La conversión 3
Se bajó los pantalones y la ropa interior. Su verga gruesa estaba ya completamente dura. Empezó a masturbarse lentamente frente a mí, sin dejarme acercarme demasiado. Sentía que se me hacía agua la boca del deseo de probar su verga, y el se dio cuenta porque me sonreía con malicia mientras se seguía.
Los primeros días intenté convencerme de que podía volver a mi vida normal.
La primera noche me masturbaba con desesperación, tratando de liberar todo lo que tenía guardado. Me corrí varias veces seguidas, pero cada orgasmo me dejaba más vacío que el anterior. No sentía satisfacción real. Solo pensaba en Héctor, en su voz firme, en cómo tomó el control total aquella noche. En cómo me miró mientras me usaba.
Para el tercer día la necesidad era peor. En el trabajo era un infierno. En medio de reuniones me distraía recordando sus palabras, su mirada cuando me tenía arrodillado, el tono de su voz cuando decidía todo. Se me ponía dura de repente y tenía que disimular como podía, cruzando las piernas y tratando de concentrarme. Apenas dormía bien y me costaba prestar atención a cualquier cosa que no fuera él.
Cada noche pensaba en lo mismo: en cómo se sentía no tener que decidir, en cómo Héctor tomaba el control absoluto. Extrañaba esa sensación más de lo que quería admitir. Me odiaba por ello, pero no podía parar de desearlo.
El viernes por la mañana ya no aguantaba más. Sabía que estaba perdido.
Le escribí:
Yo: Voy a ir hoy. Quiero entregarme.
Héctor: Cambié de opinión. Ya no me interesa.
Yo: Por favor…. Haré lo que sea. No puedo seguir así, creí que sería podría dejar todo esto atrás, pero no puedo. Ni siquiera puedo dormir bien pensando en esto.
Héctor: Te tardaste más de lo que quería y he perdido el interés, pero si de verdad quieres entregarte, vas a tener que demostrármelo de una forma que no me deje dudas.
No dio más instrucciones. Solo eso.
Me pasé casi una hora mirando el mensaje, con el estómago revuelto. Tenía que ser yo quien decidiera hasta dónde estaba dispuesto a llegar para demostrarle que hablaba en serio.
Y lo supe.
A las 9:45 pm llegué al estacionamiento de su edificio. Apagué el motor del coche y me quedé varios minutos respirando agitado, con las manos temblando. Sabía que estaba a punto de cruzar un límite. Me quité toda la ropa. Todo. Lo dejé cuidadosamente en el asiento junto con mi billetera y mi teléfono. En un sobre grande metí el contrato firmado, una copia de las llaves de mi casa y una nota con el código de desbloqueo de mi celular.
Completamente desnudo, con la jaula de castidad puesta, salí del coche y cerré la puerta. El aire frío de la noche me erizó la piel. Sostuve el sobre contra mi pecho y caminé desde el estacionamiento hasta la entrada del edificio.
El trayecto se sintió eterno. Cada ruido me hacía saltar. Un coche pasó a lo lejos y me escondí agachado detrás de una camioneta, temblando de miedo. Tenía pánico de que alguien me viera así, desnudo y enjaulado, pero seguí adelante.
Llegué frente a la puerta de Héctor.
Me arrodillé en el piso frío del pasillo. Coloqué el sobre con el contrato y las llaves cuidadosamente frente a mí.
Estaba completamente desnudo, expuesto, sin ropa, sin teléfono y sin dinero. Cualquiera podía salir en cualquier momento y encontrarme ahí.
Tenía mucho miedo. Las manos me temblaban sobre las rodillas, respiraba rápido y superficial, y sentía una vergüenza profunda. Pero también sentía una necesidad intensa de entregarme, de que Héctor volviera a tomar el control.
Ahí me quedé, con la cabeza ligeramente baja, nervioso y temblando.
Todo esto había sido mi decisión.
Toqué la puerta y escuché pasos dentro del departamento. La perilla giró lentamente.
La puerta se abrió.
Héctor me miró desde arriba durante varios segundos. Yo seguía arrodillado, desnudo y temblando en el pasillo. Sentía tanta vergüenza que apenas podía respirar.
— …Realmente lo hiciste —murmuró, casi impresionado.
Tomó el sobre, revisó el contrato firmado y las llaves. Soltó una risa baja y satisfecha.
— Levántate y entra.
En cuanto cerró la puerta, Héctor se sentó en el sillón y me señaló el suelo frente a él.
— De rodillas otra vez.
Me arrodillé entre sus piernas. Él me observó en silencio un buen rato antes de hablar.
— Sabía que ibas a volver, pero no pensé que llegarías a este extremo. Esto me sorprendió de verdad.
Mientras decía estas palabras vi como sobaba su verga que se veía cada vez más dura
— Hay cosas que debes entender desde ahora. Pablo no quiere verte todavía. Me puso como condición que no te tenga cerca hasta que estés… suficientemente cambiado. Solo así va a poder disfrutarte.
Héctor hizo una pausa y continuó con voz calmada pero firme:
— Hay cosas que debes entender desde ahora. Pablo no quiere verte todavía. Me puso como condición que no te tenga cerca hasta que estés… suficientemente cambiado. Solo así va a poder disfrutarte.
Héctor hizo una pausa y continuó con voz calmada pero firme:
— Y yo he decidido que no voy a follarte. No, hoy, no puedo decirte cuando y no voy a ponértelo fácil. Si algún día quieres mi verga, vas a tener que ganártela muy bien. Vas a tener que cambiar mucho… y no sé si llegues a merecerla.
Sentí un nudo en la garganta. Todo el camino había estado pensando en su verga, en tenerla en mi boca y en mi culo, y al ver como se tocaba, me había emocionado. Mi jaula se apretó dolorosamente porque no podía evitar la excitación que me estaba generando todo.
— Respecto al contrato —continuó—, lo vamos a aplicar de forma inteligente. No quiero que dejes tu vida normal. Nadie en tu casa ni en tu trabajo debe sospechar nada. Seguirás viviendo en tu casa, yendo a trabajar y manteniendo tu rutina. Pero estarás a mi servicio de la siguiente manera:
» Los viernes en la tarde vendrás directamente aquí y te quedarás hasta el domingo por la noche. Todo el fin de semana serás mi sirvienta. Limpiarás la casa, harás la comida, lavarás la ropa, me servirás y harás todo lo que yo te ordene. Entre semana vendrás todas las tardes después del trabajo a preparar la cena, limpiar lo que haga falta y atenderme hasta que yo te diga que puedes irte.
Héctor me miró fijamente
— Serás discreto. Nada de actitudes sospechosas. Nadie puede notar que te estoy moldeando. Por fuera seguirás siendo el mismo de siempre. Por dentro… vas a convertirte en lo que yo quiera. ¿Entiendes las reglas?
— Sí… —respondí con voz baja y temblorosa.
— Buena chica.
Héctor sonrió ligeramente al ver mi reacción. Quise pensar que había escuchado mal esa última palabra.
— Mañana empezaremos con los primeros cambios. Por ahora ve a ducharte bien. Quiero que estés completamente limpio. Cuando termines, te espero desnudo y de rodillas al lado de mi cama.
Me levanté y caminé hacia el baño, sintiendo su mirada en mi espalda desnuda. Mientras el agua caía sobre mí, no dejaba de repetir en mi cabeza sus palabras.
Tenía miedo.
Tenía vergüenza.
Pero también tenía una excitación y una necesidad tan grande que ya no podía imaginar mi vida sin esto.
Después de ducharme, salí del baño completamente desnudo y me arrodillé al lado de la cama, tal como Héctor me había ordenado. Las manos sobre las rodillas, la mirada baja.
Héctor estaba recostado, su habitación tenía su aroma masculino fuerte y concentrado, pero más fuerte y abrumador.
— Acércate más —ordenó.
Se bajó los pantalones y la ropa interior. Su verga gruesa estaba ya completamente dura. Empezó a masturbarse lentamente frente a mí, sin dejarme acercarme demasiado. Sentía que se me hacía agua la boca del deseo de probar su verga, y el se dio cuenta porque me sonreía con malicia mientras se seguía masturbando.
— Esto es lo más cerca que vas a estar de mi verga por mucho tiempo —dijo mientras se jalaba con movimientos largos y deliberados—. No te voy a follar. Ni hoy, ni mañana… quizás nunca. Si quieres esto algún día, vas a tener que ganártelo como la puta que estás empezando a ser.
Su mano subía y bajaba cada vez más rápido. El sonido húmedo de su masturbación llenaba la habitación. Yo estaba arrodillado, respirando su olor a sudor, con la jaula apretándome dolorosamente.
Héctor gruñó, aceleró el ritmo y finalmente se corrió. Chorros gruesos y abundantes de semen cayeron directamente sobre el piso de madera, frente a mí. Ni una sola gota me tocó.
Cuando terminó, respiró hondo y me miró con desprecio y satisfacción.
— Límpialo. Quiero el piso impecable. Solo con la lengua. No uses las manos.
Me incliné hacia adelante, profundamente humillado. El piso estaba frío. Empecé a lamer su semen, pasando la lengua una y otra vez, recogiendo cada gota espesa y salada. La posición, con el culo en alto y la cara pegada al suelo, me hacía sentir extremadamente degradado.
Héctor me observaba desde la cama.
— Mira cómo lames el piso como una perra desesperada… tragando mi semen del suelo porque ni siquiera mereces que te la dé en la cara o en la boca todavía. Esto es exactamente lo que eres ahora. Es lo que tú elegiste
Cuando terminé de limpiar todo, pasando la lengua varias veces para asegurarme de que no quedara nada, Héctor habló de nuevo:
— Acuéstate en el suelo, al lado de la cama.
Obedecí. Me quedé tirado en el piso frío, desnudo y enjaulado.
— Mañana empezaremos con los primeros cambios —dijo mientras apagaba la luz—. Poco a poco. Nadie en tu vida normal debe notar nada… pero aquí vas a ser exactamente lo que yo quiera.
Me quedé ahí, en la oscuridad, con el sabor de su semen todavía fresco en la lengua y el olor fuerte de su sudor todavía en la nariz. La jaula me dolía. Sentía una excitación profunda que no podía contener, y solo deseaba conseguir la verga de Héctor sin importar qué.
Me despertó con un leve golpe en las costillas.
— Son las siete y media. Arriba. Tienes mucho que hacer hoy.
Aún me dolía el cuerpo de haber dormido en el piso. Héctor me miró de arriba abajo y señaló el baño.
— Primero te depilas todo. Piernas, brazos, pecho, axilas y pubis. Quiero que quedes completamente suave. Te voy a estar vigilando.
Pasé más de cuarenta minutos depilándome bajo su supervisión. Cada vez que dejaba alguna zona sin repasar, él me lo señalaba. Cuando terminé, mi piel estaba roja, extremadamente suave y sensible al tacto. Héctor pasó la mano por mi pecho y muslos, aprobando en silencio.
— Mucho mejor. Ahora ponte esto.
Me entregó unas bragas negras de algodón, simples pero claramente femeninas. Me las puse con las mejillas ardiendo. La tela se ajustaba de forma diferente, marcando más mi jaula.
— A partir de ahora, cuando estés en esta casa, solo usarás bragas. ¿Entendido?
— Sí…
— Bien. Ahora ve a prepararme el desayuno.
Preparé el desayuno y lo serví en la bandeja. Héctor ya estaba sentado en la cama, apoyado contra el respaldo.
— Deja la bandeja aquí —ordenó.
Hice lo que me indicó y me quedé parando mirando como devoraba el desayuno sin dejar nada. Me miró y dijo
—Bien, ahora quiero divertirme un poco. Quítate las bragas y acuéstate boca arriba aquí frente a mí. Piernas bien abiertas, tómalñas con tus brazos y abre bien que quiero ver esa colita.
Obedecí, avergonzado. Me quité las bragas, dejando mi culo y verga en su jaula descubiertas. Me subí a la cama frente a él, me acosté boca arriba y doblé las con las piernas abiertas y las tomé con mis manos de manera que mi culo estaba lo más abierto que podía en dirección a él. Sentí que mi verga se ponía dura dentro la jaula y se me aceleró la respiración de la excitación.
— Ufff sí, tienes una linda colita de putita. Te voy a contar algo que nunca te dije mientras salimos. También me gusta comer puchita, y tu colita ahorita me recuerda a una.
Dicho esto sentí como empezaba a tocar con sus dedos mi ano, solo metía la puntita, y sentía como mi cuerpo reaccionaba. Pero más de eso me sorprendieron sus palabras. Siempre pensé que Héctor solo sentía atracción por hombres. Nunca había preguntado, pero tampoco había sospechado que también le gustaran las mujeres.
Escuché como escupía sobre mi culo y sentí su saliva correr por esa zona. Después comenzó a jugar más con sus dedos y se me escapó un sonido.
— Mírate… —dijo mientras continuaba metiendo sus dedos— Ojalá pudieras ver lo zorra que te ves y eso que solo te estoy dedeando.
Gemí bajito cuando sus dedos empezaron a entrar y salir con más ritmo.
— Esta puchita está muy seca, tenemos que trabajar en eso. Quiero que esta colita sea como una vagina siempre húmeda. Diga de una zorrita. ¿Te gusta eso?
Dijo y empezó a acelerar los movimientos de sus dedos.
— No escuché la respuesta — dijo con tono molesto
— Sí, eso quiero — dije con voz baja
— Bien. Usaré tu dinero para comprar un lindo plug y lubricante. Deberás aplicarlo constantemente, quiero esta colita siempre bien húmeda, lista para recibir hombres.
Héctor sacó su teléfono y comenzó a grabarme.
— Ahora fuerte y claro quiero que le digas a la cámara claramente qué eres.
— Soy… soy tu zorra… —gemí.
Héctor metió los dedos más profundo, curvándolos y encontrando esa zona que me hacía gemir más.
— Más fuerte. Dilo bien.
— ¡Soy tu zorra! —gemí más alto.
— Ahora di que eres una perra en celo.
Sentí la cara arder de vergüenza.
— Soy… soy una perra en celo… —dije con voz temblorosa.
Héctor aceleró el movimiento de sus dedos, follándome más fuerte.
— ¡Otra vez! Y más fuerte. Quiero que lo grites.
— ¡Soy una perra en celo! —grité, gimiendo sin control mientras sus dedos me penetraban.
Héctor sonrió con satisfacción.
— Eso es. Apestas a perra en celo. Mírate, gimiendo y chorreando por el culo como una perra en calor. ¿Esto es lo que querías cuando te entregaste?
— ¡Sí! —gemí alto, casi gritando.
Sus dedos entraban y salían con fuerza, haciendo ruidos húmedos. Mi jaula goteaba sin parar sobre mi abdomen. Héctor seguía grabando todo penetrándome con sus dedos de manera despiadada.
— Gime más fuerte. Quiero que ese agujero aprenda a abrirse. Vas a tener que entrenarlo muy bien si algún día quieres que te folle de verdad.
Estuve casi diez minutos ahí, boca arriba, gimiendo y gritando como una perra mientras él me grababa sin piedad, hasta que sin que me diera cuenta comencé a correrme. Todo mi cuerpo se estremeció y sentí como apretaba mi culos sus dedos dentro de mí, y mi semen corría por mi abdomen.
— Fuera de la cama puta, ve a limpiarte y empieza con tus labores de la casa.
Salí de su habitación, me limpié, comí rápidamente de lo que quedó del desayuno y comencé con los labores de la casa. Héctor se había encerrado en su cuarto, y sabía que eso era suficiente indicación para decirme que no me quería cerca.
Mientras hacía los labores de la casa, me quedé pensando en las palabras de Héctor, constantemente había estado usando más el género femenino conmigo y con lo que pasó en la mañana ahora se refería a mi ano como una vagina. No sabía que era lo que estaba planeando pero le pediría claridad en la situación.
Cuando hube termino de preparar la comida, toqué en su habitación para llamarlo a comer. Héctor salió y se dirigió al comedor. Serví la mesa y comida para ambos. Me senté en la mesa junto a él y me animé a decir lo que me tenía inquieto.
— Me gustaría saber por qué te has referido a mí en femenino. Además de todo lo que dijiste en la mañana. No entiendo que está sucediendo y quiero claridad.
— No te di permiso de hablar. Dijo mientras comía un bocado de la comida.
— Pero, creo que tengo derecho…
— Suficiente, al piso y en cuatro — me dijo con furia.
Nunca lo había visto reaccionar así, por lo que no debatí más y me puse en cuatro a un lado de él. Escuché como se ponía de pie, y desabrochaba el cinturón. No quise saber que era lo que estaba haciendo, así que cerré los ojos.
— En esta casa, no hablas si no te doy permiso — dijo y acto seguido sentí que me pegaba en el culo con el cinto. El golpe fue lo suficientemente fuerte para que me saliera un quejido y se escuchara el tronido — Debes entender tú lugar, o yo tendré que dejártelo claro — continuó hablando y dio otro golpe con el cinto.
— Perdón, no volverá a pasar — dije con la respiración entrecortada.
— Eso espero. Así te vas a quedar mientras termino de comer, y no quiero que voltees la mirada. Solo quiero ver tu culo en este momento.
Escuché como se ponía el cinturón de nuevo y se sentaba en la mesa para continuar comiendo. Me quedé así por buen rato, me dolía los brazos y las piernas de estar en esa posición.
— Bien, ahora de rodillas y mirándome
Exhalé del alivio de poder dejar esa posición y me acomodé de rodillas frente a él.
— Responderé a tu pregunta porque quiero y porque además la respuesta no cambiará nada — me miró y sonrió
Me le quedé viendo sin decir nada
— Muchas situaciones, consideraciones y más me llevaron a la decisión de que quiero convertirte en algo que se conoce como una “sissy”. Si no conoces el término, ya tendrás más tiempo de familiarizarte después.
La verdad no entendia nada de lo que decía pero me mantuve callado.
— Parte del contrato, que seguramente ni leíste, me permite hacer algunas modificaciones y quiero llevarte por un proceso de feminización.
Vio mi cara de espanto pero el continuó hablando
— No tienes opción, te lo recuerdo, y además tú aceptaste esto. Por lo pronto mi interés es en entrenarte para que dejes de pensar tu verga como fuente de placer, pero sobretodo que aprendas las técnicas para servir a los hombres, por claramente, tú ya no serás considerado uno. No entraré en más detalles, te pasaré videos, y herramientas para que entrenes en tu tiempo libre. Pero por ahora tengo algo más planeado para ti. Quédate aquí.
Aún estaba procesando todo lo que me acababa de decir Héctor. ¿Qué era eso a lo que se estaba refiriendo?
Regresó Héctor con un dildo de aproximadamente unos 20cm a la cocina.
— Como no vas a tener mi verga, vamos a entrenar esa boca con ayuda de esto.
Lo sostuvo frente a mi cara.
— Abre la boca, zorrita. Imagina que es mi verga.
Lo metió despacio. Al principio solo la cabeza y yo comencé a lamerlo como si fuera un dulce. Claro que solo sabía a hule, pero me imaginaba que era la verga de Héctor y me excitaba más. Fue introduciendo más del dildo e intentaba acomodarlo.
— Usa más saliva. Quiero oír cómo chupas.
Empecé a mover la cabeza. Héctor me agarró de la cabeza con una mano y empezó a guiarme.
— Más profundo. No seas cobarde. Quiero ver hasta dónde llegas.
Me empujó más adentro. El dildo tocó el fondo de mi garganta y me atraganté.
— No saques. Aguanta. Respira por la nariz —ordenó con voz firme—. Esto es entrenamiento. Las buenas putas saben tomar verga hasta el fondo.
Volvió a empujar. Lágrimas me corrían por las mejillas mientras intentaba relajarme.
— Eso… así. Traga alrededor. Siente cómo se te abre la garganta. Quiero que aprendas a tomarla sin tanto drama.
Durante casi treinta minutos me folló la boca con el dildo, alternando entre movimientos lentos y profundos y embestidas más rápidas.
— Mira cómo babeas…. Gime mientras la chupas. Quiero oírte.
Gemí alrededor del dildo, con la saliva corriendo por mi barbilla.
Héctor sonrió con crueldad.
— Patético. Pero vas mejorando. Vamos a lograr que la chupes como una profesional.
Me sacó el dildo y lo aventó en frente de mí
— Ahora, ya que sabes lo que quiero hacer contigo, te mandaré videos, vlogs, y audios para que puedas entrenar incluso cuando yo no esté contigo. Recuerda, que si haces todo bien, al final tendrás mi verga.
Continuará…
Gracias por leerme, espero que les haya gustado y aún tengo mucho más para continuar esta historia. Les dejo mi telegram: @bnsss123


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