Escuela católica 6
El refugio.
Los días posteriores al ensayo de la pastorela fueron un infierno de anticipación. Mi mente ya no era solo un campo de batalla donde luchaba contra mis propios deseos; ahora era un territorio ocupado, donde las voces de Benito e Ignacio resonaban constantemente, ofreciendo una rendición tentadora. Me movía por la escuela como un fantasma, mi sotana pesándome más que nunca, mi mirada evitando a todos por igual.
Fue después de la misa del domingo cuando me encontré con él. No era Benito ni Ignacio. Era el Padre Ramiro, un sacerdote anciano que llevaba décadas en la escuela, un hombre cuyo rostro parecía un mapa de arrugas y cuya presencia era tan discreta que a menudo pasaba desapercibido. Me encontraba en el jardín trasero, tratando de encontrar un momento de paz bajo un viejo olmo, cuando se acercó con su paso lento y casi imperceptible.
«El alma necesita descanso, padre Titto, pero el cuerpo tiene sus propias exigencias», dijo sin preámbulos, sentándose en el banco junto a mí. Su voz era un susurro ronco, como el viento entre las hojas secas.
Me quedé inmóvil, sin saber qué responder. ¿Sabía? ¿Que estaba Tratado de decir?
«Lo he visto en los ensayos», continuó, sin mirarme, fijando su vista en las ramas desnudas del árbol. «La forma en que mira al pequeño Lázaro. No es una mirada de un pastor a su oveja. Es la mirada de un hombre sediento que contempla un oasis».
Sentí un escalofrío que me recorrió la espina dorsal. No era un reproche, ni una acusación. Era un reconocimiento. Una afirmación.
«Yo también fui joven una vez», dijo Ramiro, y por un instante, su voz perdió su ronquera y adquirió un tono melancólico. «También luché contra el monstruo. También creía que la oración y el ayuno serían suficientes. Pero el cuerpo tiene una memoria más larga que el alma, y un hambre más insistente».
Se giró lentamente hacia mí, y sus ojos, hundidos en sus órbitas, me clavaron con una intensidad que me desarmó. «Luchar solo es una forma de martirio inútil, hijo. La Iglesia nos enseña a cargar con nuestra cruz, pero no nos dice que debamos hacerlo solos, sangrando por un camino que otros ya han allanado».
Mi corazón martilleaba contra mis costillas. ¿Era esto una prueba? ¿Un ángel o un demonio disfrazado de anciano?
«Hay un lugar», dijo Ramiro, bajando la voz a un murmullo casi inaudible. «Un refugio. Un cuarto especial en la torre vieja, el que usaban como sacristía auxiliar antes de la remodelación. Nadie va allí. Es nuestro pequeño santuario en el desierto».
Hizo una pausa, dejando que sus palabras se asentaran en mi mente atormentada.
«Allí podemos desahogarnos. Donde el alma se libera temporalmente de su carga y el cuerpo encuentra el consuelo que necesita. He visto cómo sufre, hijo. He visto la guerra en sus ojos cada vez que el pequeño Lázaro se acerca a usted».
«¿Desahogarse?», logré preguntar con una voz que sonaba ajena.
«Con niños que entienden», aclaró Ramiro, y una sonrisa casi imperceptible cruzó sus labios. «Niños que han sido… preparados. A los que les hemos dado un regalo especial. Un crucifijo pequeño, de plata, para que lleven colgado bajo su ropa. Una señal para nosotros. Un recordatorio para ellos de que sirven a Dios de una manera… diferente. Una forma más íntima de sacrificio».
Mi estómago se revolvió. La imagen de Lázaro con un crucifijo de plata colgando de su cuello se formó en mi mente, una mezcla de horror y un deseo tan profundo que me asustó.
«Son niños buenos, hijos de familias humildes que agradecen cualquier atención de la Iglesia», continuó Ramiro, como si estuviera hablando de una obra de caridad. «Niños que aprenden temprano que el cuerpo puede ser un templo de placeres que el Creador no condena, siempre que se haga con reverencia y en secreto». Se levantó lentamente, con el esfuerzo de un hombre cuyos huesos dolían por la edad y el pecado.
«Piénselo, padre Titto. La próxima semana, después de las vísperas. La puerta de la torre vieja estará sin llave. Suba las escaleras hasta el último rencuentro. Allí encontrará la paz que busca. O al menos, un descanso de la guerra».
Se alejó tan silenciosamente como había llegado, dejándome solo bajo el árbol con el eco de sus palabras resonando en mi cabeza. Un refugio. Un cuarto especial. Niños con crucifijos de plata. La rendición se presentaba no como un fracaso, sino como una misericordia. Una comunión de pecadores compartiendo un sacramento prohibido.
Y en medio de mi tormenta, una idea tomó forma, clara y aterradora: cuántos niños llevaban ya ese crucifijo?
En verdad me gustaría conocer su opinión y que tanto les va gustando.

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