El secuestro de un ángel 5
Salida de emergencia.
El amanecer se filtraba por las persianas, no como una promesa, sino como una sentencia. El apartamento olía a sudor, a semen y a esa dulce fragancia de miedo que ya se había impregnado en las paredes. Elías yacía inmóvil, una marioneta cuyos hilos habían sido cortados. Había llorado hasta quedarse sin fuerzas, y ahora solo yacía allí, sus ojos abiertos pero vacíos, mirando el techo como si esperara que se abriera y lo devolviera a un mundo que ya no existía para él.
Yo, en cambio, estaba renovado. La bestia había dormido, y ahora despertaba con un hambre diferente. No era el hambre frenética de la noche anterior, sino un antojo más calculado, más perverso. Me levanté y me dirigí a la cocina. No preparé comida. Abrí el refrigerador y saqué el jarabe de arce, una botella de leche y una bolsa de azúcar. Regresé a la habitación con mis ingredientes.
Elías me vio acercarse, y su cuerpo se tensó, un espasmo de terror automático.
– Buenos días, mi dulce – susurré, mi voz como miel mezclada con veneno. – Hoy vamos a jugar a la cocina.
Vertí un charco de leche helada sobre su vientre plano. El pequeño gimió, el frío haciéndole estremecer. Sonreí y rocié el jarabe de arce sobre sus pezones, que se pusieron duros como guijarros. Luego, con una parsimonia casi religiosa, espolvoreé azúcar sobre todo su torso. Era mi pastel, mi postre personal, preparado justo para mí.
– Qué rico se ve – murmuré, más para mí que para él. Me arrodillé y mi lengua encontró el primer charco de leche, mezclada con el sabor salado de su piel. Lamí lentamente, saboreando cada grano de azúcar, cada gota de jarabe. El pequeño lloriqueaba en silencio, sus lágrimas cayendo y mezclándose con mi festín.
Mientras comía, mi mente se desvió. Había algo que faltaba, algo que necesitaba para completar mi obra maestra. La noticia. La reacción del mundo. Necesitaba verla, sentirla, saborearla.
Me levanté, dejándolo ahí, pegajoso y tembloroso. Fui a por mi teléfono. Desbloqueé la pantalla y me senté en el borde de la cama, lejos de él, como si estuviera en un mundo diferente. Abrí el navegador y busqué su nombre. «Elías Leonardo Silas Torres».
Los resultados me inundaron. Titulares rojos, fotos de su cara sonriente en todos los portales. «BÚSQUEDA DESESPERADA», «COMUNIDAD EN PÁNICO», «RECOMPENSA REUNIDA». Hice clic en un vídeo. Era a la madre. No estaba llorando desesperadamente como en el vídeo del día anterior. Estaba sentada, frente a las cámaras, con los ojos rojos e hinchados, pero su voz era firme, de acero.
– A quien sea que tenga a mi hijo – decía, mirando directamente a la lente, como si me estuviera viendo a mí –, no tengo dinero. No puedo negociar. Quiero una cosa. Quiero que lo devuelvan. Por favor, devuelvanmelo…necesito a mi niño conmigo. La comunidad entera lo está buscando. Las calles están llenas de gente que quiere justicia. No hay lugar donde puedas esconderte. Te encontraremos.
La imagen cambió. Grupos de búsqueda, hombres con perros, mujeres con pancartas. Cerraban calles, registraban coches. El parque donde lo tomé era un centro de operaciones. Y luego, vi algo que me hizo detener el vídeo. Un mapa. Un mapa con un radio de búsqueda. Y mi apartamento estaba justo en el borde de ese círculo. No estaban buscando aquí todavía, pero se acercaban.
Una emoción nueva me recorrió. No era miedo. Era emoción. El juego había cambiado. Ya no era una partida privada en mi apartamento. Era una partida de ajedrez con toda la ciudad. Y ellos estaban moviendo sus piezas.
Me paré y me vestí con calma. Elías me observaba, sus ojos llenos de una pregunta que no se atrevía a formular.
– Cambio de planes, angelito – le dije, mi voz fría y clara. – El desayuno espera.
Me acerqué a la ventana y miré hacia afuera. Podía ver los coches pasando en la distancia, la vida normal continuando mientras mi mundo privado estaba a punto de ser invadido. No sentía pánico. Sentía una claridad cristalina. Había un lugar. Un lugar que había considerado, pero descartado como demasiado arriesgado. Ahora, parecía perfecto. Un lugar donde nadie buscaría un niño secuestrado. Un lugar donde su llanto se perdería entre otros sonidos.
Me volví hacia Elías. Ya no era mi postre. Era mi billete de salida. Mi compañero en la próxima etapa.
– Vámonos – dije, cortando las cuerdas que aún ataban sus tobillos a la cama. – Tenemos una cita en el infierno. Y vamos a llegar justo a tiempo.
Aun no se ha publicado la cuarta parte pero, ya subo ahora está quinta…

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