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Dominación Hombres, Gays, Travestis / Transexuales

La conversión 7

Aceleró todavía más. El sonido de su pelvis chocando contra mis nalgas era obsceno y fuerte en el silencio del parque. Me agarró del cabello y me tiró la cabeza hacia atrás, obligándome a arquear la espalda mientras me penetraba sin piedad..

Llegué a mi casa pasado de la medianoche. Mis llegadas tan tarde ya había comenzado a generar comentarios por parte de mi familia, pero simplemente los evitaba. Cerré la puerta con llave y me quedé de pie en la oscuridad durante un buen rato, todavía sintiendo el semen del padre de Héctor dentro de mí.

Me quité la ropa en silencio. Desde la bolsa donde guardaba la ropa femenina me llegaba el aroma a sexo. Me desnudé y miré en el espejo del baño. Tenía marcas rojas en las caderas, el culo sensible y la caja de pastillas anticonceptivas todavía en la mano.

Me lavé la cara con agua fría. Luego abrí el blíster, saqué una pastilla y me la quedé mirando varios segundos.

— Con lo puta que eres, no vaya a ser que un día sí te termine preñando…

Las palabras del padre de Héctor resonaban en mi cabeza. Me metí la pastilla en la boca y la tragué con un vaso de agua. Después me metí el plug, tal como Héctor me había ordenado, y me metí en la cama.

Durante esa semana intenté seguir la rutina normal:

  • Dos horas de hipnosis cada noche.
  • Plug puesto en casa.
  • Bragas debajo de la ropa del trabajo.
  • Audios de voz femenina enviados a Héctor.

El viernes por la tarde, antes de ir a casa de Héctor, me llegó un mensaje de él:

Héctor: ¿Cómo te fue con mi padre la semana pasada?

Dudé varios minutos antes de responder.

Yo: Bien… me hizo limpiar y después me usó. Fue intenso.

Héctor: Bien. Mientras lo mantengas satisfecho. Hoy quiero que llegues temprano. Trae el plug puesto.

No le di más detalles. Tampoco le hablé de las pastillas. Ese día en su casa no me hizo caso, me hizo limpiar , cocinarle, y salió. Regresó a la mañana siguiente al desayuno y me dijo que me fuera temprano, que siguiera entrenando.

Me sentí decepcionado. El trato que me daba era malo, pero al final no podía dejar de tener su verga dentro de mí.

Seguí mi semana con normalidad, o lo que se había convertido en mi normalidad. El siguiente mensaje del papá de Héctor fue el martes por la mañana.

Padre de Héctor:

Mañana a las 7. Misma dirección. Llegas sin ropa interior. Solo falda y blusa. El culo preparado.

Esta vez llegué con más miedo que la anterior. Toqué el timbre y él abrió casi de inmediato. Me miró de arriba abajo y señaló el suelo.

— Zapatos fuera. Ropa fuera. De rodillas.

Me desnudé en el recibidor. Él caminó alrededor de mí, inspeccionándome.

— Más delgado… o quizás es solo idea mía. Date la vuelta.

Me revisó el culo con dos dedos, sin ninguna delicadeza.

— Bien. Ahora vas a limpiar el baño de arriba y después la cocina. Quiero que brillen. Yo estaré en la sala. Si haces ruido, te castigo.

Pasé casi hora y media limpiando desnudo, de rodillas cuando era necesario, mientras él veía la televisión. Cada cierto tiempo me llamaba solo para mirarme o corregirme la postura.

Cuando terminé, me hizo cocinar. Esta vez me obligó a hacerlo con un delantal puesto… y nada más. Me corregía constantemente:

— No cortes así.

— Más despacio.

— Pareces un hombre intentando ser mujer. Sé más suave.

Durante la cena me hizo arrodillarme a su lado otra vez. Me daba de comer con la mano otra vez, como a un animal. Cuando terminó, se desabrochó el pantalón.

— Chúpamela. Hoy quiero que te tomes tu tiempo. Quiero ver cómo te esfuerzas.

La mamada fue larga y humillante. Me obligó a mirarlo a los ojos la mayor parte del tiempo. Cada vez que intentaba bajar la mirada, me jalaba del cabello.

Después me llevó al sillón y me folló con más calma que la primera vez, pero con la misma posesión. Mientras me embestía, le hablaba cerca del oído:

— A mi hijo le gusta el juego de las sissies… a mí me gusta algo más real. Me gusta una puta doméstica. Y tú vas a terminar siendo exactamente eso. Aunque todavía no lo sepas.

Cuando se corrió dentro de mí, se quedó embutido varios segundos más, respirando pesado. Luego me empujó al piso.

— Limpia.

Mientras le limpiaba la verga con la lengua, me habló con tono casual:

— La próxima vez que vengas, vamos a hablar de cómo vamos a cambiarte de verdad. No solo con ropa y plugs. De verdad.

No me dio más explicaciones. Solo me mandó a vestirme y a irme.

Al salir, todavía sentía su semen caliente dentro de mí… y una sensación extraña en el estómago.

Algo más grande se estaba gestando.

La siguiente visita empezó igual que las anteriores: desnudarme en el recibidor, de rodillas, revisión del culo y luego varias horas de limpieza y servicio doméstico. Esta vez me hizo lavar toda su ropa a mano, incluyendo la ropa interior, mientras él veía el partido en la sala.

Cuando terminé, me llamó con un gesto.

— Ven aquí.

Me arrodillé frente a su sillón. Él sacó de un cajón una caja blanca pequeña y me la puso en las manos.

— Ábrela.

Dentro había un teléfono nuevo, todavía sellado.

— A partir de hoy este es tu único teléfono cuando estés conmigo o cuando yo te contacte. El otro lo vas a apagar. Yo voy a controlar este. Qué aplicaciones tienes, a quién puedes hablar y qué puedes ver.

Me miró fijamente.

— Me vas a dar todas las contraseñas ahora mismo. Y cada vez que te mande un mensaje, tienes dos minutos para responder. Estés donde estés. Si estás con mi hijo, te inventas una excusa y respondes. Si estás en el trabajo, te metes al baño. ¿Quedó claro?

— Sí, señor.

Él mismo configuró el teléfono delante de mí. Instaló lo que quiso, borró lo que no le gustaba y me lo devolvió.

— Este número solo lo tengo yo. Si algún día intentas restablecerlo o cambiar algo sin mi permiso, me voy a enterar. Y no te va a gustar lo que venga después.

Me obligó a mandarle un mensaje de prueba desde el teléfono nuevo para confirmar que todo funcionaba. Después me hizo chupársela como “agradecimiento” y me mandó a casa.

Esa noche, por primera vez, dormí con dos teléfonos en la mesita de noche: el mío… y el que ahora controlaba el padre de Héctor.

La siguiente visita fue distinta desde el principio.

Cuando llegué, él ya me estaba esperando en el recibidor con los brazos cruzados. Me hizo desnudarme como siempre, pero esta vez no me mandó a limpiar de inmediato.

— Hoy vamos a empezar algo nuevo —dijo con tono calmado, casi casual—. Abre la boca.

Me puso sobre la lengua dos pastillas pequeñas, blancas, y me dio un vaso de agua.

— Traga.

Obedecí. Él me observó con atención para asegurarse de que las había tragado.

— A partir de hoy te las tomas todas las mañanas. Yo te voy a supervisar. Cada día, antes de las nueve, me mandarás una foto con este teléfono nuevo tomándote las pastillas. Si un día no lo haces, vendré yo personalmente a dártelas… y te aseguro que no será agradable.

Me agarró la barbilla con fuerza, obligándome a mirarlo a los ojos.

— Estas pastillas van a empezar a cambiarte. Te van a suavizar la piel, te van a bajar la energía de esa cosa inútil que tienes entre las piernas y, con el tiempo, van a hacer que tu cuerpo se vuelva más… adecuado para lo que eres. Una puta.

Sonrió con frialdad.

— Y esto queda estrictamente entre tú y yo. Si mi hijo se entera, vas a desear no haber nacido. ¿Entendido?

— Sí, señor… —respondí, con la voz apenas audible.

— Buena puta.

Esa noche me usó con más intensidad que las veces anteriores, como si quisiera sellar el nuevo nivel de control. Cuando terminó y me mandó a limpiar su verga con la lengua, me susurró:

— En unas semanas vas a empezar a notarlo. Y cuando eso pase… me vas a agradecer.

Me fui de su casa con el sabor de las pastillas todavía en la boca y una sensación extraña en el estómago.

Por primera vez desde que todo había empezado, sentí miedo de verdad.

No miedo a ser usado.

Miedo a estar cambiando de forma irreversible… y a que él fuera el único que controlaba ese cambio

Ese fin de semana Héctor me dijo que estaba ocupado y no me vería por lo que pensé que descansaría, pero recibí otro mensaje de su padre que me mostró lo contrario.

Cuando llegué a la casa del padre de Héctor ya conocía la rutina. Me desnudé de inmediato y me puse de rodillas esperando órdenes, pero no me dijo nada. Se me quedó mirando en silence varios segundos y luego hablo con voz baja y pesada

— Vi el video que te grabó mi hijo en el parque. Cómo te puso en cuatro, cómo te folló como a una perra callejera… y cómo te corriste dejándote usar así.

Se acercó y me agarró la cara con una mano

— No puedo dejar de pensar en ese video y me dio ganas de probar algo contigo.

Fue hasta un cajón y sacó un collar de cuero grueso, negro, con una argolla metálica. Me lo puso alrededor del cuello y lo ajustó hasta que quedó firme. Después le enganchó una cuerda larga.

— De rodillas.

Me arrodillé. Él enrolló la cuerda en su mano y tiró suavemente.

— Vamos. Esta noche salimos.

Me sacó de la casa completamente desnudo, solo con el collar y la cuerda. El aire nocturno me golpeó la piel. Me obligó a caminar a gatas por la acera durante varios metros hasta llegar a su coche. Me metió en el asiento trasero y condujo en silencio hasta el mismo parque donde Héctor me había usado.

Cuando llegamos, me bajó y volvió a ponerme en cuatro.

— Camina.

Me hizo avanzar a gatas por el pasto oscuro, tirando de la cuerda cada vez que iba demasiado lento. El frío del suelo me calaba las rodillas y las palmas. Llegamos hasta un árbol grueso y apartado. Amarró la cuerda alrededor del tronco de manera que no pudiera moverme.

— Quédate aquí, en cuatro. Voy al coche por algo de ropa. No te muevas.

Se alejó entre los árboles.

Me quedé solo, desnudo, amarrado, con el corazón latiéndome en los oídos. El silencio del parque se sentía demasiado grande.

De pronto escuché pasos rápidos y el jadeo de un animal. Un perro grande, de pelo corto y oscuro, apareció entre los arbustos. Estaba claramente excitado: su verga rosada y puntiaguda sobresalía de su cuerpo. Se acercó olfateándome con insistencia, especialmente entre las piernas y el culo. Empezó a lamer y a intentar montarme, apoyando las patas delanteras en mis caderas. Mis movimientos eran limitados y el animal demasiado pesado. Además temía que me fuera a morder.

Parecía que estaba a punto de lograrlo cuando se escuchó una voz masculina:

— ¡Rex! ¡Baja de ahí!

Un hombre de unos cuarenta años apareció corriendo con una correa en la mano. Agarró al perro por el collar y lo bajó a la fuerza. El animal seguía inquieto, oliéndome.

El dueño me miró de arriba abajo: desnudo, amarrado al árbol, con el collar puesto. Soltó una risa corta y baja.

— Joder… no deberían dejar a su perra en celo suelta por aquí.

En ese preciso momento regresó el padre de Héctor. El dueño del perro se giró hacia él.

— ¿Es tuya esta? —preguntó señalándome—. Lleva tiempo que busco una hembra para que Rex la monte de forma regular. Está joven y tiene mucha energía. Si está disponible… podríamos llegar a un acuerdo.

El padre de Héctor negó con la cabeza.

— No. Esta no está para eso.

El dueño del perro frunció el ceño, visiblemente molesto. Miró otra vez mi cuerpo desnudo y amarrado, luego al padre de Héctor.

— Escucha… si no quieres que llame a la policía y les cuente que encontré a un tipo amarrando a alguien desnudo en el parque a estas horas, vas a tener que dejarme probar algo. Quiero ver de qué tan buen pedigrí es esta puta. Que me chupe la verga. Ahora.

El padre de Héctor se quedó en silencio varios segundos. La mandíbula se le tensó. Finalmente soltó un bufido de fastidio y se giró hacia mí.

— Hazlo.

Me soltó las muñecas del árbol de un tirón y me empujó al suelo, de rodillas frente al dueño del perro.

— Ábrele la boca y chúpale la verga. Y hazlo bien. No me hagas quedar mal.

El hombre se bajó la cremallera con una sonrisa de superioridad y sacó una verga gruesa y ya semi-dura. Me agarró del cabello sin ninguna delicadeza y me empujó hacia ella.

— Vamos, perra. Demuestra lo que vales.

Me metió la verga en la boca de un empujón. Empezó a follarme la cara con movimientos cortos y posesivos mientras el padre de Héctor observaba en silencio, con los brazos cruzados y expresión oscura. El perro, todavía agitado, olfateaba alrededor, ladrando bajito de vez en cuando.

— Eso es… trágatela bien —gruñía el dueño—. Se nota que ya te han entrenado.

Me usó la boca durante varios minutos, sin ninguna consideración, hasta que finalmente se corrió profundo en mi garganta con un gruñido. Me obligó a tragar todo.

Cuando terminó, se zafó de mi boca, se acomodó la verga y miró al padre de Héctor.

— No está mal. La oferta sigue en pie. Si vuelves a dejarla suelta durante el celo… Rex estará listo. Y la próxima vez no me haré responsable si se la monta.

Se llevó al perro y desapareció entre los árboles.

En cuanto se fueron, el padre de Héctor me agarró del collar y me levantó a la fuerza.

— Así que hasta tienes que chuparle la verga a desconocidos para que no nos metan en problemas… —dijo con voz venenosa—. Te voy a castigar por andar exhibiendo esa cola como una perra en celo.

En cuanto el dueño del perro desapareció entre los árboles, el padre de Héctor me agarró del collar con fuerza y me levantó del suelo. Su expresión era de furia contenida y excitación.

— Así que hasta los perros y sus dueños se te insinúan… —escupió—. Resulta que mi puta es tan zorra que provoca hasta a los animales.

Me empujó de pecho contra el tronco del árbol y me separó las nalgas con una mano brusca. Escuché el sonido de su cinturón desabrochándose. No se bajó los pantalones. Solo sacó su verga, ya dura, y la frotó contra mi entrada todavía sensible.

— Te voy a castigar como se castiga a las perras en celo que no saben quedarse quietas.

Sin más aviso, empujó con fuerza y se enterró hasta el fondo de un solo golpe. Gemí alto, el sonido ahogado contra la corteza del árbol. Él no me dio tiempo a adaptarme. Empezó a follarme con embestidas duras, profundas y castigadoras, agarrándome las caderas con tanta fuerza que sentía los dedos clavándose en mi piel.

— Esto es lo que pasa cuando andas exhibiendo el culo por ahí —gruñía entre embestidas—. Hasta un perro te quiso montar. Y tuviste que chuparle la verga a un desconocido para que no llamara a la policía.

Me follaba con ritmo brutal, casi sacándome del suelo con cada embestida. El collar me apretaba el cuello cada vez que tiraba de la cuerda que todavía tenía en la mano.

— Di lo que eres.

— ¡Soy una perra! —gemí.

— Más completo.

— ¡Soy una perra en celo! ¡Una puta que tienta hasta a los perros!

— Eso es.

Aceleró todavía más. El sonido de su pelvis chocando contra mis nalgas era obsceno y fuerte en el silencio del parque. Me agarró del cabello y me tiró la cabeza hacia atrás, obligándome a arquear la espalda mientras me penetraba sin piedad.

— La próxima vez que te me ocurra sacar esa cola sin permiso, te dejo amarrada aquí toda la noche. Y si el perro regresa… que te monte. ¿Quedó claro?

— ¡Sí, señor! —grité entre gemidos.

Se corrió con un gruñido largo y gutural, empujando hasta el fondo y llenándome a chorros. Se quedó embutido varios segundos más, respirando pesado contra mi espalda, antes de sacarse de golpe. Su semen empezó a escurrirme por los muslos de inmediato.

Me soltó y me dejó caer de rodillas sobre el pasto.

— Limpia mi verga. Con la lengua. Y no dejes ni una gota.

Me arrastré hasta él y empecé a lamer su verga todavía sensible, tragando los restos de semen y lubricante. Él me miraba desde arriba, con la cuerda del collar todavía enrollada en su mano.

Cuando terminé, me jaló hacia arriba por el collar.

— Levántate. Vamos a casa. Esta noche te voy a seguir castigando… pero en privado.

Me hizo caminar de regreso al coche todavía desnudo, con su semen bajándome por las piernas y el collar puesto. El frío de la noche ya no me importaba tanto como el miedo y la excitación enferma que sentía en el pecho.

El trayecto de regreso fue en silencio. Yo iba en el asiento trasero, todavía desnudo, con el collar puesto y el semen del padre de Héctor escurriéndome por los muslos. Él conducía sin mirarme, pero de vez en cuando observaba por el espejo retrovisor, como asegurándose de que siguiera exactamente como me había dejado.

Cuando llegamos a su casa, me hizo bajar del coche y entrar caminando desnudo por el jardín delantero hasta la puerta. Una vez dentro, cerró con llave y me miró de arriba abajo.

— Al suelo. De rodillas.

Me arrodillé en el recibidor. Él se quitó la chaqueta con calma y la dejó sobre un sillón. Después se acercó y me agarró del collar, obligándome a mirarlo hacia arriba.

— Esta noche no te vas a ir. Te voy a tener aquí hasta mañana. Y vas a aprender lo que significa realmente ser mi puta.

Me arrastró por el collar hasta la sala y me tiró al centro de la alfombra.

— Quédante en cuatro. Culito arriba. Y no te muevas hasta que yo lo diga.

Obedecí. Escuché cómo se movía por la casa: abrió un cajón, sacó algo, volvió. Sentí el frío de un lubricante espeso mientras me lo aplicaba generosamente entre las nalgas. Después, sin previo aviso, me introdujo un plug considerablemente más grueso que el que normalmente usaba. Gemí por la presión.

— Este se queda puesto toda la noche —dijo—. Si se te sale, te voy a castigar el doble.

Se sentó en el sillón frente a mí, se desabrochó el pantalón y sacó su verga, todavía semi-dura.

— Arrástrate hasta aquí. Y chúpamela otra vez. Despacio. Quiero ver cómo te esfuerzas después de haber tenido la verga de un desconocido en la boca.

Me arrastré de rodillas hasta él y empecé a chuparlo. Él me sujetaba el collar con una mano, controlando la profundidad y el ritmo. Cada vez que intentaba ir más rápido, me detenía.

— Más lento. Las putas que se portan mal no merecen terminar rápido.

Me tuvo así un buen rato, usándome la boca con calma cruel, hasta que finalmente se corrió otra vez, esta vez en mi lengua, y me obligó a mostrárselo antes de tragar.

Después me hizo recostarme en el piso, de espaldas, con las piernas abiertas. Se arrodilló entre ellas y empezó a tocarme el plug, moviéndolo en círculos, empujándolo más adentro.

— Mírate… —murmuró—. Amarrada en un parque, casi montada por un perro, chupándole la verga a un extraño y ahora aquí, con el culo lleno y el collar puesto. Exactamente donde debes estar.

Se inclinó sobre mí y me penetró otra vez, esta vez más lento, más profundo, como si quisiera marcar cada centímetro. Mientras me follaba, me hablaba cerca del oído:

— A partir de ahora vas a venir más seguido. Y vas a empezar a tomar las pastillas que yo te diga. No las anticonceptivas… otras. Las que van a cambiarte de verdad. Y no se lo vas a contar a mi hijo. ¿Quedó claro?

— Sí, señor… —gemí.

— Buena perra.

Se corrió dentro de mí por tercera vez esa noche. Cuando terminó, se sacó, me miró un momento y luego me señaló un rincón de la sala.{

— Duerme ahí. En el piso. Con el collar puesto y el plug adentro. Mañana hablamos de tu nuevo horario.

Me arrastré hasta el rincón y me acurruqué sobre la alfombra, sintiendo el peso del collar alrededor del cuello y el plug grueso dentro de mí. Él apagó la luz de la sala, pero dejó una lámpara pequeña encendida, como para poder verme mientras se iba a su habitación.

Me quedé ahí, en la penumbra, con el cuerpo dolorido, el semen de dos hombres (y el recuerdo del tercero) todavía presente, y la certeza de que el padre de Héctor ya no me estaba prestando…

Me estaba quedando.

Continuará…

Gracias por leerme, espero que les haya gustado y aún tengo mucho más para continuar esta historia. Les dejo mi telegram: @bnsss123

1 Lecturas/25 agosto, 2026/0 Comentarios/por lilcsiss12
Etiquetas: baño, culito, culo, hijo, mayor, padre, semen, sexo
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