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Dominación Hombres, Gays, Travestis / Transexuales

La conversión 6

Me desperté todavía en el piso, con el cuerpo adolorido y el semen seco de su padre pegado a mis muslos. Héctor ya estaba despierto, sentado en el sillón, viendo el video de la noche anterior en silencio… Me arrodillé entre sus piernas. El olor a sudor masculino y a sexo anterior era fuerte. .

Me desperté todavía en el piso, con el cuerpo adolorido y el semen seco de su padre pegado a mis muslos. Héctor ya estaba despierto, sentado en el sillón, viendo el video de la noche anterior en silencio.

— Levántate, Sofía —dijo sin mirarme—. Ven aquí.

Me arrodillé frente a él. En la pantalla se veía claramente cómo le quitaba el condón al padre de Héctor y le suplicaba que me preñara. El volumen estaba alto. Mis gemidos llenaban la sala.

Héctor pausó el video y me miró.

— Quiero que me cuentes todo. Cómo te sentiste cuando entró. Cómo te sentiste cuando le quitaste el condón. Cómo te sentiste cuando se corrió dentro de ti.

Tragué saliva. Mi voz salió baja y temblorosa.

— Me sentí… humillado. Asustado. Pero también… muy excitado. No podía parar. Cuando le pedí que me preñara… me salió solo. Me excitó mucho.

Héctor asintió lentamente.

— Buena chica. Al menos eres honesta. —Se inclinó hacia adelante—. Ahora vas a verlo otra vez. Y mientras lo ves, te vas a tocar el culo. Quiero que te dedes mientras ves cómo mi padre te usa.

Obedecí. Me arrodillé de espaldas a la pantalla, con los dedos dentro de mí, viendo cómo mi versión maquillada y pelucada montaba a su padre. Cada vez que el video mostraba el momento en que me llenaba de semen, gemía más fuerte. Héctor me observaba en silencio, claramente disfrutando de mi degradación.

Cuando el video terminó, me ordenó detenerme.

— Has avanzado mucho, Sofía. Más de lo que esperaba. Por eso… te voy a dar una recompensa.

Después de hacerme ver el video otra vez, Héctor se levantó y me miró con frialdad.

— Ponte otra vez la peluca y el vestido. Vamos a salir.

Me vestí en silencio. Bajamos al coche y condujo hasta un parque oscuro y solitario. Estacionó lejos de cualquier farola y apagó el motor.

— Baja.

Salí del coche. El aire nocturno me erizó la piel. Héctor sacó su teléfono y lo apuntó hacia mí.

— Quítate toda la ropa. Despacio. Quiero que modeles para la cámara.

Con las manos temblando, me quité el vestido, el sostén y las bragas. Me quedé completamente desnudo bajo la luz tenue de la luna, con la peluca todavía puesta. Héctor me hizo girar, agacharme y abrir las piernas mientras grababa.

— Ahora camina en cuatro. Como la perra que eres. Despacio, mueve ese culo sexy para tu dueño.

Me puse en cuatro sobre el pasto frío y empecé a avanzar. El suelo me raspaba las rodillas y las palmas. Héctor caminaba a mi lado, grabándome desde diferentes ángulos.

De pronto me agarró del cabello con fuerza y me detuvo. Se colocó detrás de mí. Escuché el sonido de su cremallera. No se bajó los pantalones. Solo sacó su verga dura y la frotó contra mi entrada.

— Mírenla… —empezó a narrar en voz alta mientras grababa—. Me encontré a esta perra en celo caminando desnuda por el parque. Se veía tan desesperada… que no pude evitarlo.

Sin más aviso, empujó con fuerza y se enterró hasta el fondo de un solo golpe. Gemí alto, el sonido se perdió entre los árboles.

Héctor me agarró de las caderas con ambas manos y empezó a follarme con embestidas duras y profundas, sin ninguna delicadeza. Cada embestida hacía que mi cuerpo se sacudiera hacia adelante.

— Esta perra estaba en celo —continuó narrando mientras me penetraba con violencia—. Miren cómo abre el culo… cómo gime… cómo se deja usar.

Me sujetó más fuerte, casi sacándome del suelo con cada embestida. Su ritmo era brutal, posesivo, de macho que marca territorio.

— Di lo que eres —ordenó entre gruñidos.

— ¡Soy una perra en celo! —gemí.

— Más fuerte.

— ¡Soy una perra en celo!

Héctor aceleró todavía más. El sonido de su pelvis chocando contra mis nalgas era obsceno y fuerte. Me tiró del cabello hacia atrás, obligándome a arquear la espalda.

— Eso es… toma la verga de un macho de verdad. Después de haber sido usada por mi padre, ahora te usa su hijo. Como corresponde.

Me folló sin piedad durante varios minutos, tratándome como un simple agujero. Cuando estaba cerca, me empujó todavía más profundo y se corrió con un gruñido animal, llenándome a chorros.

Se quedó unos segundos adentro, respirando pesado, antes de sacarse. Su semen empezó a escurrirme por los muslos de inmediato.

— Quédate en cuatro —ordenó mientras seguía grabando—. Quiero que se vea cómo te escurre.

Me dejó así un momento, expuesto, temblando y lleno. Luego me dio una nalgada fuerte.

— Levántate. Ponte solo el vestido. Sin bragas. Y camina hasta el coche con mi semen bajándote por las piernas.

Obedecí. El vestido corto apenas me cubría. Cada paso hacía que el semen se me escapara más. Héctor caminaba detrás de mí, todavía grabando.

Cuando llegamos al coche, me miró con una sonrisa fría.

— Sube. Esta noche dormimos en casa. Y mañana empiezan las nuevas reglas.

Al regresar del parque, Héctor no me dejó ni ducharme. Me hizo entrar todavía con el vestido corto, la peluca desordenada y su semen escurriéndome por los muslos. Encendió la televisión grande y conectó su teléfono.

En la pantalla apareció el video que acababa de grabar: yo desnudo, caminando en cuatro por el pasto, y luego él sacando solo la verga del pantalón y follándome como a una perra callejera mientras narraba.

Héctor se sentó en el sillón y me señaló el suelo frente a él.

— De rodillas. Y mira.

Me arrodillé. El video se reproducía con el volumen alto. Se escuchaban claramente mis gemidos y las palabras de Héctor:

“Me encontré a esta perra en celo caminando desnuda por el parque…”

Héctor me observaba mientras yo veía mi propia degradación.

— ¿Te gusta verte así? —preguntó con voz baja—. Como una puta cualquiera que se deja coger en la oscuridad.

— Sí… —susurré, avergonzado.

— Más fuerte.

— ¡Sí!

Cuando el video terminó, Héctor lo pausó en el momento en que se corría dentro de mí.

— A partir de ahora las reglas cambian. Escucha con atención, porque no voy a repetirlas.

Sacó el teléfono y me dictó la lista mientras yo permanecía de rodillas:

  1. Dos horas diarias de hipnosis sissy, sin excepciones.
  2. El plug se queda puesto siempre que estés en casa.
  3. Bragas las 24 horas, incluso en el trabajo.
  4. Práctica de voz femenina todos los días. Me mandas los audios.
  5. Depilación completa todos los días.
  6. A partir de esta semana empiezas a maquillarte un poco antes de venir los viernes.
  7. No te tocas. Ni una sola vez.
  8. Y la más importante… vas a mantener una relación secreta con mi padre.

Me quedé helado. Héctor sonrió al ver mi reacción.

— Él te quiere ver de nuevo. Y yo decidí que sí. Vas a ser su puta en secreto. Él es más… tradicional que yo. Le gusta que las mujeres sepan su lugar. Quiere que le sirvas, que lo obedezcas y que te portes como la zorra oprimida que eres.

Me agarró la barbilla.

— Vas a ir cuando él te llame. Vas a hacer todo lo que te diga. Y no le vas a contar a nadie. Ni siquiera a mí los detalles sucios… a menos que yo te lo pida. ¿Entendido?

— Sí… —respondí con la voz temblando.

— Buena chica.

Héctor se inclinó y me acarició el cabello con fingida ternura.

— Esta semana empieza tu verdadero entrenamiento, Sofía. Y mi padre va a ayudarme… aunque él no lo sepa del todo.

——————————————————————————————————————————————————————————————————————

El domingo por la noche Héctor me dejó ir más temprano de lo habitual. Me entregó una bolsa con varias bragas nuevas, el plug más grande y una memoria USB llena de audios de hipnosis.

— Recuerda las reglas, Sofía —dijo mientras me acompañaba a la puerta—. Esta semana quiero avances reales. Y cuando mi padre te contacte… obedeces. Sin preguntas.

Salí de su departamento con el cuerpo aún sensible y la mente hecha un caos. Durante el trayecto a casa no pude dejar de repasar todo lo que había pasado ese fin de semana: el padre de Héctor usándome, el video del parque, la forma en que Héctor me había follado como a una perra callejera… y ahora la orden de mantener una relación secreta con su padre.

Cuando llegué a mi casa, cerré la puerta con llave y me quedé de pie en la oscuridad durante varios minutos. Por primera vez en días estaba completamente solo. El silencio se sentía pesado.

Me quité la ropa lentamente. Todavía llevaba las bragas que Héctor me había obligado a ponerme. Me miré en el espejo del baño: piel depilada, el plug todavía dentro, marcas rojas en las caderas y muslos. Me veía diferente. Más suave. Más… usado.

Esa misma noche empecé la nueva rutina.

Me puse de rodillas en el piso de mi habitación, conecté los audífonos y puse el primer audio de hipnosis que Héctor me había dado. La voz femenina y suave empezó a repetir:

“Eres una chica… tu verga ya no importa… solo existe tu culito… te gusta obedecer… eres una sissy… una puta sissy…”

Me obligué a escuchar las dos horas completas. Cada vez que la voz decía “eres una perra”, yo lo repetía en voz baja. Al terminar estaba temblando y la jaula de castidad dolía de lo dura que estaba. Traté de tocarme hasta que logré correrme, siempre pensando en Héctor. Había disfrutado la verga de su padre, pero al final era Héctor al que más deseaba y al que había decidido entregarme.

Antes de dormir me metí el plug, tal como me había ordenado, y me acosté de lado sintiendo la presión constante dentro de mí.

En el trabajo fue un infierno. Llevaba bragas debajo del pantalón y el plug puesto. Cada vez que me movía lo sentía. En el baño de la oficina me encerré durante el almuerzo, me miré al espejo y practiqué la voz femenina en susurros:

— Soy Sofía… soy la puta de Héctor… y ahora también la de su padre…

Por la tarde, apenas llegué a casa, me desnudé excepto por las bragas y empecé el entrenamiento completo

Antes de acostarme, Héctor me mandó un mensaje:

Héctor: ¿Cumpliste todo hoy, Sofía?

Yo: Sí…

Héctor: Buena chica. Mi padre va a contactarte esta semana. Cuando lo haga, le dices que sí a todo. ¿Entendido?

Yo: Sí, Héctor.

Apagué el teléfono y me quedé mirando el techo. El plug me llenaba por completo. Las palabras de la hipnosis todavía resonaban en mi cabeza.

Ya no sabía si estaba haciendo todo esto por miedo…

o porque una parte de mí realmente lo necesitaba.

Fue el martes por la noche.

Estaba arrodillado en mi habitación, con el plug puesto y los auriculares puestos, escuchando el segundo audio de hipnosis del día, cuando el teléfono vibró. El número era desconocido. El corazón se me aceleró de inmediato.

Contesté con voz baja, n o quería que nadie más en mi casa escuchara esa conversación.

— ¿Hola?

Hubo un silencio breve al otro lado. Luego una voz grave, ronca y autoritaria, completamente diferente a la de Héctor:

— Sofía.

Me quedé paralizado. Solo esa palabra ya me hizo sentir pequeño.

— Sí… —respondí casi en un susurro.

— Soy el padre de Héctor. Ya sabes quién soy. Y sé perfectamente quién eres tú.

Tragué saliva. El silencio se alargó unos segundos, pesado.

— Escúchame con atención, porque no me gusta repetir las cosas —continuó con tono frío y directo—. A partir de ahora vas a ser mi puta también. No la putita consentida de mi hijo. Mi puta. ¿Entiendes la diferencia?

— Sí… —susurré.

— No te oí bien.

— Sí, señor.

— Mejor. Vas a hacer exactamente lo que yo te diga, cuando yo te lo diga. Si te mando un mensaje a las tres de la mañana, te levantas. Si te digo que vengas, vienes. Si te digo que te arrodilles y abras la boca, lo haces. Sin preguntas. Sin dramatismos.

Escuché cómo se movía al otro lado de la línea, como si estuviera acomodándose.

— A mi hijo le gusta jugar a transformar maricones en sissies. A mí me gusta algo más simple. Me gusta tener una puta que sepa su lugar. Que limpie, que cocine, que sirva y que abra las piernas cuando se lo ordeno. Y tú vas a ser esa puta.

Sentí un frío recorrer mi espalda.

— Esta semana quiero verte. Te voy a mandar una dirección. Vas a llegar puntual, limpia, depilada y con el culo preparado. Vas a traer ropa de mujer decente… nada de vestidos de puta barata como los que te pone mi hijo. Algo más… doméstico. ¿Entendiste?

— Sí, señor.

— Cuando estés conmigo, me vas a hablar con respeto. Me vas a decir “señor”. Y si me porto bien contigo… quizás te deje chuparme la verga. Si me porto mal… te voy a usar como se usa a las putas de verdad.

Hubo una pausa. Luego su voz se volvió aún más baja y peligrosa:

— Y una última cosa, Sofía. Esto queda entre tú y yo. Si mi hijo se entera de hasta dónde pienso llevarte… vas a tener problemas mucho más grandes que una simple follada. ¿Quedó claro?

— Sí, señor… —respondí, con la voz temblando.

— Buena puta. Espera mi mensaje. Y no se te ocurra fallarme.

Colgó sin decir adiós.

Me quedé mirando la pantalla del teléfono en silencio. El audio de hipnosis seguía sonando en los auriculares, repitiendo una y otra vez:

“Eres una sissy… eres una puta… te gusta obedecer…”

Pero ahora esas palabras sonaban diferentes.

Más peligrosas.

————————————————————————————————————————————————————————————————————

El mensaje llegó el jueves por la tarde:

Número desconocido:

Mañana viernes a las 7:00 pm. Te mando la dirección. Llegas puntual. Depilada, limpia, con el culo preparado y ropa de mujer decente. Nada de puterías. Si llegas tarde, te vas a arrepentir.

La dirección correspondía a una casa grande en una zona residencial tranquila. El viernes salí del trabajo con el estómago hecho un nudo. Me duché, me depilé otra vez, me puse el plug y elegí la ropa más “decente” que tenía: una falda larga hasta la rodilla, una blusa sencilla y zapatos bajos. Debajo solo llevaba bragas.

Llegué cinco minutos antes. Toqué el timbre con la mano temblando.

El padre de Héctor abrió la puerta. Era más alto de lo que recordaba, con una presencia pesada y autoritaria. Me miró de arriba abajo con una expresión de evaluación fría.

— Entra.

Cerró la puerta detrás de mí. La casa olía a colonia masculina y a comida hecha en casa. Me señaló el suelo del recibidor.

— Zapatos fuera. Y de rodillas.

Me quité los zapatos y me arrodillé. Él caminó alrededor de mí, inspeccionándome como si fuera un objeto.

— Levántate. Quítate la ropa. Toda.

Con las manos temblorosas me quité la blusa, la falda y las bragas. Me quedé desnudo en medio del recibidor, con el plug todavía puesto. Él me miró sin ninguna lujuria evidente… solo con posesión.

— Date la vuelta. Sepárate las nalgas.

Obedecí. Sentí cómo me sacaba el plug de un tirón y luego metía dos dedos dentro de mí, revisándome.

— Bien. Al menos llegaste preparada.

Me soltó y señaló el interior de la casa.

— Vas a limpiar la cocina y el comedor. Después me vas a preparar la cena. Yo me siento a ver el partido. Si haces ruido o rompes algo, te voy a castigar. ¿Entendido?

— Sí, señor.

Durante casi una hora limpié en silencio, desnudo, mientras él veía la televisión desde el sillón. Cada vez que pasaba cerca de él, me miraba de reojo. Cuando terminé de limpiar, me puso a cocinar. Me corrigió varias veces con tono seco:

— La carne no se hace así.

— Usa menos sal.

— Camina más despacio. Pareces un hombre torpe.

Cuando la cena estuvo lista, me hizo servirle en la mesa. Él se sentó y empezó a comer sin invitarme.

— De rodillas al lado de mi silla. Manos detrás de la espalda.

Me arrodillé. Él comió con calma, ignorándome la mayor parte del tiempo. De vez en cuando me daba un bocado de su comida directamente en la boca, como si estuviera alimentando a un perro.

Después de obligarme a limpiar y servirle la cena de rodillas, el padre de Héctor se recostó en la silla, se desabrochó el pantalón y sacó su verga. Ya estaba semi-dura, gruesa y pesada.

— Ahora sí. Chúpamela. Y hazlo bien. No quiero oír dientes ni quejas.

Me arrodillé entre sus piernas. El olor a sudor masculino y a sexo anterior era fuerte. Agarré su verga con ambas manos y empecé a lamerla desde la base hasta la punta, dejando que mi lengua rodeara el glande. Él no me acarició ni me habló con ternura. Solo me miraba desde arriba, evaluándome.

— Más saliva. Quiero oír cómo chupas.

Empecé a metérmela en la boca. Era gruesa; tuve que abrir bien la mandíbula. Él me agarró de la cabeza con una mano firme y empezó a guiarme, empujándome hacia abajo cada vez un poco más.

— Eso… más profundo. Las putas de verdad no se atragantan como vírgenes.

Me empujó hasta que la punta tocó el fondo de mi garganta. Me atraganté y se me escaparon lágrimas, pero él no me dejó retroceder. Mantuvo mi cabeza ahí unos segundos, obligándome a respirar por la nariz, antes de empezar a embestirme la boca con movimientos cortos y controlados.

— Mírate… de rodillas, chupándole la verga al padre de tu dueño. Qué bajo has caído, Sofía.

Después de varios minutos me levantó del pelo con rudeza y me llevó hasta el sillón grande de la sala. Me empujó de pecho contra el respaldo y me acomodó en cuatro encima de los cojines. Sentí cómo me separaba las nalgas con las manos grandes y ásperas.

— Este culo ya está bastante usado… pero todavía se siente apretado.

Escupió sobre mi entrada y frotó la saliva con la cabeza de su verga. Luego, sin más aviso, empujó con fuerza. Entró de un solo golpe hasta el fondo. Gemí alto, el sonido ahogado contra el cojín.

Él no se detuvo. Empezó a follarme con embestidas profundas y pesadas, agarrándome las caderas con fuerza suficiente como para dejarme marcas. Cada vez que entraba completamente, sentía cómo sus huevos golpeaban contra los míos.

— A mi hijo le gusta jugar a transformar maricones en sissies —gruñó mientras me embestía—. A mí me gusta algo más sencillo. Me gusta tener una puta que sepa que su único propósito es abrir las piernas y obedecer.

Me follaba con ritmo constante y dominante, sin prisa pero sin piedad. De vez en cuando me daba una nalgada fuerte que resonaba en la sala.

— Di lo que eres.

— Soy su puta, señor… —gemí.

— Más fuerte.

— ¡Soy su puta, señor!

— ¿Y este culo?}

— ¡Es suyo, señor!

Aceleró el ritmo. El sonido húmedo y obsceno de su verga entrando y saliendo de mí llenaba la habitación. Me agarró del cabello y me tiró la cabeza hacia atrás, obligándome a arquear la espalda.

— Eso es… ábrete bien. Quiero sentir cómo me aprietas.

Me folló en esa posición durante varios minutos más, cambiando el ángulo para golpear más profundo. Cuando sintió que estaba cerca, me empujó todavía más contra el sillón y se enterró hasta el fondo.

— Toma… toma toda la leche, puta.

Se corrió con un gruñido largo y gutural, llenándome a chorros calientes y espesos. Seguí sintiendo cómo latía dentro de mí mientras se vaciaba por completo. Se quedó unos segundos más adentro, respirando pesado, antes de sacarse lentamente. Su semen empezó a escurrirme de inmediato por los muslos.

Me empujó hacia el piso sin ningún cuidado.

— Limpia. Con la lengua. Y limpia también lo que se te salió.

Me arrodillé frente a él y empecé a lamer su verga, todavía sensible y brillante de semen y lubricante. Él me miraba desde arriba, con una expresión de posesión fría. Cuando terminé de limpiarlo, me obligó a recoger con los dedos el semen que me bajaba por las piernas y lamerlo también.

Solo entonces se subió el pantalón, fue hasta el mueble y sacó la caja de pastillas anticonceptivas. Me la lanzó.

— Toma. A partir de ahora te las tomas todos los días.

Me miró con una sonrisa burlona y cruel.

— Prefiero que te las tomes, aunque tengas verga entre las piernas. Con lo puta que eres, no vaya a ser que un día sí te termine preñando.

Continuará …

Gracias por leerme, espero que les haya gustado y aún tengo mucho más para continuar esta historia. Les dejo mi telegram: @bnsss123

4 Lecturas/24 agosto, 2026/0 Comentarios/por lilcsiss12
Etiquetas: baño, culito, culo, hijo, mayor, padre, semen, sexo
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