• Link to X Link to X Link to X
  • Link to Telegram Link to Telegram Link to Telegram
  • Registrate
  • Entrar
ATENCION: Contenido para adultos (+18), si eres menor de edad abandona este sitio.   Siguenos en X/Twitter
Sexo Sin Tabues 3.0
  • Inicio
  • Últimos Relatos
  • Publicar Relatos
  • Relatos Eróticos
    • Categorías de relatos
    • Buscar relatos
    • Relatos mas leidos
    • Relatos mas votados
    • Relatos favoritos
    • Mis relatos
    • Cómo escribir un relato erótico
  • Menú Menú
(4 votos)
Dominación Hombres, Fantasías / Parodias, Gays

Entrevistando a Bronson, el reo más peligroso del mundo

Un joven psicoanalista recibe el encargo de analizar a Charles Bronson, y descubre que la violencia y el peligro no son diferentes al placer sexual..

La pesada puerta de acero cruje al abrirse, seguida del tintineo de las llaves y el rugido de la cerradura de la puerta metálica. El funcionario de la prisión asiente brevemente antes de dejarme pasar. “Hoy ha estado… inusualmente cooperativo”, dice sin sonar convincente.

 

En la pequeña sala de interrogatorios, Michael Peterson, más conocido como Charles Bronson, ya me está esperando.

 

En lugar de sentarse correctamente, hace equilibrio en la silla sobre las patas traseras, con los brazos cruzados cómodamente sobre el pecho, como si fuera el dueño del lugar. En cuanto se abre la puerta, una amplia sonrisa se dibuja bajo su espeso bigote. “Bueno; miren qué tenemos aquí…”, dice mientras baja lentamente las patas delanteras de la silla hasta que tocan el suelo en silencio. “Mi visitante favorito”. Sus brillantes ojos azules se quedan fijos sobre mí sin el menor rastro de pudor, estudiando cada pequeño detalle de mi ropa y de mis movimientos antes de señalar la silla vacía frente a él.

 

“Siéntate. He pensado durante la semana en cosas interesantes que contarte”. Hace una pausa. “También he pensado en preguntas interesantes que hacerte”. Se inclina hacia adelante, apoyando los antebrazos sobre la mesa. “Entonces, ¿a qué jugamos hoy? ¿Sesión de psicoanálisis?” Una sonrisa traviesa aparece en su rostro. “¿O a una cita?”

 

No entiendo por qué aún me envían a entrevistarlo. Al parecer, soy el único a quien Bronson le cuenta cosas medianamente íntimas y, ciertamente, ninguna sesión nuestra ha terminado como todas las demás: en el caos absoluto. Tal vez sea por mi juventud o tal vez soy realmente bueno como psicoanalista… tal vez porque soy el único que habla de Charles Bronson como un ser humano.

 

Mi problema es que… estoy enamorado de él. Sí, del hombre considerado como el criminal más problemático del mundo. Y no puedo decírselo a nadie, porque perdería el trabajo, mis amistades y… lo más doloroso… lo perdería a él.

 

Lo peor es que Bronson parece haberlo notado, porque es un tipo extraordinariamente inteligente y perspicaz. Con un sentido del humor muy retorcido, pero que a mí me hace reír, aunque lo tenga que disimular. Además, es físicamente perfecto. Desde nuestra primera entrevista, quedé impresionado por su imponente físico, su voz masculina, sus maneras de depredador famélico, sus ojos azules amenazantes y… aquel rostro que jamás imaginé tan atractivo. El bigote, severo y abundante, solo hace más evidentes sus labios sensuales y gruesos. ¡Rayos! ¡Sí que estoy en un lío!

 

Son varias las noches que he soñado con él. En la primera de todas, tuve un sueño erótico tan intenso que hasta mi padre me preguntó con quién había soñado, porque “se te escuchaba que la estabas pasando bomba, hijo”. Sin embargo, me asustó el tercer o cuarto sueño, en el cual yo llevaba a Bronson a casa de mis padres, lo presentaba como mi novio, ellos lo aceptaban a pesar de su fama, cenábamos juntos y luego salimos de la mano a pasear por la ciudad. Solo eso, sin sexo. ¡Rayos!

 

 

Bronson me saca de mi abstracción… ¡si tan solo supiera que estoy pensando en él!

 

“¡Ey!”, dice Bronson, y me devuelve bruscamente a la realidad.

 

“Sí, sí… yo… disculpe usted, señor Bronson…”, carraspeo con el corazón en la mano. ¡Es tan evidente que él me trastorna y que su cercanía resulta dolorosamente tentadora para mí!

 

Bronson no pierde ni un detalle. Me observa titubear, tartamudear, desviar la mirada y, sobre todo, percibe cómo el pulso se me acelera. El azul de sus ojos brilla con una particular picardía depredadora; no de quien busca hacer daño, sino de quien ha encontrado con quien jugar y divertirse.

 

De puro nervioso, se me resbala el morral y mis papeles se desparraman por el suelo. Bronson echa la cabeza hacia atrás y suelta una risa que llena la habitación y vibra en las paredes de hormigón.

 

“Parece que hoy el psicoanalista necesita un psicoanalista”. Saborea en cada palabra mi desgracia mientras, inesperadamente, se agacha para ayudarme con el reguero de papeles. No sé si es idea mía, pero siento que se acerca muchísimo a mí; nunca hemos estado tan cerca el uno del otro. Lo miro y me mira, sonríe y guiña un ojo mientras recogemos todo. Mis latidos se alborotan y por poco se vuelven audibles.

 

Hago lo que puedo con los papeles y consigo guardarlos en mi morral. Él se sienta en su silla y apoya sus enormes antebrazos llenos de cicatrices sobre la mesa, tamborileando con los dedos un ritmo lento y pausado. Clava su mirada en la mía y con voz deliberadamente grave y teatral me dice “controla los nervios; no te voy a comer”.

 

Una sonrisa socarrona se dibuja despacio en su rostro y estira la piel alrededor de sus expresivos ojos. “Tienes esa mirada… la misma que ponen ciertos guardias cuando no saben si arrestarme o invitarme a cenar a casa de sus padres”.

 

Tomo asiento con la mirada en mi propio regazo, tratando de disimular el calor que inunda. ¿Acaso lee mi mente? Él ahora inclina la cabeza hacia mí y, por reflejo, yo levanto la mía; su espeso bigote se mueve como una serpiente mientras su sonrisa se ensancha. Su mirada se posa fijamente en mis labios por un segundo antes de dirigirla hacia mis ojos.

 

“Estás sonrojado”, comenta con total seguridad en sí mismo. “Y tartamudeas. ¿Acaso he dicho o hecho algo terriblemente ofensivo? ¿O será que tu ‘distanciamiento clínico’ se desmorona por algún motivo que no te atreves a confesar ni a ti mismo?” Estira una mano sobre la mesa, sin llegar a tocar las mías, pero la deja tan cerca que siento su calor.

 

“Dime la verdad”. Murmura despacio y muy grave, incrustando sus ojos azules en los míos con inquietante intensidad. “¿Qué es exactamente lo que hoy se esconde tras esos bonitos ojos tuyos? Porque no pareces estar aquí para analizar mis traumas de infancia. Pareces estar en una guerra interior”.

 

Mientras dice todo esto, se acerca hacia mí como un depredador acechando a su presa. Por un momento, cierro los ojos y espero que me devore de un mordisco. Cuando los abro, su imponente torso está sobre mí. Su aliento me embriaga, su mirada perfora mi alma como un cuchillo caliente entrando en una barra de mantequilla… y su olor a macho limpio, sin colonias ni perfumes, ese aroma salvaje y fascinantemente viril que me vuelve loco, se siente más intenso.

 

Noto que mis tetillas sobresalen por encima de mi ropa interior y de mi camisa. ¡Rayos! Parecen dos bolígrafos a punto de atravesar la tela. Suspiro y me lleno de oxígeno y del olor a Bronson, lo cual no ayuda mucho a relajarme. Aún así, lo intento.

 

“Por favor, señor Bronson… tengo… tenemos una agenda por cumplir… y si no la cumplo, pensarán que no estoy haciendo bien… o que usted ya se aburrió de mí. Y me cambiarán por alguien que… que no sabrá… apreciarlo”.

 

La mirada de Bronson se torna inquietantemente más penetrante, si cabe. No solo observa mi rostro; contempla cómo mi respiración se ha vuelto superficial, cómo mis ojos se cierran ante el latido desbocado de mi corazón y, lo más revelador, cómo esta situación tensa mis pezones contra mi camisa de la excitación.

 

Su silencio me hace tragar saliva. Siento que ya fue todo, pero trato de controlar mi respiración.

 

“¿Tenemos una agenda?, repite Bronson sarcásticamente. Se incorpora un poco, pero no retrocede; de hecho, su presencia me resulta ahora más asfixiante, más absoluta. Ya no me mira con picardía lúdica sino con algo más oscuro que acecha desde su interior. “Tic tac, tic tac. Marcar casillas. Tic tac, tic tac. Preguntar por mi madre. Tic tac, tic tac. Preguntar por mi actitud violenta. Tic tac, tic tac. Preguntar por qué me gusta romper cosas”. Se inclina nuevamente hacia adelante y todo lo que puedo ver es su espeso bigote moviéndose al compás de sus palabras.

 

“Deja que te cambien”. Su voz ahora es suave, casi coloquial, pero esgrime una amenaza que no le interesa disimular. “Que envíen a algún viejo fósil de pelambre gris que no sepa leer entre líneas. A alguien que no se estremece cuando pongo mis manos en la mesa, cerca de las suyas”.

 

Sus ojos azules se posan fijamente en mi pecho, deteniéndose allí con una intención obvia y descarada. Deja que el silencio se prolongue lo suficiente para que yo sienta el peso de sus propósitos.

 

“Ambos sabemos que eso no va a pasar”, murmura Bronson y su sonrisa reaparece sin prisa. “Porque te necesitan; necesitan a alguien que pueda plantar cara a un monstruo sin huir y tú…” Extiende su mano, deslizando la punta de su dedo, lentamente, a lo largo del borde de la mesa, en dirección a una de mis muñecas. “Tú necesitas esto; necesitas el peligro, saber lo que se siente al ser visto por alguien a quien no le importan tus títulos ni tus preciados horarios ni agendas”.

 

Ahora, levanta las cejas dramáticamente y su voz retoma ese tono teatral y ronroneante con el que se hizo célebre. “Dime, Santiago… si envían a otra persona mañana… ¿podrás dormir? ¿O pasarías todas las noches preguntándote si estoy pensando en ti con la misma intensidad con la que tú piensas en mí mientras buscas el sueño?”

 

Debí pensar mejor la respuesta, pero esta me brota del pecho como un disparo.

 

“Pensaría…”, hago una pausa para tragar saliva; a estas alturas, es evidente que estoy a su merced. “Yo… pensaría en usted… sí… obviamente. Pensaría en usted y me molestaría que… traigan a alguien que solo lo vea a usted como el monstruo que no es… que se deje llevar por prejuicios y termine haciéndole más daño que aquel que ya le hemos hecho todos, la sociedad entera, a usted.” Suspiré y retomé. “Le juro que estoy siendo brutalmente honesto, señor Bronson. No es que crea que usted es frágil; solo… siento que es importante conocerlo para aprender sobre su forma de… de ver el mundo… de actuar sobre él… sobre nosotros.”

 

Creo que fui demasiado honesto

 

La teatralidad de Bronson se desvanece. El personaje sonriente es reemplazado por algo crudo y vulnerable a la vez. Por primera vez desde que lo conozco, Bronson se queda inmóvil y en silencio.

 

No ríe. No hace chistes. Solo me mira fijamente. Sus intensos ojos azules abrasan los míos, incinerándome el alma por mi confesión. El silencio se prolonga y la tensión se estira, rasgada por los usuales sonidos de la prisión: a lo lejos, el golpeteo de puertas y las órdenes de los guardias. Todo eso ahora pertenece a otro universo.

 

Su pecho muscularmente masivo sube y baja controladamente. Luego, despacio, extiende la mano sobre la mesa. Cierro los ojos por el miedo de no saber qué hará, y los abro cuando sujeta mi barbilla con su cálida y enorme palma, y me obliga a mantener el contacto visual. Su pulgar roza mi mandíbula con una ternura inesperada, un marcado contraste con la violencia que acompaña a su reputación.

 

“Brutalmente honesto”, repite Bronson. Su voz ha perdido teatralidad; es profunda, áspera, sorprendentemente sincera. “Es peligroso serlo en un lugar como este y con alguien como yo”.

 

Escudriña mi rostro. Su mirada se posa en mis temblorosos labios antes de regresar a mis ojos. La posesividad en su expresión ha pasado de ser juguetona a algo mucho más profundo, como un reconocimiento feroz y… tal vez, protector.

 

“La mayoría de la gente viene aquí buscando síntomas”, murmura mientras su pulgar continúa con esa caricia lenta y enloquecedora. “Quieren categorizar la locura, encasillarme para sentirse a salvo. Pero tú…”. Se acerca aún más; su aliento cálido roza mi piel, su bigote cosquillea mi mejilla. ¿Por qué siento que no me está amenazando, sino… invitando?

 

“No buscas un diagnóstico. Buscas al hombre”. Su voz se convierte en un gruñido que hace vibrar todo mi cuerpo. “Y lo has encontrado”. Continúa sujetando mi barbilla, ahora apretándola ligeramente, aunque no para lastimarme, sino para obligarme a escucharlo con total atención. “Ten cuidado con lo que deseas, pequeño psicoanalista”, susurra. Sus ojos azules brillan con una intensidad que podría pulverizarnos a los dos. “Una vez que empieces a ver al hombre en lugar del monstruo… jamás podrás apartar la mirada. Me aseguraré de que no lo hagas”.

 

“Ese es el problema, señor Bronson”, le digo casi de inmediato. “Yo ya vi al hombre… y, desde entonces, no puedo ver nada más”.

 

En mi cabeza, parecía una manera ‘profesional’ de decirle que lo respetaba como ser humano. Pero lo que salió fue una declaración de amor. Y si la sumo mi anterior perorata… ya sé que estoy perdido. He bajado todas las defensas que podía tener. Cierro los ojos y dejo salir de mi boca un apenas perceptible: “¡rayos!”

 

El susurro de mi derrota parece diluir el último vestigio de ‘actuación’ en Bronson. Ya no ríe ni bromea sobre mi desafortunada elección de palabras. El aire dentro de la habitación aparentemente se transforma, se hace más denso y las paredes dan la sensación de cerrarse sobre nosotros. Cuando digo que ya no puedo ver nada más que al hombre, Bronson deja de sujetarme la barbilla y sus dedos se deslizan desde mi mandíbula hasta mi nuca; su pulgar encuentra un punto sensible detrás de mi oreja y lo estimula.

 

“¡Rayos!”, dice él, repitiendo la maldición con una risita baja y retumbante que suena más a un ronroneo. “No tienes remedio, ¿verdad?”

 

Bronson no espera mi respuesta. No pide permiso. Siempre ha sido un hombre que toma lo que quiere. Y siempre lo consigue.

 

Con un movimiento repentino, pero fluido, se levanta de su silla y rodea la mesa. Su presencia se cierne sobre mí como una tormenta ineludible y gigante. Invade mi espacio personal, obligándome a recostarme contra la silla mientras inclina sobre mí su poderosa figura, acorralándome.

 

Una mano permanece enredada en los cabellos de mi nuca, sujetándome con firmeza salvo por el pulgar juguetón, mientras que la otra se alza para acariciarme el rostro, deslizando el índice por el contorno de mis labios. Cierro los ojos como si cerrarlos me salvase de esta situación.

 

“Quieres ver al hombre”, murmura Bronson, sus labios a milímetros de los míos; su aliento de macho es cálido y autoritario. “Entonces deja de esconderte y abre los ojos”.

 

Le obedezco. Sus ojos azules arden, feroces y posesivos. “Mírame, Santiago. Mira lo que has hecho. Has entrado en mi jaula, has derribado mis muros, ¿y ahora temes que no te deje ir?”.

 

Se me acerca aún más, hasta que su nariz toca la mía. Su bigote de manillar roza mi boca.

 

“¡Basta de análisis!”, gruñe Bronson, con voz ronca que delata el hambre que le embarga. “¡Basta de agendas! ¡Solo hay esto!” Y entonces, con todo el dramatismo y el desenfreno que lo caracterizan, acorta la distancia hasta aniquilarla y reclama mi boca en un beso que no es ni tierno ni paciente, sino hambriento, exigente y absolutamente inolvidable.

 

 

Fuera de todos los límites

 

Me sorprendo… pero no lo rechazo. Me siento pletórico de alegría al realizar mi sueño más preciado: besar los voluptuosos labios de Charles Bronson. Cedo a la presión de su lengua y abro mi boca; su lengua penetra e invade mi interior, deslizándose como un zorro hambriento, de lado a lado, como reclamándome territorio propio. Suelto un gemido que deben haber notado él y todo el mundo fuera de la sala.

 

Su mano en mi nuca presiona mi rostro contra el suyo, pero no de una manera agresiva sino posesiva… y, otra vez, quizás protectora… Sus dedos acarician mi cabello casi sin tocar mi piel, provocándome descargas eléctricas poderosísimas que van por mi columna vertebral hasta mi espalda baja. Con su otra mano roza apenas mis tetillas para luego dirigirse hacia mi espalda, siguiendo el recorrido de la descarga eléctrica, y continuando más allá, justo donde empieza la abertura de mis nalgas…

 

Pienso que seguirá de largo y me meterá el dedo. Pero no. Casi en la frontera de mi hendidura, decide hacer el recorrido contrario y regresar a mis tetillas, que ahora están a punto de estallar.

 

Con mucho miedo toco ambos lados de su torso con mis manos… apenas los rozo, tanteando su reacción. Él responde metiendo su lengua aún más adentro de mi boca. Por debajo de sus brazos, dirijo los míos hacia su espalda y trato de alcanzar sus hombros… coloco con suma delicadeza mis manos sobre ellos. ¡Son enormes! ¡Son los hombros de un coloso! Mis manos, solo al posarse, sienten cada músculo, cada vena palpitante, cada hueso como si estuviesen forjados en mármol tibio. No puedo más y lo abrazo; lo acerco hacia mí con mis brazos. No abro los ojos en ningún momento y en ningún momento Bronson retira su lengua de mi boca.

 

Él emite un sonido mitad gruñido, mitad rendición; una profunda vibración que siento en mi pecho. La contención que Bronson suele mantener mediante la impostación y la bravuconería se desvanece por completo. Esto no es una obra de teatro; es necesidad pura e inalterada.

 

Su lengua responde a mi rendición con renovada ferocidad. Besa no como un hombre que busca afecto, sino como uno que reclama un territorio que le ha sido negado durante décadas. Su lengua explora cada rincón de mi boca con dominación voraz y posesiva, saboreando la desesperación y la dulzura del muchacho que pudo ver más allá de la apariencia y la leyenda.

 

Cuando finalmente poso mis manos en sus hombros, todo su cuerpo se tensa. Se arquea a mi contacto, sus músculos se contraen como resortes bajo las yemas de mis dedos. Él disfruta la demostración física de que no le temo y que lo busco con fruición.

 

La mano que había estado recorriendo mi espalda vuelve a posarse en los puntos sensibles por sobre mi camisa blanca. Esta vez, no vacila; su palma áspera y callosa aprieta un pezón, ejerciendo una presión firme y deliberada, lo cual me provoca una descarga eléctrica que me recorre. Bronson empuja las caderas hacia adelante, presionando su erección contra mi muslo como una declaración de intenciones.

 

“Mío”, murmura contra mis labios, entre besos apasionados, la palabra amortiguada y cargada de emoción. “Dilo, Santiago. Di que eres mío”.

 

Sus caricias en mi nuca se transforman en un ligero apretón; no quiere lastimarme, sino sujetarme para asegurarse de que, en este instante de locura compartida, no tengo escapatoria. Interrumpe el beso por un instante, lo justo para deslizar sus labios por mi mandíbula, con su bigote acariciando mi piel antes de encontrar el pulso en mi garganta. Inhala profundamente, saboreando mi olor, antes de mordisquearme ligeramente el tendón.

 

“No tienes ni idea de lo que has empezado”, susurra Bronson contra mi piel, con voz amenazante. “No voy a ser amable contigo. No después de esto. No después de que hayas logrado verme de verdad”.

 

Me dejo llevar por la pasión. “Soy suyo. Le pertenezco, señor Bronson, desde la primera reunión que tuvimos, en la que pude ver dentro de usted… al hombre… al verdadero hombre”, le digo mientras su lengua y bigote me provocan cosquillas eróticas en el cuello y una de sus manos abre mi camisa para que su áspera palma roce mis tetillas, arrancándome gemidos involuntarios. Mi respiración se agita cada vez más.

 

Sus labios vuelven a rodear los míos y su lengua se introduce nuevamente en mi boca, provocándome sensaciones riquísimas. Algo ha cambiado definitivamente y no sé qué es.

El pene erecto de Bronson se frota con lentitud exasperante sobre mi muslo y me estremece. Lo había visto desnudo en fotos, ¡¿quién no lo ha visto desnudo en la prensa?! Pero aquella pieza rechoncha de carne completamente envuelta en piel no representa en absoluto el tamaño real de la herramienta que quema mi pierna. Pero no hay vulgaridad en sus movimientos; solo decisión, la decisión de un hombre de poseer a un joven profesional prendado de él.

 

Bronson deja de besarme y pasa a morder, lamer y jugar con el otro lado de mi cuello. Una de sus manos sigue en mi nuca, la otra se desplaza por debajo de mi camisa para apretar mi cintura y mis caderas.

 

“No tengo idea de lo que he empezado”, le digo despacio al oído, “pero tampoco tengo miedo. Confío en usted, confío con todo mi corazón y mi alma en usted, porque mi cuerpo, mi alma y mi corazón le pertenecen por completo. No espero que sea amable conmigo… solo deseo que sea sincero, lo que sea que signifique eso para usted”.

 

Y ahora soy yo quien le da un beso, aunque siempre con mis labios debajo de los suyos y con la boca abierta para que su lengua me penetre como le plazca.

 

 

La situación escala y escapa de nuestras manos

 

Bronson se queda paralizado un instante cuando escucha mis palabras. Confianza. En un mundo de traiciones, con guardias que apuñalan por la espalda y compañeros de celda que asesinan por un cigarrillo, la palabra “confianza” tiene más peso que cualquier declaración de amor. Cuando escucha que mi alma le pertenece, algo primigenio se agita tras su mirada azul. La teatralidad se ha ido. El artista ha muerto. Solo queda conmigo el hombre, aquel que fue privado de una conexión genuina durante más tiempo del que nadie podría soportar.

 

“Sinceridad”, susurra Bronson con la voz ligeramente quebrada antes de adquirir un timbre áspero y grave. “¿Quieres sinceridad de un hombre como yo? ¡O eres el tonto más valiente de todo este sistema penitenciario, o el más magnífico!”

 

Se aparta lo justo para mirarme directamente a los ojos; nuestros rostros se separan por escasos centímetros. Su respiración es pesada, agitada, acompasada al ritmo desesperado de la mía. La posesividad en su mirada se cristaliza en algo absoluto.

 

“Te daré sinceridad”, me gruñe, presionando con fuerza mi labio inferior con el pulgar, tirando de él hacia abajo para dejar al descubierto la carne rosada y húmeda. “Te daré toda la maldita verdad que tengo. Te daré mi violencia, mi locura y hasta la última gota de esta hambre. Pero jamás te mentiré. ¡Jamás!”

 

Le ofrezco otro beso, colocando sumisa y seductoramente mi boca a merced de la suya. Él responde con una intensidad salvaje. Vuelve a reclamar mi boca en un beso profundo, húmedo y exigente; su lengua reclama la mía con caricias posesivas.

 

Su mano ahora sube, con la palma callosa rozándome las costillas, y de vuelta abajo raspando mi estómago hasta encontrar la pretina de mi pantalón. No hay preguntas; simplemente, tira con urgencia de ella hacia abajo.

 

“Dijiste que eras mío”, gruñe con voz baja y grave contra mis labios, cargada de una promesa oscura y embriagadora. “Entonces demuéstralo. Muéstrame cuánto confías en mí”.

 

Cambia de postura, presionando su enorme cuerpo con más firmeza contra el mío, dejándome sentir la longitud completa de su rígida erección a través de la ropa. Muerde mi labio inferior con la suficiente fuerza como para que sangre; una provocación deliberada.

 

“Quiero sentir cómo te desmoronas”, susurra. “Quiero oírte gritar mi nombre hasta que los guardias piensen que las paredes se derrumban. Quiero saber que cuando cierras los ojos, no ves a un paciente ni a un prisionero, sino que me ves a mí”.

 

“Cuando cierro los ojos, solo lo veo a usted”, le digo al oído. “He soñado con usted, y no es broma; ¡hasta mi inconsciente le pertenece!” Termino de abrir los botones de mi camisa y le ofrezco mi pecho. Él entiende y ataca mis tetillas con sus labios, sus dientes y su bigote, utilizándolo como una brocha de pelos hirsutos para frotar gentilmente mis pezones erectos. Lanzo mi cabeza hacia atrás, una señal de sumisión absoluta. Él lo nota y salta a morder mi cuello con el evidente fin de dejarme alguna marca visible a simple vista y desde cualquier distancia. Su rugido de satisfacción me arranca una sonrisa de felicidad.

 

“Nada me hará más feliz que llevar con orgullo una marca suya en mi cuello”, le digo mientras trato de quitarme el pantalón.

 

Se detiene un rato para mirarme el rostro. “¡Te ves feliz!”, me dice. “Usted me hace feliz. ¡Ser suyo me hace feliz, servirle y hacer lo que usted pida u ordene o simplemente piense, me hace feliz!”, le digo sin poder evitar que las lágrimas broten de mis ojos en señal de genuina felicidad.

 

Bronson se detiene en seco. Para un hombre que ha construido toda su identidad como el centro de atención, como un espectáculo ruidoso y desafiante, mis lágrimas lo toman completamente por sorpresa. Ha visto miedo, ha visto ira, ha visto odio, pero nunca había visto este tipo de alegría abrumadora y vulnerable. La mano que estaba trabajando en mis pantalones se detiene y sube para que su pulgar encuentre una lágrima en mi mejilla; la toma con el pulgar y la succiona.

 

“Estás llorando”, dice Bronson con voz baja, casi con asombro. “¿Acaso lloras de felicidad?”. Yo asiento.

 

Durante varios segundos, la sala queda en silencio. La imagen de Charles Bronson, la leyenda, el loco, el artista, se desmorona. Quien queda es Michael Peterson, un hombre que, durante años, ha sido tratado como una amenaza a neutralizar, como un monstruo al cual temer… y que ha encontrado a quien halló la salvación en su presencia.

 

Su expresión revela una ternura conmovedora, una vulnerabilidad inusual y sin reservas que relaja todas sus defensas. “No llores”, dice, pero no como orden, sino como súplica. “No desperdicies esas lágrimas en algo tan simple como esto. No eres un sirviente, Santiago. No eres un… un objeto para ser utilizado”.

 

Toma mi rostro con ambas manos, obligándome a mirarlo a sus ojos azules luminosos, humedecidos por una emoción que no se puede describir. “Me he pasado la vida rompiendo cosas”, admite con voz ronca y cruda. “Rompo reglas, huesos, sistemas. Pero tú…” Apoya su frente en la mía. “Eres lo primero que quiero mantener intacto”. Besa mi frente; luego, cada párpado; finalmente, mi nariz. La teatralidad ha sido reemplazada por una devoción profunda y calma. “Si quieres llevar mi marca, la llevarás. Pero jamás pienses que estás por debajo de mí. Si te entregas a mí, te lo doy todo. Cada rincón oscuro, cada grito, cada latido”.

 

Se aparta lo justo para esbozar una sonrisa, no la sonrisa traviesa del artista, sino una genuinamente peligrosa; una que promete éxtasis y redención a la vez.

 

“Ahora”, gruñe mientras sus manos se deslizan hasta agarrar mis caderas con fuerza descomunal, “termina lo que empezaste con esos pantalones. Quiero sentirte contra mí. No más barreras. No más ropa. Solo nosotros”.

 

Me quito el pantalón, los zapatos, las medias y el calzoncillo con un par de movimientos inusitados mientras él se libera de la camiseta y me muestra su majestuosa anatomía. Toco con la punta de mis dedos su forjado torso y los músculos de su abdomen mientras él me carga y me deposita suavemente sobre la mesa, boca arriba, y vuelve a trabajar mis tetillas con su boca. “Es usted tan hermoso”, le digo. “Tan hermoso por dentro como lo es por fuera”.

 

Lo rodeo con mis piernas. Él me ha colocado en la posición perfecta para que mi cadera sobresalga de la mesa, así que, al rodear su torso con mis piernas, mis nalgas se abren lo justo para exponer mi orificio húmedo y rosado.

 

“Usted es hermoso. Siento que no lo merezco. Siento que no merezco pertenecerle, pero trataré de ganarme ese honor, el honor de ser suyo… de ser tuyo, Michael”.

 

 

Punto de no retorno

 

En el momento en que lo llamo por su nombre real, el impacto es devastador. Supera todas las defensas que él ha construido a lo largo de su vida. La leyenda es solo un escudo; Michael Peterson es el hombre que se esconde tras ella. Ser visto con tanta claridad, tan íntimamente, le oprime el pecho con una fuerza mucho más intensa que la lujuria.

 

Le digo que es hermoso y no responde con bromas ni alardes. En cambio, exhala tembloroso, con sus ojos azules fijos en mi rostro, como si memorizara cada gesto de emoción.

 

“Te lo mereces todo”, gruñe, bajando la voz a un registro que hace vibrar hasta la mesa sobre la que yace mi espalda. “No vuelvas a decir que no te lo mereces. Porque si tú no me mereces, entonces, ¡nadie en este mundo maldito se merece nada!”

 

Sus ojos recorren mi cuerpo, siguiendo el rastro de mis piernas hasta tener una imagen completa de mí. Me le antojo vulnerable y tentador. La diminuta apertura rosada contrasta con la superficie dura y utilitaria de la mesa y hace que sus pupilas se dilaten hasta volver sus ojos casi completamente negros.

 

La inminencia de poseerme sexualmente enciende en él un fuego que hace que sus músculos se estremezcan con una tensión involuntaria. Se mueve entre mis muslos, su portentosa figura proyecta una sombra sobre mí, envolviéndome en su calor y su presencia. No tiene prisa. Saborea lo que ve; la ofrenda, la entrega absoluta de un joven que ha depositado todo su ser a sus pies.

 

Ahora, se inclina hacia adelante, con las manos a ambos lados de mis caderas, sus gruesos dedos hundidos en mi carne. Arquea ligeramente la espalda, mostrándome su erección enorme, gruesa y palpitante, para luego colocarla a escasos centímetros de mi entrada.

 

“¿Quieres ganártelo?”, me susurra con aliento caliente contra el muslo. “Entonces tómame. No te limites a recibirme. ¡Reclámame!”

 

Se mueve, deslizando una mano desde mi cadera hasta encontrar mi abertura tierna e hinchada. No me penetra de inmediato; en cambio, rodea la entrada con la yema del pulgar, extendiendo la humedad natural y estimulando los músculos sensibles. Observa mi con atención, esperando el momento en el que el placer se vuelva insoportable.

 

“He estado solo en habitaciones pequeñas la mayor parte de mi vida, Santiago”, dice con una honestidad cruda y poco común. “He estado rodeado de gente y, sin embargo, nunca me he sentido tan solo como hasta que te conocí”.

 

Con un movimiento repentino y decidido, introduce dos dedos, tanteando mi estrechez y mi temperatura, observando la forma en que me contraigo instintivamente debajo de él. Sonríe y gruñe en voz baja triunfante, puro, incondicional.

 

“Dios mío, eres perfecto”, jadea, inclinándose para capturar mi boca con otro beso apasionado, mientras sus dedos trabajan para prepararme de cara a nuestra inminente fusión. Cuando dice y hace eso, una ola de placer recorre mi cuerpo con violencia. No solo es placer sexual; es una ola de felicidad devastadora, un tsunami que destruye cualquier resquicio de síndrome del impostor dentro de mí.

 

Lo atraigo hacia mi cuerpo y lo abrazo con fuerza, esperando que eso le transmita lo que me hace sentir su presencia, su cuerpo sobre el mío, su aliento contra mi piel, sus palabras, sus toques. “Entra en mí, Michael. Rompe la última barrera que nos separa. Haz que tu virilidad ingrese en mí y te abra paso, alójala en mi cuerpo, que yo la recibiré con todo el amor que sea posible dar en este mundo. Márcame con tus movimientos, lléname de tu semilla hasta la raíz, para que tu ADN se mezcle con el mío y así poder llevarte dentro de mí por siempre”.

 

La respiración de Bronson se intensifica tras cada palabra mía. Finalmente, me relajo y dejo que mi cuerpo se rinda a él por completo sobre la mesa, en señal de entrega, como un territorio conquistado y ávido de recibir su palpitante cetro de carne ardiente. Quiero que se sepa el dueño de cada rincón de mi cuerpo, de cada pliegue de mi alma, de cada resquicio de mi mente.

 

“Hazme el amor, Michael”, le digo mirándolo a los ojos, con los míos llenos de lágrimas de felicidad. “Hazme el amor hasta que ya no quede más amor en el mundo”. Hago una pausa y retomo. “No solo te recibiré; también te amaré. Reclamo que entres en mí para darte mi amor. Te amo, Michael. Te amo.”

 

Bronson se siente empujado al límite. Ha enfrentado en el pasado escuadrones antidisturbios; ha soportado aislamientos que destrozaría a cualquiera; ha mirado a la muerte a los ojos sin pestañear… pero nada de aquello lo ha despojado de sí mismo como lo han hecho mis palabras. No solo es una petición de sexo; es una invocación religiosa. Una exigencia de fusionar nuestras almas. Algo que ni Michael Peterson ni Charles Bronson jamás imaginaron.

 

Mis palabras resuenan en su cabeza. La idea de inyectar su ADN en mí para llevarlo eternamente le despierta algo primigenio y ancestral que le abre el pecho. Sus ojos azules arden aterradores, intensos pero hermosos.

 

“¿También quieres reclamarme como tuyo?”, pregunta Bronson con voz ronca, quebrándose por la emoción. “¿Quieres tomar toda esta locura y hacerla tuya?” Las palabras se le ahogan. El lenguaje es demasiado limitado para lo que está sucediendo, para lo que está sintiendo. En cambio, se alza sobre mí; su imponente figura bloquea la poca luz que queda en la habitación, haciendo que la mesa parezca un altar. Sus manos se deslizan bajo mis nalgas y las abren, elevan mis caderas y las colocan en el ángulo perfecto para que reciban toda la fuerza de su deseo.

 

Se coloca en el umbral, la punta de su pene hinchado y dolorido presiona contra mi calor húmedo y acogedor. Se detiene por un agonizante segundo, con la mirada fija en la mía, en mis lágrimas, buscando una última confirmación; no de permiso, sino de la locura compartida en la que estamos a punto de embarcarnos.

 

Entonces… con un gruñido gutural que resuena como arrancado de lo más profundo de su alma, se lanza hacia adelante. Entra en mí con un movimiento suave y devastador, penetrándome profundamente, llenando cada centímetro de mi estrecha y cálida humanidad. La sensación es abrumadora: el calor, la fricción, la forma en que mi cuerpo se estira para acomodarme a la enorme masa de su pene. Su cabeza cae en mi pecho; un grito de éxtasis puro e incontenible escapa de su garganta mientras se entierra hasta el fondo de mí.

 

“Maldita sea, Santiago”, dice con la voz quebrada, mientras sus músculos tiemblan por el esfuerzo de no perder el control de inmediato. “Lo has conseguido. De verdad lo has conseguido”.

 

Comienza a moverse. No es el ritmo calculado de un amante, sino el ritmo implacable e incontenible de un hombre que, por fin, ha encontrado un hogar tras una vida de exilios. Cada embestida es profunda, deliberada y posesiva. Entra en mí para imprimir físicamente su existencia en mis huesos. Su espeso bigote roza mi piel con cada embestida, su respiración se convierte en jadeos entrecortados y desesperados.

 

“Estoy aquí”, gime contra mi cuello; sus dientes rozan la piel donde dejó sus marcas. “Estoy aquí, joder. Ahora mismo no soy una leyenda. No soy un prisionero. Soy tuyo”.

 

Sus movimientos se vuelven más rápidos, más urgentes, impulsados ​​por las lágrimas que ve en mis mejillas y la desesperada ternura de nuestros abrazos. Baja la mano, entrelazando sus gruesos dedos con los míos, sujetándome las manos a la mesa mientras continúa reclamándome, una y otra vez. Cada caricia, una promesa; cada gemido, una confesión.

 

El hombre tras el monstruo; el hombre que entró en mí

 

Una serie de sensaciones extrañas y contradictorias me inundan. Sus movimientos son toscos y tal vez agresivos; sin embargo, me transmiten una ternura infinita, como jamás la he sentido. Sus manos aprietan sin amabilidad mis nalgas, mi pecho, mi cadera a la par que sus dientes me muerden, sus labios succionan mi piel, su lengua lame mi cuerpo, su aliento transmite a mi piel oleadas de placer. Pero este aparente descontrol de sus movimientos es armonía pura; en cada mordida, cada apretón, cada nueva marca siento que deja una muestra del amor que jamás se imaginó capaz de entregar. Sus besos en mi boca ya no son una invasión, sino una fusión de aliento, lenguas, cuerpos. Sus manos me aprietan tan fuerte que sus dedos casi atraviesan mi piel y se adentran hasta tocar mis órganos vitales. Sus dientes me muerden y chocan con mis huesos, buscando fusionarse con ellos.

 

El vaivén de sus caderas se torna cada vez más intenso y autoritario. Su pene está tan gordo que lo siento como un tronco que se abre paso en mis entrañas, y mi esfínter reacciona con movimientos sensuales y amorosos a la fricción de sus venas palpitantes, de la textura de su enorme falo, de la base de su glande como una caricia desquiciante. Con cada embestida, la bestia entre sus piernas me invade con severidad y decisión; cuando retrocede, mis entrañas sienten cómo el prepucio vuelve a cubrirle el pene sin salirse de mí, haciendo que cada resto de humedad en mi interior se mezcle con el sudor de su verga. En cada nueva penetración, el meato de su pene se abre, devorando la humedad de mi recto para mezclarla con su líquido preseminal que me lubrica gentilmente, haciendo que la sensación de placer de ambos sea inconmensurable.

 

Bronson se mueve sobre mí como un animal, como un depredador que se entretiene jugando con su presa, consciente de que genera sensaciones jamás permitidas antes sobre mi piel. Para él, el mordisco final, la devorada absoluta de su presa, el acto culminante de posesión consistirá en eyacular toda su semilla en las más recónditas profundidades de mi cuerpo. Y ese momento, a juzgar por el incremento de la intensidad firme, varonil, tierna y paternal de sus movimientos, está por llegar. Y una vez cruzado el Rubicón del orgasmo, ninguno de los dos podrá dar marcha atrás. El punto de no retorno es el fondo de mis entrañas y, hacia ese punto, el semen de Bronson lo llevará hacia una dimensión que no conoce. Tal vez en ella entienda el porqué de su forma de ser, de su vida, la razón de la vida en sí misma.

 

“Dámelo todo, por favor”, susurro en su oído cuando veo que ya no puede luchar contra la naturaleza. Mi susurro es el empujón final que no espera, pero ansía sentir. Ya no puede ni quiere resistirse.

 

La represa se rompe; el desborde absoluto es devastador

 

Al escuchar mi rendición vestida de orden, Bronson pierde el último vestigio de autocontrol. El hombre que ha dedicado su vida a luchar contra cada jaula, contra cada muro y contra cada limitación humana, finalmente encuentra lo único a lo que vale la pena rendirse.

 

Sus pupilas se dilatan hasta que el azul de sus ojos es consumido por la oscuridad. Todo su cuerpo se tensa, cada fibra muscular se contrae como cables de acero bajo presión. El ritmo de sus embestidas pasa de la desesperación a la devastación. Él mismo se convierte en una fuerza de la naturaleza, en un alud descomunal. Sus caderas chocan contra las mías con una autoridad profunda, cada golpe envía una onda expansiva a través de nuestros cuerpos unidos y parece sacudir los cimientos de la habitación.

 

“¡Santiago!” Su voz no es un grito; es una plegaria quebrada y telúrica.

 

Se inclina sobre mí, sus enormes manos sujetan mis muslos con la presión suficiente para dejar moretones imborrables, marcas que conservaré como prueba de este momento. Se impulsa hacia adelante una última vez, enterrándose tan profundamente que llegamos a compartir el mismo latido, la misma respiración, la misma consciencia.

 

Entonces, la represa se rompe.

 

El cuerpo de Bronson convulsiona violentamente. Yo arqueo la espalda, separándola de la mesa. Él echa su cabeza hacia atrás mientras un rugido de éxtasis puro e inalterado brota de su garganta. Es un sonido que libera todos sus años de soledad, toda su rabia, toda su teatralidad, toda su locura y toda su ternura oculta, y lo expulsa en una explosión cósmica.

 

Se entrega por completo a mí.

 

El orgasmo es interminable. Cada pulsación de su pene envía oleadas de semen caliente y espeso hasta lo más profundo de mi ser, inundando las cámaras más recónditas de mi cuerpo. El pene de Bronson palpita como un ser vivo, depositando en mí, con cada contracción, hasta la última gota de su esencia. Es exactamente lo que pedí: un torrente de vida, una reclamación biológica, un torrente de todo lo que Michael Peterson tiene para ofrecer.

 

Bronson se desploma hacia adelante, su pecho se agita contra el mío. Su sudor y mis lágrimas se mezclan sobre la mesa. No se aparta de mí. Permanece hundido, su cuerpo pesado y firme, su corazón latiendo contra mis costillas como un ave atrapada que busca el camino a casa.

 

Durante varios minutos estamos en silencio. El único sonido es la respiración entrecortada y sincronizada, el chapoteo húmedo de nuestros cuerpos mientras nos estremecen las réplicas. El rostro de Bronson está hundido en el hueco de mi cuello, su espeso bigote me hace cosquillas en la piel que magullaron tras sus arrebatos de pasión. Olemos a sal, a almizcle, a algo primitivo.

 

Finalmente, Bronson se mueve ligeramente, pero solo para depositar un beso en mi sien; beso que no es una actuación, ni un gesto teatral, sino algo increíblemente suave.

 

“Estoy aquí”, susurra bajito, con la voz quebrada, apenas audible, despojada de toda bravuconería. “Nunca… nunca he estado en un lugar como este”.

 

Levanta la cabeza lo justo para mirarme a los ojos, con una expresión cruda y sin reservas, completamente vulnerable.

 

“Me tienes, Santiago. Cada maldito centímetro de mí. Por fin has atrapado a la leyenda.”

 

Al mirar dentro de sus bellos y masculinos ojos azules, me sorprendo. Puedo ver a Michael y a Bronson habitando por primera vez la misma alma y el mismo cuerpo, juntos. Es algo extraordinario e inaudito. No son ya dos personalidades fragmentadas, sino dos hombres amalgamados. Cuando dijo “me tienes, Santiago”, lo hizo a nombre de ambos, de Bronson y Michael.

 

Yo también había eyaculado frondosamente y mi semen, tras el vaivén frenético y el sudor de ambos cuerpos frotándose, se ha convertido en un pegamento que nos une por el pecho y el estómago. Allá arriba, nos juntamos en un beso, con su lengua dentro de mi boca. Allá abajo, nos une su pene dentro de mí, retorciéndose por los estertores del placer, enviándonos electricidad en simultáneo, para confirmar que somos uno.

 

A pesar de todo el ruido que hicimos, nadie asomó ni preguntó ni tocó la puerta. Y no fue poco el ruido que generó la mesa arrastrada por la pasión a lo largo de toda la habitación, hasta chocar contra una pared a la cual dejó sin pintura; ni mis gemidos de felicidad y de placer al entregarme al hombre que amo; ni Bronson al bufar como toro desbocado que plasma en el aire el placer que le otorga mi apretado y candente conducto anal.

 

Cuando me dice “por fin has atrapado a la leyenda”, noto que ha entendido algo de lo que yo recién me estoy enterando. No fue casualidad que me insistan para ser yo el encargado de continuar el tratamiento de Bronson, ni tampoco era un descuido que nadie haya asomado siquiera por curiosidad a través de la ventanilla de la puerta. Allá afuera sabían que solo yo podía llegar al alma de Bronson, donde habita Michael. Sabían que yo estaba perdidamente enamorado y que no le era indiferente, y apostaron por este momento. Bronson siempre me ha respetado, como a nadie más. Nunca ha hecho destrozos en mi presencia, ni se me ha desnudado por completo… hasta hoy. Y yo, en las reuniones con el equipo de la prisión, soy el único que habla de él como ser humano, como un hombre injustamente encarcelado por la incomprensión y cuya alma se manifiesta en formas que, antes de comprender, prefieren ignorar y temer.

 

Solo yo no tengo miedo de Bronson. Siempre supe que nunca me haría daño. Tal vez… tal vez en el fondo yo también intuía esto.

 

“No soy el más tonto, ni el más valiente ni el más magnífico”, le digo, recordando sus palabras de cuando la pasión nos tomó por asalto. “Solo soy alguien que vio al hombre y luego ya no pudo ver nada más porque me enamoré perdidamente de él”.

 

Tomo su bello y viril rostro con ambas manos y lo miro fijamente. “Tú sabías que esto iba a suceder, que allá afuera barajaban esta posibilidad. También sabías que yo no estaba al tanto. Y no me alejaste de ti, no pediste que deje de venir… pero tampoco me advertiste. Tú…. tú… tú querías que esto suceda tal como ha sucedido.”

 

Bronson permanece inmóvil por un instante tras apoyar su frente en la mía, con el sudor creando un sello resbaladizo. Escucha mi confesión y asiente, confirmando que aquello no fue solo un arrebato espontáneo de pasión, sino un encuentro predestinado, una trampa tendida por la misma institución que busca contenerlo.

 

Cuando lo acuso por haberlo sabido y por desear esta inevitable rendición sin avisarme, no se inmuta. No evade la pregunta con una broma ni se refugia en la coraza teatral de la “leyenda”. En cambio, retrocede lo suficiente como para encontrarse con mi mirada, transmitiéndome una claridad sobrecogedora.

 

“Sí, lo sabía”, admite con voz ronca, desprovista de su habitual tono teatral. “Lo supe desde la primera vez que me miraste sin pestañear. Supe que no estabas aquí para estudiar un espécimen ni para contener a un monstruo”. Alza su enorme mano marcada por cicatrices y cubre el dorso de la mía, la que le acaricia la mejilla. Con sorprendente delicadeza, su otra mano dibuja círculos en mi rostro.

 

“Y tienes razón. No te lo advertí. Porque, ¿cómo se le advierte a alguien de una tormenta en la que ya está atrapado?” Una leve sonrisa agridulce asoma en sus labios. “¿Cómo te explico que cada vez que entrabas en esta habitación, me desmantelabas poco a poco? ¿Que cada vez que hablabas del hombre en lugar del prisionero, me devolvías algo que creía perdido para siempre?”

 

Cambia de postura, y el movimiento hace que su pene, morcilludo, se deslice lentamente contra mi interior como un recordatorio de nuestra fusión física. No le importa el desorden, la pintura descascarada de la pared ni el silencio de la prisión. En ese instante, el mundo exterior, los guardias, las cámaras, las reglas son una ficción lejana e irrelevante.

 

“Quería que sucediera exactamente así”, me confiesa y sus ojos azules iluminan la habitación con intensidad posesiva y reverente. “Quería que lo vieras todo. La violencia, la locura, la inmundicia y la maldita verdad dentro mí. No quería darte una versión edulcorada de Michael Peterson. Quería que te apropiaras de todas las malditas ruinas”.

 

Se inclina y presiona sus labios contra mi frente en lo que es el gesto más tierno que todos los besos que hemos compartido.

 

“Creen que me tienen controlado, Santiago. Creen que han orquestado este momento para doblegarme, para encontrar una nueva forma de comprender a la bestia.” Suelta una risa sombría, un sonido que retumba en mi pecho. “Pero se han equivocado terriblemente.”

 

Se aparta un poco para mirarme nuevamente a los ojos, y su expresión se endurece hasta convertirse en algo feroz e inquebrantable. “Creen que esto me hace controlable. Pero no lo entienden. Por primera vez en mi vida, no estoy luchando contra algo; ¡estoy luchando por algo!”

 

Me abraza con fuerza, formando hacia un refugio protector, sujetándome contra la superficie de la mesa como si esto fuera lo único sólido en un mundo que se desmorona.

 

“Que miren. Que susurren. Que piensen que han ganado”. Besa el lóbulo de mi oreja. Su voz ahora es un gruñido conspirador. “No han capturado a ningún prisionero esta noche. Le han dado a un hombre algo por lo que vale la pena vivir. ¡Y que Dios ayude a quien intente arrebatárnoslo!”

 

Solo atino a abrazarlo muy fuerte, a rodear su tronco con mis piernas y a besar su cuello, gruesos como los de un bisonte. “No te preocupes”, le susurro. “Soy tuyo, no de ellos. Déjalos que crean lo que quieran, solo tú y yo sabemos nuestra verdad”. Le doy un beso al cual él corresponde apasionadamente, con labios, dientes y lengua. Más que un beso, es una comunicación íntima, sin palabras, sin gestos. Complicidad, amor y pasión. “Mi verdad”, murmura Bronson contra mis labios mientras separamos nuestros rostros apenas para tomar aire antes de continuar besándonos. “Tú eres mi única verdad”.

 

Se mueve ligeramente, consciente de la conexión física que aún late entre nosotros y que se niega a retirar de mi interior. No permite ni un centímetro de espacio entre nuestras pieles. Sus enormes brazos se aprietan alrededor de mi esbelto cuerpo, atrayéndome contra su pecho. Desea fusionar nuestros huesos, hacer imposible que guardias, médicos o el destino mismo distingan dónde termina Michael y dónde comienza Santiago.

 

El inquieto depredador ha encontrado su santuario. Definitivamente, no hay camino de regreso.

12 Lecturas/26 septiembre, 2026/0 Comentarios/por SantiagoRodriguez
Etiquetas: anal, hijo, madre, mayor, orgasmo, padre, semen, sexo
Compartir esta entrada
  • Facebook Facebook Compartir en Facebook
  • X-twitter X-twitter Compartir en X
  • Whatsapp Whatsapp Compartir en WhatsApp
  • Paper-plane Paper-plane Compartir en Telegram
Quizás te interese
En la playa me convertí en una sissy putita
Ciclista a domicilio
HICE DE MI MUJER UNA ZORRITA
COMENZANDO EL AÑO, CORROMPIENDO A MI PRIMIA
No sé si soy puta por ser alcohólica, o alcohólica por ser puta.
Visita a mi hermano mayor: La precuela
0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir!

Deja una respuesta Cancelar la respuesta

Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.

Siguenos en X/Twitter

Buscar relatos

Search Search

Categorías

  • Bisexual (1.559)
  • Dominación Hombres (4.970)
  • Dominación Mujeres (3.534)
  • Fantasías / Parodias (4.036)
  • Fetichismo (3.224)
  • Gays (23.820)
  • Heterosexual (9.503)
  • Incestos en Familia (20.331)
  • Infidelidad (4.981)
  • Intercambios / Trios (3.537)
  • Lesbiana (1.272)
  • Masturbacion Femenina (1.191)
  • Masturbacion Masculina (2.323)
  • Orgias (2.403)
  • Sado Bondage Hombre (514)
  • Sado Bondage Mujer (228)
  • Sexo con Madur@s (5.080)
  • Sexo Virtual (299)
  • Travestis / Transexuales (2.687)
  • Voyeur / Exhibicionismo (2.869)
  • Zoofilia Hombre (2.427)
  • Zoofilia Mujer (1.766)
© Copyright - Sexo Sin Tabues 3.0
  • Link to X Link to X Link to X
  • Link to Telegram Link to Telegram Link to Telegram
  • Aviso Legal
  • Política de privacidad
  • Normas de la Comunidad
  • Contáctanos
Desplazarse hacia arriba Desplazarse hacia arriba Desplazarse hacia arriba