Escuela católica 2
El admirador.
El admirador.
Las semanas siguientes se convirtieron en un calvario silencioso. Aprendí a caminar por los pasillos con la vista baja, a evitar el patio durante los recreos y a enfocar mis sermones en abstractas teologías que me mantuvieran a salvo de la tentación carnal. Mi cruz se hizo más pesada cada día, pero me aferraba a ella con la desesperación de un hombre ahogándose.
Y entonces llegó Lázaro.
No era como los otros niños. Mientras muchos me miraban con una mezcla de respeto y distancia, él se acercaba con una sonrisa sincera y una naturalidad que desarmaba. Tenía ocho años, con unos ojos color café que parecían contener toda la inocencia del mundo y un cabello castaño que caía desordenado sobre su frente. Era pequeño para su edad, delgado, con manos diminutas que siempre parecen estar ocupadas en algo útil.
—Padre Titto, ¿le ayudo con sus libros? —me ofreció un día, viéndome luchando con una pila de tomos que debía llevar a la biblioteca.
Sus deditos se aferraron al borde inferior de la pila mientras yo sostenía la parte superior. Nuestros manos se rozaron brevemente y sentí una corriente eléctrica que me recorrió hasta la raíz de mi ser. Miré hacia abajo y vi su rostro concentrado, sus labios ligeramente fruncidos en el esfuerzo. Por un instante, imaginé esos labios sobre los míos y tuve que apartar la mirada con violencia.
—Gracias, Lázaro —logré decir con una voz que sonó ronca.
—Es un placer, padre. Mi mamá siempre dice que hay que ayudar a los siervos de Dios —respondió con una sonrisa que me partió el alma.
Ese día marcaron el inicio de mi tormenta. Lázaro comenzó a buscarme. Aparecía en la sacristía para preguntarme sobre los santos, se ofrecía a limpiar mis zapatos después de misa, me traía agua cuando veía que mi garganta se reseca durante los sermones. Cada acto de bondad suya era un clavo más en mi cruz, pero también una tentación más dulce.
El punto de quiebre llegó un martes por la tarde. Estaba en el jardín rezando el rosario cuando sentí una pequeña mano en mi manga. Era Lázaro, con un ramillete de flores silvestres.
—Para el altar, padre Titto —dijo orgulloso.
Me arrodillé para agradecerle, y al hacerlo, nuestro rostros quedaron a la misma altura. Pude oler su aroma infantil, una mezcla de jabón, sol y tierra. Sus ojos se clavaron en los míos con una confianza absoluta, sin sospechar el infierno que se desataba en mi mente.
—Eres muy bueno conmigo, Lázaro —susurré, sintiendo cómo mi control se desvanecía.
—Es porque usted es amable también, padre —respondió, acercándose un poco más.
En ese momento, sentí un deseo tan abrumador que casi me derriba. Un impulso irrefrenable de tomar su pequeño rostro entre mis manos, de cubrir sus labios con los míos, de sentir su cuerpo contra el mío. Me quedé inmóvil, luchando contra myself mismo, sintiendo el sudor frío perlarse en mi frente.
—Deberías ir a jugar ahora —logré decir con una voz que apenas reconocía.
Lázaro asintió y corrió hacia el arenero, dejándome arrodillado y temblando. Recé con todas mis fuerzas, pero las palabras se mezclaban con imágenes impuras. Comprendí con un terror helado que Lázaro no era solo otra tentación; era la encarnación de todos mis deseos prohibidos, el ángel caído que había venido a por mi alma.
Esa noche, en la oscuridad de mi celda, lloré como no lo había hecho desde niño. Sabía que estaba perdido, que cada día con Lázaro sería un paso más hacia el abismo. Y lo peor de todo era que una parte de mí, la parte oscura y pecaminosa, ansiaba saltar.

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