La conversión 5
En ese momento, dominado por una excitación humillante y enfermiza, me levanté un poco, metí la mano entre mis piernas, agarré la base del condón y se lo quité con un movimiento rápido. Antes de que pudiera reaccionar, me ensarté de nuevo en su verga desnuda, sintiendo su calor real y su piel direct.
Llegué a casa de Héctor el viernes poco después de las 7:30 pm. El corazón me latía con tanta fuerza que sentía que me iba a desmayar. Aparqué el coche y me quedé unos minutos sentado, respirando profundo. Llevaba bragas negras de encaje debajo del pantalón, el plug grande todavía puesto (lo había activado en vibración baja durante el camino), y la piel completamente suave por la depilación que me había hecho esa misma tarde.
Toqué el timbre con la mano temblorosa.
Héctor abrió la puerta. Me miró de arriba abajo durante un largo rato, claramente satisfecho con lo que veía.
— Has avanzado más de lo que esperaba, Sofía —dijo finalmente—. Depilada, con plug puesto por iniciativa propia, voz más suave, mejor postura… Estoy impresionado.
Me sonrojé intensamente al escuchar mi nuevo nombre.
Se acercó y me levantó la barbilla.
— Pero todavía no es suficiente. Quiero ver hasta dónde estás realmente dispuesto a llegar. Por eso te voy a poner una prueba este fin de semana.
Sentí un escalofrío recorrerme todo el cuerpo.
— Mañana vas a ser follado por primera vez como la nena que estás empezando a ser. No voy a ser yo. Hay solo una persona que puede hacerte ese honor, lo he planeado todo este tiempo. Si te portas bien, si te entregas completamente y demuestras que realmente quieres esto… entonces tal vez, solo tal vez, te ganes mi verga por fin. Es una persona con la que necesito quedar bien, y a quien le he hablado muy bien de ti.
Me quedé congelado, con la respiración agitada.
— ¿Entiendes lo que te estoy diciendo, Sofía?
— Sí… —susurré.
— Bien. Ahora ve a prepararme la cena. Esta noche vas a dormir con el plug grande puesto.
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Héctor no me dejó descansar mucho después del desayuno. Alrededor de las once de la mañana sonó el timbre. Una mujer de unos 35 años, muy profesional y con un gran maletín, entró en la casa.
— Ella es Carla —dijo Héctor—. Es maquilladora y estilista especializada en transformaciones. Hoy te va a convertir en alguien irreconocible.
Durante casi dos horas y media estuve sentado mientras Carla trabajaba. Me puso una peluca larga de cabello negro liso con flequillo, extensiones, maquillaje completo (ojos ahumados, labios rojos intensos, contouring que cambiaba completamente la forma de mi rostro), pestañas postizas y cejas definidas. Luego me vistió con ropa femenina: un vestido negro corto ajustado, medias veladas, tacones medianos y un sujetador con relleno que me daba una figura más femenina.
Cuando terminé de verme en el espejo, me quedé sin aliento. La persona que me devolvía la mirada no se parecía en nada a mí. Era una chica atractiva, algo vulgar, con aspecto de escorts de alto nivel. Nadie en el mundo hubiera dicho que era yo.
Héctor sonrió satisfecho al verme.
— Perfecta. Nadie te reconocería ni en un millón de años.
Me tomó del brazo y me llevó hasta su coche. Durante el trayecto no me dijo a dónde íbamos. Solo puso su mano en mi muslo y dijo:
— Hoy es tu prueba real, Sofía. La habitación donde vas a estar tendrá cámaras y micrófonos. Quiero ver cómo te comportas. Si lo haces bien… tal vez esta noche te folle yo mismo.
Llegamos a una casa grande y moderna en las afueras de la ciudad. Héctor estacionó y me miró.
— Bájate. Quédate parada frente a la puerta principal. Alguien va a llegar pronto. No hables mucho. Solo sé una buena putita obediente. ¿Entendido?
— Sí… —respondí con voz temblorosa.
Me bajé del coche. Héctor se fue, dejándome sola frente a la casa desconocida. El vestido era corto, el viento fresco me rozaba las piernas. El plug grande seguía dentro de mí. Me sentía expuesto, vulnerable y aterrado.
Después de casi quince minutos, un coche llegó. Un hombre se bajó.
Entre los nervios y la oscuridad de la noche, no podía distinguirlo correctamente.
El corazón me dio un vuelco brutal. Quise correr, esconderme, desaparecer. Pero mis piernas no respondieron. Él caminó directamente hacia mí con seguridad, mirándome de arriba abajo con una sonrisa confiada.
— Tú debes ser Sofía, ¿verdad? —dijo con voz ronca—. Me dijeron que eras muy guapa… y no mintieron.
Absolutamente nada en su expresión mostraba que supiera quién era yo. Me trataba como a una chica cualquiera.
Me tomó de la cintura con naturalidad y me guio hacia adentro de la casa.
— Héctor me habló muy bien de ti —dijo mientras cerraba la puerta—. Dijo que eras muy obediente y que te gustaba que te trataran como la zorra que eres.
La habitación olía a ambientador barato de vainilla y a un leve aroma a cigarro viejo. La luz era tenue, amarillenta. Escuché la puerta cerrarse con un clic seco.
Pude observar detenidamente al hombre en esta ocasión. Era mayor, de unos cincuenta y tantos, con una presencia dominante y familiar. Era el padre de Héctor. Me miró de arriba abajo con una sonrisa arrogante, evaluándome como mercancía.
— Joder… estás mejor de lo que mi hijo me había prometido —dijo con voz ronca—. Qué puta tan bien arreglada.
Se acercó y pasó su mano grande y áspera por mi cintura, bajando hasta apretarme el culo por encima del vestido corto. Me dio la vuelta sin delicadeza y me levantó el vestido hasta la cintura. Bajó mis bragas de encaje negro hasta las rodillas. El aire fresco rozó mi ano expuesto, dilatada y con el plug puesto. Sentí que me lo quitaba de un jalón y lo lanzaba lejos. El aire entraba en mi culo abierto.
— Ya vienes bien preparada… qué zorra tan profesional —rió por lo bajo.
Escuché el sonido del envoltorio del condón abriéndose. Luego el ruido húmedo mientras se lo ponía. Su verga, gruesa y caliente, presionó contra mi entrada. Sin darme tiempo a prepararme, empujó con fuerza.
— ¡Ahh! —gemí fuerte, sintiendo cómo me abría.
Empezó a follarme con embestidas profundas y constantes. Cada golpe hacía que mi cuerpo se sacudiera. Podía sentir el peso de su cuerpo sobre mí, el calor de su pecho contra mi espalda y el olor fuerte a sudor masculino mezclado con colonia barata. No había caricias, ni besos, me usaba como un agujero para meter su verga.
— Qué culo tan rico… apretado pero fácil de abrir —gruñó cerca de mi oído—. ¿Te gusta que te usen puta?
— ¡Sí! —gemí, con la voz entrecortada.
El sonido húmedo y obsceno de su pelvis chocando contra mis nalgas llenaba la habitación. Me agarró del cabello con una mano, tirando mi cabeza hacia atrás mientras aceleraba el ritmo.
— Eso es… gime más fuerte, zorra. Quiero oír cómo disfrutas que te partan el culo.
Gemí más alto, casi lloriqueando con cada embestida. El vestido se me había subido hasta la cintura y las bragas me apretaban las rodillas.
Después de varios minutos intensos, me dio una nalgada fuerte que resonó en la habitación y se salió de mí.
— Vamos a la cama. Quiero verte montándome como la puta barata que eres.
Me subí encima de él con las piernas temblando. La piel de sus muslos estaba caliente y ligeramente sudorosa contra los míos. Agarré su verga con una mano, la alineé con mi entrada y empecé a bajar lentamente. Traía a mi memoria todos los videos que había visto en la semana de sissys montando hombres, y moviendo su caderas como expertas e intente replicarlas.
La sensación fue abrumadora. Sentí cada centímetro entrando, estirándome, llenándome. Gemí largo y profundo mientras bajaba hasta el fondo, moviendo las caderas en círculos lentos y sensuales.
— Así… qué rico —gruñó él, agarrándome las nalgas con fuerza.
Empecé a montarlo con más ritmo. Subía casi hasta la punta y bajaba con fuerza. Movía el culo de forma obscena, girándolo en círculos amplios, apretando los músculos internos alrededor de su verga. El sonido húmedo y carnoso de mi culo chocando contra sus muslos llenaba la habitación.
— ¡Ahh! ¡Qué verga tan rica! —gemí alto, dejando que mi voz sonara deliberadamente femenina y desesperada—. ¡Me estás partiendo el culo!
El padre de Héctor me agarraba las caderas con fuerza, dejando marcas rojas en mi piel suave y depilada. Su respiración era pesada, casi animal.
— Muévete más rápido, puta. Quiero verte rebotar como una zorra en celo.
Aceleré el ritmo. Subía y bajaba con movimientos salvajes, moviendo el culo de arriba abajo y en círculos. Estaba muy abierto, resbaladizo y sensible. Cada vez que bajaba completamente, sentía cómo su verga tocaba fondo dentro de mí.
En ese momento, dominado por una excitación humillante y enfermiza, me levanté un poco, metí la mano entre mis piernas, agarré la base del condón y se lo quité con un movimiento rápido. Antes de que pudiera reaccionar, me ensarté de nuevo en su verga desnuda, sintiendo su calor real y su piel directamente contra mis paredes internas.
Él abrió los ojos con sorpresa.
— ¿Qué carajos haces, puta? ¿Quieres quedar preñada o qué?
Lo miré directamente a los ojos, completamente perdido en la degradación. Empecé a montarlo con furia descontrolada, moviendo el culo como una perra en celo desesperada: subiendo y bajando con fuerza brutal, girando las caderas, apretando mi interior alrededor de su verga desnuda.
— ¡Sí! —gemí alto, casi gritando—. ¡Quiero quedar preñada! ¡Por favor… córrete dentro de mí! ¡Quiero tu semen caliente! ¡Quiero que me llenes toda y me dejes embarazada!
Él soltó una risa incrédula pero claramente excitada. Me agarró las caderas con fuerza salvaje y empezó a embestirme desde abajo con violencia.
— ¿Quieres que te preñe, zorra? ¿Eso es lo que quieres?
— ¡Sí! ¡Por favor! ¡Preñame! ¡Lléname de leche! ¡Quiero ser tu puta preñada! —grité mientras lo montaba como loco, moviendo el culo de forma obscena, apretando y soltando, gimiendo sin control.
Mis gemidos eran altos, exagerados y desesperados:
— ¡Ahh! ¡Sí! ¡Más fuerte! ¡Quiero tu semen adentro! ¡Córrete dentro de mí! ¡Por favor…!
El padre de Héctor me follaba con posesión animal, gruñendo como una bestia, sudando profusamente. El olor a sexo y sudor llenaba toda la habitación.
— Qué puta más loca y degenerada… Toma entonces, toma toda mi leche, zorra.
Con un rugido profundo y gutural se corrió violentamente dentro de mí. Sentí chorros calientes, espesos y abundantes disparándose contra mis paredes internas, llenándome por completo. Seguí moviéndome sobre él, apretando mi culo para ordeñarlo hasta la última gota, gimiendo como una verdadera puta mientras su semen caliente se derramaba dentro de mí.
Cuando terminó, me empujó a un lado sin ningún cuidado, como si fuera un juguete usado. Se levantó, se limpió con una toalla y empezó a vestirse.
— Límpiate, puta. Y limpia también la verga.
Me arrodillé entre sus piernas y le limpié la verga con la boca, tragando los restos de semen y lubricante. Después me tiró varios billetes sobre la cama.
— Toma. Es tu propina. Te la ganaste por ser una puta tan buena.
Me miró por última vez con una mezcla de malicia y satisfacción.
— Dile a mi hijo que estuvo excelente… pero que la próxima vez la quiero más callada y que solo gima cuando se lo ordenen.
Salió de la habitación sin decir nada más, dejándome tirado en la cama, con el vestido arrugado, el maquillaje corrido, el culo lleno de semen caliente y la mente completamente destrozada.
Cuando llegué de regreso al departamento de Héctor, todavía llevaba puesto el vestido corto, la peluca y el maquillaje corrido. El semen de su padre aún se sentía espeso y caliente dentro de mí, y los billetes de la “propina” estaban arrugados en mi mano.
Héctor abrió la puerta antes de que tocara. Me miró de arriba abajo durante varios segundos, sin decir nada. Luego se hizo a un lado.
— Entra.
Cerró la puerta detrás de mí y se quedó parado, observándome con una expresión difícil de leer. Caminó hasta el sillón, se sentó y encendió la televisión. En la pantalla grande apareció el video de la habitación. Yo, montando a su padre, gimiendo como una puta, quitándole el condón y suplicándole que me preñara.
Héctor no apartó la mirada de la pantalla. Yo me quedé de pie en medio de la sala, con las piernas temblando.
— Acércate —ordenó sin mirarme.
Me arrodillé frente a él. Él siguió viendo el video mientras hablaba con voz baja y controlada:
— Mírate… Quitándole el condón al padre de tu dueño. Pidiéndole que te preñe. Montándolo como una zorra en celo.
Se giró finalmente hacia mí. En sus ojos había una mezcla de satisfacción oscura y algo más frío.
— Te portaste exactamente como esperaba. Mejor, incluso. Mi padre me llamó después de salir. Dijo que eras una de las putas más entregadas que había tenido.
Me agarró la barbilla con fuerza y me obligó a mirarlo.
— ¿Te gustó, Sofía? ¿Te gustó que el padre de tu dueño te follara y te llenara de semen?
— Sí… —susurré, con la voz rota.
— Más fuerte.
— ¡Sí! Me gustó… —dije, avergonzado hasta el fondo.
Héctor soltó una risa baja.
— Claro que te gustó. Porque ya no eres un hombre. Eres una puta. Y las putas se excitán cuando las usan y las desechan.
Se inclinó hacia adelante y me limpió con el pulgar un poco de maquillaje corrido de mi mejilla.
— Ahora quítate toda esa ropa de puta. La peluca también. Quiero verte como eres realmente: una sissy usada.
Me desnudé temblando. Me quité la peluca, el vestido, el sostén y las bragas. Me quedé completamente desnudo, con el culo todavía resbaladizo y el semen de su padre bajándome por los muslos. Héctor me miró con desprecio y excitación.
— Abre las piernas. Quiero ver lo que te dejó mi padre.
Obedecí. Él se inclinó, metió dos dedos dentro de mí y los sacó brillantes de semen. Me los puso en la boca.
— Chupa. Traga lo que te dejó.
Lo hice. El sabor era fuerte y salado. Héctor sonrió.
— Buena chica.
Se levantó, se bajó los pantalones y se sentó de nuevo en el sillón. Su verga ya estaba dura.
— Ven. Chúpamela. Quiero sentir esa boca de puta que acaba de usar mi padre.
Me emocioné, por fin estaba logrando lo que llevaba tanto deseando, tener una vez más la verga de Héctor. La de su padre era increíble, pero esa era la que quería. Me arrodillé entre sus piernas y empecé a chuparlo. Héctor me agarró del cabello y me guió, embistiéndome la boca con calma
— Eso es… limpia la verga de tu dueño después de haber sido usada por su padre. Qué degradante eres, Sofía.
Después de varios minutos me sacó de la boca y me miró fijamente.
— Esta noche no te voy a follar. Todavía no te lo has ganado del todo. Pero has avanzado mucho. Mañana hablaremos de lo que viene.
Me empujó suavemente hacia el piso.
— Duerme ahí, en el suelo, con el semen de mi padre todavía dentro de ti. Quiero que lo sientas toda la noche.
Apagó la luz.
Me quedé tirado en el piso frío, desnudo, con el sabor de dos hombres en la boca y la mente completamente destrozada. Sabía que ya no había vuelta atrás.
Continuará…
Gracias por leerme, espero que les haya gustado y aún tengo mucho más para continuar esta historia. Les dejo mi telegram: @bnsss123

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