arrancó la túnica sucia del camino con un solo tirón. Otro, más joven pero ya castrado, le bajó el calzón hasta los tobillos. Kael apretó los dientes cuando el aire frío de la cámara le rozó la piel. Quiso cruzar los brazos sobre el pecho. No se lo permitieron. Dos esclavos de cámara le sujetaron las muñecas y las alzaron por encima de la cabeza mientras el eunuco mayor le daba la vuelta, lento, frente al trono bajo donde Valerian estaba sentado.
—Míralo bien —dijo el emperador—. Piel limpia. Sin marcas de látigo todavía. Buena estructura. Hombros anchos. Cintura estrecha. Piernas largas.
El eunuco mayor le pasó las manos por el pecho, apretando los pectorales, bajando por el vientre plano hasta la base del vello púbico. Kael se tensó. Intentó no respirar demasiado profundo. El eunuco le pellizcó un pezón, luego el otro, con una calma casi ritual.
—Responde al tacto —comentó el eunuco en voz alta—. Los pezones se le endurecen rápido. Buena señal.
Kael cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, Valerian seguía mirándolo. El joven levantó la barbilla. Intentó sostenerle la mirada. Era lo único que le quedaba: no bajar los ojos, no temblar, no hablar. El emperador inclinó apenas la cabeza hacia uno de los esclavos de cámara.
El esclavo, alto, de hombros anchos y polla ya a medio endurecer bajo el paño, se arrodilló detrás de Kael y le separó las nalgas con los pulgares. Los dedos eran firmes, expertas, acostumbrados. Kael soltó un sonido ahogado y trató de cerrar las piernas. El eunuco mayor le dio un golpe seco en el interior del muslo derecho.
—Abre más las piernas, esclavo. Que el emperador vea bien el agujero que vas a ofrecer.
Kael no obedeció de inmediato. Apretó los músculos de los muslos. El eunuco le agarró el rostro con una mano grande y le forzó la mandíbula hacia arriba, obligándolo a mirar a Valerian.
—Qué cara de orgullo… ya veremos cuánto te dura cuando te tengamos de rodillas lamiendo nuestros pies y pollas.
Las risas fueron bajas, contenidas, como si el círculo estuviera acostumbrado a no interrumpir el ritual. Otro esclavo se acercó por el frente y le rodeó el pecho desde atrás, pegando su propio cuerpo desnudo contra la espalda de Kael. Le pellizcó los pezones otra vez, más fuerte, hasta que el joven soltó un gemido contenido. Sus músculos empezaron a temblar. Intentó no mirar hacia abajo, pero el eunuco mayor ya tenía la mano entre sus piernas, pesando sus huevos con una lentitud deliberada, apretándolos, separándolos, midiendo.
—Pesados. Llenos. Todavía no los ha gastado nadie —dijo el eunuco, dirigiéndose a Valerian—. Si no sirve para follar, servirá para cantar más agudo. La cámara siempre necesita más eunucos con manos suaves.
Kael sintió el calor subirle al cuello y a las orejas. Una lágrima se le escapó por el rabillo del ojo; la mordió antes de que cayera. No iba a llorar. No aquí. No delante de ellos. Pero su cuerpo lo traicionó sin piedad. La mano del eunuco se cerró alrededor de su polla y la encontró ya a medio endurecer, a pesar del miedo, a pesar de la humillación, a pesar de todo. El esclavo soltó una risa corta y áspera.
—Mira esto. Se pone duro mientras le miramos el agujero. Qué puta de turno tan rápida. Ni siquiera lo hemos abierto y ya está goteando.
Lo hicieron girar otra vez. Lo obligaron a inclinarse, manos en las rodillas, espalda arqueada, nalgas expuestas. Un dedo untado en aceite le rozó la entrada, no penetrando, solo presionando el borde, abriéndolo un poco para que Valerian viera el rosado tenso. Kael tembló de pies a cabeza. Otra lágrima cayó esta vez, silenciosa, sobre el mármol blanco. Intentó cerrar las piernas de nuevo. Dos pares de manos se lo impidieron.
—Quieto —ordenó el eunuco—. Si te mueves, te abrimos aquí mismo y te usamos delante del emperador. Y después, si no te gusta, te cortamos los huevos para que no vuelvas a quejarte.
Valerian se levantó por fin. Se acercó con pasos lentos. Con dos dedos le levantó la barbilla a Kael, forzándolo a mirarlo a los ojos mientras el resto del círculo seguía tocándolo: una mano en su polla ya completamente dura, otra separándole las nalgas, otra pellizcándole un pezón.
—Nombre —dijo el emperador.
—Kael —respondió el joven, la voz ronca de no haber hablado en días, de haber tragado polvo y humillación en el camino.
—Ya no. Aquí eres lo que yo diga que eres. Si demuestras belleza, docilidad y utilidad, conservarás esa polla y esos huevos. Si no… los eunucos de la cámara siempre necesitan más manos suaves y voces más dulces. Entiendes.
Kael no respondió de inmediato. Apretó los labios. El eunuco mayor le dio un azote seco y sonoro en una nalga.
—Contesta cuando el emperador te habla, esclavo.
—Entiendo —dijo Kael, casi sin sonido.
Valerian le pasó el dorso de la mano por la mejilla, recogiendo la humedad de la lágrima. Luego bajó la mano y le rodeó la polla dura, apretándola una sola vez, lenta, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel. Kael soltó un temblor que no pudo controlar. El emperador inclinó la cabeza, observando la reacción.
—Bueno. Al menos el cuerpo sabe lo que le espera. Márquenlo. Aceitenlo. Y que duerma en la celda de los nuevos hasta que decidamos si merece un agujero o una castración.
Lo soltaron de golpe. Kael se enderezó a duras penas. Las piernas le fallaban. El círculo se cerró a su alrededor otra vez: manos que lo tocaban, que le untaban aceite en el pecho, en la espalda, entre las nalgas, en la polla todavía dura y sensible. Voces que le prometían lo que vendría —ser usado, marcado, abierto, follado por turnos, y si no complacía, cortado. Él solo intentó respirar. Y no mirar hacia abajo, donde su propia polla seguía traicionándolo bajo las luces de aceite, goteando una gota clara que uno de los esclavos recogió con el dedo y le mostró a Valerian con una sonrisa.
El emperador ya había vuelto a sentarse. Observaba en silencio. Y Kael, por primera vez en su vida, entendió que la dignidad que intentaba guardar no le pertenecía. Que cada temblor, cada lágrima, cada endurecimiento involuntario era una rendición más. Y que el círculo entero lo sabía.
***
Había pasado una semana.
Kael ya no recordaba bien los días. Solo el mármol frío de la celda de los nuevos, el olor a aceite y a cuerpos ajenos, y las manos que entraban cada mañana para tocarlo, medirlo, recordarle que su polla y sus huevos seguían ahí solo porque todavía no habían decidido cortárselos. Dormía poco. Comía lo que le daban. Y cada noche, cuando cerraba los ojos, volvía a sentir los dedos separándole las nalgas frente al emperador.
Esa noche lo sacaron sin cadenas.
Los baños privados del círculo íntimo olían a vapor de agua caliente, a mirra y a sexo viejo impregnado en las piedras. Tres esclavos de cámara lo esperaban desnudos: el más alto, de hombros anchos y polla gruesa ya a medio endurecer, se llamaba Felix. Había sido el primero en separarle las nalgas la noche de la inspección. A su lado, un eunuco de voz suave y manos expertas, y otro esclavo más joven, de mirada hambrienta. Lo metieron en el agua caliente sin hablar. Le lavaron el cabello, el pecho, la espalda, entre las piernas. Las manos de Felix se demoraron en su polla y en sus huevos, enjabonándolos con lentitud deliberada, apretándolos hasta que Kael soltó un sonido ahogado.
—Todavía pesados —murmuró Felix contra su oreja—. Ya veremos cuánto tiempo más.
Lo sacaron del agua. Lo secaron. Luego lo untaron con aceite de oliva espeso, desde el cuello hasta los tobillos. Especialmente entre las nalgas. Felix le separó los glúteos con los pulgares y le metió dos dedos aceitados hasta el nudillo, abriéndolo, preparándolo, sin miramientos. Kael tembló. Intentó no gemir. Falló.
—Relájate, puta de turno —dijo el eunuco—. Esta noche el emperador quiere verte abierto. Y nosotros vamos a asegurarnos de que lo esté.
Lo llevaron a la cámara contigua. Valerian ya estaba allí, sentado en el mismo trono bajo de la semana anterior, túnica abierta hasta la cintura, una copa de vino en la mano. El resto del círculo formaba un semicírculo: eunucos, libertos, esclavos iniciados. Todos miraban. Kael sintió el calor subirle a la cara cuando lo colocaron de rodillas en el centro del mármol, todavía brillante de aceite.
Felix se plantó delante de él. Se bajó el paño. Su polla, gruesa y ya completamente dura, le rozó los labios.
—Abre la boca, esclavo. Y no uses los dientes si quieres conservar esos huevos.
Kael dudó un segundo. Solo un segundo. Entonces Felix le agarró el cabello con una mano y le empujó la polla dentro. El sabor era amargo, salado, humano. Kael ahogó un sonido. Felix no esperó: empezó a follarle la boca con embestidas profundas, obligándolo a tragar, a babear, a jadear por la nariz.
—Míralo —ordenó una voz a su derecha—. Cómo se le hinchan las mejillas. Qué bueno chupa para ser nuevo.
Otro esclavo se acercó por el costado. Cuando Felix se retiró, el segundo le empujó la polla entre los labios sin darle tiempo a respirar. Kael tosió. Lágrimas le quemaban los ojos. Intentó mantener la dignidad que le quedaba: no mirar hacia arriba, no suplicar. Pero las manos en su cabello no se lo permitieron. Le levantaron la cara cada vez que cambiaban de polla. Uno tras otro. Tres, cuatro. El eunuco mayor le sujetó la mandíbula abierta mientras le frotaba la polla contra la lengua.
—Traga. Traga todo lo que te den, agujero. Esta noche solo sirves para esto.
Cuando por fin lo soltaron, Kael jadeaba, la barbilla brillante de saliva y semen. La polla se le había endurecido a pesar de todo, traicionándolo otra vez. Felix se lo hizo notar con una risa baja.
—Mira cómo se le para. Le gusta tener la boca llena de polla. Qué puta tan lista.
Lo empujaron hacia adelante, a cuatro patas. Felix se arrodilló detrás de él. Le separó las nalgas con las manos aceitadas y alineó la cabeza de su polla gruesa contra la entrada todavía tensa.
—Mírame —ordenó—. Quiero que veas quién te va a abrir primero.
Kael giró la cabeza. Los ojos grises se encontraron con los de Felix en el momento exacto en que la polla empezó a empujar. El dolor fue seco, intenso, una quema que le arrancó un grito ahogado. Felix no se detuvo. Empujó hasta el fondo de un solo golpe y se quedó allí, clavado, respirando contra su nuca.
—Agradece —dijo el eunuco mayor, arrodillado a su lado—. Agradece cada embestida, esclavo.
—G-gracias… —logró decir Kael, la voz rota.
Felix empezó a moverse. Embestidas profundas, lentas al principio, luego más fuertes. Cada vez que entraba hasta el fondo, el eunuco le ordenaba hablar.
—Di que te gusta. Di que te gusta ser el agujero de turno.
—Me… me gusta —sollozó Kael.
—Más alto. Di: “Me gusta que me follen el agujero”.
—Me gusta que me follen el agujero…
Las risas del círculo se mezclaron con el sonido húmedo de la polla entrando y saliendo. Otro esclavo se arrodilló delante de él y le empujó la polla entre los labios otra vez. Ahora lo follaban por los dos extremos. Kael ahogaba gemidos alrededor de la carne que le llenaba la boca. Las lágrimas le corrían por la cara. Su propia polla colgaba dura y goteante entre sus piernas, ignorada.
Cuando Felix se corrió dentro de él, con un gruñido bajo, se retiró despacio. El semen le resbaló por el muslo. Inmediatamente otro esclavo ocupó su lugar. Luego otro. Cada uno le ordenaba mirar, agradecer, confesar.
—Di que eres una puta.
—Soy una puta…
—Di que tu agujero es para usarlo.
—Mi agujero es para usarlo…
—Di que prefieres esto a que te corten los huevos.
Kael dudó. El esclavo que lo penetraba en ese momento le dio una embestida especialmente brutal.
—¡Dilo!
—Prefiero… prefiero esto a que me corten los huevos —sollozó.
Valerian no había hablado en todo el tiempo. Solo observaba, la copa olvidada en la mano, la mirada fija en el cuerpo tembloroso de Kael, en la forma en que el aceite y el semen le brillaban en la piel, en cómo seguía duro a pesar del dolor y la humillación. Cuando el último esclavo se retiró, el emperador se levantó por fin.
Se acercó. Con un gesto, hicieron que Kael se arrodillara otra vez, de frente a él. Un eunuco le entregó una cuchilla fina, calentada al fuego. Valerian le sujetó la barbilla con una mano y, con la otra, le hizo una pequeña marca en la parte interna del muslo izquierdo: una V fina, precisa, que sangró apenas. Kael tembló al sentir el ardor.
Valerian se inclinó hasta su oído. La voz le rozó la piel como un secreto.
—Todavía no eres digno de ser eunuco… pero estás cerca. O quizá seas otra cosa mayor.
Se apartó un poco. Le sostuvo la mirada un segundo más largo de lo necesario. Había algo distinto en esos ojos oscuros. Ya no solo medía carne. Estaba midiendo algo más.
Kael no pudo contestar. Solo respiraba, el cuerpo temblando, el semen ajeno resbalándole por los muslos, la cicatriz ardiendo, y la certeza de que algo había cambiado en la forma en que el emperador lo miraba.
***
Había pasado un mes.
Kael ya no contaba los días por el sol, sino por las noches en que lo llamaban. A veces solo para servir con la boca. Otras para ser abierto otra vez por Felix o por cualquiera del círculo que el emperador permitiera. La cicatriz en forma de S en el interior de su muslo había cicatrizado en una marca fina y rosada. Dormía en la antecámara de Valerian la mayoría de las noches, a los pies del lecho, como un perro valioso al que todavía no se le había decidido el destino final. Conservaba su polla y sus huevos. Eso lo sabía cada mañana cuando se despertaba y los sentía pesados entre las piernas. Pero también sabía que eso podía cambiar en cualquier momento.
Esa noche el círculo se reunió en la sala de disciplina, más estrecha, con el suelo de piedra áspera y anillas de hierro en las paredes. El olor era distinto: cuero, sudor, miedo antiguo.
El condenado ya estaba allí cuando trajeron a Kael. Se llamaba Druso. Había sido esclavo de cámara durante dos años. Alto, de cuerpo fuerte, polla gruesa que Kael había tenido en la boca más de una vez. Su delito había sido simple y estúpido: había intentado esconder una moneda de plata entre las ropas de un visitante. Valerian no toleraba el robo dentro de su círculo íntimo.
Druso estaba desnudo, de pie, con las muñecas atadas a una anilla alta. La espalda ya tenía las primeras marcas rojas del látigo. Respiraba agitado. Cuando vio entrar a Kael, sus ojos se abrieron con algo parecido a la súplica.
—Traed al nuevo —ordenó Valerian desde su asiento elevado—. Que sostenga al ladrón mientras lo educamos.
Dos esclavos empujaron a Kael hacia adelante. Le hicieron colocarse detrás de Druso, pecho contra espalda, y le obligaron a rodearle la cintura con ambos brazos para mantenerlo erguido. El cuerpo de Druso temblaba. Kael podía sentir el calor de su piel, el sudor, el miedo que le salía por los poros.
Felix levantó el látigo corto de cuero.
El primer latigazo cayó sobre la espalda de Druso con un sonido seco. El cuerpo entero se arqueó hacia atrás, empujando a Kael. El segundo latigazo fue más bajo. El tercero se desvió. La punta del cuero silbó en el aire y le rozó la mejilla izquierda a Kael con una precisión cruel.
El dolor fue inmediato y vivo: una línea de fuego que le abrió la piel apenas, lo bastante para que la sangre le corriera caliente por la mandíbula. Kael soltó un grito ahogado. Los ojos se le llenaron de lágrimas al instante. El ardor se extendió por media cara como si le hubieran marcado con hierro.
—Quieto —le gruñó el eunuco mayor—. Si te sueltas, el siguiente es para ti.
Kael apretó los brazos alrededor de la cintura de Druso. La mejilla le latía. Cada nuevo latigazo que caía sobre la espalda del condenado le hacía temblar a él también, y el dolor de la herida en la cara se mezclaba con otra sensación más oscura, más vergonzosa. Su polla empezaba a endurecerse contra la nalga de Druso. Lo odiaba. Y no podía evitarlo.
Cuando el látigo se detuvo, Druso sangraba en varios puntos. Lo bajaron de la anilla y lo obligaron a ponerse a cuatro patas. Felix se arrodilló detrás de él y le empujó la polla dentro de un solo golpe, sin preparación. Druso gritó. Kael fue obligado a arrodillarse a su lado, sujetándole la cabeza por el cabello.
—Dile lo que es —ordenó el eunuco mayor, cerca de su oído herido—. Dile que es una puta inútil.
Kael tragó saliva. La mejilla le ardía. La voz le salió ronca:
—Eres una puta inútil.
—Más fuerte. Y dile que lo vamos a castrar por no saber obedecer.
Kael sintió que el estómago se le encogía. Miró de reojo a Valerian. El emperador no parpadeaba. Lo observaba a él, no al condenado.
—Te vamos a castrar por no saber obedecer —repitió Kael.
Las risas del círculo fueron bajas, excitadas. Mientras Felix lo follaba con embestidas brutales, otros se turnaban para azotarle las nalgas ya marcadas. Cuando Felix se corrió dentro, otro ocupó su lugar. Druso sollozaba. Kael seguía sujetándole la cabeza, la mejilla abierta y sangrante, la polla completamente dura dentro del paño que le habían dejado.
Por fin llegó el momento.
Dos eunucos trajeron el cuchillo fino y el brasero. Druso empezó a forcejear de verdad cuando lo pusieron de espaldas sobre la mesa baja, las piernas abiertas y atadas. Kael fue empujado hacia adelante.
—Acércate —ordenó Valerian, por primera vez en voz alta—. Tócalo.
Kael extendió la mano temblorosa. Le tocaron los huevos al condenado, pesados, contraídos por el miedo. Druso sollozaba peticiones incoherentes. El eunuco mayor le sonrió a Kael con dulzura falsa.
—Después será más útil. Más dulce. Sin esa polla que le hace pensar que todavía es un hombre.
Las voces se volvieron más crueles, más excitadas. Alguien se burló de lo pequeño que se le veía el miembro ahora. Otro prometió que le enseñarían a chupar mejor cuando ya no tuviera nada entre las piernas. Kael sentía el corazón martilleándole en la garganta. Y más abajo, traicionero, el pulso caliente de su propia erección.
El eunuco le agarró la mandíbula y le obligó a mirar.
—Confiesa —le dijo—. Di que tienes miedo.
—Tengo miedo —susurró Kael.
—Y di la verdad completa. Di que una parte de ti se está poniendo dura viéndolo.
El silencio se espesó. Kael sintió que se le quebraba algo dentro. La mejilla le ardía. La polla le latía. Las lágrimas le corrían mezcladas con la sangre de la herida.
—Una parte de mí… se está poniendo dura viéndolo —confesó, la voz rota.
Valerian se levantó. Se acercó con pasos lentos. Se detuvo justo delante de Kael mientras el eunuco bajaba el cuchillo hacia los huevos de Druso. El emperador no miró el corte. Miró la cara de Kael: la herida abierta en la mejilla, las lágrimas, la forma en que los ojos grises se dilataban de horror y de otra cosa más oscura. Miró más abajo, donde la tela del paño se tensaba de forma vergonzosa.
El grito de Druso llenó la sala cuando el cuchillo hizo su trabajo. Kael tembló de pies a cabeza. Una gota de semen le manchó el paño.
Valerian le sujetó la barbilla con dos dedos, evitando la herida, y le obligó a sostenerle la mirada mientras el condenado seguía gritando detrás de ellos.
—Miedo y polla dura al mismo tiempo —murmuró el emperador, casi para sí—. Qué combinación tan interesante.
Hubo un silencio largo. Luego Valerian pasó el pulgar por el borde de la herida en la mejilla de Kael, recogiendo un poco de sangre, y se la mostró.
—Esta noche duermes en mi lecho. No a los pies. En el lecho. Quiero ver cómo se te cierra esta marca… y cómo se te pone la polla cuando sueñas con lo que acabas de ver.
Se inclinó un poco más, la voz baja, casi íntima, pero sin perder el filo:
—Todavía no he decidido si te corto o te guardo entero. Pero cada día que pasa… me inclino más por guardarte.
Kael no pudo contestar. Solo temblaba, la mejilla ardiendo, la polla dura, el olor a sangre y semen llenándole la nariz, y la certeza de que la mirada de Valerian ya no era la misma. Había algo más en ella. Algo parecido a un cariño cruel. Y eso, de alguna forma, daba más miedo que el cuchillo.
***
Pasaron casi dos meses desde la noche en que castraron a Druso.
En ese tiempo Kael aprendió el ritmo del círculo. Lo despertaban antes del amanecer para lavar el cuerpo de Valerian. Le untaban aceite. Le hacían arrodillarse entre las piernas del emperador mientras este desayunaba, y a veces solo tenía que mantener la boca abierta y caliente, sin chupar, como un agujero vivo esperando. Otras noches Felix o alguno de los eunucos lo usaban en la antecámara para que Valerian escuchara los gemidos desde el lecho. La cicatriz de la mejilla sanó en una línea fina y pálida. La S del muslo se volvió parte de su piel. Su polla seguía ahí. Sus huevos también. Pero cada mañana, cuando se tocaba, sentía que ya no le pertenecían del todo.
Valerian lo miraba diferente. Ya no solo como carne nueva. A veces, después de follarlo, le pasaba los dedos por el cabello con una lentitud casi distraída. Otras le dejaba quedarse en el lecho hasta el amanecer, el brazo pesado sobre su cintura, como si el cuerpo de Kael fuera un objeto valioso que no quería que se enfriara. Pero la crueldad nunca desapareció. Solo se volvió más precisa.
Esa noche lo llamaron a la cámara privada sin el resto del círculo. Solo Valerian. Solo las lámparas de aceite. Solo el olor a mirra y a sexo antiguo.
Kael entró desnudo, como siempre. Valerian estaba sentado al borde del lecho, túnica abierta, la polla ya a medio endurecer entre las piernas. Lo miró un largo rato en silencio.
—He decidido —dijo por fin—. Vas a ser mi esclavo personal de habitación. Dormirás en mi lecho. Me servirás la polla cuando yo quiera. Te abriré cuando yo quiera. Y a cambio… conservarás eso.
Señaló con la barbilla la polla y los huevos de Kael.
Kael sintió que el corazón se le detenía un segundo. Luego latía demasiado rápido.
—Pero el precio no es barato —continuó Valerian—. Si quieres seguir teniendo esa polla, vas a pedirlo de rodillas. Vas a decir que eres mi puta y que tu culo me pertenece.
Kael se arrodilló. Las rodillas le golpearon el mármol. Levantó la cara. Valerian esperaba.
—Soy… soy tu puta —dijo, la voz baja.
—Más alto. Y completo.
—Soy tu puta. Y mi culo te pertenece.
Valerian inclinó la cabeza, no del todo satisfecho.
—Repite hasta que te crea: “Prefiero ser follado todos los días antes que perder mis huevos”.
Kael tragó saliva.
—Prefiero ser follado todos los días antes que perder mis huevos.
—Otra vez.
—Prefiero ser follado todos los días antes que perder mis huevos.
—Más despacio. Que se oiga cada palabra. Y mírenme mientras lo dices.
Los ojos grises de Kael se alzaron. La voz le temblaba, pero salió clara:
—Prefiero ser follado todos los días antes que perder mis huevos.
Valerian se puso de pie. Se acercó. Le agarró el cabello y le forzó la cara hacia su polla ya dura.
—Ahora confiesa. No lo que crees que quiero oír. Lo que de verdad se te pasa por la cabeza cuando te abren. Cuando te hacen chupar. Cuando ves cortar a otro. Di deseos que te den vergüenza.
Kael abrió la boca. Al principio solo salieron mentiras necesarias, frases que sabía que debían satisfacer:
—Me… me gusta cuando me usan la boca hasta que me duele la mandíbula. Me gusta sentir el semen caliente resbalándome por la garganta.
Valerian no sonrió. Tiró más fuerte del cabello.
—Sigue. Más abajo. Más sucio.
Kael sintió el calor subirle a la cara. Inventó. O creyó que inventaba.
—A veces… a veces pienso en que me dejen atado con las piernas abiertas todo el día, solo para que cualquiera del círculo me meta la polla cuando quiera. Sin avisarme. Sin preguntarme.
La voz se le quebró. Porque al decirlo, una imagen se le formó demasiado nítida: él mismo, aceitado, esperando, la polla dura de solo imaginarlo. Ya no sonaba del todo a mentira.
Valerian le rozó la mejilla cicatrizada con el pulgar.
—Más.
—Pienso… pienso en que me hagan mirar mientras follan a otro, y que me obliguen a decir en voz alta lo mucho que quiero ser el siguiente agujero. Y que mientras lo digo se me ponga dura. Como… como aquella noche.
El silencio se alargó. Kael temblaba. Se dio cuenta, con un horror lento, de que ya no estaba inventando del todo. Las palabras le salían de un lugar que no conocía, un lugar que se había ido formando noche tras noche, embestida tras embestida, amenaza tras amenaza.
Valerian le soltó el cabello. Le dio una bofetada no demasiado fuerte, solo lo bastante para que la cicatriz de la mejilla volviera a arder.
—Buena puta. Ahora pide. Pide que te folle. Pide que te use como quiera. Pide conservar tus huevos.
Kael se inclinó hasta tocar el mármol con la frente.
—Por favor… fóllame. Úsame como quieras. Mi agujero es tuyo. Mi boca es tuya. Prefiero que me folles todos los días, que me dejes hecho un desastre, antes que perder mis huevos. Te lo pido. Te lo suplico.
Valerian lo levantó del pelo y lo tiró sobre el lecho. Lo puso a cuatro patas. Sin preparación —solo el aceite que Kael ya llevaba de costumbre entre las nalgas— le empujó la polla hasta el fondo de un solo golpe. Kael gritó. El emperador no esperó: empezó a follarlo con embestidas profundas, brutales, el sonido de la piel contra la piel llenando la cámara. Cada vez que entraba, le hablaba al oído:
—Este agujero me pertenece. Esta polla que se te pone dura mientras te destrozo también me pertenece. Si algún día dejas de pedirlo así, te corto los huevos yo mismo y te dejo como a Druso. ¿Entiendes?
—Sí… sí, lo entiendo…
Valerian le rodeó la cintura con un brazo y le masturbó la polla con la otra mano, al mismo ritmo de las embestidas. Era un gesto casi cuidadoso en medio de la brutalidad: el pulgar rozando la cabeza, los dedos firmes, midiendo cada temblor. Kael se corrió primero, con un sollozo, manchando las sábanas. Valerian lo siguió segundos después, enterrándose hasta el fondo y quedándose allí, respirando contra su nuca.
Durante un rato solo se oyeron las respiraciones. Luego el emperador se retiró despacio. Con una tela húmeda que había dejado preparada, limpió el semen que resbalaba por los muslos de Kael. Le pasó la tela por el vientre. Le apartó el cabello sudado de la frente. El gesto fue breve, casi distraído, pero estuvo ahí.
—Desde esta noche duermes aquí —dijo Valerian, la voz más baja—. En mi lecho. Si te portas bien, te dejo la polla. Si te portas demasiado bien… quizás hasta te dé permiso para correrte cuando yo lo decida.
Se recostó y tiró de Kael hasta que el cuerpo más joven quedó pegado al suyo, la espalda contra su pecho. La mano del emperador se posó sobre el vientre de Kael, justo encima de la polla todavía sensible, con una posesión tranquila.
—Duerme, puta mía. Mañana volveremos a hablar de lo que te gusta confesar.
Kael cerró los ojos. El cuerpo le dolía. La cicatriz de la mejilla le latía. Y entre el miedo y el alivio de seguir entero, se dio cuenta de una verdad más peligrosa que cualquier amenaza: parte de las cosas que había confesado de rodillas ya no eran mentira.
***
Habían pasado casi un año desde la noche en que Kael pidió de rodillas conservar su polla.
Ya no dormía a los pies del lecho. Dormía en él. Valerian lo usaba cuando quería: al despertar, después de las audiencias, en mitad de la noche, con la misma crueldad de siempre y con gestos de cuidado que solo aparecían cuando nadie más miraba. Le limpiaba el semen de los muslos. Le apartaba el cabello sudado. A veces, después de follarlo hasta dejarlo temblando, le dejaba la mano posada sobre el vientre, justo encima de la polla, como recordatorio silencioso de que seguía entero solo porque el emperador así lo quería.
Kael había aprendido a anticipar. A arrodillarse sin que se lo ordenaran. A abrir la boca o las piernas según la mirada de Valerian. Y, sobre todo, había aprendido a hablar.
Esa noche trajeron a un nuevo captivo.
Era joven, quizá un año menor que Kael. Cabello negro, ojos claros, cuerpo todavía tenso de orgullo. Lo habían comprado en el mismo mercado donde meses atrás habían valorado a Kael. Ahora estaba desnudo en el centro de la cámara, muñecas atadas, respiración agitada. El círculo se había reunido otra vez: eunucos, esclavos de cámara, Felix entre ellos. Valerian observaba desde su asiento.
Kael se adelantó. Ya no lo empujaban. Caminó solo, desnudo salvo por la fina cadena de oro que Valerian le había puesto al cuello semanas atrás. Se detuvo frente al nuevo.
Lo miró de arriba abajo con calma aprendida.
—Abre las piernas —ordenó. La voz le salió firme, casi suave—. Más. Que se vea bien el agujero que vas a ofrecer.
El muchacho dudó. Kael le dio un golpe seco con el dorso de la mano en el interior del muslo.
—Cuando un esclavo del emperador te habla, obedeces. Abre.
El nuevo abrió. Kael se agachó, le separó las nalgas con los pulgares y le examinó la entrada con la misma frialdad con la que a él lo habían examinado. Luego se incorporó y le levantó la barbilla a la fuerza.
—Qué cara de orgullo… ya veremos cuánto te dura cuando te tengamos de rodillas lamiendo nuestros pies y pollas. Esta noche te vamos a abrir. Primero la boca. Después el agujero. Y si no demuestras que sirves, te cortamos los huevos y te dejamos como eunuco de cámara. ¿Entiendes?
El muchacho tragaró saliva. Asintió.
Kael se acercó más a su oído, lo bastante alto para que el círculo oyera:
—Vas a chupar cada polla que te pongan delante. Vas a agradecer cada embestida. Y cuando te pregunten si te gusta ser el agujero de turno, vas a decir que sí. Aunque te duela. Aunque llores. Aunque se te ponga dura de la vergüenza.
Se apartó. Felix ya se estaba colocando detrás del nuevo. Kael se quedó a un lado, observando cómo lo preparaban, cómo le untaban aceite, cómo le obligaban a abrir la boca. Y cuando el muchacho soltó el primer gemido de dolor al ser penetrado, Kael habló otra vez, la voz clara:
—Míralo. Mírale la cara mientras te la mete. Y di gracias.
El nuevo sollozó las palabras. Kael sintió un calor extraño en el pecho. No era solo poder. Era reconocimiento. Meses atrás él había estado exactamente en ese lugar. Ahora era él quien describía, quien humillaba, quien marcaba el ritmo de la degradación.
Valerian no apartó los ojos de Kael en ningún momento.
Cuando el ritual terminó y el nuevo, temblando y marcado, fue llevado a la celda de los recién llegados, el círculo se dispersó. Solo quedaron Valerian y Kael en la cámara.
Valerian se levantó. Se acercó. Le sujetó la barbilla con dos dedos, el mismo gesto de siempre, pero más lento.
—Lo has hecho bien —dijo—. Hablas como si siempre hubieras pertenecido aquí.
Kael bajó la mirada un segundo. Luego la alzó.
—Porque ya no sé hablar de otra forma.
Valerian lo guió hacia el lecho. Lo hizo arrodillarse entre sus piernas. Le acarició el cabello con una mano mientras con la otra se sacaba la polla, todavía a medio endurecer.
—Dime qué eres.
—Soy tu puta —respondió Kael sin dudar—. Mi agujero te pertenece. Mi boca te pertenece. Mi polla solo se pone dura cuando tú quieres.
Valerian le rozó los labios con la cabeza de la polla.
—Más. Confiesa lo que no le dices a nadie más.
Kael tragó saliva. La voz le salió más baja, más íntima:
—A veces me despierto y lo primero que pienso es en si hoy me vas a usar o si me vas a dejar con ganas. A veces, cuando te chupo, me corre un miedo de que un día decidas que ya no me necesitas entero. Y… y parte de mí se pone dura con ese miedo. Como aquella noche con Druso. Ya no sé separarlo.
Valerian le metió los dedos en la boca, lenta, profundamente, antes de sustituirlos por la polla. Lo folló la boca con calma posesiva, sin prisa, mientras le hablaba:
—Vas a seguirme pidiendo que te folle. Vas a seguirme confesando cada porquería que se te ocurra. Y yo voy a seguir decidiendo si te dejo la polla o no. Eso no cambia. Nunca.
Cuando se retiró, Kael tenía los labios hinchados y la respiración agitada. Valerian lo levantó, lo tumbió en el lecho y lo penetró de frente, las piernas de Kael abiertas a su alrededor. Las embestidas fueron profundas, constantes, pero el ritmo ya no era solo brutalidad: había una lentitud deliberada, casi cuidadosa, como si midiera cada reacción del cuerpo debajo del suyo.
Kael gimió. Se aferró a los hombros de Valerian.
—Úsame… hasta que no quede nada mío —susurró—. Prométeme que mi cuerpo y mi voz ya no me pertenecen. Que te pertenecen a ti.
Valerian le sujetó la cara con ambas manos, obligándolo a mirarlo mientras seguía moviéndose dentro de él.
—Te pertenezco yo también, de una forma que no te voy a explicar. Pero tú… tú eres mío. Entero. Con polla o sin ella. Con voz o sin ella. Hasta que me canse. Y no pienso cansarme pronto.
Se corrió dentro de él con un gruñido bajo. Kael lo siguió segundos después, sin que nadie le tocara la polla, solo con la fricción y las palabras.
Después, en la quietud, Kael se deslizó hasta el suelo, de rodillas junto al lecho. Apoyó la frente contra la rodilla de Valerian. La cadena de oro le rozaba la clavícula.
—Mi cuerpo ya no es mío —dijo en voz muy baja—. Mi voz ya no es mía. Te pertenezco. Úsame el tiempo que quieras. El resto de mi vida, si así lo decides.
Valerian le posó la mano en la nuca, los dedos enterrados en el cabello castaño. No dijo nada durante un rato. Solo lo sostuvo así, en silencio, mientras las lámparas se consumían y el olor a sexo y a púrpura llenaba la cámara.
Al final, la voz del emperador bajó hasta convertirse casi en un susurro:
—Duerme aquí. Mañana hay otro captivo. Y quiero oírte otra vez describirle lo que le espera.
Kael cerró los ojos. La frente seguía apoyada en la rodilla de Valerian. La cicatriz de la mejilla ya casi no se notaba. La S del muslo sí. Y entre el miedo antiguo y la dependencia nueva, por primera vez en meses, no intentó recuperar nada de lo que había sido. Ya no quedaba nada que recuperar. Solo púrpura. Solo cadenas. Solo la voluntad del hombre que lo había convertido en lo que ahora era.
***
Epilogo
Cinco años después
Kael tenía veinticuatro años.
La cicatriz de la mejilla era solo una sombra fina que apenas se notaba bajo la luz de las lámparas. La marca en forma de V en el interior de su muslo se había suavizado con el tiempo, aunque Valerian todavía la buscaba a veces con los labios, como si necesitara recordar que seguía ahí. Kael seguía entero. Su cuerpo había cambiado: más marcado por los años de servicio, la piel acostumbrada al aceite y a las manos del emperador, la mirada más quieta. Ya no buscaba escapar de nada. Había aprendido a habitar el lugar que le habían dado.
Valerian tenía cuarenta y siete. Las sienes plateadas le llegaban más atrás, la cicatriz de la mandíbula se había vuelto más profunda, pero la forma en que miraba a Kael no había perdido intensidad. Solo se había vuelto más lenta, más segura. Como quien contempla algo que ya no necesita conquistar porque lo posee por completo.
Aquella noche no había círculo ni rituales. Solo la cámara privada, el lecho amplio y el silencio cómodo de quienes se conocen demasiado bien. Kael estaba recostado de lado, la espalda apoyada contra el pecho de Valerian, la respiración del emperador calentándole la nuca. Una mano pesada le rodeaba la cintura, los dedos extendidos sobre su vientre, justo por encima de donde su cuerpo todavía reaccionaba con facilidad a la cercanía.
—Cinco años —murmuró Valerian contra su piel—. Y sigues aquí.
Kael cerró los ojos un instante.
—No sé estar en otro sitio.
Valerian deslizó la mano más abajo, despacio, sin prisa, hasta envolverlo con una familiaridad que ya no necesitaba palabras. Kael dejó escapar un sonido bajo, casi un suspiro, y empujó apenas las caderas hacia atrás, buscando más contacto. Valerian sonrió contra su cuello.
—Todavía me buscas así.
—Siempre —respondió Kael, la voz ronca—. Aunque no digas nada. Aunque solo me mires.
Valerian lo hizo girar con cuidado hasta dejarlo de frente. Lo miró un rato largo, los dedos trazando la línea de la mandíbula, el borde de la vieja cicatriz, el contorno de los labios. Luego lo besó. No fue un beso suave. Fue profundo, posesivo, el mismo que le había dado la primera vez que lo reclamó como suyo, solo que ahora había en él una certeza tranquila. Kael abrió la boca sin resistencia, dejando que el emperador tomara lo que quisiera.
Cuando Valerian lo penetró, lo hizo con lentitud deliberada. Kael arqueó la espalda, las manos aferradas a los hombros del otro, respirando contra su boca. Ya no había gritos ni órdenes crudas. Solo el sonido de los cuerpos, el calor, la forma en que Valerian lo miraba mientras se movía dentro de él, profundo y constante. Cada embestida parecía decir lo mismo: sigues siendo mío. Y Kael, con cada gemido contenido, respondía sin palabras: lo sé.
Valerian lo sostuvo cuando se corrió, la frente apoyada en la suya, la respiración agitada mezclándose. Después no se retiró de inmediato. Se quedó dentro, el peso de su cuerpo cubriéndolo, una mano acariciándole el costado con una lentitud casi distraída.
—A veces pienso en aquella primera noche —dijo Valerian en voz baja—. En cómo intentabas sostener la mirada. En cómo temblabas y aún así no bajabas la cabeza.
Kael esbozó una sonrisa cansada.
—Ya no tiemblo igual.
—No —convino Valerian—. Ahora tiemblas de otra forma.
Se quedaron en silencio un rato. Las lámparas parpadeaban. Fuera, el palacio seguía su ritmo lejano. Dentro, solo existían el calor compartido y la certeza de que nada de lo que habían construido —a base de miedo, de deseo, de rendición y de algo que ninguno nombraba— se había roto con el tiempo. Solo se había vuelto más denso.
Kael apoyó la frente en el hombro de Valerian.
—Si algún día decides que ya no me quieres así…
—No lo decidiré —lo interrumpió el emperador, la voz firme, casi suave—. Te quedas. Con todo lo que eres. Como has estado estos cinco años. Como seguirás.
Kael asintió contra su piel. No hizo falta decir más. La mano de Valerian volvió a posarse sobre su vientre, posesiva y tranquila, y Kael cerró los ojos sabiendo que, por primera vez en mucho tiempo, no había amenaza que temer ni dignidad que recuperar. Solo el peso familiar de un cuerpo que lo había reclamado por completo… y al que él, a su manera, también pertenecía.
Fin
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Los quiero <3



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