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Dominación Hombres, Gays, Masturbacion Masculina

El secuestro de un ángel 7

Todo tiene un fin.

Han pasado dos meses. Sesenta y tres días para ser exacto. El tiempo se había vuelto una sustancia espesa y sin sabor en mi nueva vida. El piso franco que Raúl me dio era un agujero en el centro de una ciudad que no me conocía. Una habitación sin ventanas, olor a humedad y a comida para microondas. Pero era seguro. Y yo estaba tranquilo.

El pánico inicial se había disuelto en una monotonía gris. Salía solo para comprar lo indispensable, siempre con la capucha de mi sudadera puesta, siempre evitando los ojos de la gente. Las noticias sobre Elías se desvanecieron, reemplazadas por otros crímenes, otras tragedias. El mundo seguía girando, y mi pequeño pecado se había convertido en solo una mancha insignificante en su superficie. A veces, en las noches, me despertaba bañado en sudor, imaginando sus ojos, el sabor de su piel. Pero entonces me daba cuenta de que era un recuerdo, una fantasía que ya no me pertenecía. Era libre. Lo había logrado.

Esa tarde, estaba en un bar de mala muerte, tomando una cerveza barata y viendo un partido de fútbol en una televisión de tubo colgada en una esquina. El lugar estaba lleno del murmullo aburrido de hombres solitarios. El sonido de las copas, el gruñido del portero, el grito del comentarista. Normalidad.

De repente, la transmisión del fútbol se interrumpió. Apareció el rostro serio de una presentadora de noticias. Un titular rojo parpadeó debajo: «DESARROLLO TRÁGICO EN EL CASO ELÍAS LEONARDO».

Mi cerveza se detuvo a mitad del camino hacia mis labios. El bar se quedó en silencio.

«…fuentes de la fiscalía confirman que el cuerpo hallado la semana pasada en un basurero industrial corresponde a Elías Leonardo Silas Torres, el niño de seis años desaparecido hace dos meses…»

Sentí un vacío en el estómago, un frío que no tenía nada que ver con la cerveza. Lo encontraron. Pero eso era todo. El caso estaba cerrado. Podía seguir con mi vida. Respiré hondo, intentando calmar el latido sordo de mi corazón.

La presentadora siguió hablando, y sus palabras se clavaron en mí como agujas de hielo.

«…lo que ha conmocionado a la nación no es solo el hallazgo del cuerpo, sino las circunstancias que lo rodean. Según el informe forense preliminar, el niño presentaba signos de abuso sexual y tortura prolongada. Pero el detalle más macabro, el que las autoridades aún intentan procesar, es una prenda que fue encontrada puesta en el cuerpo del menor…»

La cámara hizo un zoom a una imagen borrosa, un diagrama policial. Mi sangre se heló en mis venas. No podía ser.

«…una tanga de mujer, de color negro, talla extra pequeña. La fiscalía no ha revelado más detalles sobre esta prenda, pero especulan que podría ser una ‘firma’ del perpetrador, un mensaje cifrado. La investigación ahora se centra en redes de pornografía infantil y rituales satánicos…»

El zumbido del bar se desvaneció, pero no por el pánico. Fue por una oleada de calor, una euforia pura y cristalina que me recorrió desde los pies hasta la cabeza. Una sonrisa se dibujó en mi boca, ancha y sin pudor. El hombre de la mesa de al lado me lanzó una mirada de extrañeza, pero yo no me importó. Levanté mi cerveza y le brindé al televisor, a la presentadora de cara seria, al mundo entero.

Una tanga. Raúl, el cerdo, le había puesto una tanga. Mi idea, mi capricho olvidado, se había convertido en el sello final de mi obra. Un detalle tan perverso, tan teatral, que había desviado toda la investigación hacia un pantano de locura. Rituales satánicos. Redes de pornografía. Cazaban fantasmas mientras el verdadero artista, el autor original, estaba ahí, tomando una cerveza barata a pocos metros de su jaula.

Me sentía un dios. No un dios de bondad, sino un dios del caos. Había soltado una plaga en el mundo y ahora observaba cómo se retorcía, cómo intentaba entender algo que estaba más allá de su limitada moral. Ellos buscaban un monstruo con cuernos y un libro de hechizos, cuando el monstruo real era el tipo que les servía la comida, el que se sentaba a su lado en el autobús, el que caminaba entre ellos invisible.

Me pagué la cerveza y salí a la calle. La noche nunca había parecido tan vibrante, tan llena de posibilidades. Las luces de los neones parecían fuegos artificiales solo para mí. Caminé con la cabeza erguida, ya no encorvado por el miedo. Cada cara que veía era la de un ignorante, un borrego que vivía en un mundo que yo había ayudado a hacer un poco más oscuro, un poco más interesante.

Llegué a mi agujero, mi habitación, y por primera vez no me pareció una tumba. Era mi santuario. Mi trofeo. Cerré la puerta y me reí. Una carcajada fuerte, libre, que resonó en las cuatro paredes. Nadie me descubriría nunca. Mi secreto estaba seguro, enterrado bajo capas de errores policíacos y teorías descabelladas.

Me senté en la cama y encendí el televisor portátil. Busqué el noticiero. Quería verlo todo de nuevo. Quería escuchar las especulaciones, ver la foto de Elías sonriente, y luego la imagen del diagrama policial con la pequeña tanga negra dibujada junto al cuerpo inerte. Era mi Galería de la Abominación personal, y era la obra más hermosa que jamás había creado.

El hambre había desaparecido. Ya no necesitaba cazar. Ya no necesitaba poseer. Había aprendido la lección más importante: el placer más duradero no está en el acto, sino en el legado. En la semilla del caos que plantaste y que crece, retuerce y envenena a su antojo, mientras tú, desde la sombra, observas y sonríes.

Era libre. Y mi libertad era el grito silencioso de un niño que el mundo nunca olvidaría, y cuya verdadera historia nunca conocería.

Ésta historia ha llegado a su fin, espero ver en los comentarios si les ha gustado.

7 Lecturas/1 octubre, 2026/0 Comentarios/por Azulmarino2
Etiquetas: menor, mujer, primera vez
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