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Dominación Hombres, Fantasías / Parodias, Gays

La espera en casa de Diego

Carlos se separó un momento, hilos de saliva uniendo su boca a la punta de la pija de Mateo. —¿Te gusta que te chupe el papá de tu mejor amigo? —preguntó, voz ronca. Mateo asintió, casi sin voz. —Decilo. —Me gusta… que me chupes….
Mateo, de 19 años, pasa cada mañana a buscar a su mejor amigo Diego para ir juntos a la universidad. Un día, al tocar el timbre, abre la puerta Carlos, el padre de Diego. Le dice que su hijo aún se está vistiendo y que puede pasar a esperarlo en la sala. Lo que empieza como una conversación casual se transforma en una tensión creciente, miradas, cercanía y, finalmente, en un encuentro sexual intenso y realista entre Mateo y el padre de su mejor amigo, mientras Diego se ducha en el piso de arriba.

La mañana estaba fresca, de esas de finales de agosto en las que el sol ya calienta pero el aire todavía muerde un poco. Mateo ajustó la mochila sobre el hombro y caminó los dos bloques que separaban su departamento del de los Ramírez. Tocó el timbre dos veces, como siempre.

La puerta se abrió antes de lo esperado. No era Diego.

Carlos Ramírez estaba en pijama: un pantalón de algodón gris y una remera blanca algo ajustada que marcaba el pecho ancho y el vientre todavía firme de un hombre de cuarenta y cinco años que iba al gimnasio tres veces por semana. El pelo oscuro, con algunas canas en las sienes, estaba desordenado. Olía a café recién hecho y a jabón de ducha barata.

—Mateo —dijo, con esa voz grave y tranquila—. Diego todavía está en la ducha. Se levantó tarde, como siempre. Pasa, no te quedes en la puerta.

Mateo dudó un segundo. Nunca había entrado solo. Siempre era Diego el que abría, con la mochila ya puesta, listo para salir.

—Gracias, señor Ramírez…

—Carlos. Ya te dije mil veces que me digas Carlos. Entrá.

Mateo pasó. El living era amplio, con el sofá grande de cuero marrón y la televisión apagada. Se escuchaba el agua de la ducha en el piso de arriba.

Carlos cerró la puerta con el pie y se quedó mirándolo un momento más de lo necesario.

—¿Querés café? Acabo de hacer.

—No, gracias. Solo… espero a Diego.

Carlos sonrió de medio lado y se dirigió a la cocina. Mateo se quedó de pie, incómodo, hasta que el hombre volvió con dos tazas.

—Sentate, che. No vas a estar parado como un poste.

Mateo se sentó en el sofá. Carlos se sentó al lado, no en el sillón de enfrente. Cerca. La rodilla del hombre rozó la de Mateo cuando se acomodó.

—Diego me contó que están con parciales pesados —dijo Carlos, tomando un sorbo—. ¿Vos también?

—Sí… historia y estadística. Un asco.

Carlos soltó una risa baja.

—Yo a tu edad odiaba la estadística. Ahora la uso todos los días en el trabajo. La vida es una mierda así.

Hubo un silencio. El agua de la ducha seguía corriendo. Mateo notó que Carlos lo miraba de reojo, sin disimulo.

—Te ves bien —dijo de pronto el hombre—. Más… lleno. ¿Estás entrenando?

Mateo se sonrojó un poco.

—Un poco. Voy al gym con Diego a veces.

—Se nota. Los hombros… y las piernas.

La frase quedó flotando. Carlos no apartó la mirada. Mateo sintió un calor raro en el pecho y más abajo. No sabía si era vergüenza o otra cosa.

Carlos dejó la taza en la mesita y se inclinó un poco hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas. La remera se le subió un centímetro y se vio un poco de piel y el borde del boxer.

—¿Sabés algo, Mateo? A veces miro a Diego y pienso que ya es un hombre. Y a vos también. Ya no son pibes.

Mateo trago saliva.

—Supongo…

—¿Y vos? ¿Ya tenés novia? ¿O novio?

La pregunta fue directa. Mateo se quedó callado dos segundos de más.

—No… no tengo a nadie ahora.

Carlos asintió despacio, como si confirmara algo que ya sabía.

—Bien. Mejor así. A esta edad uno tiene que probar cosas.

Se quedó callado un momento. Después se levantó, fue hasta la puerta de la cocina y volvió. Esta vez se sentó todavía más cerca. El muslo de Carlos quedó pegado al de Mateo.

—Diego tarda una eternidad en ducharse —dijo en voz baja—. Se pone a cantar y se olvida del mundo.

Mateo intentó reírse, pero le salió un sonido raro. Sentía el calor del cuerpo del hombre a través de la tela del pantalón.

Carlos apoyó la mano en el muslo de Mateo. No fue un roce accidental. Fue una mano grande, cálida, que se quedó ahí, apretando apenas.

—¿Te molesta? —preguntó Carlos, mirándolo a los ojos.

Mateo no pudo hablar. Solo negó con la cabeza, muy despacio.

La mano subió un poco. Los dedos se metieron bajo el borde de la remera de Mateo y tocaron la piel del abdomen. Mateo dio un respingo.

—Estás temblando —susurró Carlos—. Tranquilo. Él no baja todavía.

La mano subió más. Los dedos rozaron un pezón. Mateo soltó un suspiro entrecortado. Carlos se inclinó y le habló al oído, con la voz ronca:

—Hace tiempo que te miro cuando venís. Cómo te queda el jean… cómo te mirás las manos cuando hablás. Sos un pibe lindo, Mateo.

Mateo giró la cara. Estaban a centímetros. Carlos no esperó más. Lo besó.

Fue un beso lento al principio, de labios cerrados, como probando. Después abrió la boca y metió la lengua. Mateo respondió casi sin pensarlo, con hambre. Carlos gruñó bajo y profundizó el beso, una mano en la nuca de Mateo y la otra ya dentro de la remera, apretando un pezón.

Cuando se separaron, ambos respiraban agitados.

—Subite la remera —ordenó Carlos, voz baja pero firme.

Mateo obedeció. Se la sacó del todo. Carlos se quedó mirando el torso joven, los pezones duros, el poco vello del pecho.

—Mierda… —murmuró. Y se inclinó a chupar un pezón mientras la mano bajaba y abría el botón del jean de Mateo.

El pantalón y el boxer bajaron juntos hasta las rodillas. La verga de Mateo ya estaba dura, semi-erecta, y saltó hacia arriba cuando quedó libre. Carlos la tomó con la mano, la pesó, la apretó una vez.

—Linda pija —dijo, casi para sí—. Gruesa.

Se arrodilló entre las piernas de Mateo sin soltarla. La miró un segundo más y después la metió entera en la boca de un solo movimiento.

Mateo arqueó la espalda y soltó un gemido ahogado, mordiéndose el labio para no hacer ruido. Carlos chupaba profundo, sin asco, con la lengua apretando la vena de abajo y la garganta abierta. Subía y bajaba con ritmo, baboso, ruidoso. Una mano le apretaba los huevos, la otra le sostenía la cadera contra el sofá.

Mateo no podía dejar de mirar: la cabeza de Carlos moviéndose entre sus piernas, las mejillas hundidas, los ojos cerrados de placer. El sonido de la ducha arriba seguía, constante.

Carlos se separó un momento, hilos de saliva uniendo su boca a la punta de la pija de Mateo.

—¿Te gusta que te chupe el papá de tu mejor amigo? —preguntó, voz ronca.

Mateo asintió, casi sin voz.

—Decilo.

—Me gusta… que me chupes…

Carlos volvió a engullirla. Esta vez más rápido, más profundo, hasta que Mateo empezó a mover las caderas. Carlos lo dejó, le permitió follarle la boca un rato. Después se levantó, se bajó el pantalón de pijama y el boxer de un tirón.

La pija de Carlos era gruesa, no excesivamente larga, pero ancha, con la cabeza ya brillando de líquido pre-seminal y las venas marcadas. El vello del pubis era oscuro y tupido.

—Dá vuelta —dijo.

Mateo se acomodó de rodillas en el sofá, el pecho apoyado en el respaldo, el culo afuera. Carlos le separó las nalgas con las manos y escupió directo en el agujero. El dedo medio entró sin mucha resistencia; Mateo estaba tenso pero no virgen.

—Relajá… eso… así.

Un dedo se convirtió en dos. Carlos los movía con paciencia, abriendo, buscando la próstata. Cuando la encontró, Mateo soltó un gemido más alto y se mordió el antebrazo.

—Shhh… —susurró Carlos, pero se le notaba la sonrisa en la voz—. Dale, decime si te gusta.

—Me gusta… no pares…

Carlos sacó los dedos, se escupió en la mano, se untó la pija y se posicionó. La cabeza gruesa presionó el agujero. Entró despacio, centímetro a centímetro, mientras Mateo respiraba por la boca y apretaba los ojos.

Cuando estuvo del todo adentro, los dos se quedaron quietos un segundo. Carlos se inclinó sobre la espalda de Mateo y le habló al oído:

—Estás apretado como la mierda… y caliente. Hace tiempo que quería metértela.

Empezó a moverse. Primero lento, sacando casi toda y volviendo a enterrar. Después más fuerte. El sonido de las caderas chocando contra el culo de Mateo llenó el living. Mateo ya no podía callarse del todo; gemía contra el respaldo del sofá, empujando hacia atrás para encontrar cada embestida.

Carlos lo agarró del pelo con una mano y le levantó la cabeza.

—Abrí la boca.

Metió dos dedos en la boca de Mateo mientras le seguía clavando la pija. Mateo chupó los dedos con la misma desesperación con la que antes le habían chupado a él.

—Buen chico… así…

Cambió de posición. Se sentó en el sofá y hizo que Mateo se montara a horcajadas, de frente. Así podía verle la cara. Mateo bajó despacio hasta sentarse del todo sobre la pija gruesa. Carlos le tomó las caderas y empezó a empujar hacia arriba mientras Mateo rebotaba.

—Mirá cómo te la comés… —gruñó Carlos—. El mejor amigo de mi hijo… sentado en mi pija mientras él se ducha arriba. Qué hijo de puta que soy.

Mateo solo podía gemir y asentir. Se inclinó y lo besó de nuevo, sucio, con lengua y saliva. Carlos le masturbaba la pija al ritmo de las embestidas.

El agua de la ducha se cortó de golpe.

Los dos se quedaron quietos un segundo, la pija de Carlos todavía enterrada hasta el fondo. Se escucharon pasos arriba, la puerta del baño, la voz de Diego tarareando algo.

Carlos sonrió, salvaje.

—No te bajes —susurró—. Seguí.

Mateo, con el corazón a mil, volvió a moverse. Más despacio, más controlado. Carlos le apretaba el culo con las dos manos y le metía la lengua en la boca para callarlo.

Arriba se escuchó la puerta de la habitación de Diego. Después pasos en el pasillo.

Carlos aceleró un poco, buscando el ángulo exacto. Mateo se corrió primero, sin avisar: la pija le saltó entre los dos cuerpos, manchando el pecho de Carlos y el suyo propio. El orgasmo le apretó el agujero alrededor de la pija del hombre y eso fue suficiente.

Carlos se corrió adentro, profundo, con un gruñido bajo que sofocó contra el cuello de Mateo. Las embestidas se volvieron irregulares mientras descargaba.

Se quedaron así unos segundos, pegados, sudados, respirando fuerte.

Pasos bajando la escalera.

Carlos sacó la pija de un tirón. Mateo sintió el semen espeso bajarle por el muslo. Rápido, casi en silencio, se subió el jean, se puso la remera y se acomodó en el sofá como si nada hubiera pasado. Carlos se subió el pantalón de pijama y se sentó al lado, las piernas cruzadas para esconder la mancha oscura que empezaba a formarse.

Diego bajó las escaleras todavía secándose el pelo con una toalla, en boxer y remera.

—Che, boludo, perdón la demora. Me quedé dormido como un pelotudo. ¿Hace mucho que estás?

Mateo se aclaró la garganta.

—No… recién llegué. Tu papá me ofreció café.

Diego miró las dos tazas y a su padre.

—¿Todo bien, viejo?

Carlos sonrió, tranquilo, como si acabara de hablar del clima.

—Todo bien. Mateo es un buen pibe. Ya pueden irse si quieren.

Diego se fue a vestir a toda velocidad. En menos de tres minutos estaba listo. Mateo se levantó. Las piernas le temblaban un poco y sentía el semen de Carlos resbalándole entre las nalgas dentro del jean.

En la puerta, mientras Diego se ataba los cordones, Carlos le puso una mano en el hombro a Mateo, como un gesto paternal cualquiera.

—Cualquier cosa… pasá cuando quieras —dijo en voz baja, solo para él—. La puerta siempre está abierta.

Mateo asintió, sin poder mirarlo a los ojos todavía.

Salieron. El sol de la mañana les dio de lleno en la cara. Diego hablaba de los parciales, de una joda del fin de semana, de cualquier cosa. Mateo caminaba al lado, sintiendo todavía el ardor en el culo y el olor a sexo que se le había impregnado en la piel.

Y sabía, con una certeza caliente y peligrosa, que iba a volver.

3 Lecturas/19 agosto, 2026/0 Comentarios/por MamadorDePollas
Etiquetas: baño, culo, hijo, orgasmo, padre, semen, sexo, virgen
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