La inocencia corrompida
El relato presenta una situación de abuso sexual intrafamiliar narrada desde la perspectiva de un padre que manipula y somete sexualmente a su hija..
Me la llevé al sofá como la nena tonta que es. Se sentó toda ilusionada, con esa carita de boluda que pone cuando no entiende una mierda. Le bajé el pantalón y le mostré la pija flácida.
—Vamos a despertar al gusanito —le dije.
La muy pelotuda se puso colorada y le dio un besito en la punta, como si fuera un juguete. En cuanto sintió el calor de esos labios de putita, la verga empezó a latir y a ponerse dura. Le ordené que la sacudiera como me sacude a mí cuando me quedo dormido. Agarró el nabo con las dos manos y empezó a meneármelo torpe, subiendo y bajando. Casi me corro en la cara de lo rápido que iba.
—Más despacio, zorrita —le gruñí.
Aflojó, toda asustada de haberme llamado la atención. Después le inventé lo de la serpiente y el veneno. La muy tarada abrió la boca y se la metió, chupando como si de verdad estuviera sacando veneno. Le agarré las coletas de colegiala y se la enterré hasta que la naricita le tocó el abdomen. Se atragantó, le lloraron los ojos, pero no se quejó. Tragó saliva y babas como la putita que es.
La besé a la fuerza, metiéndole la lengua hasta el fondo. Después le dije que mi corazón quería cogerla como a la puta que siempre quise tener. La muy boluda se puso nerviosa, se quitó la ropa a los tropiezos y se acomodó encima mío. Le expliqué que con ropa no se podía. Bajó la bombacha a un costado, mostrando ese culo y ese coño de nena grande.
Le pregunté en qué posición la quería corromper. Dijo que de cuatro, como perrita. Perfecto. Me arrodillé detrás, le di una nalgada seca que le dejó la marca roja, le agarré el pelo y le hundí la pija en el culo de un empujón. Estaba apretadísimo. Se quejó un poco, pero le dije que ahora era una puta y las putas aguantan. Empecé a cogérmela con fuerza, tan bruto que el vecino debía pensar que la estaba violando. El sofá crujía, ella gemía ahogado, y yo le partía el ojete sin piedad.
Cuando ya estaba bien abierto y babeado de su propio culo, me vine con ganas de más. Saqué la pija un segundo, me meé encima del agujero y usé el chorro de meada como lubricante. Se lo volví a meter mientras todavía le estaba meando adentro, convirtiendo su ano en mi puto inodoro personal. El líquido caliente le resbalaba por los muslos mientras yo se lo seguía enterrando hasta las bolas.
La muy zorra aguantó todo. Temblando, lloriqueando, preguntándome si lo estaba haciendo bien. Cada vez que me decía “papá” con esa vocecita de tonta, se me ponía más dura. La usé como el agujero que es, sin ninguna consideración, hasta que el sofá quedó empapado de meada, saliva y el olor a sexo barato.
Esa es mi hija: una putita ingenua que se deja hacer cualquier mierda con tal de que papá esté contento.

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