La habitación de mi hijo 4
La leche hace crecer a los niños.
El tiempo se había vuelto gelatinoso, espeso. Cada movimiento de Osmar parecía prolongarse hasta el infinito. Su respiración era ahora un jadeo rítmico, un sonido animal que llenaba la habitación de Alec, un sonido que nunca debería haber resonado entre esas paredes de dinosaurios y naves espaciales. Sus caderas comenzaron a moverse con un impulso propio, un movimiento corto y profundo que hundía su miembro una y otra vez en la boca entreabierta de mi hijo.
Alec, en su inocencia, hizo una pequeña pausa para tragar. Un reflejo inconsciente. Y ese gesto, esa adaptación natural de su cuerpo, fue lo que pareció empujar a Osmar al borde.
No, pensé, la palabra un proyectil sin sonido en mi mente. No aquí. No en él.
Pero mi cuerpo era una estatua. Mi voluntad, un cadáver.
Vi cómo se tensaba la espalda de Osmar, cómo sus dedos se aferraban a la sábana con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos. Un gruñido profundo y gutural escapó de su garganta, un sonido de triunfo y liberación que me heló la sangre hasta la médula. Su cuerpo se estremeció, una convulsión violenta que lo recorrió de pies a cabeza. Y entonces, vi el derrame.
Un líquido lechoso y espeso se desbordó de los labios de Alec, corriendo lentamente por su barbilla y manchando el colorido pijama. Era una marca, una prueba indeleble de la profanación. El sudor resbalaba por la frente de Osmar mientras se quedaba inmóvil por un instante, saciado.
Con un suspiro tembloroso, Osmar se retiró. Se arrodilló allí por un momento, mirando su obra, la mezcla de su semen y la saliva de mi hijo brillando en la penumbra. Parecía exhausto, pero también en paz. Y entonces, como si una brújina interna de repente señalara hacia el norte, su cabeza giró lentamente. Sus ojos, aún vidriosos por el éxtasis, se levantaron desde la cama de Alec… y me encontraron.
Nuestros ojos se cruzaron a través de la penumbra.
Los de él se abrieron de par en par. El éxtasis se evaporó al instante, reemplazado por un puro y absoluto terror. Su boca se abrió, pero ningún sonido salió. Vio mi figura inmóvil en el umbral, el testigo silencioso de su abominación. Vio que no era un sueño. Vio que había sido visto.
Y en ese instante, el pánico en sus ojos se convirtió en algo peor. En comprensión. Vio que no había miedo en mi rostro. No había ira. Solo una calma terrible y observadora. Vio que no había intervenido. Vio que había estado allí todo el tiempo, observando.
La serpiente dentro de mí, que había estado inmóvil, se estiró y bostezó, satisfecha.
Ahora sí, pensé, y la idea fue tan clara y fría como el acero. Ahora estamos conectados para siempre. Tú y yo, Osmar. Compartimos este secreto. Compartimos este momento.
El terror en los ojos de mi amigo se profundizó al darse cuenta. No era solo que hubiera sido descubierto. Era que había sido descubierto por un monstruo igual o peor que él. Un monstruo que había permitido que sucediera. Un monstruo que, en el fondo, se había deleitado.
El silencio en la habitación se hizo tan denso que casi se podía cortar. Roto solo por el respirador tranquilo y rítmico de Alec, que seguía dormido, inconsciente de la marca que ahora llevaba en su piel y de la nueva y terrible realidad que acababa de nacer en la oscuridad de su cuarto.

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