La conversión 2
Esto es lo máximo que mereces. Ser nuestro agujero, nuestra puta barata. Pero también es lo que necesitas. ¿No sientes cómo tu jaula está a punto de reventar? Tu cuerpo ya entiende lo que tu mente todavía niega: que sin mi control te sientes vacío..
Conduje de regreso a casa con la mente hecha un torbellino, buscando desesperadamente alguna forma de quitarme la jaula sin tener que volver a suplicarle a Héctor. En cuanto llegué, me encerré en mi habitación.
Todo el cuerpo me dolía, pero especialmente el culo. Cada vez que me sentaba, sentía una molestia extraña, como si estuviera demasiado abierto, como si algo pudiera escaparse de mí. Me metí a la ducha, pero ni siquiera el agua caliente logró borrar el olor a sexo que impregnaba mi piel. Cada recuerdo me golpeaba con fuerza y, lo que más me enfurecía, era notar cómo me excitaba al revivirlo… sin poder hacer nada por la maldita jaula que seguía atrapando mi verga.
Estaba volviéndome loco. Busqué en internet formas de correrme con la jaula puesta o de quitármela, pero las opciones que encontré eran inútiles: o requerían estimularme por el ano (que aún me ardía demasiado) o usar juguetes que no tenía. Frustrado, me rendí. Fue entonces cuando llegó un mensaje de WhatsApp.
Héctor: Hola zorrita, ¿ya me extrañas?
El corazón me dio un vuelco. Contesté de inmediato, furioso:
«No me molestes, Héctor. Lo que hiciste fue una violación. Dame la llave o te denuncio.»
No tardó en enviarme una ráfaga de fotos y videos. Todos de esa noche. Y lo peor era que, desde todos los ángulos, parecía que yo lo estaba disfrutando.
Héctor: En estas imágenes no parece que te haya obligado tanto, ¿eh?
«Borra eso y déjame en paz.»
Héctor: No te pongas así. Ni se te ocurra molestarme, porque si lo haces, me encargaré de que esto llegue exactamente a las personas que menos quieres que lo vean.
Sentí que la rabia me subía por el pecho. No podía creer que, después de todo, siguiera torturándome. Y dolía más porque se trataba de alguien a quien había querido de verdad.
«Está bien. Quiero arreglar esto de la mejor manera. Estoy dispuesto a hablar», contesté.
Héctor: No era tan difícil, ¿verdad? Ven a mi casa hoy. Te espero a las 6.
Reaccioné al mensaje para confirmar y no volví a escribirle. El resto del día intenté ordenar mis ideas, imaginando cómo negociar para que todo esto terminara y pudiéramos desaparecer de la vida del otro.
A las 5:40 salí rumbo a su casa. Llegué unos minutos antes y aproveché para respirar hondo, calmar los nervios y convencerme de que todo saldría bien. Toqué la puerta. Héctor abrió casi de inmediato, no dijo nada y solo me hizo un gesto para que entrara.
Me senté en el sillón y fui directo al punto:
—Quiero que me des la llave y dejemos todo esto atrás. No quiero más problemas.
—No recuerdo haberte dado permiso para hablar —respondió con frialdad.
Su actitud me encendió.
—¿Sabes qué? Olvídalo. Fue un error venir. Encontraré otra forma —me levanté y caminé hacia la puerta, pero estaba cerrada con llave—. Déjame salir.
Héctor, de pie a mi lado, soltó una risa baja.
—No hay necesidad de complicar las cosas. No te vas a ir hasta que yo lo decida. Y ahora mismo quiero que te calles y te pongas de rodillas. Si obedeces, todo será más fácil.
—Esto es ridículo. Di lo que tengas que decir y acabemos con esto —contesté, pero aun así me arrodillé. Si era lo que hacía falta para recuperar mi libertad, lo haría.
—Así me gusta —dijo con satisfacción—. Primero quiero que quede claro que yo no tuve nada que ver con el secuestro. Al parecer ambos fuimos víctimas del mismo grupo. Nos grabaron y venden el material. Yo también tengo copias de todo.
—Suponiendo que sea verdad, sigo sin entender qué tiene que ver eso con que no me des la llave —respondí.
Héctor ignoró mi tono y continuó:
—Al principio estaba tan asustado como tú. Pero luego entendí que estaba viendo las cosas mal. Esto no fue solo una desgracia… fue una oportunidad. Y estoy seguro de que tarde o temprano tú también lo verás.
—No estoy entendiendo nada, y tampoco me interesa.
—No me interrumpas —advirtió con voz firme—. No tuve nada claro al principio, solo quería desquitarme contigo… y vaya que lo disfruté. Pero después me di cuenta de que puedo sacarte mucho más provecho. Me he ganado el derecho a que seas mío.
—No soy propiedad de nadie —lo interrumpí.
Héctor se acercó, amenazante.
—Una palabra más sin que yo te la dé y mando todo a tus contactos. ¿Entendido?
Me callé.
—No tengo muy claro todavía qué voy a hacer contigo a largo plazo —continuó—, pero por ahora me servirás en lo que yo quiera. Tengo otro novio, así que olvida cualquier fantasía de que te voy a follar. Aun así, encontraré formas muy creativas de usarte.
—Estás loco si crees que voy a aceptar esto.
—No tienes muchas opciones, nene. O accedes, o tu vida se acaba cuando publique todo esto.
En ese momento lo odié con toda el alma. Sabía que tenía razón. No tenía escapatoria.
—¿Y si acepto? —pregunté con la voz tensa—. ¿Puedo seguir viviendo en mi casa? ¿Seguir mi vida normal?
—Más o menos. No es necesario que vivas aquí por ahora, pero tu vida ya no será tuya. Yo la controlaré. Deberás estar disponible siempre que te necesite.
—¿Y si algún día quiero parar?
—No puedes. Solo yo decido cuándo termina.
Sacó unos papeles y una pluma.
—Hablé con un abogado de confianza. Esto es un contrato. Con tu firma, es legal. Te daré el resto de la noche para pensarlo. Lo único que arriesgas es que todo el mundo sepa lo putita que eres.
—No lo voy a firmar.
—Para demostrarte que no soy tan malo, te daré hasta mañana. Pero con una condición: ahora harás exactamente lo que te diga.
—¿Qué quieres?
—Desnúdate y ponte de rodillas frente a mí.
Me quité la ropa con movimientos secos, intentando demostrar que no me afectaba. Doblé todo con cuidado y me arrodillé.
—Primera regla: dentro de esta casa, siempre desnudo y de rodillas, a menos que yo diga lo contrario.
Lo miré con sarcasmo.
—Ahora ve a la cocina y prepárame una cena deliciosa. Decora la mesa bonito, es una ocasión especial.
Antes de que me levantara, agregó:
—Besa mis pies y dame las gracias.
Lo miré desafiante. Héctor se agachó, agarró mi jaula con fuerza y apretó. El dolor me arrancó un grito ahogado.
—Bésalos, perra.
Me incliné y besé sus zapatos.
—Gracias… —murmuré.
—Buen chico. Avísame cuando la mesa esté lista.
Mientras cocinaba, una idea comenzó a formarse en mi cabeza: buscar la llave y las copias de los videos. Solo necesitaba tiempo y observarlo con atención.
Cuando terminé, la cena olía increíble. Era su pasta favorita y había decorado la mesa con esmero.
—La cena está lista —avisé.
—Ven a la habitación —respondió.
Entré caminando. Héctor estaba sentado en la cama jugando videojuegos.
—¿Qué te crees? Entra gateando.
Me ardía la cara de humillación, pero obedecí. Mi verga, traicionera, comenzó a endurecerse dentro de la jaula.
—Súbete a la cama y extiende las manos.
Me ató las muñecas y los tobillos, luego me colocó una mordaza.
—Quédate aquí calladito. No hagas ruido.
Apagó la luz y cerró la puerta.
Poco después escuché que alguien más llegaba. Era su novio. Los oí besarse, reír, sentarse a cenar y disfrutar la comida que yo había preparado. La humillación me quemaba por dentro… y aun así, no podía evitar excitarme.
De pronto, los pasos se acercaron a la habitación.
—Cierra los ojos —escuché que le decía Héctor a su novio.
Héctor encendió la luz. Su novio y yo cruzamos miradas. El chico me miró con sorpresa, claramente nervioso, recorriéndome de arriba abajo hasta detenerse en la jaula de castidad.
— ¿Este es tu ex…? —preguntó en voz baja, casi incrédulo.
— Sí, amor. Este es nuestro nuevo juguete —dijo Héctor con una sonrisa orgullosa—. Puedes usarlo como quieras. Yo soy el dueño, pero tú eres el segundo. ¿Quieres probar?
El novio asintió, visiblemente excitado pero inseguro. Se acercó y tocó la jaula con cuidado; el metal frío chocó contra mis huevos hinchados. Mi verga palpitaba dolorosamente dentro, presionando contra los barrotes.
Héctor se rio bajo y lo besó con fuerza, quitándose la ropa entre besos. El olor a deseo masculino llenó la habitación: sudor limpio, piel caliente y un toque almizclado. Cuando ambos estuvieron desnudos, Héctor me miró desde arriba.
— Ven aquí, zorra. De rodillas.
Me arrodillé frente a ellos. Un hilo espeso y transparente ya me bajaba por el muslo desde la jaula; el líquido preseminal brillaba bajo la luz.
— Míralo… ya está chorreando como perra en celo —se burló Héctor—. Esto es lo que siempre fuiste.
El novio se arrodilló y comenzó a chuparle la verga a Héctor con cierta torpeza pero con ganas evidentes. Se escuchaba el sonido húmedo y suave de su boca: succiones ansiosas, saliva espesa que le corría por la barbilla. Héctor gemía y le acariciaba el cabello.
— Así, amor… despacio. Siente cómo late en tu lengua.
Luego me miró a mí, con esa voz grave y controladora:
— ¿Ves eso, puta? Así se chupa una verga de verdad. Ahora ponte útil. Ven a prepararle el culo a mi novio mientras él me mama.
El novio se puso en cuatro sobre la cama, sin sacar la verga de Héctor de su boca. Héctor me agarró del pelo con fuerza y empujó mi cara contra su culo. El aroma era intenso: sudor ligero, piel caliente y un toque terroso, masculino. Pasé la lengua y sentí la textura suave y arrugada del ano contra mi boca. Sabía ligeramente salado, limpio pero con ese sabor prohibido que me hizo gemir contra su carne.
— Come, perra. Métela más adentro. Quiero oír cómo lo haces babear.
Mi lengua entraba y salía, lubricándolo con abundante saliva. El novio soltaba gemidos ahogados, vibrando alrededor de la verga de Héctor. Su culo se contraía y relajaba contra mi boca, cada vez más húmedo y caliente.
— Se siente… muy bien —murmuró el novio, la voz temblorosa de placer.
Mientras yo le comía el culo con más hambre, Héctor siguió hablando, lento y profundo:
— ¿Lo sientes, verdad? Cómo tu cuerpo obedece aunque tu mente diga que no. Ese sabor en tu lengua, esa verga ajena en tu boca… eso es lo que necesitas. Necesitas que alguien tome el control… y ese alguien soy yo.
— Ya necesito follarte, amor —dijo Héctor.
El novio se acomodó en cuatro justo frente a mí. Héctor escupió sobre su verga y empezó a penetrarlo despacio. Se escuchó un gemido largo y gutural del novio cuando la gruesa verga lo abrió. El sonido húmedo y carnoso de la penetración llenaba la habitación.
— Chúpale la verga —me ordenó Héctor—. Quiero que sientas cada embestida mía dentro de él.
Abrí la boca. La verga del novio entró caliente, dura y palpitante. Sabía a piel limpia y un leve toque salado de precum. Cada vez que Héctor empujaba fuerte, la verga se hundía hasta el fondo de mi garganta, cortándome la respiración. Babeaba sin control, lágrimas me corrían por las mejillas, y el sonido obsceno de arcadas y saliva chapoteando acompañaba cada embestida.
Héctor follaba con ritmo constante, sus huevos golpeando contra el culo del novio. El olor a sexo era denso ahora: sudor, culo abierto, verga mojada y mi propia baba.
— Mírate… tragando verga mientras yo follo a mi novio —gruñó Héctor—. Esto es lo máximo que mereces. Ser nuestro agujero, nuestra puta barata. Pero también es lo que necesitas. ¿No sientes cómo tu jaula está a punto de reventar? Tu cuerpo ya entiende lo que tu mente todavía niega: que sin mi control te sientes vacío.
Héctor se corrió dentro de su novio con un gruñido animal, apretando las caderas contra él. Cuando sacó la verga, brillaba, cubierta de semen y fluidos, y un hilo blanco espeso le colgaba de la punta.
— Ahora te toca a ti, amor —dijo con voz suave pero firme—. Fóllale la boca. Quiero que lo uses.
El novio, todavía temblando, me agarró la cabeza. Al principio fue inseguro, pero pronto empezó a follarme la boca siguiendo el ritmo que Héctor le marcaba. Su verga entraba y salía, mojada de mi baba y su propio precum.
Héctor se inclinó cerca de mi oído mientras me sujetaba las piernas:
— ¿Lo ves? Hasta él, que nunca había sido activo, te está usando… porque yo se lo permití. Y tú lo estás tomando todo como un buen agujero. Porque en el fondo ya no quieres decidir. Quieres que yo decida por ti. Vas a necesitarme a mí.
El novio jadeaba fuerte, cada vez más perdido en la sensación nueva. Su verga palpitaba contra mi lengua, hinchándose más.
Finalmente, sacó su verga con un gemido largo y se corrió sobre mi cara. Chorros gruesos, calientes y abundantes me golpearon la frente, los ojos, las mejillas y la boca abierta. El semen se sentía pegajoso, caliente, goteando lentamente por mi barbilla y cuello.
Me quedé tirado en el suelo, jadeando, con la cara completamente bañada.
Héctor me miró desde arriba con esa mezcla de desprecio y satisfacción.
— Mira nada más cómo te ves… bañado en la leche de mi novio como la zorra barata que siempre fuiste. Qué patético. —Luego su voz bajó, casi cariñosa—: Pero qué obediente. Ya estás empezando a entender, ¿verdad?
El novio, todavía recuperando el aliento, solo me miró en silencio, con las mejillas sonrojadas.
— Ve al baño —ordenó Héctor—. Puedes usar la lengua para lamer todo lo que alcances a alcanzar de tu cara y labios. No uses las manos. Quiero que el resto se seque sobre tu piel hasta que yo decida que puedes lavarte. Y piensa en todo lo que te dije… porque sé que no vas a poder sacártelo de la cabeza.
Salí de la habitación con las piernas temblorosas, el olor y el sabor de ambos hombres todavía impregnados en mi boca y mi cara. En el baño, hice exactamente lo que Héctor había ordenado: usé solo la lengua para lamer todo el semen que pude alcanzar de mis labios y alrededor de mi boca. El resto lo dejé secándose sobre mi piel, tirante y pegajoso, como una marca humillante.
Me senté desnudo en la mesa del comedor a esperar. Escuchaba sus risas, sus voces bajas y cariñosas desde la habitación. Cada risa me recordaba lo insignificante que era yo en esa casa. Mi jaula seguía chorreando, mi verga dolorosamente dura y atrapada, y no podía dejar de pensar en las palabras de Héctor.
Después de lo que pareció una eternidad, salieron de la habitación. Ambos ya vestidos y relajados, riéndose entre ellos. Me ignoraron por completo, como si yo fuera parte del mobiliario. Héctor acompañó a su novio hasta la puerta. Se despidieron con besos largos y suaves. Cuando cerró la puerta y se giró hacia mí, su expresión cambió.
— Pablo me ha hecho ver las cosas un poco diferente —dijo caminando hacia mí—. Aunque me costó aceptarlo, creo que tiene razón.
— ¿Eso significa que me vas a liberar? —pregunté con esperanza.
— Técnicamente… —respondió con una sonrisa.
— Ya no des más rodeos. Sé directo.
Héctor se sentó frente a mí en la mesa, mirándome con calma.
— Te voy a dar dos opciones. Ambas son definitivas, no hay marcha atrás. Piénsalo bien.
La primera opción es que te vayas ahora mismo. Te libero de la jaula, te vas y me olvidas por completo. No vuelvas a buscarme nunca. Si lo haces, publico todo.
— Excelente, eso quiero —dije rápidamente.
— Aún no te he dicho la segunda —continuó con esa sonrisa peligrosa—. La otra opción es que te entregues a mí voluntariamente. Totalmente.
Héctor se inclinó hacia adelante, bajando un poco la voz, casi íntimo:
— Si eliges entregarte, firmarás el contrato, me darás copia de las llaves de tu casa y un documento con todas tus contraseñas: redes sociales, banco, correo… todo. Quiero control absoluto sobre ti. Y lo más importante: quiero que seas tú quien elija esto. Nadie te va a obligar.
Sentí un escalofrío recorriéndome la espalda.
— No pasará eso —respondí.
— Te daré una semana para pensarlo —dijo ignorando mi respuesta—. El próximo viernes espero tu decisión. Si decides entregarte, te espero aquí. Si decides irte, solo mándame un mensaje y se acabó todo. Pero si después cambias de opinión y me buscas… todo se hace público.
Héctor sacó la llave de la jaula de su bolsillo y la puso sobre la mesa, justo frente a mí.
— Toma. Libera tu colita y ve si de verdad eres capaz de vivir sin esto.
La tomé con dedos temblorosos. Me vestí rápidamente, sin mirarlo a los ojos. Cuando estaba por salir, Héctor habló una última vez, casi en un susurro:
— Estás loco si crees que vas a volver.
Cerré la puerta detrás de mí y caminé hacia mi coche. El semen seco me tiraba la piel de la cara. Todavía podía sentir el sabor de ambos en la boca. Mi verga, ahora libre dentro del pantalón, seguía medio dura.
Mientras conducía de regreso a casa, las palabras de Héctor no dejaban de repetirse en mi cabeza. Y lo peor de todo era que, por más que intentara negarlo, una parte de mí ya sabía que tenía razón.
Continuará…
Gracias por leerme, espero que les haya gustado y aún tengo mucho más para continuar esta historia. Les dejo mi telegram: @bnsss123


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