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Dominación Hombres, Heterosexual, Sado Bondage Hombre

La historia de Roberto

Un adolescente heterosexual es abusado por sus amigos pero no por voluntad sino obligados por un drogadicto.
Está es historia verídica, novelada a partir de un hecho real. Ocurrió en los años 90, en un pueblo de Costa Chica de Guerrero, México. Tenía doce años, quizás trece. La edad en la que el cuerpo comienza a traicionar con erecciones inoportunas y la piel se vuelve territorio enemigo. En su pueblo, un lugar pequeño donde todos conocían los secretos de todos, existía una casa en las afueras. Vivía allí un hombre llamado El Chino, aunque no tenía nada de asiático; el apodo provenía de sus ojos entrecerrados, siempre rojos, siempre riendo de algo que solo él entendía. El Chino vendía marihuana y tenía una colección de películas que los adultos del pueblo ignoraban o toleraban según su moral particular.

 

Roberto y sus amigos —cuatro o cinco chicos de su edad, todos en esa etapa de hormonas desbocadas — solían ir allí los sábados por la tarde. El ritual era siempre el mismo: entrar con alguna excusa, comprar un poco de hierba que apenas sabían fumar, y quedarse a ver películas de acción en una televisión de tubo que chirriaba. El Chino, veintitantos años mayor que ellos, se comportaba como un hermano mayor permisivo, comprándoles cerveza, contándoles historias de sus conquistas sexuales exageradas.

 

Pero ese sábado fue diferente.

 

Roberto recordó el sonido metálico de la llave girando en la cerradura. El chasquido seco, definitivo. El Chino se levantó de su sillón desvencijado y caminó hacia la puerta con una naturalidad que hizo que ninguno de los chicos reaccionara de inmediato. Cuando se dio la vuelta, tenía un machete en la mano. No lo blandió de forma amenazante; simplemente lo dejó caer sobre la mesa de madera con un ruido sordo que resonó en el pequeño salón.

 

—Hoy se hacen hombres —dijo El Chino, y su voz tenía una calidad diferente, una seriedad que no admitía discusión.

 

Los chicos se miraron entre sí, riendo nerviosamente, esperando la broma que nunca llegó. El Chino sacó una videocasete de un cajón y la insertó en el reproductor. La pantalla parpadeó y luego mostró una imagen que Roberto había visto antes en revistas arrugadas escondidas bajo colchones, pero nunca en movimiento, nunca con sonido, nunca de esta manera tan cruda y cercana.

 

Era una escena de sexo explícito. No la pornografía suave de las revistas, sino algo violento, mecánico, deshumanizado. Los gemidos salían distorsionados por los altavoces baratos, y el sonido de carne golpeando carne llenaba la habitación.

 

—Se van a masturbar —ordenó El Chino, sentándose de nuevo en su sillón, el machete a su alcance—. Los cinco. Ahora. Y se quedan quietos hasta que terminen.

 

Roberto recordó el terror paralizante, la vergüenza que quemaba más que cualquier fuego. Intentó protestar, pero las palabras se atascaron en su garganta. El Chino no gritó, no amenazó directamente; simplemente señaló el arma sobre la mesa y repitió la orden con una paciencia terrible.

 

Los chicos se desabrocharon los pantalones con manos temblorosas. Roberto recordó el olor a humedad de la habitación, el sudor de sus amigos, el sonido de la cinta que chirriaba. Recordó su propia mano sobre su miembro flácido, el terror impidiéndole la erección mientras El Chino observaba con una sonrisa perversa, como un director de teatro macabro.

 

—Más rápido —susurró El Chino—. Quiero verlos correrse. Eso es ser hombre.

 

Roberto sintió que el tiempo se había detenido. Sus manos permanecían inmóviles sobre su cremallera, los dedos entumecidos, incapaces de obedecer. El calor de la habitación se volvió sofocante, una sauna de vergüenza y terror que le impedía respirar. A su alrededor, los otros chicos —sus amigos, compañeros de aventuras y secretos— ya habían cedido a la demanda absurda, sus cuerpos traicionados por la edad y la confusión hormonal, moviéndose con urgencia mecánica mientras evitaban mirarse entre sí.

 

Pero Roberto estaba paralizado. Su cuerpo, lejos de responder, se había encogido, retraído, como animal que juega muerto ante el depredador.

 

El Chino se levantó de su sillón. El machete brilló bajo la luz amarillenta de la única bombilla que colgaba del techo. Caminó hasta Roberto con pasos lentos, deliberados, y se agachó frente a él. El aliento a tabaco y alcohol invadió el espacio personal del niño.

 

—¿Qué te pasa pendejo? —susurró El Chino, y su voz tenía una textura aceitosa, venenosa—. ¿Que no eres hombrecito?¿Por qué no se te para?¿No te gustan las viejas? ¿Eres maricon?

 

Roberto intentó hablar, pero solo emitió un sonido ahogado, un gemido de animal atrapado. Las lágrimas corrían libremente por su rostro, y eso pareció enfurecer a El Chino.

 

—Mira a los demás —ordenó, agarrando el mentón de Roberto con fuerza suficiente para dejar marcas—. Ya casi terminan. Y tú, nada. Te pones rojo como puta.

 

El Chino se enderezó y dio un paso atrás, observando a los chicos que jadeaban, avergonzados, tratando de terminar pronto para que aquel horror cesara. Luego volvió a mirar a Roberto, y en sus ojos rojos brilló algo que el niño no supo identificar entonces, pero que años después reconocería como la excitación del poder absoluto.

 

—Si no eres vato —dijo El Chino, alzando la voz para que todos escucharan—, entonces eres como las perras que están cogiendo en la película. ¿Verdad?

 

Roberto trató de levantarse, de correr hacia la puerta, pero El Chino fue más rápido. El filo del machete rozó su cuello, frío como el hielo.

 

—Siéntate —ordenó, y luego, dirigiéndose a los otros chicos que aún no se venían y estaban todos con sus vergas paradas, avergonzados y confundidos—: ustedes. Vengan para acá.

 

Los chicos se miraron entre sí. Había cuatro, quizás cinco —Roberto ya no recordaba bien, la memoria se negaba a conservar detalles claros—. Todos tenían entre doce y catorce años, atrapados en esa edad liminal donde el cuerpo cambia pero la mente aún es infantil.

 

—Este buey parece hombrecito pero quiere ser mujercita, no se le para, le gusta la riata —anunció El Chino, señalando a Roberto con el machete—. Así que le van a dar lo que quiere, igual como en la película que están viendo —y señalando la pantalla donde a una morena la están atravesando tres negros con sus grandes miembros.

 

El silencio que siguió fue denso, viscoso. Uno de los chicos —Roberto recordaba su nombre, un apellido común del pueblo, pero se lo había borrado de la memoria como se borra un archivo corrupto— dio un paso atrás y quiso correr.

 

—Yo no quiero… —empezó a decir.

 

El Chino giró rápidamente y golpeó con el mango del machete la mesa de madera, haciendo un ruido estruendoso que hizo saltar a todos.

 

—¡Haga lo que te digo, pinches puntos o no salen vivos de aquí! —gritó, perdiendo toda compostura—. ¿Quieren que los mate?

 

El miedo es un contagio más potente que cualquier enfermedad. Roberto vio cómo la resistencia se desmoronaba en los rostros de sus amigos, reemplazada por algo primitivo, la necesidad de salvarse a uno mismo sacrificando al otro. El Chino no necesitó repetir la orden. Comenzó a señalar con el machete, a empujar a los chicos hacia donde Roberto yacía, inmóvil, contra la pared.

 

—Quitenle la ropa —ordenó El Chino, y su voz había vuelto a ese tono bajo, casi íntimo, que era peor que los gritos—. Háganle lo mismo que le han hecho a las putas de la película.

 

Roberto intentó resistir, pero sus brazos no respondían. Cuando sintió las manos de sus amigos —manos que habían jugado al fútbol con él, que habían compartido bromas y secretos— tirando de su ropa, el mundo se fracturó. Algunos lloraban mientras lo hacían, murmurando disculpas, otros tenían los ojos vidriosos, como si estuvieran en trance, desconectados de sus cuerpos para sobrevivir.

 

El Chino se sentó de nuevo en su sillón, el machete sobre sus rodillas, y observó. No participó físicamente —quizás eso habría sido demasiado incluso para su depravación, o quizás el poder de dirigir, de forzar a otros a ser sus instrumentos, era suficiente excitación— pero dirigió cada movimiento con órdenes susurradas, con gestos del filo que brillaba en la penumbra.

 

— Tú, el del pito grande, vas a ser el primero. ¡Roberto arrodíllate y chúpasela! — Roberto dejó de sentir su cuerpo. La disociación, ese mecanismo de defensa que el cerebro infantil activa ante lo insoportable, lo envolvió como una manta de lana gruesa. Sintió la verga de sus amigos en la boca y en su anito virgen, primero con temor, luego, dejandose llevar por la lujuria de coger por primera vez un culito, le dieron con fuerza hasta llenar su intestino de su leche adolescente. El dolor físico que era solo la superficie de una herida mucho más profunda, pero su mente se refugió en un rincón oscuro, observando desde lejos cómo su cuerpo se convertía en objeto, en territorio conquistado por el terror y la sumisión de sus pares.

 

Cuando terminó —y no supo cuánto tiempo había durado, si minutos o horas eternas— El Chino les permitió vestirse. No hubo palabras de despedida, ni amenazas de silencio. Simplemente abrió la puerta y los chicos salieron, tambaleándose, ensangrentados en el alma, llevando cada uno un pedazo de la vergüenza mutua que nunca hablarían.

 

Roberto caminó hasta su casa en la oscuridad. No lloró. No sentía nada. Se metió en la ducha y frotó su piel hasta hacerla roja, intentando borrar las huellas de las manos que ya no estaban allí, pero que permanecerán grabadas para siempre en su carne.

2 Lecturas/23 julio, 2026/0 Comentarios/por jagh333
Etiquetas: amigos, cogiendo, culito, hermano, heterosexual, mayor, sexo, virgen
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