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Dominación Hombres, Gays, Masturbacion Masculina

Escuela católica 8

El Sacramento.

La puerta se cerró con un chasquido suave, un sonido definitivo que me dejó atrapado en la quietud de la habitación. El silencio que siguió fue más pesado que cualquier grito. Ignacio se había ido, pero su presencia persistía en el aire, en el desorden de las sábanas, en el olor a sudor y a transgresión. Y en el centro de todo, Lázaro.

Permanecí inmóvil junto a la puerta, mis manos sudando frías. La rabia que había sentido momentos antes se había desvanecido, reemplazada por un vacío aterrador. El ídolo de mi adoración secreta yacía ante mí, ya no inmaculado, ya no mío. Era un objeto usado, un recipiente roto. Y la parte más oscura de mí, la parte que Ignacio había reconocido y saludado, ansiaba reclamarlo.

Me obligué a moverme. Mis piernas parecieron de plomo mientras cruzaba la pequeña habitación. Me arrodillé junto al catre, mis rodillas crujiendo en el suelo de madera fría. Lázaro no se movió. Su rostro seguía vuelto hacia la pared, su cuerpo rígido, una pequeña estatua de martirio.

«Lázaro», susurré. Mi voz sonó extraña, ronca, como si no fuera la mía.

No respondió. Su respiración era superficial, casi inaudible.

«Lázaro, soy el padre Titto», insistí, un poco más fuerte. «Mírame, hijo».

Por un largo momento, no hubo respuesta. Entonces, lentamente, con una pesadumbre que me partió el alma, giró la cabeza. Sus ojos, esos ojos color café que había venerado, estaban vacíos. No había llanto, no había dolor, no había miedo. Solo una ausencia profunda, una niebla que los había apagado. Era como si Ignacio no solo hubiera tomado su cuerpo, sino que también hubiera apagado la luz que había dentro.

«Padre», dijo. Su voz era un hilo, tan delgada que casi se perdió en el silencio.

«¿Te… te hizo daño, Lázaro?», pregunté, aunque sabía que la pregunta era inútil. La respuesta estaba escrita en la rigidez de su cuerpo y en el vacío de sus ojos.

Él parpadeó lentamente, como si tuviera que recordar el significado de las palabras. «No», dijo finalmente. «Es un servicio. Padre Ignacio lo dijo. Es un servicio a Dios».

Mis ojos se desviaron hacia el crucifijo de plata que descansaba sobre su pecho, brillando bajo la luz de la vela. Un servicio. Un sacrificio. Una mentira envuelta en la verdad más sagrada.

«Es una mentira, Lázaro», dije, mi voz ganando una fuerza que no sabía que poseía. «Dios no quiere esto. Él no quiere… esto».

Lázaro me miró, y por primera vez, una emoción cruzó su rostro. No era ira ni miedo. Era confusión. Como si estuviera viendo a un hombre que le hablaba en un idioma extranjero.

«Padre Ramiro lo dio», dijo, señalando el crucifijo con un temblor casi imperceptible. «Dijo que era una señal. Que los elegidos lo llevamos. Que es un honor».

«Elegidos», repetí, la palabra sabiendo a veneno en mi boca. «Lázaro, yo… yo también te he mirado». La confesión salió como un torrente, imposible de contener. «Te he mirado de una forma que no es correcta. Como un hombre hambriento mira el pan. Y por eso estoy aquí. Por mi pecado, no por el tuyo».

Por un instante, la niebla en sus ojos pareció disiparse. Vio algo en mí, quizás una chispa de la misma tormenta que consumía mi alma. Extendió una mano, no hacia mí, sino hacia mi sotana. Sus pequeños dedos se aferraron al borde de la tela negra.

«Usted también tiene hambre, padre», susurró. No era una pregunta. Era una afirmación. Una verdad dicha por la boca de un niño profanado.

En ese momento, algo dentro de mí se quebró. La última barrera, el último vestigio del hombre que había sido, se desmoronó. La ira contra Ignacio, el deseo de «recuperar» lo que era mío, la necesidad de marcarlo con mi propio pecado… todo se fusionó en un impulso abrumador. Ya no era solo lujuria. Era una comunión en la desgracia. Un bautismo en la cloaca.

Mi boca se posó sobre la suya, no con ternura, sino con una ferocidad desesperada. No era un beso. Era una mordida. Una forma de reclamarlo, de borrar el sabor de Ignacio y reemplazarlo con el mío. Sus labios estaban fríos, pasivos, pero no se resistieron. Mi mano libre descendió por su espalda delgada, sintiendo la calidez de su piel, el temblor de sus huesos pequeños bajo mis dedos. Era la primera vez que lo tocaba así, y la electricidad de ese contacto me recorrió como un relámpago, una mezcla de éxtasis y asco que me dejó temblando.

Pero eso no era suficiente. Necesitaba más. Necesitaba consumirlo por completo.

Mi mirada descendió por su cuerpo, hasta detenerme en sus pies. Esos pies que había adorado desde la distancia, en el escenario polvoriento. Estaban desnudos, pálidos en la penumbra, perfectos. Con un cuidado reverencial, tomé su pie derecho en mi mano. Era pequeño, ligero, casi irreal. La piel de su planta era suave, ligeramente cálida. Lo llevé a mis labios.

No lo besé. Lo saboreé.

Pasé la punta de mi lengua por la curva de su talón. Sabía a sal, a polvo del escenario, a la inocencia misma. Era un sabor limpio, puro, que me llenó de una sensación de poder sagrado. Mis labios se cerraron sobre su arco, y sentí la delicada estructura de sus huesos bajo mi piel. Luego, tomé cada uno de sus deditos en mi boca, uno por uno, sintiendo la textura de sus uñas pequeñas y lisas, el sabor de su piel entre mis labios. Era un festín de adoración perversa, una comunión con la parte más humilde y vulnerable de él. Mientras lo hacía, Lázaro no se movió, pero sentí una ligera tensión en su tobillo, como si estuviera luchando contra un escalofrío.

Solté su pie y mi boca comenzó a viajar hacia arriba. Mis labios se posaron en el interior de su rodilla, una piel suave y casi sin sabor, pero que tembló bajo mi toque. Sentí el pulso rápido de su arteria femoral contra mi lengua, un tambor de vida que me embriagaba. Subí por su muso delgado, mordisqueando suavemente la piel suave, que sabía a niño, a calor, a vida. Era un mapa de sabores y texturas, y yo era su único explorador.

Mi mano se deslizó por su espalda, sintiendo cada vértebra bajo mis dedos, como cuentas de un rosario de carne y hueso. Llegué a sus hombros pequeños y lo giré sobre su espalda. Su cuerpo se movió con una pasividad que era más aterradora que cualquier resistencia. Estaba entregándose, no por deseo, sino porque había aprendido que la resistencia era inútil.

Mi boca descendió por su espalda, siguiendo la línea de su columna vertebral. La piel de su espalda sabía a nada, a aire, a la ausencia de sol. Pero cuando llegué a la pequeña curva de su cintura, el sabor cambió. Se volvió más salado, más intenso. Y entonces vi la marca. Una pequeña mancha rojiza en la parte baja de su espalda, donde Ignacio lo había tomado. Por un instante, la rabia volvió a arder en mí. Me incliné y cubrí esa marca con mi boca, no para sanarla, sino para reclamarla. La lamí con una ferocidad que mezclaba el deseo y el castigo, saboreando el rastro de otro hombre en lo que ahora consideraba mío. Lázaro soltó un pequeño gemido ahogado, el primer sonido que emitía, un sonido de dolor y resignación.

Finalmente, lo volví a girar. Su cuerpo estaba completamente expuesto ante mí, un altar de carne y hueso. Sus ojos estaban cerrados, su pecho subía y bajaba con una respiración rápida. El crucifijo de plata brillaba sobre su pecho, una ironía cruel.

Mi boca descendió, impulsada por un hambre que ya no intentaba comprender. Envolví su pequeño pene con mis labios, sintiendo la sorprendente calidez y la suavidad de su piel, que sabía a sal y a la inocencia misma. Era delicado, casi etéreo, y mi lengua exploró cada pliegue con una reverencia aterradora, descubriendo un sabor limpio y profundo que me llenó de un poder sagrado y profano a la vez. Lázaro se tensó, un espasmo involuntario recorrió su pequeño cuerpo, y un pequeño gemido escapó de sus labios, un sonido que no era de placer ni de dolor, sino de la rendición misma.

Luego, separé sus piernas con una determinación brutal, y al entrar con mi pene erecto en él, sentí una resistencia que cedió con un temblor, un calor abrazador y apretado que me consumió por completo. Era una posesión total, una violación sagrada donde cada uno de sus jadeos era un plegaria silenciosa y cada movimiento mío, una blasfemia que me unía a él para siempre en el infierno que habíamos creado juntos.

Era consciente que minutos antes el pene del padre Ignacio había estado dentro de él, pero ahora era yo el último que lo había hecho.

Lo hice mío. Completamente. No hubo acto que no cometiera, no hay rincón de su cuerpo que no explorara con una voracidad que me asustó a mí mismo. Cada movimiento era una declaración de propiedad, una venganza contra Ignacio y contra Dios por haberme creado así. Lázaro no emitió un sonido. Se convirtió en un objeto, un recipiente para mi furia y mi deseo, su cuerpo respondiendo con una pasividad que era más aterradora que cualquier resistencia.

Cuando terminé, me quedé sobre él, jadeando, mi cuerpo pesado sobre el suyo. La habitación olía a pecado, a sudor, a mí. Miré su rostro. Sus ojos estaban cerrados. Una lágrima solitaria se deslizaba por su sien, no de dolor, sino de agotamiento. Y en medio del desorden de las sábanas, el crucifijo de plata brillaba, una acusación silenciosa contra mí y contra el monstruo que ahora habitaba en mi alma, satisfecho y hambriento a la vez.

Me había rendido. Había cruzado el abismo. Y al otro lado, no había consuelo. Solo el eco de mi propia perdición.

6 Lecturas/6 septiembre, 2026/0 Comentarios/por Azulmarino2
Etiquetas: escuela, hijo, padre, pene, primera vez
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