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Dominación Hombres, Gays, Masturbacion Masculina

Escuela católica 3

Las duchas.

La rutina del colegio se convirtió en mi única tabla de salvación, un horario rígido que me permitía saber exactamente dónde estar y en qué momento para evitar peligros imprevistos. Pero Dios, en su infinita crueldad o en su prueba de fe, había diseñado un calendario que incluía mi propia perdición. Cada dos semanas, a uno de los curas se le asignaba la tarea de vigilar a los chicos durante su ducha post-clase de educación física. Y mi turno llegó en un viernes nublado de octubre.

El día transcurrió entre una náusea constante y una plegaria silenciosa. Intenté encontrar una excusa, una enfermedad, cualquier cosa que me librara de mi obligación, pero el rector fue inflexible. «Es su deber, padre Titto. Los muchachos necesitan supervisión para evitar travesuras». No tenía idea de que la única travesura que temía era la que se gestaba en mi propia mente.

A las cuatro de la tarde, me dirigí al vestuario. El aire era denso y olía a cloro, sudor y jabón barato. Los muchachos, entre ocho y catorce años, corrían de un lado a otro, gritando y riendo mientras se desvestían con la naturalidad que solo la inocencia permite. Me senté en un banco de madera, tratando de fijar mi mirada en un punto alejado de la puerta de las duchas, pero era inútil. Mi atención era como un imán, atraída irremediablemente por cada fragmento de piel que se revelaba.

«Padre, ¿puede ayudarme? Se enredó mi nudo», me pidió un niño rubio de unos diez años, con la toalla envuelta torpemente alrededor de su cintura. Mis manos temblaron mientras deshacía el nudo, y por un instante, mis dedos rozaron el suave pellejo de su cintura. Sentí un escalofrío eléctrico y me retiré como si me hubiera quemado. «Ya está, hijo. Ve a ducharte», dije con voz pastosa.

Finalmente, entré en la zona de las duchas. El vapor se había apoder de todo, envolviendo los cuerpos desnudos en una niebla fantasmal que los hacía parecer figuras de un sueño. El sonido del agua chorreando contra el azulejo se mezclaba con las risas y los gritos de los chicos. Me paré junto a la pared, fingiendo supervisar, pero en realidad, mis ojos devoraban cada forma que se dibujaba entre la bruma.

Y entonces comenzó la pesadilla.

Mi mente, traicionera y hambrienta, comenzó a transformar la escena. El vapor se espesó y las paredes de la ducha parecieron disolverse, dando paso a un espacio vasto y oscuro, iluminado por antorchas que parpadeaban con una luz rojiza. Los muchachos ya no eran niños inocentes; sus rostros mostraban una sabiduría antigua, una comprensión de los placeres carnales que no debían poseer. Sus cuerpos, antes apenas formados, se volvieron perfectos, esculturales, como efebos de un renacimiento perdido.

Vi a Lázaro en el centro de aquella visión infernal. Ya no estaba bajo el chorro de agua, sino recostado sobre un lecho de terciopelo oscuro, su piel brillando bajo la luz de las antorchas. A su lado, otros chicos, los que había visto en el patio, en los pasillos, en el aula, se acariciaban y besaban con una pasión que me heló la sangre. La escena se convirtió en una orgía dionisíaca, un festín de cuerpos jóvenes y deseantes donde todos los roles se invertían.

En mi fantasía, ya no era el observador impotente. Era el sumo sacerdote de aquel rito pagano, el maestro de ceremonias que guiaba a aquellos jóvenes a través de los misterios del placer. Mis manos, antes temblorosas y arrepentidas, ahora se movían con seguridad, explorando cada curva, cada pliegue, cada secreto que aquellos cuerpos ofrecían. Lázaro me miraba con aquellos ojos inocentes que ahora brillaban con un conocimiento profano, extendiendo su mano hacia mí en una invitación tácita.

«Padre Titto… ¿está bien?», preguntó una voz real, sacándome de mi delirio.

Me encontré de pie, con el corazón martilleando en mi pecho y el aliento entrecortado. Frente a mí estaba Lázaro, real y tangible, con una toalla envuelta alrededor de su pequeño cuerpo y el pelo goteando sobre sus hombros. Me miraba con preocupación, notando probablemente mi palidez y el temblor de mis manos.

«¿Está enfermo, padre?», insistió.

A mi lado, otro niño, un chico de trece años llamado Mateo con un cuerpo ya más definido, se secaba el pelo con una toalla, sin notar mi estado. A pocos metros, dos más se perseguían jugando, sus nalgas pequeñas y firmes rebotando con cada paso. La realidad era tan peligrosa como mi fantasía.

«No, hijo, solo… el vapor», logré decir, apartándome bruscamente. «Termina pronto y vístete. La cena está por servirse».

Me refugié en mi despacho, cerrando la puerta con llave. Mi frente estaba pegajosa de sudor frío y mi sotana se sentía como una soga alrededor de mi cuello. Me arrodillé y comencé a confesar, no a Dios, sino a mí mismo, en un susurro desesperado. «¿Qué soy? ¿Qué clase de monstruo habita dentro de mí?».

Pero incluso mientras rezaba, mi mente traicionera seguía reproduciendo imágenes de aquella orgía imaginada. El recuerdo de la piel mojada, los contornos jóvenes, la confianza inocente en sus ojos… todo se mezclaba en un cóctel venenoso de deseo y culpa. Comprendí entonces que no estaba luchando contra una tentación externa, sino contra una parte de mí mismo que había estado dormida y ahora había despertado con un hambre insaciable.

Esa noche, no dormí. Cada vez que cerraba los ojos, el vapor de las duchas me envolvía de nuevo y los cuerpos de aquellos muchachos danzaban en mi mente. Por primera vez desde mi llegada, supe con certeza absoluta que no podría resistir por mucho tiempo. El monstruo estaba creciendo, y yo me estaba quedando sin fuerzas para contenerlo..

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4 Lecturas/14 agosto, 2026/0 Comentarios/por Azulmarino2
Etiquetas: chico, colegio, ducha, duchas, escuela, hijo, maestro, padre
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