el principio del todo…el inicio de mi adicción.
yo de 11 el de 25.
Tenía apenas 11 años, era un niño normal relleno sin perder el molde, blanco y de buenas proporciones y unas nalgas redondas que llamaban mucho la atención. Para ese entonces yo ya sabía más que nada que me encantaban los chicos, más aún su pija.
Entre mi hermano y yo había una diferencia de edad de cinco años; él ya andaba en otro mundo, juntándose con chicos más grandes. Así fue como un día apareció Sergio. Tenía 25 años en ese entonces. Media 1,80, de contextura fuerte pero delgado, él trabajaba haciendo jugadas para las apuestas a mi papá. Era una cara conocida para mi familia, alguien a quien habíamos sentado a nuestra mesa a cenar varias veces. Había confianza.
Aquella tarde la casa estaba en completo silencio. Mi mamá había viajado a una ciudad cercana con mi hermana menor a hacer unos trámites, mi papá estaba trabajando en el sur y mi hermano cursaba la secundaria. Como yo iba a la escuela por la mañana, las tardes me encontraba a solas, una rutina fija al menos tres veces por semana.
Cuando Sergio golpeó la puerta preguntando por mi papá, lo dejé pasar sin dudarlo. Le expliqué que no estaba. El calor de la tarde pesaba en el ambiente, así que me pidió algo de beber. Fui a la cocina, le serví un vaso de agua fresca y, mientras se lo entregaba, me preguntó si estaba solo. Le dije que sí, sin imaginar lo que vendría.
De la nada, empezó a hacerme cosquillas desde atrás. Al principio fue un juego inofensivo; me sujeto como para simular una lucha de fuerza y yo le seguí el corriente, riendo. Pero en un segundo, todo cambió. Sentí su cuerpo pegado al mío y, de repente, su miembro erecto presionando contra mi culo. Una descarga eléctrica helada me recorrió de pies a cabeza. Me quedé congelado. Al no ver de mi parte ningún rechazo ni grito de disgusto, continuó rozándose, y yo seguí sin decir una sola palabra, atrapado en una extraña parálisis.
Me susurró que fuéramos a mi pieza. Sin soltarme, me guio hasta la cama. Me acostó boca abajo y comenzó a frotarse contra mí, aún con la ropa puesta. Sentía su pene durísimo contra mi cuerpo y yo, abrumado y sin saber cómo reaccionar, simplemente me dejé llevar por la inercia del momento.
Lo siguiente pasó muy rápido. Me bajó el pantalón junto con el slip. Escupió en la entrada de mi ano para buscar algo de lubricación, se bajó los pantalones y empujó hacia mí. Como era virgen en todo sentido y no había ninguna preparación real, costó muchísimo que la cabeza de su pija pudiera entrar; me dolió, pero me dio igual, me quedé en silencia sintiendo como ese pedazo de carga entraba dentro de mí. Solo logró introducir una tercera parte, y estuvo unos diez minutos haciendo movimientos rápidos hasta que terminó sobre mis nalgas, luego me limpio.
Se vistió en silencio. Esperó a que yo también me pusiera la ropa y se fue, dejándome solo otra vez.
En ese instante, un peso enorme cayó sobre mis hombros: una culpa honda, silenciosa y asfixiante se instaló en mi pecho por lo que había pasado.
El palpitar de mi culo me hizo reaccionar y mis instintos me llevaron a saborear los restos de semen que dejo en mi cama. Y esto apenas era el comienzo, porque dos días después volvió, repetimos la secuencia, pero esta vez yo lleve las riendas y logre hacerlo acabar dentro mío, luego de esto se fue. Ya a solas otra vez, expulse el resto de su leche que me dejo adentro y me los devore.
Fue el principio del todo…el inicio de mi adicción.

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