El profesor de kinder 7
Película y palomitas.
Los días después de la tormenta transcurrieron en una extraña calma. El padre de Sebas no dijo nada.
Su silencio era una confirmación tan poderosa como cualquier palabra. Me sentía invencible, como si operara bajo un permiso divino otorgado por la inacción de un hombre. La confianza que me dio fue veneno para mi cautela. Ya no buscaba la oscuridad de un sótano o el aislamiento de una sala cerrada. Empecé a desear la luz, el riesgo de un espacio donde el mundo pudiera, teóricamente, mirarnos.
En una tarde de viernes. El equipo de fútbol tenía un partido importante fuera de la ciudad, y la mayoría de los niños mayores se fueron temprano. El jardín de infantes, sin embargo, siguió su rutina normal hasta la hora de salida. Pero esa tarde, yo había organizado una «sesión de cine y palomitas» para los niños cuyos padres trabajaban hasta tarde. Una excusa perfecta para mantener a Sebas más tiempo.
«Sebas, necesito tu ayuda en la sala de arte», le dije cuando los otros niños estaban ya absortos en la película, sus caras iluminadas por los dibujos animados. «Hay unos caballetes nuevos que necesito que me ayudes a montar. Es un trabajo solo para ayudantes especiales».
Él me siguió sin dudarlo, su confianza en mí era una llave que abría cualquier puerta. La sala de arte estaba al final del pasillo, una habitación luminosa con grandes ventanales que daban al pequeño patio de la escuela. No cerré la puerta. La dejé entreabierta, un desafío consciente al mundo.
«Vamos, siéntate aquí», le dije, señalando un taburete bajo frente a un caballete vacío. Me arrodillé a su lado, mis manos yendo directamente a la hebilla de su cinturón. Esta vez, no hubo preámbulos. No había juegos de estatuas ni secretos susurrados. Solo la cruda realidad de mi deseo.
Desabroché su pantalón y lo dejé caer a sus tobillos. Él se quedó quieto, sus manos apoyadas en el caballete, como si estuviera a punto de pintar. Sus ojos estaban fijos en el lienzo blanco, su mente ya desconectándose, preparándose para sobrevivir.
«Quiero que me mires», le ordené, mi voz baja y severa. Sus ojos parpadearon y se desviaron hacia mí, pero estaban vacíos, como los ojos de un muñeco de porcelana. Me desnudé lentamente, disfrutando de su mirada ausente, de la forma en que sus pestañas temblaban sin emitir sonido.
Me puse de pie frente a él, con mi pene completamente erecto. «Tócalo», le dije. Él vaciló, sus pequeñas manos temblando sobre sus rodillas. «¡Ahora!», siseé.
Con una torpeza que me excitó, extendió su mano y me tocó. Su piel era suave y fría. Moví mi cadera, empujando mi miembro contra su palma. «Ahora con la otra mano. Y la boca».
Sus ojos se llenaron de un terror que no había visto antes. Un terror puro, sin el velo de la confusión. Abrió su boca para decir algo, quizás un «no» que nunca había pronunciado, pero solo salió un pequeño jadeo. Se inclinó hacia adelante, su cuerpo rígido como una tabla, y me tomó en la boca. El calor y la humedad eran abrumadores. Sentí sus dientes rozarme el prepucio y me estremecí. Lo agarré por el pelo, controlando su ritmo, usándolo como el instrumento que había decidido que era. Él se ahogaba, sus lágrimas ahora caían libremente sobre mi piel, pero no se detuvo. No podía.
Fue en ese momento, con él de rodillas frente a mí, completamente sometido, cuando lo vi a través del hueco de la puerta, una vez más. El padre. Estaba de pie, a mitad del pasillo, casi como si se hubiera materializado de la nada. Era sorprendente para mi la forma en que parecía saber cuando y donde tomaría a su pequeño hijo. Llevaba un maletín en una mano. No había venido a recoger a Sebas. Había venido a observar.
El shock me recorrió de nuevo, pero esta vez no me detuve. Al contrario. Me aferré con más fuerza al cabello de Sebas, acelerando el ritmo, mi mirada fija en la del padre a través de la distancia. Le estaba demostrando. Le estaba mostrando la profundidad de mi poder, la totalidad de mi posesión. El padre no se movió. No se fue. Se quedó allí, viendo cómo su hijo era degradado, cómo su inocencia era destrozada por el hombre en quien había confiado. Su rostro era una máscara sin expresión, una estatua incógnita de lo que pensaba, pero que a su vez con su quietud como respuesta, me demostraba lo que había venido a buscar.
Sentí el clímax acercándose, una ola de placer que se mezclaba con el triunfo de ser observado. Me retiré de la boca de Sebas con un movimiento brusco y lo terminé con mi mano, mi eyaculación manchando su mejilla y su camiseta. Él se sobresaltó, su cuerpo temblando con sollozos silenciosos, sus manos cubriéndose la cara.
Me vestí lentamente, mientras observaba al padre. Finalmente, se movió. Dio media vuelta y se alejó, sus pasos sin sonido sobre la moqueta del pasillo. Se había ido. Había visto todo y se había ido.
«Levántate, Sebas», dije, mi voz de vuelta a la normalidad. «Límpiate. Tu papá debe estar esperando».
Él se levantó con torpeza, su cara manchada de lágrimas y semen. Fue al baño y se limpió, y cuando volvió, su rostro estaba lavado, pero sus ojos tenían un nuevo tipo de vacío, un abismo que nunca antes había visto.
Volvimos al salón principal. La película estaba terminando y los niños se estiraban y bostezaban.
Me senté en mi escritorio, y Sebas se sentó en el suelo, lejos de mí, con la cabeza entre las rodillas.
Diez minutos después, la puerta del salón se abrió. Era el padre de Sebas. Sonreía, una sonrisa que en parte parecía forzada, que no le llegaba a los ojos.
«Disculpe el retraso, profesor. El tráfico estaba terrible», dijo, su voz sorprendentemente normal.
«No hay problema, señor Arismendi. Sebas ha sido muy bueno», respondí, devolviéndole la sonrisa.
El padre se acercó a Sebas y se arrodilló. «Hola, campeón. ¿Listo para ir a casa?».
Sebas no respondió. Se levantó y tomó la mano de su padre, sin mirarlo. Mientras se alejaban, el padre me miró por encima del hombro. En sus ojos no había ira, ni acusación. Había algo mucho más complejo, algo que me hizo sentir aún más poderoso. Había un permiso total y absoluto.
Cuando se fueron, me quedé en el salón, escuchando el eco de sus pasos. El poder que sentía era casi doloroso. No solo había violado a su hijo frente a él. Lo había obligado a participar en mi fantasía, a ser un espectador activo de su propia humillación. Y él había vuelto. Había vuelto a por el niño y se había ido con una sonrisa. Sabía, con una certeza absoluta, que este era solo el comienzo de un nuevo juego, un juego mucho más oscuro y excitante, donde el padre no era solo un espectador, sino un peón en mi tablero.
Teleg @lovelydovey12, chicos esta historia está por terminar, espero la puedan apreciar, tanto como yo lo he hecho hasta ahora, dejen sus comentarios


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