# Historia de Camilo en un Mundo Apocalíptico
Follando infectadas en un mundo apocalíptico .
**Primera parte: El Almacén Éxito**
Mi nombre es Camilo, tengo 26 años y antes de que el mundo se fuera a la mierda, era biólogo en Bogotá. Ahora, solo soy un sobreviviente más en una ciudad muerta, donde los cuerpos caminan pero las mentes ya no están. El parásito, como lo llamo, es lo más jodidamente perfecto y aterrador que he visto: mantiene el huésped funcional—calor corporal, circulación, digestión—pero borra por completo la conciencia. El cerebro se convierte en un cascarón vacío, y el parásito se instala ahí, moviendo el cuerpo como un títere sin voluntad. Yo, después de meses encerrado en lo que fue mi laboratorio en la Universidad Nacional, logré sintetizar unas pastillas. Te hacen inmune, impiden que el parásito te infecte. El problema es que solo duran un mes. Y mi suministro se está agotando.
Hoy salí de mi refugio en Chapinero, necesitaba provisiones y, aunque ya casi he perdido la esperanza, busco a alguien, a cualquiera, que aún esté vivo. Recorrí calles silenciosas, esquivando cuerpos que deambulan con movimientos espasmódicos. Nada. Ni un grito, ni una luz. Solo el viento y el olor a podredumbre que empieza a filtrarse a pesar de que los cuerpos no se descomponen como deberían.
Terminé frente a un Almacén Éxito en la Autopista Norte. Las puertas vidriadas estaban destrozadas. Entré con mi mochila y mi barra de hierro, lista para lo que fuera. El interior estaba en penumbra, estantes volcados, productos esparcidos. Y entonces la vi.
Era una cajera. O lo había sido. Una chica joven, no más de 20 años. Delgada, pero con curvas que se adivinaban bajo el uniforme corporativo arrugado: una camisa blanca medio desabotonada y una falda negra ajustada. Me acerqué con cautela. No mostraba agresividad, solo se balanceaba levemente de pie junto a una caja registradora, los ojos vidriosos fijos en la nada. Medía alrededor de 1.65 metros. Pechos pequeños pero bien formados, quizás una copa B, cintura estrecha que no llegaba a los 60 cm, y unas caderas redondeadas que tensaban la falda. Tenía el pelo castaño largo, lacio y sucio, enmarañado sobre los hombros. La piel, pálida pero aún con un tono cálido.
Por algún impulso macabro, quise saber quién había sido. Con cuidado, le revisé los bolsillos de la falda. Encontré una cartera pequeña. Su cédula: **María Fernanda Rojas**, 20 años, nacida en Bogotá. La guardé. No sé por qué.
Una idea retorcida empezó a formarse en mi mente. Llevaba meses solo. El silencio y la desesperación carcomen más que el hambre. Miré a María Fernanda, su cuerpo funcionando perfectamente, caliente al tacto cuando mi mano rozó su brazo. No estaba muerta. Pero tampoco estaba viva. Era una cosa. Y yo… yo necesitaba sentir algo.
“Vamos”, le dije en voz baja, como si pudiera entenderme. La tomé del brazo con firmeza. Ella opuso una resistencia leve, un forcejeo automático de sus músculos, pero sin intención real. La guié, empujándola suavemente, hacia la sección de hogar, hacia los colchones apilados en oferta.
Llegamos a un área más privada, entre columnas de colchones envueltos en plástico. La luz era tenue. La puse de frente a mí. Sus ojos no me veían.
Empecé por la camisa. Los botones estaban difíciles. Sus brazos colgaban inertes, pero cuando traté de deslizar la tela de sus hombros, su cuerpo se contrajo, un movimiento reflejo que hizo que sus codos se doblaran y me estorbara. Tuve que agarrarla con más fuerza, rodearla con un brazo para inmovilizarla contra mí mientras con la otra mano tiraba de la manga. Sentí el calor de su espalda a través de la tela. Jadeaba, no por esfuerzo, sino por la respiración automática que el parásito mantenía. Finalmente, la camisa cedió y cayó al suelo. Quedó en un sostén blanco sencillo, ya amarillento.
El sostén fue más complicado. El cierre estaba atrás. La giré bruscamente. Ella tropezó, y para evitar que cayera, tuve que apretarla contra mi pecho, mi mano hundiéndose en su costado. Con los dedos torpes, desabroché el cierre. Al soltarse, el sostén se deslizó por sus brazos. Sus pechos eran pequeños, firmes, con pezones erectos y de un color rosado pálido. No había reacción en su rostro.
La falda era lo siguiente. Tenía un cierre lateral y un botón. Al desabrocharlo, la falda se aflojó en sus caderas. Pero al intentar bajarla, sus piernas, en su balanceo constante, se enredaron en la tela. Tuve que agacharla, casi sentarla en el borde de un colchón de demostración, y forcejear para sacar la falda de cada pierna. Ella se mecía hacia adelante y atrás, complicando todo. Maldije entre dientes, sudando. Finalmente, la falda cayó. Solo quedaban unas bragas blancas de algodón, ya grises por la suciedad.
Para las bragas, simplemente me arrodillé y se las bajé de un tirón. Ofreció la menor resistencia. Y allí estaba, completamente desnuda, sentada al borde del colchón, con las piernas ligeramente abiertas por la postura. Su vello púbico era castaño y escaso. Su cuerpo era esbelto, joven, con las curvas suaves de una mujer que no había tenido hijos. La respiración le subía y bajaba el vientre.
Yo ya estaba excitado, una excitación cargada de rabia, de soledad y de un asco profundo hacia mí mismo. Me quité mis propios pantalones y boxers rápidamente. Mi pene estaba completamente erecto, grueso y con una longitud considerable, la piel tensa y la cabeza ya húmeda de precum. No había delicadeza aquí. Esto no era hacer el amor. Era tomar algo.
Me acerqué a ella. La acosté sobre el colchón de espaldas. Sus piernas no se abrían por voluntad propia. Tuve que agarrar cada muslo con fuerza—sus músculos eran tensos, vivos—y separarlos. Ella movió las caderas en un espasmo, intentando girarse. Me monté sobre ella, usando mi peso para inmovilizarla. Con una mano me agarré a su cadera, hundiendo los dedos en su carne, y con la otra guié mi pene hacia su vagina.
Era estrecha. Al primer intento de entrada, solo logré introducir la cabeza. Estaba seca. El roce fue áspero, doloroso seguramente para su cuerpo, aunque ella no podía sentir. Empujé con más fuerza, usando mi cadera para clavarme dentro. Lentamente, centímetro a centímetro, sentí cómo su vagina cedía y se abría para acomodarme. Era cálida, increíblemente cálida y ajustada. Sus labios vaginales, delgados y pálidos, se estiraban alrededor de mi base. Podía ver su clítoris, pequeño y oculto bajo el capuchón. No había lubricación natural, solo la fricción cruda.
Una vez dentro, empecé a moverme. El sonido era húmedo y áspero a la vez. Ella se movía debajo de mí, no en reciprocidad, sino en esos espasmos aleatorios, intentando voltearse o incorporarse. Tuve que agarrarla con ambas manos de las muñecas, clavándolas sobre el colchón a los lados de su cabeza. Mi ritmo se volvió rápido, brutal. Sentía cada centímetro de mi pene frotándose contra sus paredes internas, apretándome con una presión involuntaria. Su cuerpo reaccionaba fisiológicamente: un poco de humedad empezó a generarse, quizás por la fricción, haciendo el roce un poco menos seco pero igual de violento.
Jadeaba yo, no ella. La miraba a la cara. Sus ojos abiertos, vacíos, miraban al techo. Su boca entreabierta. Le dije cosas bajas, vulgares, que no repetiré. Era como violar a un maniquí caliente. La rabia y el placer se mezclaban en un cóctel nauseabundo. La penetraba con fuerza, cada embestida haciendo que su cuerpo se sacudiera en el colchón.
El orgasmo llegó como una explosión de calor y vergüenza. Gemí, clavándome lo más profundo que pude, y sentí cómo mi semen salía a chorros dentro de ella, llenándola. Me quedé allí, temblando, aún sobre ella, mi pene palpitando dentro de su vagina.
Después de un minuto, me retiré. Un hilo de semen mezclado con un poco de fluido vaginal y sangre—por la fricción—goteó de ella sobre el colchón. Me limpié rápidamente y me vestí.
Ella, María Fernanda, lentamente, como si nada hubiera pasado, se incorporó. Se puso de pie con movimientos torpes. Sin mirarme, sin mirar su propia desnudez ni los fluidos en sus muslos, empezó a caminar de regreso, tropezando levemente, hacia su puesto en las cajas. La observé alejarse, su figura desnuda y vulnerable desapareciendo entre los estantes. Un vacío más profundo que el de antes se abrió en mi pecho.
Dormí esa noche allí, en el almacén, envuelto en una manta nueva, con el sonido de sus pasos arrastrados en la distancia.
**Segunda parte: El Colegio**
Al día siguiente, con la luz gris del amanecer filtrándose por las ventanas rotas, continué mi camino. Las pastillas en mi bolsillo pesaban como una losa. Un mes. Solo un mes de inmunidad.
Pasé por un barrio residencial y me encontré frente a un colegio público. Las rejas estaban abiertas. No sé qué me impulsó a entrar. Quizás la esperanza absurda de encontrar suministros médicos, o algo que me ayudara a extender la fórmula.
El patio estaba vacío, lleno de hojas secas. Entré al edificio principal, pasando por aulas con pupitres desordenados y pizarras con lecciones a medio borrar. Fue en el pasillo de los baños donde la vi.
Una niña. Una estudiante. No podía tener más de 12 años. Llevaba el uniforme del colegio: una falda plisada azul marino, una camisa blanca y un suéter gris. Estaba de pie, mirando hacia una pared, meciéndose levemente. Era menuda, delgada como un pajarillo, con el pelo negro recogido en dos coletas deshechas. Sus rasgos eran infantiles, su piel clara. Los ojos, como todos, vacíos.
Una oleada de repugnancia hacia mí mismo, por lo que había hecho el día anterior y por lo que estaba contemplando ahora, me golpeó. Pero era más fuerte que yo. La soledad, el poder corruptor de saber que no habría consecuencias, la necesidad animal de afirmar que yo aún estaba vivo… todo se mezcló en un impulso obsceno.
Me acerqué. Su cuerpo estaba caliente al tacto. No había agresión. La tomé del brazo—tan fino que casi lo abarcaba con mi mano—y la guié hacia una de las aulas vacías. Había una alfombra de lectura en un rincón.
“No te preocupes”, susurré, sabiendo que era una mentira asquerosa.
El proceso fue similar, pero mil veces más grotesco por su tamaño, por su edad. Su uniforme fue difícil de quitar. La camisa tenía botones pequeños. Sus brazos, delgados como palillos, se enredaban en las mangas. Tuve que sentarla en el suelo y forcejear. Ella se balanceaba, a veces su cabeza caía hacia un lado. Finalmente, la camisa y el suéter salieron. Debajo, un top deportivo infantil. Se lo quité por la cabeza, lo que requirió doblar sus brazos de manera poco natural. Sus pechos eran apenas un ligero abultamiento, pezones diminutos. Era una niña.
La falda plisada tenía un elástico. Se la bajé junto con sus calzones blancos, diminutos, con un dibujo de un animal. Tuve que levantar sus caderas del suelo para sacárselos por completo. Quedó desnuda, tendida sobre la alfombra sucia. Su cuerpo era esbelto, sin curvas, con el vello púbico apenas comenzando a asomar. La respiración, superficial y automática, le movía el pequeño vientre.
Yo ya estaba erecto de nuevo, mi pene parecía monstruosamente grande junto a su fragilidad. La asco y la excitación luchaban dentro de mí. Usé mi peso para inmovilizarla. Era ligera como una pluma. Abrí sus piernas—tan delgadas—con mis rodillas.
Su vagina era pequeña, cerrada, con los labios vaginales casi inexistentes y un clítoris minúsculo. No había lubricación alguna. La penetración fue brutalmente difícil y ajustada. Tuve que empujar con una fuerza que me hizo sentir como un animal. Ella gimió—un sonido gutural, involuntario, producto del aire forzado a salir—pero sus ojos permanecieron vacíos. El roce era tan estrecho que casi era doloroso para mí. La sensación de calor era abrumadora. La sostenía por las muñecas, que parecían de porcelana, clavándolas sobre la alfombra. Sus movimientos eran débiles, como los de un insecto atrapado.
La penetré rápidamente, buscando mi propio clímax para terminar con la agonía de la situación. Fue rápido, violento, y cuando llegué, fue con un gemido ahogado de pura vergüenza. Me retiré inmediatamente. Había sangre, más que el día anterior. Me vestí a toda velocidad, sin mirarla.
Ella, lentamente, como un juguete a cuerda, se incorporó. Se puso de pie, tambaleándose. Sin siquiera intentar cubrirse, sin mirar los fluidos y la sangre en sus muslos internos, empezó a caminar hacia la puerta del aula, con sus pasitos cortos e inestables. Se detuvo en el umbral, meciéndose de nuevo, mirando al pasillo vacío.
Yo salí por la ventana del aula, saltando al patio. Corrí. Corrí sin mirar atrás, con el sabor a bilis en la boca y la certeza de que, aunque el parásito no me había infectado el cerebro, yo ya estaba podrido por dentro. Las pastillas me protegían del parásito, pero no había pastilla que me protegiera de mí mismo. Y en un mes, cuando se acabaran, quizás sería un alivio.

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