La habitación de mi hijo 5
El regalo.
El silencio que siguió fue una cosa viva, una bestia pesada que nos aplastaba a ambos en la pequeña habitación de Alec. Osmar seguía arrodillado, con el terror petrificado en su rostro, su miembro flácido aún expuesto como un acusador. Yo me mantuve inmóvil en el umbral, una estatua de sombra y traición. Finalmente, con un movimiento torpe, se abrochó los pantalones. Se puso de pie, temblando, sin atreverse a apartar los ojos de mí.
«Genaro…», susurró, su voz era un cascabel roto. «Yo… no sé qué decir. No sé… qué pasó».
La serpiente dentro de mí se movió, cómoda y perezosa. Era mi turno de hablar. No con ira, no con dolor. Con una curiosidad clínica, casi científica.
«¿Cuántas veces, Osmar?», pregunté, mi voz sorprendentemente tranquila, baja y firme. «¿Cuántas veces has hecho esto?»
Él parpadeó, confundido por la pregunta. Esperaba gritos, violencia, policía. No una indagación calmada.
«Esta… esta es la primera vez», tartamudeó, acercándose un paso más a mí, como si quisiera suplicar. «Te juro, Genaro. Nunca… nunca había hecho nada así. Es solo que… lo vi dormir y… y algo en mí se rompió. No pude evitarlo. Soy un monstruo. Lo sé. Llama a la policía. Mátame. Lo que sea. Pero… por favor, no me odies».
«No te odio», respondí, y la verdad de esas palabras me asustó más que a él. «Entiendo, Osmar. De verdad que entiendo».
Su confusión se profundizó. «¿Entiendes? ¿Cómo puedes…? Soy tu mejor amigo. Acabo de… de hacerle eso a tu hijo».
«Sí», asentí, entrando finalmente en la habitación y cerrando la puerta con un suave clic. El sonido selló nuestro pacto. «Eres mi mejor amigo. Y eso es precisamente por qué entiendo. La amistad es una forma de amor, ¿no? Y el amor, a veces, se vuelve… posesivo. Querer algo tanto que necesitas consumirlo. Tenerlo. Marcarlo».
Me acerqué a la cama, mirando a Alec, que seguía dormido, con el rastro de Osmar secándose en su barbilla. Lo toqué con la punta del dedo, no para limpiarlo, solo para sentirlo.
«¿Lo sientes?», le pregunté a Osmar sin mirarlo. «Ese poder. Esa conexión. Acabas de marcarlo. Es tuyo ahora, de una forma en que nunca será mío».
Osmar me miraba como si me hubiera vuelto loco. «Genaro, estás enfermo. Estoy enfermo. Necesitamos ayuda».
«No», dije, volviéndome hacia él. Una sonrisa pequeña y triste se dibujó en mis labios. «Lo que necesitamos es ser honestos. Esto no es una enfermedad. Es un deseo. Un deseo oscuro, sí. Un deseo terrible. Pero es real. Y mientas finjamos que no existe, nos consumirá. Yo también tengo mis deseos, Osmar. Mis propios demonios. Acabo de descubrir uno de ellos aquí mismo, observándote».
Su rostro se suavizó, el terror dando paso a una comprensión lenta y aterradora. «Tú… tú viste todo. Y no hiciste nada».
«Vi todo», confirmé. «Y no hice nada porque una parte de mí… quería verlo. Quería entenderlo. Quería sentir lo que tú sentías. Y lo hice».
El silencio volvió, pero esta vez era diferente. Era un silencio de complicidad. De secreto compartido. Osmar se relajó visiblemente, como si un peso inmenso hubiera sido levantado de sus hombros, solo para ser reemplazado por uno más oscuro y seductor.
«¿Qué hacemos ahora?», preguntó él, su voz era apenas un suspiro.
Me acerqué a él, poniendo una mano en su hombro. La sentí temblar bajo mi toque.
«Nada», dije suavemente. «No hacemos nada. Limpias a Alec. Lo arropas. Y te vas a tu casa como si nada hubiera pasado».
Miré hacia la cama, luego de vuelta a él. La decisión final, la rendición absoluta, se formó en mi mente con una claridad cristalina.
«Pero», continué, mi voz bajando aún más, convirtiéndose en un susurro conspirador. «La próxima semana, y las semanas siguientes, y las veces que quieras… puedes volver. Puedes venir cuando quieras, cuando él esté dormido. Y yo… yo no interferiré. Estaré aquí. Observando. Entendiendo».
Los ojos de Osmar se abrieron, llenos de una nueva emoción. Ya no era terror. Era asombro. Alivio. Y un deseo renovado, más seguro esta vez.
«Genaro…», comenzó a decir, pero lo interrumpí.
«Es mi regalo, Osmar», dije, sintiendo cómo las últimas cadenas de mi humanidad se rompían. «Por ser mi mejor amigo. Por compartir esta oscuridad conmigo. Él es nuestro secreto ahora. Nuestro santuario. Ven cuando quieras. Yo estaré aquí para asegurarme de que nadie te moleste».
Fin. (O eso creo)

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