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El secuestro de un ángel 6

Transacción.

Mientras vestía a Elías con la misma ropa raída del día anterior, ahora manchada y arrugada, mi mente no estaba en la huida. Estaba en una transacción. El plan de esconderlo solo era tonto, un juego de niño. Yo no era un jugador de escondite, era un negociante. Y tenía la mercancía más valiosa del mundo.

Saqué mi teléfono, el pulso firme a pesar del caos. Desbloqueé la pantalla y busqué un número que no había guardado en mis contactos, pero que sabía de memoria. Un número que solo se usaba para negocios que la luz del sol no podía ver.

Marqué. Sonó tres veces antes de contestar.

– ¿Qué? – La voz al otro lado era áspera, impaciente. Un viejo lobo llamado Raúl.

– Raúl, soy yo – respondí, mi voz baja y calmada. – Tengo algo que te va a interesar.

– No tengo tiempo para tus juegos. Estoy ocupado.

– Creo que harás tiempo para esto – insistí, mirando a Elías, que me observaba con ojos de animal acorralado. – Tengo un producto. Único. Fresco. Y con mucha demanda en el mercado.

Hubo un silencio al otro lado. Podía escuchar el murmullo de una televisión de fondo.

– ¿De qué estás hablando?

– Hablo de un ángel, Raúl. Un niño de seis años, ojos como miel y piel de porcelana. El mismo que está en todas las noticias. Elías Leonardo Silas Torres.

El silencio se alargó, pesado, denso. Sabía que Raúl estaría conectando las piezas, calculando el riesgo y el beneficio.

– Estás loco – dijo finalmente, su voz un susurro peligroso. – Quieres que me meta en un lío de esa magnitud. Hay todo un ejército buscando a ese crío.

– No quiero que te metas en el límite. Quiero que me saques del límite – corregí. – Necesito un lugar. Un lugar seguro, donde los perros no puedan husmear. A cambio, el niño es tuyo. Para hacer con él lo que quieras. Puedes quedártelo, venderlo por piezas, o tirarlo al mar. Es tu problema.

Raúl analizaba…

–Yo solo quiero el escondite. Un lugar tranquilo, sin preguntas, donde pueda desaparecer por unos días hasta que se calme la cacería. Un piso sin trampas. A cambio de eso, te doy el juguete más codiciado del momento. Es un trato de caballeros, Raúl. Un favor por un favor.

– ¿Y cómo sé que no es una trampa de la policía?

– Porque la policía no negocia con escoria como tú, Raúl. Y porque si fuera una trampa, no estaría ofreciéndote la oportunidad de ensuciarte las manos con este tesoro – respondí con una risita. – Tengo una hora. Después de eso, llamo a otro. O lo dejo en un callejón y me voy. La oferta es ahora o nunca.

– Mándame la ubicación. Un punto público. Cerca de la autopista. Te esperaré. Pero si veo un solo coche azul, te juro que te mato a ti primero y al niño después.

– Trato hecho – dije, y colgué.

Me volví hacia Elías. Él no había entendido todo, pero había capturado la esencia. Le estaba vendiendo a otro monstruo. Sus ojos se llenaron de un nuevo tipo de terror, uno más profundo, más absoluto.

– Te encontré un nuevo amigo, angelito – le dije, mientras ataba sus manos con el cinturón de una bata que encontré en el armario. – Alguien que sabe apreciar la belleza. Alguien que te va a cuidar muy, muy bien.

Lo saqué del apartamento, no hacia mi coche, sino a pie, por las calles traseras. El sol del mediodía nos golpeó, y el niño parpadeó, como si no hubiera visto la luz en siglos. Caminamos en silencio, mi mano firme en su brazo, su cuerpo temblando a mi lado.

Llegamos a la parada de autobús que había acordado con Raúl. Un lugar miserable, con olor a gasolina y a basura. Me senté en el banco oxidado y obligué a Elías a sentarse a mis pies, como un perro.

– No te preocupes – le dije, acariciando su cabello sucio. – Será rápido. Y quizás, solo quizás, él sea más amable que yo.

Diez minutos después, una furgoneta vieja y sin marcas se detuvo frente a nosotros. La puerta lateral se abrió con un chirrido. Raúl estaba ahí, su cara curtida por el sol y el vicio, sus ojos oscuros examinando a Elías como si fuera un trozo de carne.

– Es más pequeño de lo que pensaba – dijo, su voz sin emoción.

– Pero más tierno – respondí con una sonrisa. – Cumple con lo acordado.

Raúl asintió y me arrojó un llavero.

– El piso está en la dirección que te mandé por mensaje. Tercera puerta a la izquierda. La cama está hecha. No hay comida. Y no hay teléfono.

– Perfecto – dije, y me levanté. Me incliné hacia Elías y le susurré al oído: – Sé un buen niño para el señor Raúl. O te va a ir mucho peor con él que conmigo.

Lo empujé hacia la furgoneta. Elías se giró, sus ojos llenos de una súplica muda que me hizo sentir un escalofrío de placer. No le devolví la mirada. Me metí en el coche que habían llevado para mí y arranqué, sin mirar atrás.

Mientras conducía hacia mi nuevo escondite, me sentí extrañamente ligero. El peso del niño había desaparecido, pero el poder de la transacción permanecía. Lo había canjeado. Lo había vendido como un simple objeto. Y esa era la posesión más absoluta de todas.

Llegamos casi al final.

7 Lecturas/26 septiembre, 2026/0 Comentarios/por Azulmarino2
Etiquetas: amigo
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