La habitación de mi hijo
Mi mejor amigo.
Capítulo 1
Mi mejor amigo.
La puerta del cuarto de Alec entreabierta era como una herida en la silenciosa noche de mi casa. No había sido el ruido lo que me despertó, sino una ausencia de él, un vacío que me empujó a salir de mi cama. Mis pies descalzos no hicieron ruido sobre la madera mientras me acercaba, una sensación de puro terror helado recorriendo mi espina dorsal. Y entonces lo vi.
A través de ese resquicio de luz, vi a Osmar. Mi mejor amigo desde la universidad, el padrino de Alec, el hombre en quien confiaba más que en nadie en este mundo. Estaba de rodillas junto a la cama de mi hijo, su silueta familiar convertida de repente en algo monstruoso y ajeno. Sus manos, las mismas que me habían ayudado a montar el mueble de ese cuarto, se deslizaban con una lentitud aterradora hacia el pijama de Spider-Man que vestía Alec.
Mi cuerpo se convirtió en piedra. Una voz en mi cabeza gritó «¡OSMAR! ¡NO!», pero mi garganta permaneció seca, sellada por el shock. Él, mi Osmar, el hombre que había llorado conmigo el día que nació Alec, estaba bajando el elástico del pijama de mi niño. Y lo peor, lo más incomprensible y devastador, era la expresión en su rostro. No era de lujuria brutal, sino de… reverencia. Como si estuviera a punto de contemplar una obra de arte sagrada.
«Detente», susurré en mi mente, las palabras un eco sin fuerza. «Es Osmar. Por Dios, es Osmar y es tu hijo. Haz algo. Grita. Lánzate sobre él.»
Pero mis pies seguían clavados en el suelo. Y entonces, la serpiente que siempre dormía en el rincón más oscuro de mi conciencia despertó y se estiró, cómoda y perezosa.
Fíjate bien, me susurró esa voz. No es cualquier monstruo. Es tu amigo. Eso lo hace mucho más interesante, ¿no crees?
El pánico dio paso a una extraña y morbosa calma. Observé cómo los pantalones del pijama se deslizaban hasta las rodillas de Alec, exponiendo la piel pálida y suave de sus muslos. Mi hijo se movió ligeramente en el sueño, un murmullo ininteligible escapó de sus labios, pero no despertó. La confianza que tenía en Osmar era absoluta, una confianza que yo estaba violando con mi silencio.
Deberías odiarlo, continuó el monólogo en mi cabeza. Deberías sentir un deseo irrefrenable de arrancarle los ojos con tus propias manos. Pero… ¿no sientes también una especie de… poder? Estás aquí. Eres el único que sabe. Eres el director de esta pequeña obra de teatro macabro. Puedes gritar «¡Corten!» en cualquier momento. O puedes dejar que la escena continúe.
Me sentí náuseas. El conflicto me desgarraba, una guerra civil en mi alma. Una parte de mí, el padre, el protector, lloraba y se retorcía. Pero la otra parte, la parte que nunca le había confesado a nadie, la parte que se fascinaba con los límites, con la transgresión, observaba con una atención casi científica.
Es tu mejor amigo, pensé, el pensamiento fluyendo con una claridad terrible. Y está a punto de profanar a mi hijo. ¿Qué significa eso? ¿Significa que todo es una farsa? ¿Que la amistad no existe? ¿O que el mal puede convivir con el bien de una forma tan perfecta que es imposible distinguirlos?
Osmar inclinó la cabeza. Vi cómo cerraba los ojos, inhalando el aire cerca de la piel de Alec. Era algo más que un acto de pura lujuria; era algo más complejo, más adictivo. Un acto de posesión, de consumo.
Y yo, seguía allí. Fijo. Roto. Con el poder de detenerlo todo en mis puños, pero con el vicio de querer saber qué pasaría si no lo hacía. El dilema no era solo salvar a mi hijo. Era decidir qué parte de mí mismo debía morir en esa habitación esa noche.
Alguno ha soñado o fantaseado algo similar?, comenten.

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