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Dominación Hombres, Gays, Sado Bondage Hombre

El trato con el demonio: FER DIA 1

La tercera noche había llegado. Fer ya no era el mismo. Su orgullo de macho estaba destrozado y su cuerpo completamente rendido. Yo entré a la habitación sabiendo que este sería su último día con vida..
Fer se quedó toda la noche con el enorme dildo negro de 30 cm profundamente enterrado en su culo. Cada cierto tiempo me levantaba de la otra habitación, entraba en silencio y encendía la vibración desde la app. A veces la ponía en modo leve, solo lo suficiente para que sintiera cómo le masajeaba la próstata sin piedad. Otras veces la subía a máxima potencia, haciendo que todo su cuerpo se sacudiera y que sus gemidos ahogados llenaran la cabaña en la oscuridad.

 

No durmió casi nada. Cada vez que estaba a punto de quedarse dormido, el vibrador lo despertaba con una nueva oleada de estimulación forzada. Pasó la noche solo, sudando, con la jaula de castidad apretándole la verga hinchada, los huevos morados y pesados, y su mente repitiéndose una y otra vez que él no era esto… que él era un hombre, un macho, un activo. Pero su culo abierto y palpitante le decía lo contrario.

 

A la mañana del tercer día, entré a la habitación cerca de las 10 am. Fer tenía la mirada perdida, los ojos hinchados de llorar y no dormir, la cara cubierta de sudor seco y lágrimas. Se veía destruido.

 

Me acerqué y solté una risa baja, burlona.

 

—Mírate… el gran machito hetero. ¿Qué te pasó, Fer? ¿Dónde quedó ese orgullo de mierda que tenías?

 

Él solo respiraba agitado, sin fuerzas ni para intentar insultarme. Le quité lentamente el enorme dildo. Al sacarlo, su ano quedó abierto, rojo, hinchado y palpitando, incapaz de cerrarse. Soltó un gemido largo y quebrado.

 

Saqué las pastillas de viagra, las trituré y las mezclé en una botella grande de agua fría. Fer tenía los labios resecos y la garganta claramente adolorida por la sed.

 

—Bebe —le ordené, quitándole la mordaza solo por un momento.

 

Esta vez no peleó. Bebió con desesperación toda la botella, tragando con avidez mientras el agua le escurría por la barba. Apenas terminó, le volví a poner la mordaza.

 

Su jaula de castidad estaba completamente húmeda, chorreando precum que había estado saliendo toda la noche. Sus huevos se veían enormes, morados, hinchados y tensos, desesperados por soltar la leche que habían acumulado durante dos días.

 

Le quité la jaula con cuidado. En cuanto su verga quedó libre, se puso completamente erecta en segundos, palpitando con fuerza, roja y sensible. Fer soltó un gemido de alivio mezclado con vergüenza.

 

Volví a inmovilizarlo por completo. Até de nuevo su pierna derecha en la posición original, dejándolo totalmente expuesto en forma de X. No podía mover ni un músculo.

 

Me senté a un lado de la cama y acaricié su verga dura con dos dedos, lentamente.

 

—Hoy todo el día me voy a concentrar en usar esta verga que tanto te enorgullecía… pero no como tú la usabas antes. Porque ayer comprobamos que ya no eres ningún macho alfa, Fer. Eres una puta. Un puto con el culo roto que gime cuando le meten cosas grandes.

 

Fer negó con la cabeza débilmente, pero sus ojos seguían teniendo algo de rabia.

 

—Ayer te cogí como la perra que eres… y te gustó. Hoy voy a violar lo que tú usabas para violar a otros. Voy a penetrar tu verga, machito. Voy a destruirte por dentro.

 

Fer frunció el ceño, confundido. No entendía aún.

 

Saqué mi kit de sounding. Empecé con una varilla de metal delgada, lubricada. Fer abrió mucho los ojos cuando vio lo que iba a hacer.

 

—¡Mmmph! ¡NO! ¡Mmmph! —empezó a forcejear desesperado.

 

Sin decir nada, sujeté su verga erecta con fuerza y empecé a introducir la varilla por su uretra. No fui suave. La empujé con sadismo. Fer soltó un grito bestial a través de la mordaza, todo su cuerpo se arqueó de dolor. Lágrimas salieron inmediatamente de sus ojos.

 

—Esto es lo que se siente que te usen, Fer. ¿Duele, verdad? Tú nunca pensaste en esto cuando me cogías a mí.

 

Moví la varilla lentamente arriba y abajo, follándole la uretra sin piedad. Fer lloraba y gritaba, su verga permanecía durísima por el viagra, pero su cara era pura agonía. Cada movimiento hacía que su cuerpo se sacudiera. Su uretra se estaba estirando de forma antinatural.

 

Después de casi cuarenta minutos torturándolo así, saqué la varilla y cambié a una más gruesa que tenía un cable conectado a un aparato de electroestimulación. La introduje profundamente hasta que casi llegó al fondo.

 

Fer negó con la cabeza frenéticamente, suplicando con la mirada.

 

Activé el aparato.

 

El primer toque eléctrico lo hizo gritar como nunca. Su verga se contrajo violentamente alrededor del metal. Le di descargas cortas pero fuertes, una y otra vez. Fer sudaba, babeaba por la mordaza, sus ojos en blanco por momentos. El dolor era brutal.

 

—Siente cómo te follo por dentro, machito. Esto es lo que mereces por haber fingido ser hombre toda tu vida.

 

Seguí aumentando la intensidad y la duración de los toques. A veces dejaba la corriente continua por varios segundos mientras movía la varilla. Su verga estaba hinchada, la uretra visiblemente irritada y enrojecida.

 

Después de más de una hora y media, cambié nuevamente. Esta vez usé varillas cada vez más gruesas. Fer ya estaba exhausto, pero cada nueva sonda más grande le arrancaba nuevos gritos y llantos. Su uretra estaba destruida, deformada, inflamada. Cada vez que sacaba una y metía la siguiente, salía un poco de sangre mezclada con precum.

 

Pasaron casi tres horas de sounding brutal.

 

Finalmente, me detuve. Le quité la mordaza.

 

Fer respiraba con dificultad, la voz rota.

 

—Hijo de puta… maldito enfermo… te voy a matar… cuando salga de aquí…

 

Sonreí.

 

—Qué lindo. Todavía tienes fuerzas para amenazar. Voy a ser buena persona y te voy a dejar eyacular una última vez antes de castrarte.

 

Fer se quedó congelado. Sus ojos se llenaron de puro terror.

 

—¿Qué…? ¡NO! ¡NOOOOO! ¡POR FAVOR NO! ¡SUÉLTAME, CABRÓN! ¡TE VOY A MATAR!

 

Empecé a masturbarlo lentamente. Su verga estaba extremadamente sensible y adolorida por dentro. Cada movimiento le provocaba una mezcla de dolor ardiente y placer forzado. Fer seguía insultándome entre gritos, pero poco a poco sus insultos se fueron convirtiendo en gemidos altos y desesperados.

 

—Concéntrate, Fer. Disfruta tu última corrida como hombre… porque esto es lo último que vas a sentir en tus huevos.

 

Sus grandes huevos morados se tensaban. Llevaban más de dos días sin correrse. Empecé a grabar con mi celular, enfocando su cara destruida y su verga.

 

Fer comenzó a llorar mientras gemía. Su cuerpo se rendía.

 

—P-por favor… no… no me hagas esto…

 

De repente su verga empezó a expulsar chorros y chorros de semen espeso. Salían con fuerza, pero mezclados con sangre de su uretra destrozada. Cada chorro le provocaba un dolor ardiente que lo hacía gritar. Fue una corrida larga, abundante y agonizante. Grabé todo.

 

Sin darle ni un segundo de descanso, empecé a darle puñetazos directos y fuertes en sus huevos hinchados. Uno tras otro, con toda mi fuerza. Fer gritaba como un animal, su voz se quebraba. Le di casi cincuenta puñetazos brutales hasta que vi que estaba a punto de desmayarse. Entonces me detuve.

 

Le di unos minutos para que recuperara el aliento.

 

Luego me acerqué con dos jeringas grandes llenas de un líquido transparente.

 

—Esto es para una castración química. Totalmente irreversible. Tus huevos van a dejar de producir testosterona y semen para siempre.

 

Fer entró en pánico absoluto.

 

—¡NO! ¡POR FAVOR NO! ¡TE SUPLICO! ¡HARÉ LO QUE QUIERAS! ¡NO ME HAGAS ESO!

 

No le hice caso. Le inyecté lentamente una jeringa en cada huevo, profundo. Fer vio todo, sintiendo cómo el líquido entraba en sus testículos. Gritó, suplicó, lloró como un niño. Cuando terminé, le dejé ahí sufriendo durante varias horas, sabiendo que ya no había vuelta atrás.

 

Salí de la habitación, comí algo y regresé casi cuatro horas después.

 

Sus huevos ya se veían más hinchados y con un color extraño. Me acerqué, agarré su escroto con una mano y apreté.

 

—Mira nada más… ya no eres hombre, Fer. Estos huevos ya están muertos. Ya no sirven para nada.

 

Fer solo sollozaba débilmente.

 

Me incliné sobre él, le di un beso apasionado en la boca, metiendo mi lengua mientras le acariciaba su pecho peludo con cariño.

 

—Gracias por estos tres días, mi amor. Gracias por ser mi sacrificio.

 

Fer no entendía nada.

 

De repente saqué un machete afilado que tenía escondido. Agarré su escroto con fuerza, estirándolo.

 

En un solo movimiento brutal, se lo corté de raíz.

 

Fer soltó un grito desgarrador, inhumano. La sangre empezó a brotar a chorros. Su cara se puso pálida al instante. Intentó gritar de nuevo, pero solo salió un gorgoteo. Sus ojos se pusieron en blanco y se desmayó.

 

Lo dejé ahí, sangrando profusamente. No hice nada para detener la hemorragia.

 

Fer murió desangrado lentamente en esa cama, solo, humillado y completamente destruido.

 

Este fue el fin de Fer.

 

A la mañana siguiente desperté en mi cama, con una extraña sensación de calma. Antes de abandonar la cabaña para siempre, había hecho una última cosa: corté los huevos de Fer con cuidado, los limpié y los coloqué dentro de un frasco de vidrio con formol. Ahora descansaban en mi mesita de noche, flotando en el líquido transparente. Un recuerdo permanente de mi primer sacrificio… y de cómo había destruido por completo al “macho” que alguna vez creí intocable.

 

Me levanté y revisé mi teléfono. La noche anterior, justo después de que Fer muriera, había soñado claramente con seis números. Los apunté de inmediato.

 

Me vestí rápidamente, fui a una tienda cercana y compré un boleto de lotería con esa combinación exacta: **07 – 14 – 22 – 35 – 41 – 48**.

 

Esa misma noche, cuando encendí la televisión para ver los resultados del sorteo, los números anunciados fueron exactamente los mismos que había soñado y jugado.

 

Había ganado más de 58 millones de pesos.

 

No salté de emoción. Solo sonreí, me serví un whisky y levanté mi copa hacia el frasco que contenía los huevos de Fer.

 

—El trato está cerrado —murmuré.

 

El dinero comenzó a llegar a mi cuenta en los días siguientes. Pagué todas mis deudas, compré un departamento en una mejor zona y aún me quedó una fortuna considerable. La desaparición de Fer quedó como un misterio más. Su prometida lo lloró un tiempo en redes sociales, pero la vida siguió.

 

Ahora, mientras miro por la ventana de mi nuevo departamento con el frasco de Fer sobre el escritorio, una pregunta me ronda constantemente la mente:

 

**¿Quién será mi siguiente sacrificio?**

 

Necesito elegir bien. Alguien cercano. Alguien con quien haya tenido una conexión real. Porque dentro de cuatro meses el demonio volverá a aparecer… y yo ya estoy pensando en quién será el próximo en terminar flotando en uno de mis frascos.

 

6 Lecturas/11 junio, 2026/0 Comentarios/por Logan1
Etiquetas: ano, culo, hijo, leche, puta, puto, semen, verga
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