La bestia en el pasillo
Homelander interrumpe una reunión para buscar a Billy Butcher, atraído por un anhelo físico que lo consume. En un pasillo aislado, Butcher domina a Homelander, sometiéndolo a un encuentro brutal y humillante que satisface su necesidad de ser usado y roto..
El aire acondicionado de la sala de reuniones de Vought International estaba ajustado a una temperatura que nadie más parecía notar, demasiado fría para la piel expuesta, pero Homelander no sentía el escalofrío. Lo que sentía era una vibración constante bajo la superficie de su traje de lycra, un zumbido eléctrico que no provenía de los cables del edificio, sino de su propia sangre. Estaba sentado en la cabecera de la mesa, con la barbilla apoyada en el puño, observando a Stillwell desplegar gráficas de cuotas de audiencia en la pantalla. Sus ojos, capaces de ver a través de paredes y tejidos, no estaban enfocados en las proyecciones de mercado.
A través del cristal esmerilado de la pared opuesta, a tres pisos de distancia en el edificio de contigüidad donde se alojaban los mercenarios de Temp V, Homelander podía ver el contorno de Billy Butcher. El británico estaba de pie, de espaldas a la ventana, encendiendo un cigarrillo. Homelander siguió el movimiento de la mano de Butcher, la forma en que sus dedos rugosos rodeaban el filtro, y sintió cómo su garganta se contraía instintivamente. No era hambre de comida. Era un vacío específico, un anhelo físico que le quemaba el estómago y le bajaba hasta la ingle.
Se levantó de golpe. La silla se arrastró contra el suelo con un chirido agudo que cortó la voz de Stillwell a mitad de una frase sobre la sinergia de marca.
—¿Algo malo, Homelander? —preguntó ella, con el ceño fruncido, girando la cabeza hacia él.
—Tengo que… —empezó él, pero no encontró una mentira lo suficientemente buena. No le debía explicaciones a nadie, y menos a ella. Simplemente se ajustó las guantes de cuero y caminó hacia la puerta.— Asuntos de héroe. No te preocupes.
Atravesó el pasillo a una velocidad que rozaba lo sobrenatural, controlando el impulso de volar a través del techo. Necesitaba el contacto físico, la fricción, el peso. Necesitaba sentirse pequeño, aunque solo fuera por un segundo, ser dominado por algo que no pudiera romper con un simple chasquido de dedos. Y solo había una cosa en el mundo, una persona, que tenía el tamaño y la brutalidad necesarias para eso.
Encontró a Butcher en el pasillo de servicio, acabando de exhalar una bocanada de humo gris. El olor a tabaco barato y a sudor rancio golpeó los sentidos de Homelander como un martillo, mucho más potente que cualquier perfume caro. Butcher se giró lentamente, con esa sonrisa despectiva que siempre parecía a punto de convertirse en un mordisco.
—Vaya, si no es el chico de oro —dijo Butcher, tirando la colilla al suelo y aplastándola con la bota. ¿Se perdió tu camino hacia la cámara?
Homelander no respondió. Se detuvo a medio metro de él, invadiendo su espacio personal, observando la prominencia en la entrepierna de los jeans negros y ajustados de Butcher. Incluso flácido, la silueta era amenazante, pesada. Homelander sabía por experiencia exacta qué había debajo de esa tela, qué monstruosidad de carne y venas esperaba ser liberada.
—Cierra la puerta —ordenó Homelander, su voz apenas un susurro ronco.
Butcher arqueó una ceja, pero giró la llave en la cerradura de metal con un clic seco. El pasillo quedó en silencio, aislado del bullicio de la oficina. —¿Qué pasa? ¿Stanlee no te da suficiente cariño?
—Sácate —dijo Homelander, y sus manos temblaban ligeramente al intentar desabrochar el cinturón de Butcher. No era miedo, era anticipación pura y dura, una fiebre que le nublaba la visión.
Butcher se quedó quieto un momento, dejando que Homelander luchara con la hebilla de cuero, disfrutando de la vista del hombre más poderoso del mundo de rodillas ante él. Finalmente, cuando el cinturón se desabrochó con un chasquido, Butcher ayudó, bajando la cremallera de sus jeans con movimientos lentos y deliberados. El aire del pasillo pareció espesarse cuando la ropa bajó.
El miembro de Butcher salió a la luz, pesado y semi-erecto, colgando sobre sus testículos grandes y peludos. Homelander contuvo la respiración. Era una obra de arte grotesca, más gruesa que la muñeca de un hombre promedio, cubierta de un mapa de venas azuladas que pulsaban con cada latido del corazón del británico. Homelander había visto penes de todos los tamaños en su vida, había tenido a dioses y monstruos, pero esto era diferente. Esto era una herramienta de destrucción.
Homelander se inclinó sin dudarlo, abriendo la boca tanto como pudo, estirando la mandíbula hasta que sintió los músculos protestar. Su lengua salió, húmeda y ansiosa, y lamió la base, desde el saco escrotal hasta la punta, saboreando el sabor salado y metálico de la piel. El olor era embriagador, una mezcla de masculinidad agresiva que le hacía girar los ojos.
—Eso es, campeón —gruñó Butcher, poniendo una mano pesada en la parte posterior de la cabeza de Homelander, entrelazando los dedos en el rubio cabello y empujando hacia abajo.— Ábrete bien.
Homelander intentó tragar la cabeza, que ya era del tamaño de un puño, pero se ahogó. Era demasiado grande. La saliva se acumuló en las comisuras de sus labios, chorreando por su barbilla y manchando el cuello de su traje. No le importaba. Se aferró a los muslos peludos de Butcher, hundiendo los dedos en la carne firme, y empujó de nuevo, desesperado por sentir ese llenado absoluto que solo Butcher podía proporcionarle.
Butcher no tuvo paciencia. Con un movimiento brusco de caderas, empujó más hacia adentro, forzando el glande gigante a pasar por el anillo de los dientes de Homelander. El sonido fue gutural, un asfixiado gemido de placer y dolor que vibró en la garganta de Homelander. El pene se endureció rápidamente en su boca, creciendo hasta un tamaño que parecía imposible, expandiéndose hasta ocupar todo el espacio disponible, presionando contra la lengua de Homelander y golpeando el inicio de su garganta.
Homelander cerró los ojos, concentrándose únicamente en la sensación de ser llenado. Su propio pene estaba duro y dolorido contra el traje, pero no se tocaba. No necesitaba eso. Necesitaba ser usado. Butcher comenzó a moverse, movimientos cortos y profundos que golpeaban el paladar, usándole como un juguete descartable, una mera extensión de su propia lujuria.
—Mírame —ordenó Butcher, tirando del cabello.
Homelander abrió los ojos, lagrimeosos por el esfuerzo, mirando hacia arriba hacia la cara despiadada de Butcher. La humillación se mezclaba con una euforia vertiginosa. Él, el que podía volar, el que podía derribar aviones, estaba allí, con la boca llena de carne, incapaz de respirar, totalmente sometido a la voluntad de este hombre.
—Te voy a romper —prometió Butcher, retirándose bruscamente. Un hilo grueso de saliva y moco preseminal conectaba los labios hinchados de Homelander con la cabeza roja y brillante del pene de Butcher.
Homelander jadeó, tomando aire, pero el alivio duró solo un segundo. Butcher lo agarró por el cuello del traje y lo levantó como si no pesara nada, girándolo y empujándolo contra la pared de hormigón. El impacto hizo que las lámparas del techo parpadearan, pero Homelander no sintió dolor. Solo sintió el frío del hormigón contra sus mejillas calientes y la presencia masiva de Butcher detrás de él.
—El traje. Quítalo —gruñó Butcher.
Con manos temblorosas, Homelander se desabrochó la parte inferior del traje, dejando al descubierto su trasero blanco y musculoso. El aire frío del pasillo le heló la piel, pero el calor que irradiaba el cuerpo de Butcher detrás de él era un horno.
Butcher escupió en su mano y se la pasó por la erección monumental, lubricando la bestia. Luego, sin previo aviso, separó las nalgas de Homelander con ambas manos, exponiendo el orificio estrecho y tembloroso.
—Por favor —suplicó Homelander, su voz rota, apoyando la frente contra la pared rugosa. Necesitaba eso. Necesitaba sentir que lo destrozaban.
Butcher colocó la cabeza gigantesca en la entrada. El tamaño era desproporcionado, una física imposible. Homelander gritó cuando Butcher comenzó a empujar, no importando la resistencia del cuerpo. El anillo muscular se estiró hasta el límite absoluto, quemando con una fricción dolorosa que se transformaba instantáneamente en una electricidad que recorría la columna vertebral de Homelander.
—Agárrate fuerte —dijo Butcher, y con una embestida brutal, hundió la primera mitad de su longitud dentro de Homelander.
El grito de Homelander se ahogó en la pared. Sus rodillas se doblaron, sus manos buscaron apoyo en el liso hormigón pero no encontraron ninguno. Se sintió partirse por la mitad. El pene de Butcher era un mazo dentro de él, golpeando órganos, desplazando intestinos, reclamando espacio que no existía. Pero Homelander no quería que parara. Empujó hacia atrás, contradiciendo cada instinto de supervivencia de su cuerpo, tomando más.
—Joder, qué apretado estás —siseó Butcher entre dientes, deteniéndose un momento para dejar que el cuerpo de Homelander se acostumbrara a la invasión, antes de comenzar a moverse con ritmos largos y devastadores.
Cada embestida era un terremoto. Homelander sentía las venas del pene de Butcher rasgando sus paredes internas, el glande gigante golpeando su próstata con una fuerza que casi le hacía ver estrellas. El sonido de la carne golpeando contra la carne, el chapoteo del sudor y la lubricación, llenaba el pasillo. El olor a sexo era denso, animal.
—Más —gritó Homelander, sus ojos desenfocados, la boca abierta en un rictus de placer doloroso.— Más duro, maldita sea. ¡Rómpeme!
Butcher agarró la cadera de Homelander con tanta fuerza que sus dedos dejaron marcas blancas en la piel, y comenzó a follar con una furia incontrolable. Ya no había ritmo, solo violencia pura. Golpeaba tan fuerte que los pies de Homelander se levantaban del suelo con cada empujón, obligado a mantenerse solo por la fuerza del pene que lo clavaba a la pared.
Homelander sintió que su mente se fracturaba. El dolor y el placer se fusionaron en una bola blanca de calor que consumía todo su pensamiento. Era un dios, pero en ese momento, no era más que un agujero para el uso de Billy Butcher, y esa idea le hizo soltar un gemido gutural que sonó más como un rugido.
—Te voy a llenar, Homelander —gruñó Butcher, su respiración pesada y errática en el oído de él.— Te voy a dejar goteando.
El ritmo se volvió frenético. Butcher estaba cerca. Homelander podía sentir cómo el pene dentro de él se hinchaba aún más, si era posible, preparándose para la eyección. El pensamiento de la cantidad de semen que Butcher producía, recordando las veces anteriores que había quedado empapado hasta los huesos, envió una oleada de desesperación a través de su sistema. Necesitaba verlo, sentirlo, saborearlo.
—Dentro —suplicó Homelander, girando la cabeza lo suficiente para ver los ojos salvajes de Butcher.— ¡Dentro de mí!
Pero Butcher tenía otros planes. En el último segundo posible, cuando el cuerpo de Homelander se tensó en anticipación del clímax, Butcher se retiró bruscamente. La sensación de vacío fue brutal, un shock frío que le hizo arquear la espalda.
Antes de que Homelander pudiera protestar, sintió la primera explosión de semen caliente y espesa golpearle en la espalda baja, justo encima de la cola. Era un chorro poderoso, casi sólido, que le quemó la piel. Butcher gruñó como un animal, soltando otra descarga que recorrió la columna de Homelander, salpicando el traje azul y la capa roja.
Homelander se giró rápidamente, hambriento, cayendo de rodillas frente a Butcher, que seguía eyaculando. El tercer chorro le dio en pleno pecho, corriendo hacia el escudo dorado de su pecho. Homelander abrió la boca, extendiendo la lengua, tratando de captar todo lo que podía.
Butcher apuntó hacia arriba, y el cuarto chorro, espeso y blanco, aterrizó directamente en la cara de Homelander. Le cubrió un ojo, la nariz y la boca, llenando sus sentidos con el sabor acre y salado. Homelander cerró los ojos, lamiendo lo que podía alcanzar alrededor de sus labios, tragando la crema espesa con avidez, sintiéndola resbalar por su garganta y asentarse pesada en su estómago.
Butcher se sacudió las últimas gotas sobre el cabello rubio y perfectamente peinado de Homelander, manchando el estilo impecable con su marca. El pasillo olía a semen, sudor y poder.
Homelander se quedó allí, de rodillas, con el traje arruinado, goteando, la cara cubierta por el fluido de su enemigo. Respiraba profundamente, intentando recuperar el control sobre sus extremidades, pero no quería moverse. Quería quedarse así, marcado, usado, lleno de la evidencia física de que, por unos minutos, no había sido el más fuerte. Y mientras lamía una gota que colgaba de su labio superior, sonrió, una sonrisa pequeña y sucia que nadie más vería.


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