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Dominación Hombres, Fetichismo, Gays

Escuela católica 4

Idolatría.

Noviembre trajo consigo el viento frío que soplaba desde el norte y la preparación para la fiesta de Navidad, una época que, en lugar de llenarme de gozo espiritual, me sumergía en un estado de ansiedad creciente. La escuela siempre organizaba una obra de teatro para celebrar el nacimiento del Salvador, y este año, el director, un profesor de literatura llamado Hernán, había decidido poner en escena un pastorela tradicional. La noticia llegó como una sentencia de muerte durante la reunión de profesores.

«Y para el papel del pastorcito principal, he elegido a Lázaro», anunció Hernán con orgullo. «Tiene el rostro perfecto, la inocencia necesaria para el rol».

Sentí cómo la sangre se helaba en mis venas. Lázaro. Vestido de pastor. La imagen se formó en mi mente antes de que pudiera detenerla, una combinación letal de simbolismo sagrado y mi propia corrupción interna. Traté de concentrarme en los demás asuntos, en la logística de la celebración, en los sermones de Adviento, pero era inútil. Mi mente ya estaba atrapada en la trampa que mi propio destino me había tendido.

Los ensayos comenzaron la semana siguiente. Me obligué a asistir a uno, bajo la excusa de supervisar el progreso artístico de los alumnos. El salón de actos estaba lleno de olor a polvo y a madera vieja. Los niños corrían de un lado a otro con sus trajes de pastores improvisados, algunos con túnicas demasiado grandes, otros con bastones que parecían más espadas que cayados. Y entonces lo vi.

Lázaro estaba en el centro del escenario, recibiendo instrucciones del profesor Hernán. Llevaba una túnica de tela burda, color marrón claro, que le llegaba hasta las rodillas. Pero lo que me paralizó, lo que me robó el aliento y me dejó clavado en mi asiento, fue que estaba descalzo. Sus pequeños pies, perfectamente formados, descansaban sobre el escenario de madera polvorienta. La túnica, al moverse, dejaba al descubierto parte de sus piernas delgadas y bronceadas, desde justo debajo de la rodilla hasta el inicio de sus tobillos.

«Padre Titto, ¿qué le parece? ¿Cree que Lázaro tiene futuro como actor?», me preguntó el director acercándose a mi asiento.

apenas pude asentir, mi garganta se había cerrado. Mis ojos estaban fijos en el escenario, en la figura de Lázaro que ahora practicaba una escena con otro niño. Cada movimiento que hacía, cada giro, cada pequeña flexión de sus rodillas, era una tortura y una delicia a la vez. Sus pies, al caminar, dejaban una ligera huella en el polvo del escenario. Vi cómo se erguía sobre las puntas para alcanzar algo, y cómo sus dedos se extendían sobre la madera como pétalos de una flor.

En mi mente, la escena se transformó. El salón de actos se desvaneció y nos encontramos en un prado nocturno, bajo una luna llena que bañaba todo en una luz plateada. Lázaro ya no era un actor en un escenario; era un verdadero pastorcito, guardando su rebaño bajo las estrellas. Su túnica seguía siendo la misma, pero ahora parecía tejida con luz de luna. Seguía descalzo, y sus pies dejaban huellas en el rocío de la hierba.

Me vi a mí mismo acercándome, no como un sacerdote, sino como un peregrino cansado. Lázaro me sonreía con esa confianza inquebrantable que siempre tenía, y me invitaba a sentarme junto a él junto a una fogata imaginaria. En mi fantasía, le pedía que me mostrara sus pies, no con deseo carnal, sino con una curiosidad reverencial, como si quisiera tocar algo sagrado. Él, sin dudarlo, extendía una de sus piernas y colocaba su pequeño pie en mi mano.

La piel de su planta era suave, ligeramente fresca por el nocturno. Sus dedos eran pequeños y perfectos, con uñas limpias y brillantes. Sentí un impulso, un deseo casi religioso de inclinarme y besar esa piel, no con lujuria, sino con adoración. Quería sentir la textura de su talón bajo mis labios, trazar la línea de su arco con la punta de mi lengua, tomar cada uno de sus dedos en mi boca y sentir su calidez. Era un fetichismo sagrado, una devoción perversa que mezclaba lo divino y lo profano en una mezcla que me estaba destruyendo por dentro.

«Padre, ¿está bien? Parece pálido», me despertó una voz.

Era Lázaro, de pie frente a mí, con sus pies descalzos sobre el suelo del salón. Me miraba con preocupación, su cabeza ligeramente inclinada. El olor a niño, a jabón y a polvo me envolvió.

«Sí, hijo, solo… el calor de aquí», mentí, apartándome bruscamente. «Estás haciendo un gran trabajo».

Él sonrió, esa sonrisa que era mi perdición y mi salvación a la vez. «Gracias, padre. El profesor Hernán dice que tengo que parecer más humilde, más cansado del viaje».

«Lo lograrás», dije con voz quebrada. «Ahora, vuelve al ensayo».

Se fue corriendo, y yo me quedé mirando cómo sus pequeños pies descalzos se alejaban sobre el escenario. Cada huella invisible que dejaba era un clavo más en mi cruz, un recordatorio de la distancia que me separaba de la redención. Me di cuenta de que mi deseo no era solo por su cuerpo, sino por símbolos específicos: sus pies descalzos representando humildad, sus piernas expuestas mostrando vulnerabilidad, su inocencia actuando como un faro para mi oscuridad.

Esa noche, en la soledad de mi celda, confesé un nuevo pecado. No solo lujuria, sino una forma de idolatría. Había creado un ídolo de carne y hueso, un fetiche sagrado que adoraba en secreto. Y lo más terrorífico de todo era que, mientras más me condenaba a mí mismo, más ansiaba la próxima oportunidad de ver a mi pequeño pastorcito, descalzo y perfecto, en el escenario de mi perdición.

Comenten que les va pareciendo la historia.

5 Lecturas/14 agosto, 2026/0 Comentarios/por Azulmarino2
Etiquetas: escuela, hijo, navidad, padre, profesor, viaje
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