El trato con el demonio: FER DIA 2
El segundo día había llegado. Fer despertaba atado en la cabaña, aún confundido y adolorido. Yo lo observaba desde la puerta con una sonrisa. El verdadero juego apenas comenzaba..
Continuación del relato “El trato con el demonio: FER DIA 1”.
Esa noche transcurrió sin más tortura para Fer. Lo dejé dormir atado a la cama, completamente inmovilizado. Yo, en cambio, dormí en la habitación de al lado. Pasé gran parte de la madrugada planeando con detalle cómo iba a disfrutar de él durante su segundo día.
A la mañana siguiente me despertaron sus gritos desesperados:
—¡Ayuda! ¡Por favor! ¡Que alguien me ayude!
Sonreí al escuchar su voz rota. Solo eso bastó para ponerme duro. Me tomé mi tiempo para levantarme, estirarme y preparar todo con calma. Cuando entré a la habitación, Fer giró la cabeza lo más que pudo hacia mí.
—¡Suéltame, cabrón! ¡Esto ya no es gracioso! ¡Suéltame ahora mismo!
No le contesté. Fui directo a mi mochila y saqué los objetos que había elegido: una mordaza de bola grande, una jaula de castidad de tamaño nub, poppers, un dildo vibrador grueso con control por app y tres pastillas de viagra que comencé a triturar frente a él.
Fer abrió mucho los ojos al ver lo que hacía.
—¿Qué carajos es eso? ¡No! ¡No me vas a dar nada! ¡Suéltame, hijo de puta!
Me acerqué con la botella de agua ya mezclada con el viagra. Le agarré fuerte del cabello y le acerqué la botella a los labios.
—Bebe.
—¡Vete a la mierda! ¡No voy a beber nada! ¡Suéltame!
Le tapé la nariz con fuerza. En cuanto abrió la boca para respirar, incliné la botella y le obligué a tragar. Tosió, escupió y maldijo entre tragos, pero terminé vaciando casi toda la botella en su garganta. Sus ojos estaban llenos de furia y miedo.
—Esto no es un juego, Fer. Ya no.
Mientras esperaba a que el viagra empezara a hacer efecto, le puse la mordaza de bola. Era grande y le forzaba la mandíbula. Apenas podía emitir sonidos ahogados. Sus ojos me miraban con odio puro.
Después tomé la jaula de castidad. Era ridículamente pequeña. Le apliqué un poco de lubricante y comencé a meter su pene dentro. Fer se sacudía y gruñía furiosamente a través de la mordaza, intentando mover las caderas.
—¡Mmmph! ¡Mmmph!
—Quédate quieto —le advertí, apretándole los huevos con fuerza como recordatorio—. Si sigues resistiéndote, te los voy a apretar hasta que llores.
A pesar de su rabia, logré cerrarle la jaula. Su verga ya empezaba a hincharse por el viagra, pero la jaula no le permitía crecer. El efecto era casi inmediato: su cara se puso roja, respiraba agitado por la nariz y emitía gemidos frustrados.
Desaté solo su pierna derecha y le advertí:
—Una pierna suelta no significa que puedas escapar. Si intentas patearme o resistirte, te juro que vas a pagar con tus huevos. ¿Entendido?
Fer respiraba con fuerza, mirándome con pura ira. Asintió ligeramente, pero sus ojos decían que aún no se había rendido.
Le levanté la pierna y la até hacia arriba, dejando su culo expuesto. Saqué el grueso dildo vibrador, lo cubrí de lubricante y lo presioné contra su entrada. Fer empezó a negar con la cabeza violentamente, gritando a través de la mordaza:
—¡Mmmph! ¡NO! ¡NOOO!
—Shhh… hoy vas a aprender a que tu culo es mío.
Comencé a meterlo lentamente. Su cuerpo se tensaba, sus músculos se marcaban. Sentí cómo su ano resistía al principio, apretando el dildo con fuerza. Fer respiraba por la nariz de forma agitada, sudando ya profusamente. Sus ojos estaban muy abiertos, llenos de incredulidad y rabia.
Poco a poco fui empujando hasta que el dildo quedó completamente enterrado. Activé la app y puse una vibración baja pero constante.
Fer soltó un gemido largo y gutural. Su verga presionaba dolorosamente contra los límites de la jaula, goteando precum. Intentaba cerrar las piernas, mover las caderas para expulsarlo, pero las ataduras se lo impedían.
—¡Mmmph! ¡Mmmph! —gruñía con furia, negando con la cabeza sin parar.
—¿Qué pasa, machito? —le dije con sorna, acariciando su pecho peludo—. ¿El gran activo hetero nunca había sentido algo en su culito? Mira cómo tiemblas… tu cuerpo ya te está traicionando.
Aumenté la velocidad de la vibración. Fer arqueó la espalda y soltó un gemido más profundo, casi animal. Sus huevos se tensaban dentro de la bolsa, y su verga atrapada palpitaba visiblemente.
Seguí hablando mientras movía el dildo lentamente:
—Todo este tiempo me cogías como si fueras un macho alfa… y ahora mírate. Amarrado, con la verga encerrada como una puta, y con un juguete metido en tu culo virgen. ¿Esto es lo que eres en realidad?
Fer seguía negando con la cabeza, lágrimas de rabia brillaban en sus ojos. Su cara estaba roja de furia y vergüenza. Pero su respiración se volvía más entrecortada y sus gemidos más largos cada vez que el vibrador le rozaba la próstata.
Después de casi cuarenta minutos torturándolo con el dildo, lo saqué. Fer respiraba como si hubiera corrido un maratón. Me quité la ropa y me posicioné entre sus piernas.
—Ahora viene lo bueno… voy a cogerte como tú me cogías a mí.
Fer empezó a forcejear con todas sus fuerzas, gritando a través de la mordaza, con los ojos desorbitados. Negaba una y otra vez. Yo solo sonreí y empujé mi verga dentro de él de un solo golpe.
Su ano estaba caliente y apretado. Fer soltó un grito ahogado muy fuerte, todo su cuerpo se tensó. Empecé a follarlo con fuerza, con embestidas profundas y rápidas. Cada vez que entraba hasta el fondo, su verga encerrada soltaba más precum.
—¡Mira cómo te gusta, Fer! Tu culo me está apretando como si no quisiera que salga. ¿Tanto tiempo fingiendo ser macho y ahora gimes como una perra?
Él seguía luchando, intentando negar lo que su cuerpo sentía. Pero cada vez que le rozaba la próstata gemía más fuerte y su cadera se movía ligeramente hacia mí, traicionándolo.
Después de cogérmelo salvajemente durante un buen rato, saqué mi verga y me puse un strap-on mucho más grande y grueso que mi propio pene. Fer lo vio y sus ojos se llenaron de pánico real.
—¡NO! ¡Mmmph! ¡NOOO! —suplicó desesperado a través de la mordaza.
—Esto es para que realmente sientas cómo se pierde la hombría.
Lo penetré con el strap-on. Esta vez fue más lento pero mucho más profundo. Fer temblaba entero, sudando a chorros, con los músculos del abdomen contraídos. Sus gemidos ya no solo eran de dolor… había algo más. Algo que él se negaba a aceptar.
—Admítelo… tu culo está disfrutando. Tu verga está chorreando dentro de esa jaulita. Eres una puta reprimida.
Después de casi una hora follándolo con el strap-on, saqué un dildo monstruoso: negro, venoso, de más de 30 cm y muy grueso. Fer negó con la cabeza frenéticamente, con lágrimas corriendo por sus mejillas. Ya no solo era rabia… empezaba a quebrarse.
Lo lubriqué bien y comencé a meterlo. Fer gritaba, su cuerpo se sacudía. Poco a poco fue entrando, abriéndolo de una forma que nunca había sentido. Cuando ya tenía más de la mitad dentro, su resistencia empezó a romperse.
—P-p-por favor… —logró balbucear a través de la mordaza, con la voz quebrada.
Seguí empujando hasta que casi todo estuvo dentro. Lo moví con fuerza, follándolo con el monstruo mientras le hablaba cerca del oído:
—Dime, machito… ¿qué pensaría tu prometida si te viera así? ¿Con la verga encerrada, el culo abierto y gimiendo como una zorra?
Fue en ese momento cuando finalmente se quebró.
Fer empezó a llorar con fuerza. No eran solo lágrimas de dolor… eran de humillación profunda. Su cuerpo se rendía, su culo se contraía alrededor del dildo, su verga atrapada palpitaba sin control. Entre sollozos ahogados repetía una y otra vez:
—Lo siento… lo siento… por favor… ya no…
Su orgullo de macho estaba destrozado.
Lo dejé con el dildo monstruoso dentro, vibrando a media potencia, mientras observaba cómo su cuerpo temblaba y sus lágrimas seguían cayendo. Su mente aún intentaba resistir, pero su cuerpo ya había aceptado lo que era ahora.
Y todavía quedaba el Día 3.


Dejar un comentario
¿Quieres unirte a la conversación?Siéntete libre de contribuir!