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Dominación Hombres, Fetichismo, Heterosexual

La hermana de mi amigo. 4/4

Me tenía completamente bajo su control, moviéndose sin parar, frotando su carne contra mi erección mientras yo luchaba entre el miedo a que nos descubrieran y el placer de tenerla encima..
Con cada movimiento de sus caderas, con cada apretón, me hacía olvidar todo lo demás.

La presión era deliciosamente sofocante.

 

Mi respiración estaba agitada y el corazón no bajaba el ritmo.

 

De repente se detuvo.

Se levantó y giró de frente a mí.

 

Nuestros ojos se cruzaron…

 

Bajó la mirada hacia mi entrepierna.

 

No dijo nada.

 

Metió los dedos en el borde de mi boxer y lo jaló hacia abajo con decisión.

 

Mi erección quedó expuesta inmediatamente.

 

—Mira cómo te tengo… —susurró.

 

Sonrió con esa mezcla de sensualidad y algo casi amenazante.

 

—Disfrútalo…

 

Ya no sabía si en verdad estaba ebria o solo fingía.

 

Volvió a darme la espalda.

 

Se inclinó un poco, abrió nuevamente sus nalgas y se dejó caer lentamente sobre mí.

 

El calor de su cuerpo me envolvió de inmediato.

 

Soltó el aire despacio, acomodándose apenas lo necesario para atraparme por completo entre sus piernas y sus caderas.

 

El peso de su cuerpo, la suavidad de su piel cerrándose alrededor de mí, y la presión constante hicieron que un gemido grave escapara de mi garganta antes de poder contenerlo.

 

Ara se quedó quieta unos segundos.

 

Como si disfrutara sentirme perder el control poco a poco.

 

El primer apretón llegó lento.

 

Firme.

 

Deliberado.

 

Sentí cómo toda la tensión me subía de golpe por el cuerpo y tuve que cerrar los ojos un instante.

 

El aire empezó a faltarme.

 

La tomé de las caderas, supuestamente para apartarla… pero mis dedos terminaron hundiéndose en su piel.

 

Quería detenerla.

 

Pero otro apretón llegó.

 

Más fuerte esta vez.

 

Y sentí cómo algo dentro de mí comenzaba a quebrarse lentamente.

 

Mi respiración ya era torpe. El corazón me golpeaba con violencia y cada segundo debajo de ella hacía más difícil pensar con claridad.

 

Ara soltó un suspiro tembloroso y volvió a moverse apenas lo suficiente para torturarme todavía más.

 

Entonces volvió a apretarme.

 

Y esta vez tuve que morderme el labio para no gemir otra vez.

 

Ya no estaba luchando solo contra el deseo.

 

Estaba luchando contra las ganas de rendirme por completo.

 

Las cosas ya habían escalado a un punto al que no quería llegar y antes de que escalaran aún más, tenía que detenerla, aunque en realidad no quería.

 

Se levantó una vez más.

 

La tensión llenó todo el cuarto.

 

Alcanzó mi pene, lo tomó entre sus dedos. Ajustó su posición y empezó a descender lentamente, esta vez buscando que la penetrara.

 

Sentí la cabeza presionando contra la entrada húmeda de su vagina, y justo cuando estaba a punto de deslizarse dentro…

 

—¡Chelyyyyy!

 

Un grito se escuchó desde abajo.

 

Ara se levantó de golpe y se acomodó los leggings a toda prisa.

 

Yo guardé mi miembro como pude y me incorporé con la adrenalina disparada.

 

Ella se tiró sobre la cama y se acomodó.

 

—Dile que estoy dormida —dijo de prisa.

 

Salí del cuarto tratando de calmar mi respiración y limpiándome el sudor de la frente.

 

Apenas llegué a las escaleras cuando vi que su mamá ya venía subiendo.

 

Le hice una seña para que no hiciera ruido.

 

—Se quedó dormida —susurré.

 

Le expliqué que el chico la había dejado a mi cuidado pero que no había vuelto.

 

—¡Ay, ese niño está jugando con sus primos! —dijo.

 

Caminó hasta su cuarto y Ara fingió que estaba dormida.

 

Cerró la puerta de la habitación y yo aproveché para despedirme.

 

Bajamos juntos. Me preguntó que si me la había pasado bien. Respondí que sí, aunque en mi cabeza esa pregunta tenía otro significado.

 

Se disculpó porque Manuel aún no regresaba.

 

Me acompañó hasta el carro. Me invitó al recalentado del día siguiente, pero rechacé la invitación. No me sentía capaz de mirarlos a la cara después de lo que pasó y de lo que casi había pasado.

 

Arranqué y me fui con una mezcla de alivio y frustración.

 

Las cosas no habían llegado hasta donde ambos queríamos… pero igual sentía que les había fallado a todos.

 

Pasaron unos meses. Manuel me escribió un par de veces invitándome a comer, pero siempre puse alguna excusa.

 

Aracely nunca me buscó. Y yo tampoco a ella.

 

Hace una semana Manuel me llamó para invitarme de nuevo.

Acepté ir el sábado. No quería perder la amistad con él.

 

El día llegó y fui rumbo a su casa.

 

Al llegar, todo parecía normal.

Me recibieron con el mismo cariño de siempre.

 

Saludé a todos, incluyendo a Ara. Ella actuó con naturalidad.

 

Comimos, platicamos y, como era de esperarse, los niños propusieron jugar Mario Kart.

 

Todos corrieron hacia el sillón.

 

Yo me quedé todavía en la mesa.

 

Voltearon a verme.

 

—¡Ven! Te apartamos tu lugar —dijo el mayor.

 

Era el mismo sitio de siempre: justo al lado de Aracely.

 

Me senté.

 

La tensión entre nosotros seguía ahí, latente.

 

Ella me miró apenas un segundo… sus ojos dijeron algo.

Después volvió la vista hacia la pantalla.

 

Fue suficiente para entender que aquella noche seguía ahí.

 

Elegimos a los personajes y la carrera comenzó.

 

Todo se sintió más ligero. Como si hubiéramos llegado a un pacto silencioso.

 

Hasta hoy sigo visitándolos.

Me sigo llevando bien con toda la familia.

 

Todavía siento que les fallé, aunque no completamente.

 

Entre Ara y yo nunca hemos vuelto a hablar de esa noche. Ni siquiera lo hemos insinuado.

 

Pero sé que le sigo gustando, y ella a mí.

Sus ojos me lo dejan claro cada vez que nos vemos.

 

Ese límite sigue ahí… aunque cada vez cuesta más respetarlo.

16 Lecturas/20 mayo, 2026/0 Comentarios/por Azmodan
Etiquetas: amigo, chico, ebria, familia, hermana, mayor, primos, vagina
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