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Dominación Hombres, Gays, Incestos en Familia

La Bendi de papá. Parte 7

Siguen las aventuras de Ale y la princesita Sophia, junto a nuevos amigos.
El viaje en auto hasta la academia fue corto, pero intenso. Sophia y Juanse iban atrás, los dos con los cinturones puestos, hablando de la coreografía como si fueran dos profesionales. Yo manejaba en silencio, escuchándolos, pero con la cabeza todavía en la cocina, en el culito de Juanse apretado contra mi poronga, y en la promesa muda que nos habíamos hecho.

En el asiento trasero, el ambiente era animado. La radio sonaba con música pop, pero sus voces la superaban. Yo iba concentrado en el tráfico, pero con la oreja puesta en la charla de mis dos pimpollitos.

—¡Me encanta la parte de la coreografía donde hacemos el twerk! La profe dice que tengo el mejor culo de todas para eso.

—A mí me gusta más la parte donde hacemos el ballet. Es más difícil, pero me siento tan liviano, como un pájaro. Pero… pero sí me gusta mover la colita, Sophia, me estás enseñando bien.

—Jajaja, ¡obvio! Tenés que practicar más, nenito. ¡Papi dice que a los machos les gusta mucho ver eso! ¿No, papi?

—Claro que sí, Princesa. Son los dos unos artistas, y me encanta verlos bailar. Juanse, vos tenés una gracia increíble. No te achiques nunca.

—Gracias, Ale —dijo Juanse, en voz baja.

Pude ver a Juanse por el espejo retrovisor. Mientras Sophia seguía hablando de los pasos de baile con una energía desbordante, Juanse se quedó en silencio, con la cabeza ligeramente ladeada. Sus ojos castaños, grandes y expresivos, no se despegaban del espejo, buscando mi mirada.

Lo encontré por el reflejo. Su rostro se ruborizó de nuevo, pero no apartó la vista. Había algo en su mirada, una mezcla de timidez infantil y la electricidad de nuestro breve encuentro en la cocina. Me estaba observando, apreciando la forma en que yo le había hablado y tocado.

Le sostuve la mirada por un segundo, ofreciéndole una sonrisa lenta y cómplice a través del cristal. El guiño fue suficiente. Juanse parpadeó, sintiendo el mensaje, y luego sonrió, un gesto chico, casi secreto, que fue solo para mí.

—Papi, ¿me vas a comprar un helado de dulce de leche cuando salgamos?

—Lo que mi Princesa pida. Pero ahora, a portarse bien en la clase. Y vos, Juanse, si tenés que ir al baño, no te olvides de pedirme ayuda, ¿dale?

—No, Ale. No me olvido —dijo Juanse, con voz más firme, sin dejar de mirarme por el espejo.

Llegamos a la academia de baile. El profesor era un adolescente igual o más puto que Juanse, que no dejó de mirarme y tirarme onda desde que lo vi. Raúl, de diecinueve años, un chico muy bonito con cara de nene, y una putez que le desbordaba por el culo. No me preocupaba, me encantaba coger putitos, se entregan cuando saben que uno es policía. Y su ayudante era una pendeja de dieciséis años, toda bien formada, con unas tortitas ricas, que tampoco me sacaba la vista de encima. Recibieron a Sophia con mucha alegría, era una pieza importante de su plantel de nenas, y Juanse también era muy valorado y querido.

Raúl se acercó a mí con esa caminata afectada y la sonrisa de oreja a oreja. Esos ojos de nene lindo, pero con una malicia que le desbordaba por los poros. Me miró de arriba abajo sin disimulo.

—Ay, Ale. No puedo creer lo que sos. ¡Sos un caño, guachín! —Soltó, directo, con esa confianza que da saberse lindo y saber que el otro te está mirando. —Pero pará, tengo que hablar de tu hija. ¡Sophia es una bomba! Es increíble lo que se mueve para tener esa edad.

—Gracias, Raúl. Sí, es talentosa. Le gusta mucho bailar.

—¿Talentosa? ¡Por favor, Ale! Es pura calentura. No sé qué le dan en tu casa, pero esa nena tiene un fuego que ya quisieran muchas pendejas de quince. Es pura sensualidad, boludo. Cuando hace el twerk, es un escándalo. Va a ser una estrella, te lo juro. Tiene un futuro enorme en el baile.

Se acercó un poco más, bajando la voz hasta un susurro que era pura malicia.

—Y mirá, Ale, la nena me cuenta cada cosa… Se ve que tienen una relación muy, muy cercana. Me habla de su «papi», de que le gusta bailar para vos, de que vos la mimas. Se le nota en la cara, ¿viste? Ella no es una nena, es una nena con mucho mundo, con dueño. Y eso, Ale… eso me encanta. Se nota que sos un padre que sabe lo que hace.

Me dio un golpe en el hombro, con ese tono de «yo sé tu secreto, y me excita». En ese momento, la ayudante, la de dieciséis, se metió en la conversación con una excusa barata.

—Disculpen, Raúl. Ale, me acerqué porque me gustaría pasarte unos videos de Sophia. Viste que grabamos las coreografías para que practiquen, y tiene unos movimientos increíbles.

Era Melina, con esas tortitas que se le marcaban bajo el pantalón de baile ajustado. Se puso justo al lado mío, lo suficiente para que su brazo rozara el mío, y sus pechitos firmes quedaran a la altura de mi hombro.

—Ah, buenísimo. Dale.

—Dale, pero… es que acá con Raúl nos tenés muy ocupados. ¿Por qué no me pasás tu número de celu y te los mando a la noche? O cuando vos quieras, tranqui. Así también te mando unos de Juanse.

Su mirada era pura calentura. No me estaba ofreciendo videos de baile, me estaba ofreciendo una vía para contactarla. Me miró de arriba abajo, se mordió el labio inferior, y se inclinó un poco al hablar, acentuando su escote.

—Te juro que me gustaría que los vieras con calma. Sophia es una diosa, se ve que es muy especial para vos. Y a mí me gustaría… ayudarte en lo que necesites. —Hizo una pausa, y su voz bajó un tono, casi un jadeo. —Digo, si necesitás ver algo más… yo tengo todos los videos, y… no me molesta quedarme un rato charlando con vos a solas.

Raúl rodó los ojos, fastidiado por la interrupción, pero sonriendo.

—Ay, Melina, qué obvia sos, ¡trola! —Me guiñó un ojo. —Pero tiene razón, Ale. Sophia es nuestro diamante. Y si el patrón quiere un trato especial, se lo damos. —Me extendió un celular viejo. —Tomá, mi amor. Te muestro las tomas que hice hoy. Mirá el culito de la nena cómo rebota. ¡Es para vos, campeón!

Tomé el celular y vi la pantalla. Era un video de Sophia en un primer plano, haciendo el twerk que tanto le gustaba.

—Gracias, Raúl. Sos un genio. Y sí, Melina, pasame tu número. Me vendría bien tener los videos. Y cualquier cosa, te llamo. —Le di un guiño que ella entendió a la perfección.

Raúl, con su teatralidad habitual, anunció a viva voz que la clase iba a comenzar, separándose a regañadientes de mí.

—¡Bueno, mis amores, a calentar! ¡Se terminó el recreo! —Soltó, y se dirigió a la sala.

Lo agarré del brazo antes de que se fuera y lo atraje un paso hacia mí, bajando la voz hasta un tono conspiratorio y grave.

—Raúl, esperá un toque, guachín.

—Ay, Ale, decime, que me derrito si me mirás así.

—Mirá, no sé qué carajo te contó Sophia, y no me importa. Pero vos y yo tenemos que hablar. Yo quiero agradecerte en persona lo bien que le enseñás a mi princesa. Y lo abierta que la tenés para el baile.

Raúl abrió los ojos, su sonrisa se transformó en una mueca de pura perversión.

—¿Agradecerme… personalmente? —Hizo una pausa dramática, mirando de reojo a Melina.

—Sí. Personalmente. Necesito contarte bien cómo es mi relación con Sophia, para que entiendas por qué es como es. Y, de paso, te cuento un par de cositas que te van a gustar. Vos me entendés, ¿no?

—¡Ay, Dios mío, Ale! Me vas a volver loco. Me encanta esa idea. Me encanta que me confíes tus secretos de padre. Y yo… yo estoy para lo que sea que necesites, patrón. Sabés que me encantan los hombres grandes y uniformados. —Se mordió el labio inferior con una obviedad brutal. —Cuando quieras, Ale. Si querés hoy a la noche, te espero después de que cierro.

—Hoy tengo un compromiso, bonito. Pero quedate tranquilo, te voy a llamar. Y te voy a pagar muy bien por tu discreción y tu talento.

—¡Ay, Ale, sos mi ídolo! —Me dio un beso fugaz en la mejilla, rozando con sus labios la oreja. —Hacé que no tardás mucho. ¡Te espero, putón! —Y se fue contoneándose a dar la clase.

En ese momento, Melina se acercó de nuevo, con su escote ajustado y sus ojos ardientes.

—¿Ya terminaron de conspirar? Raúl es un celoso de mierda. Ale, ¿querés que vayamos a la oficina? Te preparo un café, está prendida la cafetera, y te muestro los videos que te dije.

—Dale, Melina. Un café me vendría de diez.

La seguí hasta la pequeña oficina, que olía a incienso barato y sudor de nena. Apenas cruzó el umbral, la agarré de la cintura con una mano firme y la pegué a mi cuerpo, sintiendo sus tortitas contra mi pecho.

—¡Ay, qué linda que sos, Melina! ¿Por qué no te acercaste antes, eh?

—Ay, Ale… yo quería. Pero Raúl…

—Que se vaya a cagar Raúl. Vos sos la que me interesa.

Mis dedos se deslizaron por la parte trasera de su pantalón ajustado, buscando el surco de su culo. Ella soltó un chico gemido y arqueó la espalda.

—Ale… acá no… —Su voz era una súplica sin convicción.

—Shhh, callate y disfrutá. —Masajeé una de sus nalgas, dura y firme, y luego metí la punta de mi dedo por el borde de su pantalón, sintiendo el algodón de su bombacha, ya húmeda. —¡Mmm, estás mojadita, pendeja! Mirá que te voy a coger acá, contra el escritorio, eh.

La pendeja de dieciséis años me había llevado a un lugar a solas; estaba clarísimo que quería pija. Me acerqué, buscando su boca, mientras le hacía meter la mano bajo mi pantalón para que sintiera cómo estaba.

—No sabés con quién te metiste, pibita. Tenés dieciséis añitos, yo soy un hombre de verdad y no me achico porque seas una nena. Te voy a coger en serio. ¿Tenés novio, nena? ¿Querés probar una pija de verdad porque la de tu novio no te hace nada? Acá Ale te da lo que necesitás… pero te la vas a tener que bancar, no te cagues, ¿ehh? —digo, lamiéndole la oreja, oliendo su transpiración de haber estado bailando todo el día.

Melina, con los ojos cerrados, soltó un gemido al sentir mi mano firme en su cintura.

—Ay, Ale… —Sus manos, chicas y calientes, se deslizaron sobre mi entrepierna, encontrando mi erección. Lo agarró con una audacia que me sorprendió. —¡Mierda, qué grande la tenés…!

—¡Y vos estás caliente, pendeja! ¡Mirá cómo me la agarrás! —Masajeé sus nalgas con fuerza, apretándola contra el escritorio. Mi otra mano se hundió en su pelo, tirando suavemente de su cabeza hacia atrás para exponer su cuello. Me acerqué y aspiré el olor a su sudor y el incienso barato.

—¡Mmm… qué rico que olés! Olor a putita de baile. —Deslicé mi mano hacia abajo, buscando el borde de su pantalón. Con mis dedos, exploré la tela de su bombacha, sintiendo el calor que emanaba de su culo. —A ver ese ortito… ¿También huele a suciedad?

—Ay, Ale, sí… Tocame ahí… mi novio es un boludo, nunca me toca así. —Se inclinó hacia mi oído y susurró con voz ronca. —Me encanta que seas tan sucio.

Mis dedos buscaron el surco entre sus nalgas, empapando la punta con su humedad y el sudor. Retiré la mano, acercándola a su rostro.

—¡Aspirá, pendeja! ¡Olé a la puta que sos! ¡El olor de tu orto me pone como un toro!

Melina obedeció sin dudar. Aspiró el olor de mis dedos con una expresión de placer. Luego, con una rapidez increíble, quitó su mano de mi bulto, y se acercó a mi boca. Me besó con una intensidad desmedida, metiendo su lengua y mordiéndome el labio. Al mismo tiempo, su mano volvió a mi pantalón, y empezó a masturbarme por encima de la tela con un ritmo salvaje, como si supiera exactamente lo que hacía.

—¡Me encanta el papi lindo que sos! ¡Me volvés loca, guachín! ¡Yo quiero ser la puta de un macho como vos!

—¡Eso es, mi amor! ¡Sos una putita que se la banca! ¡Tomá la pija! —Gemí, empujando mi cadera contra su mano, sintiendo el placer intenso.

Melina me sonrió con el labio partido. Su mirada se desvió de mis ojos a mi entrepierna, y sus movimientos se hicieron más lentos, insinuando algo más.

—¿Querés que te atienda bien, papi? ¿Que te deje la chota limpia para que sigas cogiéndote a tu putita?

Ella se arrodilló lentamente, sin dejar de mirarme. Su pelo castaño cayó en cascada sobre su pecho. Mis ojos estaban fijos en su boca, esperando el momento, la respiración agitada.

Justo cuando Melina estaba a punto de tomar mi erección, un grito agudo irrumpió en la oficina, haciéndonos saltar.

—¡MELINA, BOLUDA! ¡¿QUÉ CARAJO HACÉS?! ¡APURATE, NECESITO LOS FOCOS PARA EL ESCENARIO! ¡DALE, TROLITA! —gritó Raúl desde la puerta de la sala de baile.

Melina se levantó de un salto, el rostro una mezcla de frustración y rabia.

—¡Ay, mierda! ¡El puto de Raúl! ¡Siempre interrumpiendo!

Me acomodé el pantalón con rapidez.

—¡Andá, pendeja! ¡No te quemés!

Melina me dio un beso fugaz y húmedo, de despedida.

—¡Te debo alto pete! No te preocupes por mi novio… ¡Lo voy a gorrear con vos hasta que se dé cuenta de que soy tu puta! ¡Llamame, papi!

Y se fue corriendo, dejando en el aire el olor a incienso, sudor, y la promesa de un encuentro mucho más caliente.

Volví a la sala de baile con la respiración todavía agitada y la chota a medio camino entre la calma y la calentura. Melina me había dejado con gusto a poco, pero el panorama que tenía adelante no ayudaba a bajar el pijazo. El único varón era Juanse; el resto eran nenas de entre seis y nueve años. La escena me enloquecía: un montón de nenas hermosas, con sus culitos, sus curitas, moviéndose, calentando, empezando a transpirar. Verlas bailar era hermoso y excitante; me daban ganas de tirarme encima de todas.

La más linda era Sophia, eso estaba clarísimo. Había pocos padres acompañando, y todos miraban el culo de Sophia. Con seis años, la perfección de su orto era increíble; tenía una belleza natural única que acompañaba a la perfección con su sensualidad al moverse. Encima, Raúl la incentivaba a hacer movimientos cada vez más eróticos.

Podía ver a uno de los padres en particular, un señor que claramente era de una clase social alta, papá de una rubiecita algo gordita de ocho años que tenía un par de tetitas preciosas y que también era muy atrevida bailando. No dejaba de mirar a Sophia, incluso parecía sacarle fotos a escondidas.

El profesor Raúl, con esa mezcla de afectación y perversión que lo caracteriza, puso una canción lenta y melosa para la elongación. El ambiente se volvió denso, el olor a sudor de nena y el incienso barato de la oficina de Melina flotando en el aire. Las pendejas se acostaron en el suelo, abriendo las piernas con una elasticidad natural y dolorosa a la vez, estirando sus culitos y sus conchitas.

Yo estaba apoyado contra la pared, con los brazos cruzados, intentando disimular el pijazo que tenía. Mi mirada no se despegaba de Sophia. Ella, en su calza azul, abrió las piernas hasta casi tocar el suelo con las rodillas, con una facilidad que me hizo gemir por dentro. Su ortito y su conchita eran una visión perfecta de la lujuria.

Raúl caminaba entre las nenas, corrigiendo posturas, tocando suavemente la parte baja de la espalda o el culo de alguna para que estirara mejor. Pero con Sophia era diferente. Se acercó a mi putita y le hundió los dedos en el muslo, bajando la mano lentamente hasta tocar la zona de su pubis.

—Así, mi amor. Abrí más. Sentí cómo tira. El twerk se hace con la concha abierta, así que estirá bien.

Sophia sonrió, obedeciendo al instante. La rubiecita gordita, que estaba a su lado, la miraba con admiración, intentando copiar la abertura de piernas. Su padre, el cheto de la ropa de marca, no perdía detalle, con el celular disimuladamente en la mano.

En un momento, Raúl se inclinó sobre Sophia, su rostro cerca de la entrepierna de mi hija. Le susurró algo al oído que la hizo reír con una risa nerviosa. Pude ver claramente cómo su mirada se detuvo un instante en la conchita cubierta por el azul ajustado de la calza. Se recompuso rápido, pero la intención estaba clara. El puto le estaba tirando onda a mi putita.

Juanse, el pimpollito, era un contraste. Era tan elástico como Sophia, pero su estiramiento era delicado, menos provocador. Abrió las piernas con gracia, y sus calzas rosas eran un caramelo visual, pero se tapaba la cola con una mano cada vez que sentía que alguien lo miraba. Pobre nenito, todavía le falta la malicia de mi hija.

Me di cuenta de que el padre de la rubia me estaba mirando. El tipo tenía unos cuarenta y pico, con cara de pajero reprimido. Intercambiamos una mirada cómplice, un segundo de entendimiento sucio.

—Qué calor hace acá adentro, ¿no? —Me dijo en voz baja, con una sonrisa de lado, sin dejar de mirar el culo de Sophia.

—Y sí, amigo. Con tanto movimiento… Y con estas bellezas… —Le devolví la sonrisa, señalando a las nenas con un movimiento sutil de cabeza.

—La tuya es una cosa de locos. Es de otro planeta. Es… perfecta.

—La tuya no se queda atrás. Se mueve con un fuego que da miedo.

—Ella es atrevida, sí. Pero mirá a la tuya, boludo. Es la estrella. Se nota que ya sabe lo que tiene.

La complicidad se hizo tangible. Ambos éramos depredadores en la misma jaula, mirando a las mismas presas. El viernes no podía llegar más rápido. Tenía que contarle a José sobre el padre de la rubia. Quizás podríamos sumar otro macho a la joda.

El cheto me extendió la mano, sin dejar de mirar a Sophia que seguía estirando.

—Fernando, un placer. Soy el papá de Mía, la de remera naranja. Tiene ocho años y es una diablita.

—Ale, un gusto. Y sí, Mía es muy energética. Se nota que le gusta.

—Le encanta. Y le encanta que la miren, es igual a la madre. Pero, volviendo a lo que nos ocupa, tu Sophia es una obra de arte. ¿Cuántos tiene? Seis, ¿no?

—Seis recién cumplidos. Y sí, es mi joyita.

—Se mueve como una mujer. Es increíble. Y no solo ella, ¿viste la variedad? Hay mucho ambiente acá adentro. Mirá a la morochita de la esquina, la que tiene el short de leopardo. ¡Esa tiene nueve y tiene un culo que no es normal!

—Pura calentura, sí. Las profes les enseñan a explotar eso. Y tienen buen material.

—Es que el ambiente ayuda. Y mirá a Raúl. El putito este se excita con las nenas. ¿Viste cómo la toca a la tuya? Le mete los dedos en el muslo sin pudor.

—El chabón es un vicioso, pero es un buen profesor. Las tiene a todas como quiere. Y sabe lo que nos gusta a los padres. ¿Viste que incentiva la sensualidad?

—Y la de dieciséis, la ayudante, ¡es una bomba! Se nota que busca pija. Si no fuera porque la nena me tiene muerto… —Soltó una risa baja. —Y el pibito… Juanse, creo que se llama. El de calzas rosas. Ese me sorprende.

—¿Juanse? ¿Por qué?

—Por la gracia. Es una nena en cuerpo de nenito. Se mueve con una delicadeza… y con esa ropa tan ajustada. Me atrevo a decir que tiene un ortito más formado que la Mía. Es otro caño. Un putito en desarrollo. ¡Hay de todo para elegir acá, Ale!

—Totalmente, Fer. Mirá el movimiento de caderas de la morocha de short de leopardo. Es pura maldad. Y si vos me decís que la tuya tiene seis… ¡Imaginate a los diez o doce! Ya está para que la pongas en un boliche.

—Y sí, Ale. Son joyas en bruto. Y este ambiente las pule.

—Che, Ale, ¿no te gustaría hacer algo un día? Digo, con las nenas.

—Algo como qué, Fer?

—Algo más privado. Mirá, yo tengo una casa en el country, con un quincho enorme y pileta. Podríamos organizar un «encuentro de baile» el fin de semana. Que vengan ellas, con sus calzas, sus tops. Ponemos la música que les gusta, pero sin el puto de Raúl ni la ayudante caliente. Un baile más… íntimo. Que bailen para nosotros, los padres. Sería hermoso verlas, sin tanto circo, ¿viste?

—Jajaja, ¡un «encuentro de baile» decís! ¡Qué pícaro que sos! Me gusta la idea, Fer. Algo tranqui, de padres… y pimpollitos.

—Claro. Yo pongo el asado o las pizzas. Y ellas, la vista. Te juro, Ale, que verlas moverse, transpiradas, con esa ropa pegada, sabiendo que están haciendo un «show» para uno… es una locura.

—Te entiendo perfecto. Y sí, es tentador. Lo tengo que ver, porque tengo un compromiso el viernes a la noche, pero el sábado o domingo lo podemos pensar.

—Avisame. La idea es compartir la belleza, Ale. Y la gracia, claro. Mirá a Juanse. ¿Ves lo que te digo?

—El pibito es un artista. Se mueve como una pluma. Es una belleza de nene.

—Es una nena, Ale. O está en camino. Si dejás que tu hijo haga esa actividad, con esos movimientos, esa ropa ajustada, y lo incentivás, es porque bancás que sea puto. Es así, no hay vuelta. La madre de mi hija es una boluda que se ofendería, pero si yo tuviera un hijo así, no me molestaría. Está claro que está destinado a eso. Y mirá, tiene un ortito chico, pero bien redondito. Parece de cera, todo terso.

—La madre lo viste con tanga. Lo viste como a una nena y lo incentiva a la delicadeza. El pibito es un putito en construcción. Y sí, tiene un culo muy lindo. La verdad, me lo senté a upa hace un rato y tiene una forma espectacular.

—¡Te lo sentaste a upa! ¡Estás loco, Ale! Jajaja. Pero te entiendo. Es que te provoca. Es tan frágil. Es como ver a una muñequita, pero con pija. Es otra cosa, ¿viste? Algo distinto a la maldad de tu Sophia.

—El pibito es un dulce. Y es muy cariñoso. Me dijo que quería que yo fuera su padre. Y se la pasó mirándome el bulto en la cocina. El pibito ya sabe lo que quiere. No está lejos de la maldad, solo que es más sutil.

—Te juro que me gustaría verlo de cerca. Verlo bailar solo, en privado. Con esa gracia. Mirá a mi Mía, por ejemplo. Mía es más… potente. Ella tiene esas tetitas que ya le están creciendo, es rellenita, y tiene la fuerza de la madre. Le gusta que le preste atención. Me pide que la mire hacer los ejercicios. Me pregunta si tiene que abrir más las piernas para estirar.

—La Mía tiene un fuego tremendo. Y sí, con esas tetitas que tiene, ya está para que la mimes mucho. Se nota que te tiene como un referente, que busca tu aprobación.

—Sí. Yo la mimo mucho, Ale. Le digo lo linda que es, lo bien que se mueve. Le hago masajes después de las clases para que no le duelan los músculos. Le presto mucha atención. La madre es una histérica que no la entiende. Pero yo sí. Yo la entiendo cuando me pide «más fuerte» en los masajes o me pide que «le mire el culo» para ver si lo mueve bien en el twerk. Se nota que le gusta el contacto físico y la aprobación del padre, ¿viste?

—Totalmente, Fer. Es fundamental el mimo de papá. Con Sophia es igual. La lleno de mimos. Ella me dice que si no la mimo yo, no está feliz. Y mirá cómo se mueve, eso es resultado de la atención exclusiva del padre. La nena te lo devuelve con creces, con calentura y deseo. Ellas buscan el placer del padre, y nosotros se lo damos. Es amor puro, ¿qué te van a decir?

—Es que ellas son de otro palo, Ale. Son especiales. Saben que tienen algo que a los machos nos vuelve locos, y lo explotan. Y es responsabilidad nuestra darles todo ese amor, toda esa atención. Me gusta mucho hablar con vos, Ale. Se ve que sos un padre que sabe lo que hace. Dale, pensá lo del country y el baile. Sería una movida épica.

—Dale, Fer. Lo voy a pensar. Me re entusiasma.

En ese momento, la conversación con Fernando fue interrumpida por una voz infantil y suave. Juanse, que había estado elongando con una timidez notable, se acercó a mí con el rostro ligeramente sonrojado.

—Ale… ¿puedo hablar un ratito?

—Claro, bonito. ¿Qué pasa?

—Es que… tengo que ir al baño, y mi mamá dijo… que si podía, usted… ¿me acompaña, por favor? Me da un poco de vergüenza ir solo, y el profesor Raúl está con las nenas.

Fernando me miró con una sonrisa pícara, levantando una ceja.

—El pibito te está pidiendo mimos, Ale. Se nota que te tiene confianza.

—No hay drama, campeón. Vamos al baño. La mamá me encargó que te cuide. —Me separé de la pared y me acerqué a Juanse. —Dale, chico, te acompaño.

Llevé a Juanse de la mano hasta el baño de la academia. Fernando me sonreía; sabía en qué terminaría esto, aunque ninguno de los dos fuera explícito sobre nuestros deseos.

Juanse me apretaba fuerte la mano y me miraba de reojo, como asegurándose de que no me fuera. El cubículo del baño era algo chico, estaba un poco sucio y olía a pis.

—Me hago pipí, ¡ayyy! —dijo el chico, corriendo de forma amanerada hacia el inodoro. Se bajó solo una parte del pantalón, lo justo para dejar ver el borde de lo que ya no podía ocultar: una tanga de encaje. El pendejito de seis años llevaba una tanguita de nena puta.

—Tranquilo, Juanse, yo te espero, estoy acá para lo que necesites —le dije. Miré la puerta y vi que tenía un seguro interno, así que lo puse sin que me viera. Juanse terminó, volvió a subirse el pantalón y se acercó a la puerta para salir, pero lo detuve—. Tenés que lavarte las manos, bombonazo —sus ojos brillaron como dos diamantes ante el piropo.

—Cierto… Ahí voy —intentó lavarse, pero la bacha del baño le quedaba alta.

—Creo que necesitás ayuda… —lo levanté como en la cocina de mi casa, haciendo que sintiera mi verga en la raya del culo.

Juanse soltó un chico jadeo, pero se aferró a mí. Al tenerlo en mis brazos, volví a frotar mi erección contra su culito en las calzas rosas. La tanga de encaje, ahora más palpable bajo la tela ajustada, era una confirmación de su condición.

—¡Qué suave que sos, bonito! Y qué bien te queda el rosa.

—Me… me gusta el rosa, Ale. Mamá dice que es un color de príncipe.

—Sí, príncipe… o princesa. —Acaricié su trasero con firmeza, y luego subí mi mano hasta su cintura, notando lo diminuto de su talle. —Tenés el culo muy lindo. ¿Te gusta que te agarre así?

Juanse se quedó en silencio un momento, apoyado contra mi pecho. Estaba lavándose las manos, pero sus movimientos eran lentos, distraídos por el roce de mi cuerpo.

—Papi, pueden entrar… La puerta no tiene seguro, ¿no?

—¿La puerta? —Sonreí con malicia. —Mirá vos. Justo tiene seguro. Lo puse yo, campeón. Así nadie nos molesta. Ahora sí estamos solos, Juanse. ¿Querés seguir con la charla que empezamos en la cocina?

Juanse me miró, sus ojos castaños reflejaban una mezcla de nerviosismo y una excitación palpable. Sus mejillas se tiñeron de un rojo intenso. Asintió, apenas un temblor de cabeza, pero el mensaje fue claro.

—Eso es, bonito. Sos muy valiente.

Lo bajé del lavamanos con lentitud. Juanse me esperaba, las manos entrelazadas delante de sí. Sin preguntarle, sin darle tiempo a arrepentirse, fui rápido y directo. Deslicé mis manos por los costados de sus calzas rosas. Con un movimiento firme, tiré de la tela hasta que se deslizó por sus muslos y cayó al suelo, llevándose consigo la diminuta tanga de encaje.

Juanse se quedó en ropa interior, o mejor dicho, sin ninguna. Su cuerpo infantil, delgado y terso, estaba expuesto. En su culito, sin embargo, se marcaba perfectamente la tanga de encaje, también rosa. El chico ruborizado se quedó inmóvil, con la expresión de un nene atrapado en su travesura, pero con los ojos fijos en mí, esperando.

—¡Ay, mierda! ¡Qué putito más calentón! —Me arrodillé frente a él, acercando mi rostro a su entrepierna. —Tu mamá te viste de nenita. Mirá esa tanguita de princesa… Es igual a las que usa mi Sophia. ¿Te gustaría ser una nenita completa, Juanse? ¿Una princesita como mi Sophia? ¿Ella te enseñó a vestirte así, no? ¿Querés que te trate como a una putita?

Juanse, con la respiración entrecortada y los ojos fijos en el suelo, asintió levemente cuando le pregunté sobre la tanga.

—Es que… mi mamá dice que a los hombres de la familia les gustaría que yo fuera una nena. Y… y que la ropa me queda muy linda. A ella le gusta vestirme así. Dice que… que soy la princesita que nunca tuvo. —Levantó la mirada, sus ojos llenos de una súplica infantil y vergonzosa. —¿Está mal, Ale? ¿Está mal que me guste la tanga y que mi mamá me vista como nena?

—¡Mal! ¡Claro que no está mal, mi vida! —Me levanté despacio y lo abracé con una ternura que contrastaba con la dureza de mi erección. —A mí me parece que sos la princesita más linda del mundo. Y no te preocupes, bonito. A partir de ahora, papi te va a hacer sentir como una nena de verdad. Una nena muy especial. Con tu pito de nena.

Juanse se apretó contra mí, su cuerpo delgado y tembloroso buscando refugio en mi abrazo.

—¿De verdad, papi? Es que… Sophia me contó muchas cosas que hacen. Me dijo que vos la mimas mucho. Y yo… yo también vi cuando usted y mi mamá… —Se interrumpió, avergonzado.

—¿Viste cuando me cojo a tu mamá? —Pregunté con una sonrisa sádica, apretando su culito con una mano. —¿Y te gustó lo que viste?

—Sí… me gustó. Y me gusta que me mimes así. Quiero sentir tus mimos, papi. Quiero que seas mi papi.

—¡Eso es, mi vida! Desde ahora, sos mi princesita. Mi nena con pito. Y papi te va a dar todo el placer que tu cuerpito de putito se merece.

Lo solté del abrazo y lo giré con suavidad, obligándolo a mirar su reflejo en el espejo sucio del baño. Él, ruborizado, con el cuerpo expuesto y esa tanga invisible marcada en su piel. Yo, detrás, con mi erección palpitando, viéndonos a los dos en el reflejo.

—Mirá qué linda que sos, princesa. Una muñequita perfecta. Ahora, papi te va a dar un besito donde más te gusta.

Acerqué mi rostro a su chico trasero, todavía con el aroma a sudor de baile. Aspiré con una voracidad animal el surco entre sus nalgas tersas.

—¡Mmm… qué rico que olés, putita! Olor a culito de nena en tanga. Este olor me vuelve loco.

Juanse soltó un gemido ahogado, sintiendo mi aliento caliente en su piel. Se inclinó un poco hacia adelante, ofreciéndome más. Empecé a besar suavemente la hendidura, mi lengua probando la sal y la pureza de su piel infantil.

—Papi te va a hacer cosas sucias y ricas, Juanse. Te voy a mimar hasta que no te quede ni un huequito por llenar. Sos mi putita de ahora en más. Y vas a ser la nenita más calentona de todas. ¿Estás lista para tu papi?

—S-sí, papi… —Su voz era un susurro de rendición y excitación.

—¡Eso es, mi princesa! Sos una putita de mierda, un pendejo regalado que se viste con tanguita de nena. ¡Y mirá ese culito! Tan terso, tan redondito. ¡Perfecto para que tu papi lo abuse! —Mi lengua se deslizó más profundamente en la hendidura de sus nalgas. Juanse se estremeció, agarrándose al borde del lavamanos, sus chicos dedos nudosos.

—¡Mmm… qué dulce que sos, puto! ¡Olés a nena puta! ¿Te gusta que tu papi te chupe el orto así, mi vida? ¿Te gusta que te trate como la putita que sos? —Mis labios se abrieron, succionando con fuerza su chica abertura.

Juanse soltó un gemido que intentó contener, pero que resonó en el chico baño.

—¡Ay, papi… sí… se siente rico…! ¡Me gusta que me hagas cosas sucias…!

—¡Claro que te gusta, regalado! Si tu culito es una perdición. Y esta tanguita que llevás… me dice que sos un puto que lo está pidiendo a gritos. ¡Un putito de mierda que quiere que lo llenen de semen! ¿Es eso lo que querés, princesa? ¿Que te rompa el ortito como a mi Sophia?

—¡Sí, papi… llename…! ¡Quiero tu leche en mi culito…! ¡Soy tu putita de baile…! —jadeó Juanse.

Lo giré un poco para poder agarrar su chico pene. Era delicado, como el de una nena, y se había puesto duro.

—¡Mirá qué pito de nena! Tan chico, tan juguetón. Pero tu ortito es el que me interesa, princesa. El ortito que está esperando la pija de papi.

Lo levanté y lo pegué contra mi erección, forzándolo a sentir la dureza a través de mi pantalón.

—¡Sentí esto, Juanse! ¡Esto es lo que te espera! Sos mío, putito. Mío y de nadie más. Y a partir de hoy, vas a ser la nenita más abusada de todas.

Juanse se apretó contra mí, su sumisión era total. Lo besé en la boca, un beso húmedo y dominador, probando la sal de su sudor y el sabor de su inocencia perdida.

—Escuchame bien, Juanse. Desde que te vi en la cocina con esas calzas rosas, moviendo el culo y mirando mi bulto, supe que eras un putito buscando pija. No te hagas el inocente. Vos me venís provocando. Tu mamá te viste como una nena porque sabe lo puto que sos. Y yo no soy boludo.

—S-sí, papi… Tenés razón… Siempre quise tu pija desde que te vi con mi mamá… Vos sos el macho más grande que vi… Y a mí me gusta ser nena para vos… Me gusta que me abusen los machos grandes —dijo Juanse, con la voz casi un sollozo, pero lleno de una rendición total.

—¡Eso es, princesita! ¡Decilo fuerte! Sos un putito regalado que busca verga. ¡Y tu papi te la va a dar! —Mis manos se deslizaron de nuevo por sus piernas, subiendo las calzas y la tanga hasta que cubrieron su culito. Apreté la tanga de encaje contra sus nalgas con mi palma.

—Ahora, arrodillate y ponete de perrito, como te gusta. —Juanse obedeció sin dudar, apoyando sus manos en el suelo sucio del baño, levantando su trasero. La tanga de encaje rosa, ligeramente humedecida por el sudor y mi baba, se tensó sobre su ortito infantil.

—¡Mierda, qué culo de nena más rico! —Me arrodillé detrás de él, con mi erección palpitando a centímetros de su trasero. Con una mano, agarré su cabecita y la giré para que me mirara. —Mirame a los ojos, putito. Mirá cómo te voy a violar.

—Papi… —Sus ojos estaban llenos de lágrimas y excitación. —V-violame… rompeme el culo, papi…

—No te voy a violar, Juanse. Te voy a coger con furia. Te voy a dar un abuso tan rico que no vas a querer otra cosa. —Acerqué mi rostro a su tanga, hundiendo la nariz en el encaje. —¡Mmm… olés a putita frágil! ¡Me encanta este olor!

Con mis dientes, mordí suavemente la tela de la tanga sobre su ano apretado. Luego, mi lengua se abrió paso, lamiendo el encaje, humedeciéndolo.

—¿Te gusta que te chupe el culo en tanga, putito? Te voy a lamer hasta que me pidas la pija a gritos. Sos una basura calentona que solo sirve para que la cojan y la llenen de semen! —Mi lengua penetró el encaje, buscando el surco de sus nalgas.

—¡Ay, papi… me duele rico… más fuerte… chupame el orto por arriba de la tanga…! ¡Soy tu putita de baile, papi… rompeme…! —gimió Juanse, moviendo su trasero contra mi boca.

—¡Te voy a violar ese culito de nena hasta que te vengas y llenes de semen el suelo, putito mío! —Me levanté, desabrochando mi pantalón y dejando caer mi erección. —Ahora sí, Juanse. Preparate. Tu papi te va a hacer sentir como una nena violada y sucia que se lo buscó.

No perdí el tiempo. La mano firme le cubrió la boca, silenciando el gemido.

—Shhh, calladito, mi vida. Es nuestro secreto de papi y su putita. —le susurré, sintiendo la mandíbula delicada bajo mi mano. Me gustaba el pánico en sus ojos.

—Ahora, mirá lo que tanto estuviste buscando. Mirá la pija de tu papi. —Le mostré mi erección frotándola en ese surco que la tanga apenas cubría. —Sos una puta, Juanse. Me di cuenta de cómo me provocabas. Viniste a buscar que te cojan. Y tu papi te va a dar lo que pedís.

Me concentré. Lo lubriqué con mi precum y, con un único y brutal empuje, hundí toda mi polla en ese culito, hasta los huevos. Escuché su grito ahogado contra mi palma, el cuerpo arqueándose, intentando escapar.

—¡Tranquilo, puta! ¡Tranquilo, que ya va a pasar el dolor rico! —Mantuve la mano firme. Lo apreté contra mi cuerpo. —Acostumbrate a que te coja. Porque va a ser seguido. Sos mi putita, y mi pija es tuya.

Me quedé quieto por un momento, sintiendo su cuerpo rendirse y la respiración temblorosa. Cuando se calmó, empecé a moverme. Lento. Despacio. Un ritmo profundo, midiendo cada centímetro.

—Así, mi amor… Sentí cómo te llena la pija de tu papi. Sos tan apretado, tan putito… —Aceleré un poco, la cadencia volviéndose salvaje. —¿Te gusta que tu papi te rompa? ¡Decime que sí, putita, decime que te encanta mi verga en tu ortito de princesa!

Juanse, con los ojos llenos de un placer agónico y lágrimas, empezó a moverse contra mí, ese culito apretado buscaba mi ritmo.

—¡Ay, papi… sí… es re grandota…! ¡La quiero… la quise desde esa vez que te vi con mi mami…! ¡Quiero que seas mi verdadero papi… el que me coge todos los días… ¡Por favor, papi, violame todos los días…!

—¡Eso es, putito de mierda! ¡Sos una princesa regalada que solo busca pija grande. ¡Viniste a buscar que te violen porque sos una basura calentona! ¡Y tu papi te va a dar pija como te merecés! ¡Te voy a reventar ese culito de nena hasta que te vengas y me pidas más!

Apreté más fuerte la mano en su boca, y mi ritmo se volvió salvaje, brutal. Ya no había lentitud; solo la necesidad de hundirme y salir de su cuerpo con furia. El plaff, plaff, plaff de la carne chocando resonó en el chico cubículo del baño. Juanse se retorcía, intentando escapar, su cuerpo temblando en el umbral del placer y el dolor. Yo gruñía de satisfacción, sintiendo la fricción cruda de la tanga de encaje contra mi poronga.

De repente, un golpe seco sonó en la puerta.

—¡Che, Ale, ¿todo bien ahí adentro?! ¡Escuché un ruido raro, boludo! —dijo Fernando desde afuera, la voz ligeramente amortiguada.

Juanse se paralizó. El pánico borró cualquier rastro de excitación de su rostro, y sus ojos se abrieron, mirando la puerta con un terror absoluto. Las lágrimas empezaron a correr por sus sienes, el gemido de horror se ahogó contra mi palma.

Mantuve la calma, la mano aún tapando la boca de Juanse, que temblaba incontrolablemente. La presión de Fernando me obligó a actuar.

—¡Sí, sí, Fer, todo bien! Estaba… estaba dándole una mano a Juanse porque se le trabó el cierre del pantalón. ¡Ya salimos, quedate tranqui! —Dije con voz fuerte, intentando sonar normal, mientras me hundía un poco más en el chico ano de Juanse.

—Dale, Ale. Si te puedo ayudar en algo…

—¡No, ya está, boludo! Pero haceme la gamba. Abrí la puerta, que tiene maña, y cerrala rápido. ¡Es una mierda este seguro!

Juanse, con los ojos inyectados en sangre por el esfuerzo de contener su grito, sentía cómo la presión aumentaba. La angustia se mezclaba con el placer crudo de la penetración.

Fernando abrió la puerta con un chirrido. Vio la escena: yo, con los pantalones bajados hasta las rodillas y la poronga enterrada en el culo de su hijo, y Juanse, arrodillado, en tanga de encaje, con mi mano en su boca y el terror pintado en el rostro.

Fernando no gritó, ni se asustó. Su rostro, al principio petrificado por la sorpresa, se deshizo en una sonrisa lenta, sucia. Cerró la puerta de golpe, poniendo el pestillo. El sonido sordo nos aisló de nuevo.

—¡Mierda, Ale! ¡Lo que me tenía guardado el putito! —Su voz era un susurro ronco, lleno de excitación. Se acercó a nosotros con la lentitud de un depredador.

Yo no me moví. Mantuve mi mano firme en la boca de Juanse, y mi pija, dura y pulsante, seguía moviéndose, aunque a un ritmo más lento. Juanse se retorcía, intentando zafarse.

—¿Viste, Fer? No te dije que el pibito era calentón. Vino a buscar que lo cogieran. —Mi voz era un gruñido.

Fernando se arrodilló al lado de Juanse, ignorando las lágrimas del nene. Su mano, grande y cálida, se posó en el muslo desnudo de Juanse, subiendo lentamente. Acarició la zona interna, cerca de sus testículos.

—¡Ay, qué cosa más linda que me encontraste, Ale! Es una muñequita. ¿No tenías miedo de que gritara?

—Lo estoy cuidando. No va a gritar. ¿Verdad, putito? —Apreté mi cadera, hundiendo mi poronga más adentro. Juanse soltó un quejido ahogado contra mi mano.

Fernando se inclinó, oliendo el cabello de Juanse.

—Hueles a nena sucia, mi amor. Hueles a sexo. ¿Te gusta que tu papi te coja, eh? ¿Te gusta que te tenga así, con esa verga en el orto, y que dos machos te miremos? —Su mano, ahora en el trasero de Juanse, apretó con fuerza las nalgas, justo donde entraba mi pene. —Sos una putita exquisita. Lo sabías, ¿no? Que ibas a terminar con una pija en el culo, vestido de nena.

Juanse intentó hablar, forcejeando contra mi mano. Yo la retiré por un instante para que pudiera respirar y escuchar las palabras de Fernando.

—¡No… no me gusta…! ¡Quiero a mi mami…! ¡Ale… sacala… por favor…! —sollozó Juanse, la voz rota por el miedo y el dolor.

Fernando se rió, una risa seca y asquerosa.

—Ay, miralo al putito. Pidiendo la mamá mientras tiene una poronga en el orto. ¡Mentira! Te encanta, mi amor. Te gusta que te tratemos como la puta que sos. ¿No te dijo tu mamá que los hombres grandes te iban a dar lo que necesitas?

Fernando se levantó, desabrochándose el pantalón con un movimiento rápido. Su erección, gruesa y más grande que la mía, se liberó, dura y palpitante, brillando en la luz sucia del baño.

—Mirá, Ale. Yo también quiero participar. Me calenté mal. Este putito es un caramelo. ¿Me dejas darle un besito, Ale?

—Dale, Fer. Es un putito generoso. Y si te ve a vos, seguro que se calienta más. Dale un beso. Y después… después le rompemos el culito los dos.

Fernando se arrodilló de nuevo, esta vez con su poronga dura a centímetros del rostro de Juanse.

—Mirame, nena. Mirá esta pija. Es más grande que la de Ale, ¿viste? Sos una puta con suerte, mi amor. Dos porongas para vos. Abrí esa boquita de princesa. Papi te va a dar de probar la otra.

Juanse estaba paralizado, su mirada fija en la inmensa erección de Fernando, mientras yo, sin sacar mi pene de su ano, lo penetraba con ritmos lentos y profundos. Las lágrimas corrían por sus mejillas.

—¡N-no… por favor…! ¡No…!

Fernando ignoró su súplica. Agarró la cabeza de Juanse por el pelo, acercándola a su erección.

—Shhh, callate y tragá. O tu papi Ale te va a dar más fuerte. —Metió la punta de su pene en la boca de Juanse, obligándolo a probarlo. —Tragá, putita. Es tu premio. Te lo ganaste por ser tan calentón.

Yo no detuve mi embestida. Con la mano que antes le había cubierto la boca, le acaricié la mejilla, intentando infundir una falsa calma en el nene.

—Shhh, mi amor, no te asustes. Mirame. Él es Fernando. Es el papá de Mía, tu compañerita de baile, la de remera naranja. ¿Te acordás? Es un papi muy bueno, Juanse.

—¿P-papá de Mía? —sollozó Juanse, con la respiración entrecortada.

—Sí, bonito. Y los dos estábamos viéndote bailar. Vimos lo lindo que te movés con esas calzas rosas y esa tanguita. Vimos que sos una muñequita que necesita que la mimen y la cuiden mucho. Fer y yo vamos a ser tus papis ahora. Los que te vamos a dar todos los mimos que tu cuerpito de nena está pidiendo. ¿Verdad que sos una muñequita, Juanse?

—Claro que sí, mi amor. Sos la muñequita más linda del baile. Y dos machos vamos a cuidar de vos. No tenés que tener miedo. Solo tenés que ser una buena putita para tus papis —dijo Fernando, con la voz grave, acariciando la nuca de Juanse.

Juanse cerró los ojos, el miedo se mezclaba con la confusión. Las palabras de Ale y Fernando, la súbita aparición de un nuevo depredador, y la penetración constante, lo estaban quebrando.

—Quedate tranquilo, chico. Esto es por tu bien. Para que seas más feliz y más calentón. Mirá. —Con mi mano libre, saqué mi celular del bolsillo y activé la cámara. Apunté a la escena, asegurándome de capturar el rostro de Juanse, la penetración y la enorme erección de Fernando flotando a centímetros de su cara. —Voy a filmar un poquito. Para que después lo vea tu mami, ¿dale? Así ve lo bien que te portaste con tus papis. Para que vea lo putito que sos y lo mucho que te abusamos.

Juanse abrió los ojos, su mirada de súplica ahora fija en el lente rojo de la grabación.

Fernando no esperó más. Al escuchar la palabra «mami» y ver que Ale estaba grabando, se excitó aún más. Agarró su inmensa pija con una mano y, con la otra, tomó el mentón de Juanse con una brutalidad posesiva. Empujó su pene con fuerza contra el rostro del nene, restregando el glande húmedo en sus labios temblorosos.

—Ya está de tanto llorar, mi vida. Abrí esa boquita de nena y dame de probar. Sentí el olor. Es el olor a macho que te va a coger sin parar. ¡Tragá mi pija, puta de mierda!

Juanse, sintiendo el calor, la dureza y el aroma a macho que emanaba de la pija de Fernando, no pudo resistir el instinto. La mente se rindió. Su lengua salió, tímida al principio, y luego con una avidez desesperada. Empezó a lamer y chupar la punta de la erección de Fernando, intentando tomarla con su chica boca.

—¡Eso es, putito! ¡Tragá la de Fer! ¡Sos una puta que se las come a las dos! ¡Mirá qué bien te queda la verga en la boca, mientras la mía te rompe el culo! ¡Sos un putón de mierda, Juanse! ¡Un regalado de mierda! —gruñí, mientras aceleraba el ritmo de la penetración, grabando todo.

No detuve la embestida. Al ver a Juanse rendido, tomando la polla de Fernando con esa avidez desesperada, sentí una oleada de poder. El plaff de mi cadera golpeando el trasero de Juanse se hizo más rápido y violento.

—¡Eso, Juanse! ¡Tragá la pija de Fer! ¡Sos una puta tragadora, sos mi puta de mierda!

Fernando, al sentir la lengua de Juanse en su glande, soltó un gemido grave de placer. Se movió hacia atrás, dejando que el pibito lo siguiera con la boca. Se sentó en el inodoro sucio con un golpe, apoyando los codos en las rodillas.

—¡Ay, mierda, qué bien que chupa! ¡Qué bien que tenés esa boquita, Juanse! —Juanse, arrodillado entre sus piernas, no solo chupaba, sino que se movía con una habilidad que no correspondía a un nene de seis años. Su lengua, ágil y experta, recorría el tronco de la erección de Fernando, haciendo movimientos circulares en la base del glande, y luego subiendo para succionar la punta con un sonido húmedo.

—¡Miralo, Fer! ¡Mirá cómo se arrodilla el putito, y cómo te la chupa! ¡No es su primera pija, boludo! ¡Esta es una nena que ya viene con maña de fábrica! —gruñí, mientras continuaba con la penetración.

—¡Te juro que no! ¡La chupa con una dulzura y una técnica… mirá esa lengua, boludo! ¡Sos una mujercita con pito, Juanse! ¡Sos la putita más rica que existe! ¡Sos una guachina, una nena puta! —Fernando apretó el cabello de Juanse, dirigiendo el ritmo de su chupada. —¡La puta madre, la chupa casi tan bien como Mía!

Me detuve en seco, mi polla aún enterrada en Juanse, que seguía en lo suyo.

—¿Cómo dijiste, Fer? ¿Cómo tu Mía? ¿Vos también te cogés a tu hija?

Fernando sonrió, un gesto de absoluta complicidad y asco.

—¡Y obvio, Ale! ¿Qué pensabas? ¿Que solo te iba a contar boludeces? Yo te dije que Mía es atrevida. La cojo todos los días, antes de que se vaya al colegio. Desde que cumplió los seis años. Ella me lo pide, boludo. Me pide que le rompa el culo y que la llene de leche en la concha. Me dice que le gusta el olor de mi semen en su conchita recién crecida.

—¡Mierda, Fer! ¡Qué hijos de puta que somos!

—Y Mía, mirá, me pide que la coja en el mismo inodoro donde estoy ahora, con el uniforme puesto. ¡Y se aguanta el dolor, putita de mierda! ¡Dice que le gusta que le duela rico! ¡Dice que su culo es del papi!

—¿Y tu mujer? ¿Sabe todo?

Fernando se rió con desprecio, mientras Juanse, con la boca llena de su polla, hacía una pausa forzada, mirando la escena con ojos vidriosos.

—¡Mi mujer es una tilinga, Ale! ¡Sabe, obvio que sabe! ¿Pero qué va a decir? ¡Ella es de las que «no se mezcla», «no se toca», «es solo para la plata», boludo! ¡Y yo soy de los que tiene mucha guita, de los que le da la vida que quiere! —Hizo una pausa, mirando a Juanse con una mezcla de dominación y placer. —Se la aguanta calladita, Ale. Le gusta la plata, y le encanta que Mía sea una putita para mí, si eso mantiene el cheque mensual. No te preocupes por ella. Yo soy tu tipo de macho, Ale. El que no se achica con sus bendis y el que tiene la caja para callar bocas.

—¡Sos un genio, Fer! ¡Un hijo de puta, igual que yo! ¡La puta que te parió, ahora entiendo todo!

Con una última embestida brutal, mi semen se liberó dentro del chico ano de Juanse. Su cuerpo se sacudió contra mi pene, el gemido de liberación ahogado contra el inodoro. Fernando, al ver mi orgasmo, se vino con un gruñido, su semen salpicando el rostro de Juanse.

—¡Tragá, putita! ¡Tragá el amor de tu papi!

—No sabés lo que es, Ale. Verla en el uniforme, recién cogida, pidiendo más. Es una locura. —Fernando se limpió el semen de la boca de Juanse con un pañuelo de papel y me miró con los ojos inyectados en sangre. —Pero la mejor parte es cuando lo hago delante de la madre. Ahí me siento el puto amo.

—¿Delante de tu mujer? ¿En serio? —Pregunté, limpiando mi miembro y sintiendo cómo la adrenalina aún me corría por las venas.

—Sí, boludo. Ella es de las que cree que la casa es un templo y que no se puede mezclar el sexo con la familia. Pura tilinguería de cheta. Pero yo le mostré quién manda. El fin de semana pasado fue épico.

—Contá, contá, forro.

—Llegamos del club, yo con unas ganas de reventar a Mía que no te imaginás. La Mía venía en el auto pidiéndome que la coja en el living, delante de la mamá, «para que sepa quién es la hembra de la casa», me decía la puta. Y la madre, obvio, se hacía la que no escuchaba, con esa cara de asco que me da.

—Jajaja, ¡qué puta tu hija, igual que la mía!

—Entramos y la madre estaba en el sillón de la suite, leyendo una revista de mierda. La Mía se me prendió como un mono en la cintura. Yo la levanté a upa y le dije a la vieja: «¡Poné play, estúpida, que la nena tiene que bailar para mí! ¡Y te quedás mirando, no te movés!»

Fernando se rió con esa arrogancia brutal que lo caracterizaba.

—La Mía se paró delante de ella, en el medio de la alfombra persa, con sus calzas cortitas y la remera pegada. Y empezó a bailar un reggaetón, pero no el de la academia. Un baile sucio, moviendo ese culito con furia, haciendo twerk como una profesional. Y de repente, se bajó la calza hasta las rodillas, con su tanga negra de encaje a la vista.

—¡No, boludo, es un montón!

—Y lo mejor es que lo hacía mirándola a la madre, con esa cara de calentura, como diciendo: «Esta cola es de papá, vieja. Vos sos la que duerme sola». La vieja se puso blanca, intentó levantarse. Pero yo me paré al lado y le puse la mano en el hombro, apretándola contra el sillón.

Fernando imitó su propia voz grave y dominante:

—»¡Sentate, zorra! Te dije que miraras. Mirá a tu hija. Mirá cómo la hice. Mirá cómo me la come la pija con los ojos.»

—La Mía siguió bailando, y de golpe se me acercó, me agarró la pija por encima del pantalón y me la frotó en la concha, por encima de la tanga. Y se vino, boludo. Se vino ahí, delante de la vieja, con un gemido de placer que no era de una nena de ocho años. Se le mojó toda la tanga.

—¡Mierda, qué puta exquisita! ¿Y la vieja qué hizo?

—Nada. Se quedó con los ojos fijos en la tanga mojada de Mía, pálida, temblando. Y Mía, ni bien se recompuso, se acercó a ella, la miró a los ojos y le dijo: «¿Viste, mami? Yo soy la mujer de papá. Y a papá le gusta que me venga así, delante tuyo». Después se dio vuelta y me dijo: «Papi, cogeme acá, en el living, en la alfombra, para que tu puta vieja aprenda».

—¡La puta madre, Fer! ¡Me volvés loco!

—Y ahí la cogí, boludo. La tiré en la alfombra, le arranqué la tanga y la penetré con una furia. Y la vieja se tuvo que quedar mirando, con la revista tapándole la cara, pero yo veía cómo le temblaban los dedos. Mía gritaba de placer y de dolor, y la vieja ahí, tragando veneno.

—¡Sos un puto genio, Fer! ¡Una locura! Me encanta cómo manejás a tu mujer y a tu puta. Tenés razón, somos de la misma especie.

—Y sí, Ale. Nos gusta la maldad, el deseo, la dominación. Y nos gusta que la bendis nos digan puta. Es la mejor droga. Ahora, Ale… ¿terminamos con este putito o qué? —Fernando miró a Juanse, que seguía arrodillado, con la cabeza gacha y el rostro empapado en lágrimas y precum.

—No, Fer, pará un toque. Me dejaste duro con lo de tu mujer. Pero ahora quiero algo más sucio, más de ustedes dos a solas, cuando era más chiquita. —Miré a Juanse, que seguía en el suelo, pero ya sin sollozar, mirando nuestras vergas con ojos fijos. —Juanse, si querés salir, abrí la puerta y andate con la Sophia. Nadie te va a decir nada. Ya terminó el juego de papi.

—No, papi. Quiero quedarme. Quiero escuchar más. Quiero ser como Mía —dijo Juanse, con la voz baja y temblorosa, pero sin moverse.

Fernando y yo nos miramos, la misma sonrisa perversa.

—¿Ves, Ale? El putito ya está perdido. Ahora quiere más. Bueno, Ale, te voy a contar una que me encanta. Esto fue cuando Mía tenía siete años, recién había empezado con el tema de la tanga y los masajes.

—¡Dale, contá, boludo! ¡Que me reviento!

—Fuimos al shopping un sábado a la tarde. Estaba lleno de gente, un quilombo. La Mía vestía un vestido de verano, súper corto, sin bombacha. Yo sabía que la tenía sin bombacha porque fui yo el que se la saqué antes de salir. Iba con una inocencia de nena, saltando, y yo, por dentro, sentía la calentura que me subía por la panza.

—¡Uf, qué suciedad! Seguí.

—Llegamos a la juguetería, la Mía estaba fascinada con un peluche gigante. Y ahí, justo al lado de los osos, había un probador de esos que usan para medir la ropa de los nenes. Era una cabina de mierda, con una cortina que apenas cerraba.

—¡No, me jodés!

—Le dije: «Mía, mi amor, mirá qué lindo este peluche, vamos a probarnos si es grande para vos». La metí en el probador conmigo, cerrando la cortina a medias. Había luz por arriba y se escuchaba el ruido de la gente. Ella estaba concentrada en el oso.

—Y yo, con esa locura que me agarra, la giré y le dije: «Mía, mi amor, tu papi necesita un mimo. Y tu culito es el que me da más placer». Le levanté el vestidito. Estaba sin nada, boludo. Esa colita redonda, de nena, justo ahí, en el medio de la juguetería.

—¡Mierda, qué adrenalina!

—Me bajé el pantalón hasta las rodillas. Ella se dio cuenta de lo que pasaba, pero no se asustó. Al contrario. Me miró, con esos ojos de nena calentona, y me dijo: «Papi, ¿acá? ¿Acá nos va a ver mucha gente? ¡Me encanta!»

—¡Ja! ¡Puta de mierda!

—La agarré de la cintura y la incliné contra la pared de tela del probador. Me arrodillé y le dije que abriera bien las piernas. Y le di un lametazo en ese culito entrenado, con ese olor a nena transpirada. La Mía se agarró la boca con las manos para no gritar. Y yo, mientras la gente pasaba a un metro, le chupaba el culo como un animal.

—¡Qué locura! ¡La puta madre que te parió, qué cosa más exquisita!

—Ella jadeaba, boludo. Sentía el deseo del lugar. Y de golpe, me dijo: «Papi, la pija… dame la pija… ¡Quiero que me cojas acá, en la juguetería, para que todos sepan que soy tu puta!»

—¡Mierda, qué puta calentona!

—No la hice esperar. Me puse de pie y la penetré con fuerza, de una, ahí, parada. Ella soltó un gemido que se ahogó en el ruido del shopping, pero yo lo sentí en mi pecho. La agarré fuerte, la embestí con una furia, pensando en la gente afuera, en la madre, en todo.

—Y lo más sucio, Ale, fue que en medio del garche, ella se volteó un poco, con mi pija adentro, y agarró el peluche. Lo abrazó fuerte y empezó a gemirle al oso. Como si el peluche fuera el testigo de su deseo. Me gritaba: «¡Dame más, papi! ¡Más fuerte! ¡Llename de leche, tu puta te lo pide!»

—¡Me vuelvo loco! ¡Sos un puto genio!

—Terminé en dos minutos. La saqué, le acomodé el vestido. Ella salió como si nada, con el oso gigante en los brazos, y esa sonrisa de satisfacción. Y yo, temblando, volví a abrocharme el pantalón. Nadie nos vio. Pero el deseo quedó ahí, en ese probador de mierda, entre peluches. —Fernando se limpió el semen de la boca de Juanse con el dorso de la mano y me miró con una expresión de absoluto triunfo. —¿Ves, Ale? Eso es Mía. Pura calentura.

—¡Mierda, Fer! ¡Necesito a tu Mía en mi vida! ¡Ese nivel es de otro planeta!

—Ale, boludo, me vuelvo loco. Tu putita es un caramelo. Pasámela, quiero sentir esa colita otra vez. Dame un poco de ese culo de nena que me tenés caliente —dijo Fernando, con la voz ronca, mirando a Juanse con una mezcla de posesión y excitación.

Sonreí, una sonrisa de triunfo y deseo, y con un movimiento rápido, saqué mi pene del ano de Juanse, que soltó un gemido lastimero. Seguía sosteniendo mi celular, grabando el tembloroso cuerpo de Juanse mientras se lo pasaba a Fernando. El chico cuerpo tembló por un instante, y Fernando lo agarró por la cintura con fuerza.

—Vení acá, mi amor. Vení con tu otro papi. Sentí esta pija, es la que te va a volver más puta. —Lo levantó y, sin dudar, lo sentó a upa sobre su inmensa erección, que se hundió por completo en el chico ano de Juanse con un único y firme empuje. El putito soltó un grito de dolor y placer que se ahogó en el ambiente cargado.

—¡Mierda, qué apretadito que sos, Juanse! ¡Sos un sueño húmedo, un culito hecho a pija! ¡Aguantá, mi amor, aguantá la pija de tu papi Fernando! —jadeó Fernando, con el rostro contra el cuello de Juanse.

Mientras Fernando lo penetraba con ritmos lentos y profundos, yo me acerqué al rostro de Juanse. Sus ojos estaban cerrados, las lágrimas mezcladas con el precum de ambos. Me incliné y le di un beso lento y asqueroso en la boca, lamiendo la saliva y las lágrimas que caían.

—Shhh, no llores, mi vida. Esto es amor. Abrí los ojos. Mirá a papi. ¿Sentís cómo te llena la pija de Fernando? —Mi lengua se deslizó por su mejilla, y le mordí suavemente la oreja. —Hueles a precum y a puta, Juanse. Me encanta.

—¡Ale, dale, contame más de Sophia! ¡Contame cómo es esa nena calentona, mientras me la cojo a tu putito! ¡Calentame, boludo, que la adrenalina se me va!

—¿Querés saber de mi putita? Dale. Agarrá la pija de tu papi, Juanse. Agarrá y olé. —Cambié la toma de mi celular, apuntando ahora a la reacción de Juanse mientras ponía mi polla, aún húmeda y palpitante, delante de su rostro. Juanse, con el cuerpo sacudiéndose con las embestidas de Fernando, obedeció. Agarró mi pene con sus manitas y lo acercó a su nariz, aspirando el olor a macho y sexo.

—Ahí tenés, Fer. Mirá a mi putito. Ya se acostumbró a nuestra pija. Y Sophia… ¿sabés qué? Ella sabe cómo provocarme. Un día, después de ver la película Striptease, me pidió que le pusiera la canción de la película, y se puso una bombachita infantil de Peppa Pig que tenía guardada.

—¡La puta madre, Ale! ¡Con la bombachita infantil de Peppa Pig! ¡Esa nena es una diosa del deseo! ¡Dale, seguí, que con cada palabra me la clavás más a este putito! —gruñó Fernando, moviéndose con más fuerza.

—Y empezó a bailar, boludo. Un twerk suave, con esa bombachita infantil de Peppa. Yo estaba duro como una roca. Le pedí que se acercara y me chupara. Y ella se arrodilló, se la tomó toda, sin asco, como la puta que es.

Fernando hundió su pene hasta el fondo en Juanse, que soltó un gemido ahogado.

—¡Tragá la pija de Ale, putito, tragá la pija de Ale! ¡Así la chupa la putita Sophia!

—Y después, la puse en cuatro. Le dije: «A ver, mi amor, mostrame cómo tu papi te rompe el orto». Y se puso de perrito, con la bombachita infantil de Peppa Pig a un costado. Le chupé el culo hasta que me pidió la pija a gritos. Y se lo di. Se lo hice despacio al principio, para que sintiera el placer de que la penetraran por el culo. Y me gritaba: «¡Más fuerte, papi! ¡Rompeme! ¡Llename de leche, soy tu puta!»

—¡Ale, sos un puto genio! ¡Ese nivel es de otro planeta! ¡Qué puta deliciosa tenés! ¡Yo la quiero ya! —Apretó a Juanse contra sí y lo embistió con una serie de estocadas rápidas y brutales.

—¿Ves, Fer? Sophia es mi perdición. Y vos, Juanse, ¿estás disfrutando de que dos machos te cojamos y te hablemos sucio? ¿Te gusta que te usemos para calentarnos con el deseo de nuestras putitas? —dije, acariciando la cara de Juanse, su rostro cubierto de baba y lágrimas, sin dejar de grabar.

Juanse, con la boca semiabierta, el cuerpo sacudiéndose con cada estocada de Fernando, logró un susurro de rendición.

—S-sí, papi… me gusta… me gusta ser… la putita de ustedes…

—¡Escuchaste, Ale! ¡El putito ya es nuestro! ¡Ahora, terminemos el trabajo. Mirá cómo te chupa, Ale! —Fernando se movió con una ferocidad renovada, sus ojos brillando con un deseo desenfrenado.

—¡Te voy a llenar, putita de mierda! ¡Te voy a inundar ese culito de nena hasta que chorrees mi semen y le pidas más a tu otro papi! ¡Aguantá la verga del macho, Juanse, aguantá!

Las embestidas se hicieron más profundas y rápidas. Juanse, con el cuerpo sacudiéndose violentamente sobre la polla de Fernando, soltó un alarido de placer y dolor, ya completamente entregado.

—¡Sí, papi… más fuerte… llename… quiero ser tu nena…! ¡Tu putita sucia que se la banca…! ¡No pares, papi, te lo ruego…! —jadeó Juanse, la voz un gemido que apenas se entendía.

—¡Eso es, puta! ¡Me calienta que lo pidas con esa boquita llena de mi semen! ¡Sos una alcantarilla de verga, Juanse! ¡Un puto regalo para tu papi y tu otro macho! ¡Mirá cómo se te abre el culo, puta de mierda, mirá cómo te entra toda! ¡Tomá la leche del amo, tragá, basura calentona!

Con un gruñido final que fue pura descarga, Fernando se vino, sintiendo la contracción espasmódica del chico ano de Juanse alrededor de su pene. El semen caliente se liberó con violencia dentro del nene.

—¡Mierda… te llené, puta! ¡Te dejé bien preñado, putito regalado! ¡Ahora te va a llenar tu otro papi! ¡Salí de encima, pedazo de puto! —jadeó Fernando, exhausto.

Fernando se retiró de golpe, y Juanse cayó al suelo sucio del cubículo, su trasero goteando semen, sus calzas rosas y la tanga de encaje completamente desplazadas. Yo, aún grabando con el celular en una mano, lo levanté sin delicadeza.

—¡Vení acá, mi vida! ¡Tu otro papi te va a dar el último premio!

Lo pegué de espaldas contra la bacha del baño. Juanse estaba temblando, las lágrimas corrían por su rostro, pero sus ojos estaban fijos en mi erección. Mi pija, gruesa y aún palpitante, estaba manchada con el precum y el semen de Fernando. Sin pensarlo dos veces, sin lubricación, la hundí con fuerza en el ano ya distendido y lleno del semen de Fernando.

Juanse soltó un grito agudo que ahogué con mi boca. Me incliné, lamiendo y besando su rostro.

—¡Acá está tu papi, putazo! ¡A partir de hoy sos mi putita oficial, mi nena con pito! ¡Te voy a llenar hasta que te desborde la leche de los dos! ¡Sentí cómo te reviento el culo por encima de la pija de Fer!

Mis embestidas fueron feroces, brutales. Juanse se aferró a la bacha, sus chicos dedos agarrando el borde con desesperación.

—¡Te voy a hacer tragar mi semen, puta! ¡Tragá la de Fer, tragá la mía! ¡Sos un pendejo regalado que se lo buscó por puto! ¡Te gusta que te cojamos en el baño, vestido de nena, puto de mierda!

Mientras lo penetraba, me concentré en su rostro. Lo besé con una obscenidad posesiva, succionando su labio, lamiendo sus lágrimas saladas y el semen de Fernando que aún le manchaba la boca. Juanse ya no luchaba; su cuerpo se movía con el mío, completamente rendido a la doble violación.

—¡Sí, papi… llename… dame todo… ¡Soy tu putita… tu putita sucia…! ¡No pares, papi… no pares…! —jadeó Juanse contra mi boca, su voz un susurro de total entrega.

Me vine con un rugido, mi semen hirviendo se mezcló con el de Fernando, llenando el chico ano de Juanse. Me quedé dentro, gimiendo y besándolo con una lujuria final.

—¡Sos la putita de papi, Juanse! ¡Sos mi nena más calentona! ¡Te acabamos de abusar, y te encantó, puto!

Retiré mi pene, que chorreaba semen. Juanse se deslizó por la bacha. El celular, aún grabando, capturó el rostro de Juanse, todo transpirado y jadeando, con restos de precum y saliva, su cuerpo temblando en el suelo sucio, mientras daba gemiditos. Mandé el video a Luisa, mostrándole cómo estaba su hijo, un video de quince minutos que parecieron una eternidad intensa. Fernando sonreía mientras se acomodaba la ropa, yo ayudé a Juanse a levantarse, y a acomodarse la tanga y la calza.

—¿Estás bien, bonito? Nos diste mucho placer, pimpollito. La verdad es que sos toda una nenita con pito… voy a hacerte bien nenita, ¿sabes? —Fernando se reía con malicia a mi lado mientras escuchaba lo que le decía a Juanse, a quien le acomodaba la ropa sin limpiarle el culo, lo que hizo que enseguida se le formara un lamparón de semen en la parte de atrás de la calza. Juanse me miró, una lagrimita le corrió por el costado, pero no parecía triste. De repente me abrazó con fuerza.

—¡Gracias, papi Ale! ¡Es la primera vez que me hacen sentir nenita de verdad, quiero ser tu nenita como Sophia!

—¡Apa, mira al putito che! Parece que tenés una enamorada con pito. Bien, Ale, te vas a coger a una trabuco de seis añitos. Felicitaciones —se rió con malicia el cheto. Yo abracé fuerte a Juanse y lo besé con ternura.

—Shh, bebita, obvio, si te sentís nenita conmigo podés serlo, y podés venir a casa y ser todo lo nenita que quieras, yo hablo con mami para que te deje. Y voy a darte amor como le doy a Sophia, ella seguro va a estar contenta de que seas su hermanita con pito. —El abrazo de Juanse se hizo más fuerte. A pesar de lo sucio del comentario, parecía que eso era el amor que buscaba.

Cuando abrimos la puerta para salir, Raúl estaba ahí, parado como un espectro. Observó la escena: los dos adultos con el nene, que, aunque ya vestido, se veía sucio, con la calza manchada. La cara se le puso seria al instante. Sin decir una palabra, hizo un gesto al nene para que fuera con las demás chicas a clase. Juanse se fue casi corriendo, se le notaba el ardor en el trasero y la mancha de semen que se le formaba en el culito.

—Necesito que vengan a mi oficina para hablar en privado —dijo Raúl, dándose vuelta y contoneando ese trasero de twink.

Raúl, con sus diecinueve, tenía una carita de bebé, ojos grises y pelo rubio ceniza. Bajo las mallas de baile se le movía un culo firme que parecía pedir a gritos que lo penetraran.

Con ese trote de putito nos guió hasta su oficina. Un cuadrado minúsculo, apenas entraban un escritorio y dos sillas, con el incienso barato de Melina todavía pegado en el ambiente. Ni bien cruzamos el umbral, Raúl cerró con llave. El clac del pasador sonó fuerte, un gesto que ya avisaba a qué veníamos.

—Por favor, tomen asiento, si es que entran —dijo con una risita nerviosa, señalando dos sillas que parecían de jardín de infantes—. Ale, Fernando… tienen que ser más discretos.

Fernando se apoyó en el escritorio, sin sentarse, la cara todavía encendida por la calentura.

—¿Discretos? ¿Por qué, mi amor? ¿Nos viste? ¿Estás celoso de que le demos a Juanse antes que a vos? —soltó, directo, sin filtro.

—No es eso, Fernando. —Raúl se ruborizó, pero mantuvo la compostura—. Es que… esto es una academia de baile. Hay niños, hay otros padres. Yo sé que ustedes son… muy afectuosos con los chicos. Lo de Juanse… fue un poco, digamos, ruidoso.

—Tranquilo, Raúl. Tenés razón, nos excedimos. El pibito nos calentó con ese culito en tanga y nos descontrolamos. Pero mirá, vos también querías entrar. ¿Por qué trabaste la puerta, guachín? ¿Viniste a pedir tu parte?

Raúl se mordió el labio. Los ojos grises, de apariencia inocente, le brillaron con una luz ambigua.

—Solo quiero que sean cuidadosos. Yo amo a mis alumnos. Los quiero mucho a Juanse, a Sophia, a Mía. Y me encanta la forma en que ustedes los aman. Pero acá hay que mantener las apariencias. Yo sé que ustedes son dos padres que les dan todo, que los llenan de mimos y placer, y eso se les nota en el baile. Pero si alguien más se entera…

—¿Y qué harías si alguien se entera, putito? ¿Llamarías a la policía? —Fernando lo provocó, sabiendo que mi presencia como oficial neutralizaba cualquier amenaza.

—No, no llamaría a nadie. —Respondió con un tono bajo y meloso—. Solo quiero que esto siga. Y me daría mucha pena que le hicieran algo a mis princesas y a mi pimpollito de seis años. Ellos confían en mí. Y yo… yo confío en ustedes.

—Bien, Raúl. Hablamos el mismo idioma. Queremos seguir con la joda, pero sin quilombos. Te prometemos discreción. ¿Pero ahora… no querés contarnos algo de lo que viste en la clase? Te vi mirando mucho el culo de Sophia.

Raúl sonrió, la cara de bebé se le deformó en una expresión de placer absoluto.

—Es que Sophia es una bomba, Ale. Se mueve con un fuego que da miedo. Y Mía… Mía es increíble. Hoy, en la elongación, las dos estiraban con una abertura de piernas que era pura sensualidad. Y las dos se miraban, compitiendo por quién abría más la conchita. Se nota que las están puliendo en casa, Ale, Fernando. Las felicito.

—Gracias, Raúl. Hacemos lo que podemos. Y Juanse, ¿qué me decís del pibito? ¿Viste la tanga que llevaba?

—Vi todo, Fernando. Vi la mancha de semen en las calzas rosas cuando salió del baño. Y sí, es un ángel con maña. El pobrecito siempre fue muy femenino, muy de nena. Y esa ropa… a su madre le encanta vestirlo así. Y a mí… a mí me encanta verlo moverse. —Se mordió el labio de nuevo—. Es un caramelo. Ustedes tienen mucha suerte.

—No es suerte, Raúl. Es saber lo que quieren y dárselos. Y vos, ¿no querés que te den lo que vos querés?

Raúl se levantó y se nos acercó con esa caminata afectada, el trasero de twink moviéndose bajo las mallas.

—Ustedes saben lo que quiero, Ale. Me encantan los hombres grandes y uniformados. Y me encantaría que me contaran más de los secretos de padre que comparten. Y yo, por mi parte, tengo una propuesta que les va a encantar.

—Contá, guachín. ¿Qué se te ocurrió?

—Mis putitas están listas para algo más grande. Hay un club. Un club de verdad, con socios, con jerarquía. Gente de mucha guita, empresarios, políticos, jueces. Se juntan una o dos veces por mes, en casas, en quintas, en salones privados. Llevan a sus nenas, a sus nenes, a sus pibitos. Los exhiben. Los prestan. Los alquilan. Y cobran por eso. No es solo baile, sino… actuaciones especiales de las nenas más talentosas de varias academias. Bailan solas, o en grupos chicos. Con ropa muy sugestiva. Hay padres que pagan fortunas por ver esos shows.

—¡La puta, Raúl! ¿Hablás de shows de pedofilia explícita?

—¡Silencio, Ale! No usemos esas palabras. Son fiestas de arte escénico infantil. Pero sí. Es un ambiente… muy permisivo. Es el lugar ideal para que Sophia y Mía muestren todo lo que tienen. Yo las veo. Las dos están para ser estrellas en esos shows. Y créanme, la guita y el placer que van a sacar de esto… es inigualable.

—¡Me gusta, Raúl! Mía tiene que ser la estrella. La vieja se va a volver loca cuando la vea en un escenario, delante de hombres de guita.

—Y lo mejor de todo… —Se inclinó hacia nosotros, bajando la voz—. Es que podemos incluir a Juanse. El pimpollito es tan delicado y se mueve tan como una nena. Sería una sensación. Una muñequita con pito bailando. Sería el número más caliente de todos.

—¡La concha de la lora, Raúl! ¡Estás hecho un genio, boludo! Pero, ¿cómo carajo hacemos?

—Yo me encargo de todo. De las invitaciones, de las coreografías… y de la ropa. Solo necesito su permiso. Confíen en mí. Sus bendis se van a convertir en las putitas más famosas de la élite de Buenos Aires. ¿Aceptan el negocio que les ofrezco, machos?

Fernando se cagó de risa, el chabón estaba re caliente. Lo agarró a Raúl de la cintura con una fuerza bruta y, de un toque, lo levantó y lo sentó sobre su verga, que seguía dura, y se le hundió toda en la malla de baile del profe. Raúl soltó un jadeo agudo y se agarró de los hombros de Fer, el culo de twink moviéndose con la penetración a través de la tela.

—¡Uhhh, qué apretadito, guachín! ¡Así me gusta que me atiendas, mientras hablamos de negocios! Dale, Ale, decile al puto que cuente más.

—¡Es que hoy es día de celo de los putitos, Fer! Mirá cómo se retuerce ese rosquete tuyo, Raúl. Necesita una buena ración de pija para que se calme. Pero pará un toque, bombón. Sé preciso.

Me apoyé en el escritorio, con los brazos cruzados, disfrutando la escena.

—Contame bien, Raúl. ¿Qué carajo pasa en esas fiestas de arte escénico? Andá al hueso. ¿Hay otros machos mirando? ¿Hay contacto con las nenas? ¿Podemos ir nosotros, los papás? Y lo más importante, ¿cuánto hay que pagar? O, ¿es gratis para los machos que ponemos la carne?

Raúl, jadeando y con la cara roja, sentía la verga de Fernando moviéndose despacio en el orto. La voz era un susurro entrecortado, estaba re caliente y humillado.

—Ay, Ale… sí… hay mucho más… —Hizo una pausa, arqueando la espalda por el envión de Fer—. Son encuentros… muy discretos. Es gente de mucha guita, empresarios, políticos… gente que ama el arte infantil y lo que ustedes hacen en casa.

—Hay contacto, sí. Después del show, los padres pueden… pueden mostrar a sus bendis. Los señores se acercan… las tocan… les dan regalos. Hay un cuarto privado para los «mimos especiales». Es un lugar para que las nenas muestren todo sin límites. Lo que hacen con ustedes en casa… ahí es en vivo y en directo.

—¡Uhhh, Raúl! ¡Me volvés loco, guachín! ¡Así me gusta que me cuentes los secretos sucios!

—Ustedes, como dueños de las estrellas, tienen acceso total y gratuito, Ale. No solo eso, sino que cobran una parte de lo que generan sus putitas. Y… y pueden participar si quieren. Los organizadores aman ver a los padres con sus bendis en acción. Es más placer todavía.

—¡Cagamos, Fer! ¡Este putito es un genio!

—¡Ay, sí… Ale…! —Raúl gimió, sintiendo el pene de Fernando—. Hay que ser precisos… La tarifa base por show de Sophia y Mía… arranca en los cinco mil dólares por nena, Ale. Y de ahí para arriba, depende de lo que muestren. Pero para ustedes, el placer de verlas… y de participar… es gratis. Es una sociedad, Ale. Yo pongo la plataforma, y ustedes, a las joyas.

Fernando soltó un grito de placer y se movió con más fuerza, el pene raspándole el hueso púbico a Raúl.

—¡Perfecto, Raúl! ¡Me encanta esa sociedad! ¡Y me encanta cómo tenés ese culo apretado, guachín! ¡Esto es un negocio redondo, Ale! ¡Una locura con guita y placer!

—Dale, Raúl, ya entendimos. Es un negocio sucio y asqueroso que me encanta. Ahora decime cuánto hay que darte a vos por el servicio de proxeneta y por el silencio. Y mirá bien mi bulto, que ahora el celo te lo voy a dar yo.

Me levanté del escritorio re rápido, desabrochándome el pantalón. Mi pene, todavía húmedo con la leche de Fernando y los restos del culito de Juanse, palpitaba con furia. Me acerqué a Raúl, que seguía a upa de Fernando, con la pija de este enterrada en su ano.

—¡Ay, putito! ¡Sos demasiado bueno! —Con una sonrisa cruel, me agarré el miembro y se lo restregué con fuerza en la cara, manchándole la mejilla y la comisura de la boca con la mezcla de sexo y sudor—. ¡Tomá tu premio, guachín! ¡Olme! ¡Es el olor de lo que tanto te gusta, el olor de dos machos que violaron a tu pimpollito!

Raúl, jadeando y con la cara manchada, cerró los ojos, gimiendo de placer.

—Ay, Ale… sí… me encanta… me encanta el olor a macho y a semen… Es mi premio… ¡Más, papi, más…!

Fernando, aprovechando el quilombo, sacó la mano que tenía en la cintura de Raúl y la deslizó bajo su malla, buscando la hendidura del culo. Con los dedos grandes empezó a masajearle la entrada del ano, ya dilatada y húmeda por su pene.

—A ver, guachín, contanos los detalles. Contá con lujo. ¿Qué cosas hacen las nenas en esas fiestas? Quiero detalles, pero lentos. Y no te distraigas con mi pija… y con mis dedos. —Fernando le hundió un dedo en el ano, moviéndolo con una lentitud que era pura tortura.

Raúl se arqueó sobre la pija de Fernando, el culo temblando con el doble estímulo.

—Ay, Fer… despacio… se siente tan… tan rico… —La voz era un hilo ahogado—. Los detalles… claro… es que… hay muchos shows… las nenas bailan con ropa interior de encaje, Ale… solo un corpiño y una tanga… a veces, con disfraces de animalitos o princesas… pero siempre putas…

—¿Y qué bailan? ¿El twerk de Sophia? —pregunté, limpiándome el pene en el pelo de Raúl.

—Sí… el twerk es la estrella. Pero hay más… bailan para el público, moviendo sus culitos y sus conchitas a pocos centímetros de la cara de los señores… hacen shows de striptease infantiles… se sacan la ropa lentamente, quedando solo en tanga… A veces, se masturban suavemente por encima de la tela, para provocar a la audiencia…

—¡Uhhh, qué suciedad! ¡Contame más, guachín! ¿Y qué hacen los señores?

—Los señores… gritan… se masturban mirándolas… les dan plata a cambio de favores especiales. Algunas nenas, las más calentonas… dejan que les chupeen las tetitas por encima de la ropa, o que les hagan un toque en la conchita mientras bailan… todo es silencio y discreción a cambio de mucha guita… Las nenas se calientan con la atención…

—¿Y las que tienen pito, Raúl? ¿Cómo Juanse? ¿Qué hacen con ellas?

—Ay, Ale… Juanse sería la joya de la corona. Los pibitos con pito que parecen nenas son la debilidad de los señores. Juanse tendría que vestirse de princesa o de muñequita, con esas tangas de encaje que usa… y bailar de forma femenina, mostrando su delicadeza y su putez… Después, los señores pagan mucho por verlos bailar a solas… y por tocarlos… por mimar ese pito chico de nena… y por meterles la verga en el culo…

—¡La puta, Raúl! ¡Sos un genio! ¡Vamos a hacer a Juanse una estrella con su pito de nena! ¡Ahora, mirá, guachín, que te voy a dar tu premio grande!

Fernando se levantó de golpe, sacando su pene del orto de Raúl, y lo tiró sobre el escritorio.

—¡Tomá, puto! ¡Mirá esta pija, Raúl! ¡Es la que te va a romper mientras pensás en las putitas bailando! ¡Y después me chupás la leche, como te gusta, para que te calles la boca!

Yo, excitado al máximo, me acerqué al escritorio y me bajé el pantalón.

—¡Te vamos a dar un sándwich de pija para que te acuerdes de quién manda, Raúl! ¡Y después, a preparar a las putitas para el show!

Los dos nos abalanzamos sobre Raúl. Fernando lo agarró de la cabeza, obligándolo a chupar su pene, mientras yo me colocaba detrás, a punto de penetrarlo por segunda vez.

—¡Ay, papis… métanmela con más bronca! ¡Sí! ¡Así me gusta… que me rompan el orto! —La cara de Raúl estaba completamente desfigurada por la mezcla de placer, dolor y humillación.

Fernando le dio una palmada fuerte en el cachete.

—¡Callate y contá, puto! Me calienta que me cuentes esas mugres mientras te hago mierda la jeta con mi pija. ¿Qué más pasa en el escenario, cuando las nenas están bailando en la barra? ¿Hay algún viejo verde que les manosea el culo a la vista de todos?

Raúl, luchando por respirar, con la pija de Ale entrándole hasta el fondo:

—¡Sí, F-Fernando… hay de todo! Hay viejos que se hacen los boludos y les tocan la cola a las que están en cuatro… ¡Les aprietan la zanja por abajo! Pero eso es lo de menos. Lo que importa es el club. Y el club no es una fiesta suelta. Es un club de verdad, con socios, con jerarquía. Gente de guita, mucha. Empresarios, políticos, jueces. Y policías, Ale. Policías de los grandes.

—¿Policías? —pregunté, con la pija todavía adentro.

—Sí. El Comandante en Jefe de la Federal es socio. Desde hace años. Él les da protección. Él les avisa si hay algún movimiento raro. Él les tapa los expedientes. Por eso nunca salta nada. Por eso las nenas pueden hacer lo que hacen sin que ningún juez se haga el boludo. Porque el que tendría que investigar, está adentro.

Me quedé helado. El Comandante en Jefe. El tipo que me había tomado juramento. El que firmaba mis ascensos. Metido en un club de pedófilos.

—La puta madre —murmuré—. ¿Y cómo sabés que es él? ¿Él va a las fiestas?

—Va. No siempre, pero va. Y cuando va, todas las nenas lo conocen. Es el que más paga. El que más exige. Y el que después te cubre si algo sale mal. Es el dueño del circo, Ale. El resto somos artistas.

—Y hay más —dijo Raúl, y se levantó de la silla. La pija de Fernando se le salió con un chasquido húmedo, y él ni se inmutó. Fue hasta un cajón del escritorio, lo abrió, y sacó un sobre. Lo puso sobre la mesa, delante de mí—. Mirá esto.

Abrí el sobre. Adentro había una foto. Un grupo de gente elegante, en lo que parecía una quinta. Hombres de traje, mujeres de vestido, nenas y nenes en ropa interior de encaje. Todos sonriendo. Y en el centro, colgado en la pared del fondo, un estandarte con un logo.

Una mariposa.

Me quedé mirando la foto. La mariposa era idéntica. Idéntica al dije que Sophia llevaba colgado del cuello desde que Romina se lo regaló. Idéntica al símbolo que Romina tenía tatuado en la muñeca. Y en un costado de la foto, con una copa en la mano, sonriendo como si nada, estaba el Comandante en Jefe de la Federal.

—¿Qué es esto? —pregunté, con la voz más ronca de lo que esperaba.

—El logo del club —dijo Raúl—. La mariposa. Es el símbolo. Los socios lo usan. Las nenas lo llevan. Es como un carnet, Ale. Si tenés la mariposa, sos del club. Y tu hija la tiene desde antes de que vos supieras que existía.

Me quedé en silencio un momento. Romina. La maestra de jardín. La pedófila que le había quitado la virginidad a Sophia. La que le había regalado el dije. La que tenía la mariposa en la muñeca. Romina no era una maestra suelta que se cogía a los nenes porque le gustaban. Romina era del club. Romina había sido criada en el club. Romina había criado a Sophia para el club.

—La concha de la lora —dije, y me reí. Una risa corta, sin gracia.

—¿Ves? —dijo Fernando, que ya había entendido todo—. Por eso te digo. Esto es más grande de lo que pensábamos.

—Es más grande —confirmó Raúl—. Y ustedes están en la puerta. Tienen dos nenas hermosas, entrenadas, dóciles. Tienen un pibito que es una joya. Y tienen la mariposa. Sophia ya está marcada, Ale. Ya es del club, aunque vos no lo sabías. Ahora solo falta que la lleves a bailar.

Me quedé mirando la foto un rato más. La mariposa. La puta mariposa. Todo cerraba. Todo el quilombo con Romina, todo el entrenamiento de Sophia, todo lo que yo había descubierto de golpe, tenía un hilo del que yo no tenía ni idea. Y ahora ese hilo me llevaba directo a un club de pedófilos top, protegido por el Comandante en Jefe de la Federal.

—¿Y ahora qué? —pregunté, dejando la foto sobre la mesa.

—Ahora nada. Ahora se van a casa, piensan, y me avisan. Yo les armo la entrada. Les presento a los socios. Los llevo a la primera fiesta. Y ustedes ven con sus propios ojos de qué se trata. Después deciden si les gusta o no. Pero les adelanto una cosa: una vez que entrás, no salís más. El club te atrapa. Y a las nenas, ni te cuento.

Fernando se levantó, se acomodó la ropa y le dio una palmada en el culo a Raúl.

—Vamos, Ale. Ya está. Ya entendimos. Nos vemos, guachín. Y andá pensando en cómo nos metés, porque esto lo quiero probar.

—Pará, pará —dije, y me quedé parado en la puerta. Miré a Raúl, que seguía tirado en la silla, con la foto del club sobre el escritorio y la pija todavía húmeda—. Raúl, escuchame bien. Sí. Los dos decimos que sí. Queremos entrar. Queremos que las nenas bailen. Queremos la mariposa. Pero necesitamos los detalles. Todo. Cómo es la primera fiesta, qué hay que llevar, qué se permite, cuánta guita se mueve, quién va a estar. Todo.

—Sí, todo —confirmó Fernando, apoyándose en el marco de la puerta—. No nos gusta ir a ciegas. Y menos con las nenas.

Raúl sonrió, se levantó de la silla y se acomodó la malla con parsimonia, como si no acabara de ser doblemente penetrado.

—Los detalles se los voy a comunicar en una situación más adecuada. No acá, con las nenas esperando afuera y con el olor a semen pegado en las paredes. Ya van a ver. Los llamo esta semana. Y les armo la entrada como corresponde. Con tiempo, con ropa, con todo listo. Ustedes solo tienen que estar tranquilos y tener a las nenas entrenadas. Lo demás lo manejo yo.

—¿Y la primera fiesta? ¿Cuándo es? —pregunté.

—Cuando ustedes estén listos. No antes. Primero quiero que las vea a las tres juntas, en un ambiente más relajado. Que se conozcan, que jueguen. Porque el club no es solo bailar, Ale. Es confianza. Y la confianza se construye de a poco.

Fernando y yo nos miramos. Los dos sabíamos que Raúl tenía razón.

—Está bien —dije—. Pero no tardes mucho. Que la nena ya está marcada, como vos dijiste.

—No voy a tardar —prometió Raúl, y nos acompañó hasta la puerta.

Cuando salimos al pasillo de la academia, la clase ya había terminado. Las nenas estaban en el vestuario, cambiándose, y los padres esperaban en la recepción. Sophia fue la primera en salir corriendo. Venía con la calza puesta, el pelo suelto, y los ojos brillantes. Me abrazó fuerte, se colgó de mi cintura y me apretó la cara contra el pecho.

—¿Por qué tardaste tanto, papi? —preguntó, con ese tono de nena mimosa que usaba cuando quería algo—. Ya terminó la clase y vos no estabas.

—Teníamos que hablar cosas importantes con Raúl —le dije, acariciándole el pelo—. Cosas de grandes. Pero ya está, mi amor. Ya terminamos.

—¿Cosas de grandes de qué? —insistió, mirándome con esos ojos azules que no se perdían nada.

—Después te cuento. Ahora, escuchame. Fernando nos invitó a un asado el domingo, en su casa. Con pileta. Así que vos y Mía van a poder jugar, y Juanse también.

Sophia se dio vuelta de golpe, buscando a Juanse con la mirada. El pibito estaba saliendo del vestuario, con la calza rosa y la remerita floreada, todavía con el pelo revuelto. Cuando escuchó lo del asado, se le iluminó la cara entera.

—¿En serio, Ale? ¿Vamos a ir a la pileta? —preguntó, dando un saltito—. ¿Y puedo llevar mi malla nueva?

—Podés llevar lo que quieras, bonito —le dije—. Pero primero tengo que hablar con tu mamá para que te deje ir. Vos dejame a mí.

Juanse asintió con la cabeza, feliz, y se fue corriendo a buscar su bolsito al vestuario. Mía, la hija de Fernando, se acercó a Sophia y las dos empezaron a hablar de la pileta, de las mallas, de los juegos. Se las veía contentas, cómplices. Como si ya fueran amigas de toda la vida.

Fernando se me acercó, bajando la voz.

—El domingo, entonces. Yo pongo el asado y la pileta. Vos traé a Sophia. Y hablale a Luisa para que traiga a Juanse. Va a estar bueno. Las tres juntas, en malla, jugando. Y nosotros, mirando. Tomando algo. Tranquilos.

—Tranquilos —repetí, y los dos nos cagamos de risa, porque ninguno de los dos creía que iba a ser tranquilo.

Sophia seguía abrazada a mí, con la cara metida en mi camisa. Le di un beso en la cabeza y la levanté un poco, para que quedara a mi altura.

—¿Te gustó la clase, mi amor?

—Sí, papi. Pero me gusta más estar con vos.

—Y a mí me gusta más estar con vos, putita —le susurré al oído, y ella se rió, porque sabía que ese «putita» era un secreto entre los dos.

Fernando se despidió con un apretón de manos y un guiño. Mía se despidió de Sophia con un beso en la mejilla. Y Juanse, con el bolsito al hombro, se vino con nosotros. Luisa me había dado la tarde libre para que los buscara a los dos y los llevara a la clase, así que ahora me tocaba devolverlo a él también. El pibito se subió al auto sin dudar, contento, y se sentó atrás, al lado de Sophia.

—Nos vemos el domingo, Ale —dijo Fernando.

—Nos vemos, Fer.

Y se fue con Mía, tomados de la mano. Raúl quedó en la puerta de su oficina, mirándonos desde lejos, con esa sonrisa de puto que sabe todo. Le levanté la mano, a modo de despedida, y él me devolvió el gesto. Después se dio vuelta y entró, cerrando la puerta.

Caminamos hasta el auto. Sophia iba de mi mano, saltando, contándome los pasos nuevos que había aprendido. Juanse venía del otro lado, más callado, mirándome de reojo cada tanto. Yo la escuchaba a Sophia, pero la cabeza la tenía en otra cosa. En la mariposa. En el club. En el Comandante en Jefe. En Romina. En todo lo que se venía.

Subimos al auto. Sophia se puso el cinturón y se acomodó en el asiento de atrás. Juanse hizo lo mismo, al lado de ella, con el bolsito apretado contra el pecho.

—Papi —dijo Sophia, mientras arrancaba.

—¿Qué, mi amor?

—¿El domingo vas a estar conmigo en la pileta? ¿No me vas a dejar sola?

—Obvio que no, princesa. Papi no te deja sola nunca.

Sophia sonrió, satisfecha, y se recostó contra el asiento. Juanse, al lado, se animó a hablar.

—Ale… ¿y yo también puedo estar con vos en la pileta? ¿O tengo que estar con mi mamá?

—Vos también, bonito. Los tres vamos a estar juntos. Y vas a poder jugar con Sophia y con Mía todo lo que quieras.

Juanse sonrió, aliviado, y se acomodó mejor en el asiento. Yo miré por el retrovisor y los vi ahí, a los dos, chiquitos, hermosos, con la calza puesta y el pelo revuelto. Sophia con la mariposa colgada del cuello. Mi hija. La putita de papi. La nueva socia del club. Y al lado, el pibito que ya se estaba enamorando de la idea de ser su hermanita con pito.

Y arranqué para casa, con la cabeza en el domingo.

 Les dejo mi correo para quien quiera conarme que les parecio [email protected]

 

Tambien telegram: @Arcangelper

 

5 Lecturas/22 de octubre de 2026/0 Comentarios/por arcangel_perverso
Etiquetas: amigos, colegio, hermanita, hija, hijo, madre, padre, sexo
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