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Dominación Hombres, Sexo con Madur@s

La Malcriada Rica y el Oscuro Indigente – Capitulo 1 –

Sofía tenía dieciocho años recién cumplidos. Era virgen. Hija única de una familia multimillonaria que vivía en una mansión enorme a las afueras de la ciudad. Mimada desde que nació, nunca le había faltado nada… excepto lo que más le estaba empezando a quemar por dentro: un hombre..

Sofía tenía dieciocho años recién cumplidos. Era virgen. Hija única de una familia multimillonaria que vivía en una mansión enorme a las afueras de la ciudad. Mimada desde que nació, nunca le había faltado nada… excepto lo que más le estaba empezando a quemar por dentro: un hombre.

El pelo largo castaño oscuro le caía como una cascada sedosa hasta la mitad de la espalda. Tenía unos ojos azules enormes, casi hipnóticos, con pestañas largas y tupidas y esas pecas suaves en la nariz y las mejillas que le daban un aire de inocencia angelical. La boca era carnosa, en forma de corazón, siempre con ese puchero natural. Pero lo que volvía loco a cualquiera que la mirara era el cuerpo: unas tetazas enormes, pesadas, redondas y perfectas que desbordaban cualquier prenda; la cintura estrecha, casi imposible; el vientre plano y suave; y un culazo redondo, alto, carnoso y jugoso que apenas cabía en cualquier pantalón. Los muslos gruesos y suaves se rozaban al caminar. Era una mezcla explosiva: cara de niña buena y cuerpo hecho para el pecado. Y seguía siendo virgen.

Sofía solía salir a caminar por las calles cercanas a la mansión, especialmente por la zona donde estaban los locales y negocios de su familia. Al principio lo hacía por obligación. Pero con el tiempo tomó la costumbre… porque había un hombre negro y viejo que le llamaba la atención. Ella, siempre soberbia y creída, con esa actitud de princesa mimada que todo lo tenía y a nadie necesitaba, no podía evitar sentir una mezcla extraña cada vez que lo veía. Una mezcla de desprecio profundo… y algo más caliente que se negaba a reconocer.

Y ese hombre era Don Joao.

Lo conocían en la calle como Joao “Mamba Negra”. Tenía la piel oscura y curtida, llena de arrugas profundas que le cruzaban la frente, las mejillas y el cuello. El pelo grisáceo, largo y desordenado, le caía sobre los hombros, y la barba blanca y gris le cubría la barbilla. Sus ojos eran pequeños, hundidos, pero intensos, casi negros, con una mirada penetrante que parecía atravesarte. Las manos grandes, nudosas y sucias. Vestía siempre la misma chaqueta verde militar vieja y rota, con manchas y agujeros, y unos pantalones sucios y desgastados.

Era un indigente. Vivía en las calles. Pero tenía algo que no cuadraba: era inteligente. Muy inteligente. Hablaba con calma y usaba palabras precisas. Y tenía fama… una fama oscura. Decían que escondía una verga negra gigantesca, gruesa y pesada, que le había valido el apodo de “Mamba Negra”.

Don Joao siempre estaba en la misma esquina, observando. Y desde hacía semanas observaba especialmente a ella.

Cada vez que Sofía pasaba, el viejo la recorría con la mirada sin disimulo: las tetazas que rebotaban, la cintura estrecha, y finalmente el culazo que se marcaba con cada paso. A veces murmuraba algo. Otras veces solo sonreía con esa sonrisa torcida y calmada.

Y Sofía, por más soberbia y creída que fuera, no podía dejar de mirarlo también.

Ese día salió con la chaqueta denim crop ajustada y los jeans oscuros que le ceñían todo el cuerpo. Las tetazas enormes se marcaban contra la tela cada vez que respiraba. El culazo redondo y firme se movía hipnóticamente con cada paso. Iba caminando con la cabeza alta cuando lo vio en su esquina.

Don Joao la miró directamente. Sus ojos oscuros bajaron sin vergüenza por sus tetazas, por su vientre, y se detuvieron en el culazo.

Sofía sintió un calor traicionero subirle por el cuello y bajar hasta entre las piernas. Un latido húmedo latió en su coño. Se detuvo en seco.

“Qué asco”, pensó. “Míralo. Viejo, negro, sucio, mendigo. Ese color de piel… esa cara arrugada… ese olor a calle. ¿Cómo se atreve a mirarme así? ¿Cómo se atreve un negro asqueroso como él a poner los ojos en mis tetas? En mis tetas. En mi culazo. Yo soy blanca, soy rica, soy joven, soy perfecta. Él es… él es lo más bajo. Un negro viejo y pobre que debería estar agradecido de que yo ni siquiera lo pise.”

Pero mientras pensaba eso, sus pezones se endurecieron contra la chaqueta. Un latido traicionero latió entre sus piernas.

“No. No. Eso no tiene nada que ver con que sea negro”, se mintió a sí misma con rabia. “Es porque es viejo. Porque es sucio. Porque es un mendigo. No tiene nada que ver con… con el color. No soy racista. Yo no soy así. Pero… ¿por qué me pone así que un negro viejo y asqueroso me coma con la mirada? ¿Por qué se me mojan las bragas cuando un mendigo negro me mira las tetas como si fueran suyas?”

Don Joao sonrió con calma.

—Tranquila, señorita … solo admiro la belleza. Algunos por aquí me llaman Joao “Mamba Negra”. Por la serpiente grande y negra que …. El resto queda a su imaginación – Dijo Joao con aire dominante

La palabra “negra” le resonó en la cabeza como un latigazo. Sofía sintió un calor brutal subirle por el cuello.

“¿Mamba Negra? ¿Está hablando de su… de su pene? ¿Serpiente negra? ¿Gigante? ¿Un viejo negro asqueroso con una pene negro enorme? ¿Y se atreve a decírmelo a mí?”

La imagen le invadió la mente sin permiso: un pene negro (como ella se atrevía a nombrarlo) ¿una serpiente?, colgando entre las piernas sucias del viejo. La idea le provocó una mezcla de asco profundo y una curiosidad tan fuerte que casi se le doblan las rodillas.

“Qué asco. Qué asco. Qué asco. Soy blanca. Soy rica. Mi familia nunca permitiría… ni siquiera pensar en algo así. Un negro. Un viejo. Un mendigo. Su pene negro llamándome la atención ?… no. No. NO. Soy mejor que eso. Soy mucho mejor que eso.”

— ¡Cállese la boca, viejo negro asqueroso! —gritó, la voz temblando de rabia y de algo más—. ¡No se atreva a mirarme nunca más! ¿Entendido? Usted no es nada. Un mendigo negro y sucio que no debería ni levantar la vista cuando pasa una mujer blanca como yo. ¡Qué asco me da que un negro viejo como usted se atreva a desearme!

Se dio la vuelta con fuerza y se alejó caminando rápido. Cada paso hacía que sus tetazas rebotaran y que el culazo se moviera dentro de los jeans. Sentía la mirada del viejo clavada en su espalda. Sentía cómo le ardía la piel. Sentía la conchita humedecida y traicionera.

“Es por el color”, pensó con rabia mientras caminaba. “Es por eso. Porque es negro. Porque imaginarme deseando a un negro viejo y pobre me parece la cosa más sucia y baja del mundo. Y sin embargo… sin embargo algo me pasa. ¿Por qué? ¿Por qué mi cuerpo traiciona todo lo que yo soy? ¿Por qué me llama la atención que un negro asqueroso me mire como si quisiera hacerme cosas asquerosas? Soy una enferma. Soy una tonta enferma. No. No voy a ser eso. Voy a negarlo. Voy a odiarlo más fuerte.”

Llegó a la mansión con el corazón acelerado. Subió directamente a su habitación, cerró la puerta con llave y se apoyó contra ella, respirando agitada. Se miró en el espejo grande de cuerpo entero. Se quitó la chaqueta y los jeans. Se quedó en sujetador y bragas. Las tetazas pesadas subían y bajaban. Algo brillaba de humedad entre las piernas.

Se tocó un pecho por encima del sujetador y sintió el pezón duro. Se miró a los ojos en el reflejo y se habló con desprecio:

“Mírate. Mírate cómo estás. Acalorada. Con los pezones duros. Por culpa de un viejo negro asqueroso. Un mendigo. Un negro pobre y sucio que vive en la calle. ¿Qué diría tu familia? ¿Qué diría tu padre si supiera que su hija perfecta tiene estas debilidades delante de un mendigo viejo? Te repudiarían. Te despreciarían. Y tendrían razón. Porque eso es lo que eres ahora mismo: una chica blanca rica que se descontroló con un negro viejo y pobre. Qué asco. Qué asco de ti misma.” Pensó Sofia

Se bajó las bragas y se miró el monte de carne rosada inexplorado en el espejo. Estaba hinchado, brillante, abierto. Lo rozó con dos dedos y sintió la humedad sin sentido según lo que ella opinaba . y los apartó como si se hubieran quemado.

“No. No voy a tocarme. No voy a imaginarme esa mamba negra. No voy a ser esa chica. Soy Sofía. Soy blanca. Soy rica. Soy virgen. Y voy a seguir siéndolo. Ese viejo negro asqueroso no va a tener nada de mí. Ni siquiera mis pensamientos. Ni siquiera mi odio. Porque ni siquiera merece que lo odie. No merece nada.”

Se puso el pijama, se metió en la cama y apagó la luz. Pero las imágenes seguían ahí: los ojos hundidos del viejo clavados en sus tetazas, la palabra “Mamba Negra”, la idea de ese pene negro, grueso y oscuro, contrastando con su piel blanca, con todo lo que ella era.

Cada vez que la imagen aparecía, Sofía la rechazaba con más rabia.

“Es asqueroso. Es repugnante. Es bajo. Es negro. Es viejo. Es pobre. Yo soy lo contrario de todo eso. Y por eso nunca, nunca, nunca voy a desearlo. Nunca.”

Se quedó así, con el cuerpo caliente, el coño palpitando, negando con todas sus fuerzas… hasta que el sueño la venció.

9 Lecturas/30 junio, 2026/0 Comentarios/por CARLOSQYAV
Etiquetas: chica, hija, joven, militar, mujer, padre, verga, virgen
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