Historia: El Juego Inesperado
Solo en casa con mi hermana .
# Historia: El Juego Inesperado
Mi nombre es Darío, tengo dieciocho años. Era una tarde de miércoles cualquiera. Mis padres estaban trabajando, y yo estaba solo en casa con mi hermana Carolina, de diez años, tratando de avanzar con un ensayo para la universidad. La tranquilidad se rompió con el timbre de la puerta.
Era Danna, la vecina de Carolina. La había visto antes, claro, pero nunca la había observado con detenimiento. Tenía diez años, como mi hermana. Era menuda, no mediría más de un metro treinta y cinco. Llevaba el cabello castaño claro recogido en dos coletas altas que le caían sobre los hombros. Sus ojos eran grandes, de un color avellana claro, y tenía unas pecas diminutas esparcidas por la nariz y las mejillas. Vestía un conjunto veraniego: una camiseta de manga corta, de un rosa suave, con un estampado de corazones pequeños, y un short de mezclilla azul claro que le llegaba a mitad del muslo. Calzaba unas sandalias con velcro. Parecía la viva imagen de la inocencia infantil.
Las dos niñas se encerraron en la habitación de Carolina a jugar a la cocinita. Yo volví a mi ensayo, sumergiéndome en la filosofía del siglo XVIII. No debió pasar ni media hora cuando la puerta de mi cuarto se abrió suavemente.
—Dariíito —canturreó Carolina, asomando la cabeza. A su lado, Danna la imitaba, con una sonrisa tímida pero persistente. Ambas ponían una cara de ternura absoluta, ojos grandes y suplicantes.
—¿Sí, chiquitas? —pregunté, bajando los auriculares.
—¿Quieres jugar con nosotras? —preguntó Carolina—. Por favor, por favor, por favor.
—Estamos jugando a las casitas —añadió Danna, su voz un poco más grave de lo que esperaba, pero aún dulce—. Y necesitamos un papá.
Me reí. Era ridículo. Yo, un universitario, jugando a las casitas.
—Chicas, tengo que estudiar…
—¡Solo un ratito! —insistió Carolina, tomándome de la mano y tirando con una fuerza sorprendente. Danna se acercó y tomó mi otra mano. Sus manitas eran pequeñas y cálidas.
—Por favor, Darío —dijo Danna, mirándome fijamente—. Será divertido. Yo soy la mamá, tú el papá, y Caro la hija.
Algo en su tono, una seguridad extraña para su edad, me hizo vacilar. Además, la verdad, el ensayo me tenía aburrido. Suspiré, fingiendo exasperación.
—Está bien. Pero solo un rato.
Un grito de alegría de las dos siguió a mi capitulación. Me llevaron al cuarto de juegos, donde habían montado una cocinita de plástico y tendido unos manteles en el suelo para un picnic imaginario. El juego transcurrió con normalidad: «comimos» galletas de plástico, «bebimos» té de mentiras y hablamos de nuestro «día de trabajo». Danna, como la «mamá», era sorprendentemente metódica y mandona en su rol, dando órdenes con una naturalidad que me resultaba graciosa.
Después de un tiempo, Danna miró un reloj de juguete y anunció con solemnidad:
—Es hora de dormir. La niña tiene que ir a la cama.
Carolina, obedientemente, se acostó en un colchoneta que hacía las veces de cama, en el rincón de la habitación. Danna la «arropó» con una manta pequeña y le dio un beso en la frente.
—Ahora, papá —dijo Danna, volviéndose hacia mí y tomándome de la mano nuevamente—. Los papás también se van a dormir.
Me guió, no hacia el salón o cualquier otro sitio, sino directamente hacia mi propio dormitorio. Una punzada de incomodidad me atravesó, pero la ahogué pensando que solo era parte del juego infantil. Era absurdo alarmarse.
—Acuéstate —ordenó, señalando mi cama.
Me senté en el borde, sintiéndome enormemente fuera de lugar.
—No, acostado —insistió.
Con un suspiro resignado, me recosté sobre la colcha, dejando mis pies colgando del borde. Danna se subió a la cama y se acostó a mi lado, pegando su cuerpecito contra el mío. Luego, rodeó mi torso con su brazo delgado.
—Así duermen los papás y las mamás —murmuró, su aliento cálido contra mi cuello.
Permanecí rígido, mirando al techo. Esto ya se estaba saliendo de lo normal. Entonces, su pequeña mano, que descansaba sobre mi pecho, comenzó a moverse. No era un gesto brusco, sino una caricia lenta, circular, sobre la tela de mi camiseta. Me estremecí por completo y me aparté un poco.
—¿Qué haces, Danna?
Ella me miró, y en sus ojos no vi malicia, sino una curiosidad intensa y una especie de conocimiento que no debía estar allí.
—Es lo que hacen —dijo, como si fuera lo más obvio del mundo—. Cuando se acuestan, se tocan y se dan besos. Lo vi en una película que mi hermano mayor tenía escondida.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza. Una mezcla de alarma, incredulidad y… una curiosidad malsana empezó a bullir dentro de mí. ¿Qué sabría esta niña? ¿Hasta dónde llegaba este «juego» en su cabeza?
—Danna, eso no es un juego para niñas…
—Pero si somos el papá y la mamá —argumentó, acercándose de nuevo—. Tienes que hacerlo.
Antes de que pudiera reaccionar, se inclinó y posó sus labios sobre los míos. Fue un beso seco, infantil, solo un contacto de piel. Pero la sorpresa me paralizó. Un hormigueo eléctrico recorrió mi espina dorsal. Ella retiró sus labios y me miró, evaluando mi reacción.
Luego, su mano abandonó mi pecho y descendió, con una determinación aterradora, hasta el área de mi entrepierna. A través del pantalón de pijama, sus dedos comenzaron a frotar, a palpar. Yo estaba en shock, pero mi cuerpo, traicionero, comenzó a responder. Sentí cómo, contra mi voluntad, empezaba a excitarme bajo su toque.
Esa reacción física, ese calor que se extendía, rompió mis últimas resistencias racionales. Un impulso primario, oscuro y prohibido, tomó el control. Con un gruñido suave, rodeé su cuello con mi brazo y la atraje hacia mí, devolviéndole el beso. Esta vez no fue infantil. Fue profundo, guiándola, enseñándole el movimiento. Ella emitió un sonido de sorpresa que se transformó en un gemido ahogado.
Ella respondió con un entusiasmo inquietante. Rompimos el beso, jadeando. Luego, con una agilidad sorprendente, Danna se montó a horcajadas sobre mis caderas, sentándose justo sobre mi erección, que ahora era evidente a través de la tela. Comenzó a frotar su entrepierna, cubierta por el short de mezclilla, contra mi miembro. Yo, casi en trance, mis manos se deslizaron por su espalda delgada hasta posarse en sus nalgas, pequeñas y firmes. Las apreté, ayudando inconscientemente al movimiento de frotación que ella había iniciado.
La realidad se desdibujó por completo. Ya no era un juego. Era un torbellino de sensaciones prohibidas. Con manos que temblaban ligeramente, tomé el borde de su camiseta rosa.
—Vamos a… hacerlo como de verdad —murmuré, y mi voz me sonó ajena.
Ella asintió, con los ojos brillantes. Le quité la camiseta. Debajo, solo tenía la piel pálida y suave de una niña. No llevaba nada más. Su torso era plano, solo el leve abultamiento de sus costillas y el suave montículo de su pecho infantil, donde los pezones, pequeños y de un rosa pálido, se endurecían visiblemente. Un estremecimiento de culpabilidad me golpeó, pero fue barrido por el deseo.
Me incorporé y, con más delicadeza de la que creía capaz, desabroché el botón de su short y bajé la cremallera. Ella se levantó ligeramente para permitirme quitárselo, junto con sus braguitas blancas, también de algodón, sencillas. Quedó desnuda frente a mí, de pie junto a la cama.
Era una visión que sabía profundamente incorrecta, pero de una belleza frágil y perturbadora. Su piel era como porcelana, lisa y sin una sola marca. Sus piernas eran delgadas, con las rodillas un poco huesudas. El vello púbico era casi inexistente, solo un suave rastro de pelusilla rubia. Su vulva era pequeña, cerrada, con los labios menores apenas visibles, protegidos por los labios mayores, que formaban una línea recta y delicada. Su trasero era pequeño, redondeado, perfecto. Su carita, aún con las pecas y las coletas, mostraba una expresión de expectación y excitación que no cuadraba con su edad. Su respiración era rápida y superficial, el pecho subía y bajaba con nerviosismo.
Yo también me desvestí rápidamente, bajando mi pijama. Mi pene estaba completamente erecto, palpitante. No es particularmente grande, de tamaño promedio, quizás unos quince centímetros en ese estado, con el glande oscuro y la vena visible a lo largo del tronco.
—Acuéstate —le dije, y ella obedeció de inmediato, recostándose en el centro de mi cama.
Me arrodillé entre sus piernas, que se abrieron para mí sin vacilación. La contemplé un momento, tratando de grabar en mi memoria cada detalle de esta escena surrealista. Luego, incliné la cabeza. Comencé a besarla, no en la boca, sino en el cuello, en sus pequeños pechos, en su estómago. Ella gimió, sus manitas se aferraron a mis cabellos.
Finalmente, llegué a su entrepierna. Olía a jabón infantil y a algo dulce, único de ella. Extendí la lengua y la pasé suavemente por toda su vulva. Ella dio un respingo y un gemido agudo escapó de sus labios. Sus piernas se estremecieron. Continué, lamiendo con más firmeza, buscando su clítoris, un botón diminuto y duro bajo mis lametones. Cada lengüetazo la hacía arquearse y emitir sonidos entrecortados. Sus manos se aferraban a las sábanas.
Con mis pulgares, separé suavemente sus labios mayores. Su vagina se abrió ante mí, revelando un interior de un rosa intenso y húmedo. En la entrada, pude ver una fina membrana, su himen, que cerraba parcialmente el orificio. Era translúcido, con pequeños vasos sanguíneos visibles. La vista me excitó aún más.
Me coloqué entre sus piernas, que levanté y apoyó sobre mis hombros. Su cuerpo era tan pequeño que apenas tuve que hacer esfuerzo. Tomé mi pene con la mano y posé la cabeza, húmeda por el precum, en la entrada de su vagina. La froté suavemente de arriba abajo, embadurnándola con su propia lubricación y la mía. Con cada brochazo, sus labios se abrían un poco más, acogiendo el glande. Era increíblemente estrecha. La cabeza de mi pene se hundía entre sus pliegues, desapareciendo parcialmente antes de salir de nuevo. Ella gimió.
—Mételo —susurró, mirándome fijamente—. Por favor, papá, mételo.
Esa palabra, en ese contexto, fue el detonante final. Con una presión firme y constante, empujé hacia adelante.
Sentí una resistencia inmediata, elástica pero firme. Era su himen. Con un empujón más decidido, lo atravesé. Un desgarro sutil, un «pop» casi imperceptible, y un gemido de dolor ahogado de Danna. La sensación en la cabeza de mi pene fue abrumadora. Un calor intenso, una opresión casi dolorosa. Sus paredes vaginales, increíblemente estrechas y vírgenes, se cerraron como un puño alrededor de mi glande. El roce era áspero y suave a la vez, una fricción electrizante. Solo pude introducir quizás cinco o seis centímetros antes de sentir que había llegado a un fondo blando, el final de su canal. Era imposible penetrarla más allá. Su pequeño cuerpo no podía aceptar toda mi longitud.
Me quedé quieto un momento, dejando que se adaptara. Vi una gota de sangre, escarlata y brillante, en la base de mi pene. La vista me enloqueció. Comencé a moverme, lentamente al principio, sacando casi por completo mi pene y volviendo a introducir esos pocos centímetros que su cuerpo permitía. Cada embestida era un viaje a un lugar prohibido. Sentía cada pliegue, cada contracción de sus músculos internos. El sonido era húmedo, obsceno. Ella jadeaba, con los ojos cerrados, una mueca de dolor y placer en su rostro.
Los siguientes minutos, quizás diez, se perdieron en un ritmo animal. Yo bombeaba dentro de ella, siempre con esa misma profundidad limitada pero intensísima. La sangre de su virginidad se mezclaba con nuestros fluidos, lubricando el movimiento. Sus gemidos se hicieron más constantes, más agudos. Yo la miraba, a esa niña desnuda bajo mí, sus coletas deshechas sobre la almohada, su carita contraída, y una ola de lujuria y culpa me envolvía.
Finalmente, la tensión en mi bajo vientre se volvió insoportable. Con un gruñido ronco, me hundí todo lo que pude dentro de su estrechez y exploté. Sentí las contracciones de mi eyaculación llenándola, caliente y profusa. Me quedé temblando sobre ella, vaciándome por completo en su pequeño cuerpo.
Cuando terminé, me retiré con cuidado. Mi pene salió con un sonido húmedo y succionante. Estaba manchado de sangre y semen. Su vagina, entre sus piernas abiertas, quedó expuesta. Los labios estaban enrojecidos, hinchados, y un hilo blanco y rosado de mi semen mezclado con su sangre brotaba lentamente de la entrada, deslizándose por su perineo hacia las sábanas.
En ese preciso instante, un golpe suave sonó en la puerta.
—¿Dari? ¿Danna? ¿Siguen jugando? —era la voz de Carolina.
El hechizo se rompió de golpe. El pánico me inundó.
—¡Un momento, Caro! —logré decir, tratando de que mi voz no sonara alterada.
Danna, con una calma que me aterró, se levantó de la cama. Sin decir una palabra, comenzó a vestirse. Se puso sus braguitas manchadas, su short, su camiseta. Yo hice lo mismo, con manos torpes, limpiándome apresuradamente con una camiseta vieja antes de ponerme el pantalón.
Abrí la puerta. Carolina estaba allí, con cara de sueño.
—¿Terminaron de dormir? —preguntó.
—Sí —dije, forzando una sonrisa—. Danna ya se va.
Danna salió de detrás de mí, completamente vestida, peinándose una de las coletas con los dedos. Parecía tranquila, solo un poco sofocada.
—Fue divertido —dijo, mirándome directamente a los ojos. Había un entendimiento cómplice en su mirada que me heló la sangre.
—Sí —musité.
Se despidió de Carolina y se fue a su casa. Yo cerré la puerta y me apoyé contra ella, el corazón desbocado.
Carolina y yo jugamos un rato más, con sus muñecas, pero yo estaba en otro planeta. Mi mente no podía apartarse de lo que acababa de suceder. De la sensación de su cuerpo diminuto y estrecho. De su sangre en mi piel. De la expresión en su cara.
Finalmente, Carolina se aburrió y se fue a ver televisión. Yo me encerré en mi habitación. Me senté en el borde de la cama, en el mismo lugar donde todo había comenzado. Las sábanas estaban arrugadas, y una mancha oscura, pequeña pero inconfundible, testimoniaba lo ocurrido.
Una repulsión profunda comenzó a crecer en mi estómago. Había hecho algo monstruoso. Inexcusable. Pero, contra toda lógica y moral, sepultada bajo capas y capas de culpa y horror, persistía una sensación física, un eco del placer que había experimentado. Había sido intenso, único, prohibido. Un calor que se había apoderado de mí de una manera que nada ni nadie lo había hecho antes.
Miré por la ventana, hacia la casa de Danna. La oscuridad comenzaba a caer. Y yo me quedé allí, solo en mi pieza, pensando, atormentado, en lo increíblemente rico que se había sentido, a pesar de todo. A pesar de ser una niña. El sabor de esa culpa y ese placer mezclados era amargo, adictivo y me perseguiría para siempre.

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