El secuestro de un ángel 3
Piesitos de ángel.
El olor a sexo y a miedo llenaba el aire, una combinación que me embriagaba más que cualquier licor. Elías yacía en la cama, todavía atado, sus sollozos reducidos a hipidos espasmódicos. Pero mis ojos estaban fijos en otra cosa: sus pies.
Me arrodillé al pie de la cama, casi reverentemente. Esos piesitos pálidos, perfectos, con sus dedos diminutos y uñas sin color, eran como esculturas creadas solo para mi deleite. Los tomé con cuidado, sintiendo la delicadez de sus tobillos bajo mis dedos. El pequeño intentó retirarlos, pero mis manos eran firmes.
– No te preocupes, angelito – susurré – vamos a jugar un nuevo juego.
Llevé uno de sus pies a mi boca, mi lengua extendida para saborear cada centímetro de esa piel suave. El sabor era divino: una mezcla de sal de sus lágrimas, el dulzor infantil y un toque de sudor que me volvía loco. Lamí entre sus dedos, sintiendo cómo él se estremecía. Mi verga volvió a ponerse dura como una piedra, pulsando con cada latido de mi corazón.
– Por favor, no – susurró Elías, su voz rota por el llanto.
– Calla y disfruta – le ordené, mordisqueando suavemente la planta de su pie. El pequeño grito que escapó de sus labios fue música para mis oídos.
Desaté sus manos, solo para volver a atarlas, esta vez con sus pies elevados y juntos, dejando su culito expuesto y vulnerable. Su posición era perfecta: como un pequeño sacrificio ofrecido a mis deseos más oscuros.
– Sabes, desde que te vi en el parque, no podía dejar de pensar en estos pies – confesé mientras masajeaba sus plantas con mis pulgares. – Imaginaba cómo se sentirían en mi boca, cómo sabrían, cómo se verían cubiertos de mi leche.
Mi verga estaba goteando preseminal, manchando el colchón debajo de mí. Comencé a frotarla contra sus pies, sintiendo la suavidad de su piel contra mi glande. El movimiento era rítmico, casi hipnótico. El pequeño lloraba en silencio, lágrimas silenciosas corriendo por sus sienes.
– Mira lo que me haces hacer – le dije, mi voz áspera por el deseo. – Mira cómo estos piesitos me vuelven loco.
Me levanté momentáneamente para buscar el lubricante que había traído. Lo apliqué generosamente en mi verga y entre sus dedos. Luego, comencé a introducir mi miembro entre sus pies, frotándolo contra sus plantas. La sensación era indescriptible: la suavidad de su piel, el calor, la humedad del lubricante, y sobre todo, el conocimiento de que estaba usando a este niño para mi placer más íntimo y perverso.
– Sí, así, sí – gemía mientras movía mis caderas, mi verga deslizándose entre sus pies. – Eres un buen niño, Elías. Un buen niño para mi.
El pequeño había dejado de llorar, como si entrara en un estado de shock profundo. Sus ojos estaban abiertos pero vacíos, mirando al techo sin ver. Esta sumisión silenciosa me excitaba aún más que sus sollozos.
Aceleré el ritmo, mis manos apretando sus tobillos mientras mis caderas se movían con fuerza salvaje. El sonido de mi piel contra la suya llenaba la habitación, mezclado con mis gemidos y el jadeo pesado de mi respiración.
– Voy a correrme en tus pies – anuncié, mi voz temblorosa por el placer inminente. – Voy a llenar estos piesitos con mi leche, y luego vas a lamerla todo.
Con un rugido gutural, eyaculé, mi semen caliente salpicando sus pies, sus tobillos, incluso sus piernitas delgadas. El blanco de mi semen contrastaba con la piel pálida del niño, creando una imagen que me dejó sin aliento.
Me quedé allí un momento, admirando mi obra. Luego, me deslicé hacia arriba hasta quedar frente a su cara.
– Ahora, limpia tus pies – le ordené, llevando uno de ellos a su boca. – Lame toda mi leche. Demuéstrame cuánto quieres complacerme.
El pequeño vaciló, sus ojos llenos de terror y humillación. Con un suspiro de resignación, extendió su lengua y comenzó a lamer su propio pie, limpiando mi semen con lágrimas rodando por sus mejillas.
– Así se hace – susurré, mi mano acariciando su cabello mientras mi otra mano se bajaba a mi verga, que ya comenzaba a ponerse dura de nuevo. – Eres mi niño perfecto, Elías. Perfecto para mí.
Mientras él limpiaba sus pies, mi mente ya corría hacia la siguiente perversión. Esta noche apenas comenzaba, y tenía planes de enseñarle a mi angelito muchas más formas de complacer a su nuevo amo.
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