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Dominación Hombres, Gays, Masturbacion Masculina

Escuela católica 9

Epílogo.
Inicié mi ministerio en la Escuela Católica San Judas no con fe, sino con apetito. Llevaba años perfeccionando el arte de la disimulación, aprendiendo a moverme entre el rebaño con la sonrisa correcta y las palabras adecuadas, todo mientras mi mente calculaba, evaluaba y seleccionaba. El rector, un hombre de semblante severo pero fácilmente engañable, me presentó con orgullo el claustro de profesores y luego me llevó a recorrer los patios donde corrían los alumnos. «Aquí tiene su rebaño, padre Mateo», dijo con una sonrisa. «Jóvenes de buenas familias, necesitados de dirección espiritual».

«Son una bendición, padre», respondí con la voz humilde que había practicado durante meses en el seminario. Pero mientras hablaba, mis ojos ya estaban cazando. No veía almas que salvar; veía cuerpos que deseaba. Un rubio de diez años con piernas firmes, un moreno de trece con unos labios que prometían, un grupo de niños pequeños riendo en el arenero, sus cuerpos flexibles y llenos de una energía que ansiaba canalizar. Esta no era una prueba; era un buffet.

Mi celda, aunque sencilla, se sintió esa primera noche como un observatorio estratégico. No me arrodillé ante el crucifijo para pedir fuerza. Me arrodillé para darle las gracias por la oportunidad. «Señor», susurré con una sonrisa cómplice, «me has traído al jardín del Edén, y no tengo intención de comer solo manzanas». Cerré los ojos y mi mente se llenó no de oraciones, sino de planes, de fantasías detalladas, de la forma en que rompería la voluntad de cada uno de ellos, uno por uno, transformando su inocencia en el altar de mi placer.

La mañana siguiente, durante la misa, mi mirada no se detuvo en el coro. Ya había hecho mi selección preliminar. Estaba estudiando el terreno, identificando a los lobos con piel de cordero que ya pastoreaban este rebaño. Y entonces lo vi al Padre Titto. Había algo en él que me resultó familiar: la misma máscara de piedad que yo usaba, pero con una grieta. Una sombra de cansancio en sus ojos, una forma en que su mirada se demoraba un segundo de más en los niños más pequeños. No era un rival; era un posible aliado. O un precedente.

Y entonces, vi a su protegido.

Estaba de pie junto al púlpito, ayudando al Padre Titto con los libros del misal. No era como los otros niños. Mientras los demás irradiaban una energía que deseaba apagar, él irradiaba una quietud que ansiaba corromper. Tenía unos ojos color café que parecían contener un pozo de sumisión y un cabello castaño que caía desordenado sobre su frente. Era pequeño para su edad, delgado, con manos diminutas que se movían con una lentitud que no era de pereza, sino de resignación. Este no era un proyecto a largo plazo. Este era una obra maestra ya terminada, esperando un nuevo coleccionista.

«¿Quién es ese niño?», le pregunté al Padre Titto después de la misa, con una voz que intenté mantener casual, pero que estaba cargada de la intensidad de un depredador.

Titto me miró, y por un instante, vi algo en sus ojos que me hizo sonreír interiormente. Era el reconocimiento de un igual. Una sombra, un dolor antiguo, una advertencia velada. «Ese es Lázaro», dijo, su voz más baja de lo que esperaba. «Un niño especial. Muy… devoto».

La forma en que dijo «devoto» fue una confirmación. Era el código, la contraseña que compartíamos los que entendíamos la verdadera naturaleza del «rebaño».

En los días siguientes, mi estudio se centró en Lázaro. Lo observaba como un entomólogo observa una mariposa rara. Se movía por la escuela como un fantasma, su belleza empañada por una melancolía que solo lo hacía más deseable. Pasaba mucho tiempo en la capilla, pero no oraba; esperaba. Y siempre, siempre, lo veía con el Padre Titto. La posesión del cura era evidente en cada gesto, en cada mirada. Era la de un hombre que ha desentrañado todos los secretos de un cuerpo y ahora solo contempla su obra.

Un día, mientras limpiaba la sacristía, encontré a Lázaro sentado solo en un rincón, con un libro de oraciones abierto sobre sus rodillas. Me acerqué, no con timidez, sino con la confianza de un hombre que sabe lo que quiere. «Hola, Lázaro», dije, mi voz un murmullo íntimo.

Él levantó la vista, y sus ojos me clavaron. No hubo sorpresa en ellos. Hubo un destello de miedo antiguo, y luego, la rendición instantánea de un animal que reconoce a un nuevo depredador. Me miró como si supiera exactamente qué pensaba, qué deseaba, qué haría con él si tuviera la oportunidad.

«Padre», dijo, su voz un susurro casi inaudible.

«Estás muy tranquilo hoy», dije, arrodillándome a su lado, no para rezar, sino para acortar la distancia. Nuestros hombros casi se tocaron. Pude oler su aroma, una mezcla de incienso, jabón y algo más. Algo profundo y triste. El olor de un cuerpo que ya ha conocido el pecado.

«La oración es un consuelo», dijo él, sin quitar los ojos de mí, su voz monótona, como si recitara una lección aprendida. «Nos enseña a aceptar nuestra… cruz. A encontrar la paz incluso en el sufrimiento».

Mientras hablaba, una cadena de plata se deslizó fuera del cuello de su camisa. Colgaba de ella un pequeño crucifijo. No era de madera como los demás. Era de plata, gastado por el tiempo y el contacto constante.

«Es hermoso», dije, mi voz temblando no de nervios, sino de anticipación. «Un regalo muy especial».

«Sí», respondió él, y sus dedos se aferraron al crucifijo como si fuera un ancla, pero su mirada se perdió en el vacío. «Un regalo de un… amigo. Un recordatorio de que algunos sacrificios son más valiosos que otros».

En ese momento, supe que no tendría que romper su voluntad. Ya estaba rota. Solo tendría que recoger las piezas. El monstruo dentro de mí no sintió envidia. Sintió un orgulloso y sádico deseo de añadir mi propia firma a la obra maestra de Titto. De enseñarle nuevos «sacrificios», de llevarlo a un nivel de «sumisión» que el viejo ya no podía alcanzar.

«Lázaro» Lo llamó el padre Titto. «El padre Samuel te espera en el refugio de la torre»

Me levanté y me alejé, viéndolo marcharse igualmente. Sabía, con una certeza absoluta, que este no sería mi infierno. Sería mi paraíso. Un paraíso donde el ángel más hermoso ya tenía las alas rotas, y mi único gozo sería aprender a volarlo yo mismo, hacia abismos que aún no conocía.

 

Hasta aquí acaba esta historia espero les haya gustado, comenten.

Tem: @lovelydovey12

 

10 Lecturas/6 septiembre, 2026/0 Comentarios/por Azulmarino2
Etiquetas: amigo, escuela, maestra, padre
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