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Dominación Hombres, Incestos en Familia, Sexo con Madur@s

la parcela de mi abuelo: volviéndome mujer.

mi abuelo sigue disfrutandome y ahora me enseña a ser mujer .
Parte 3.

Como he estado contando, mi abuelo poco a poco me iba volviendo su puta personal, y tengo que aceptar que tener sexo era algo que me encantaba; disfrutaba sentir su pene dentro de mí, era algo que ya se había vuelto casi una necesidad, me había acostumbrado a tener sexo seguido (oral o vaginal). De igual forma, tener sus dedos entrando y saliendo de mi vagina era algo que me ponía húmeda.

El que yo estuviera pegada a mi abuelo únicamente generaba más y más problemas con mi abuela, pues cuando él no estaba, porque se iba a juntas de ejidatarios o a vender ganado, ella aprovechaba para darme unos buenos golpes, pues no había quien me defendiera. Después de castigarme por desobedecerla o por ser mal contestona, me amenazaba diciendo que si contaba algo a mi abuelo, las siguientes golpizas serían peores; así que muchas veces no le decía nada a él por miedo. Sin embargo, cuando él regresaba y me veía con algún moretón, enseguida le reclamaba a mi abuela y comenzaban los golpes entre ellos.

Con el pasar del tiempo, a mi abuelo le fue yendo bien en la venta de sus ganados, además de que lo habían vuelto comisario ejidal, así que se mantenía algo ocupado; por lo tanto, únicamente una o dos veces íbamos a la parcela a tener sexo por las tardes. Sin embargo, en la casa, cuando se podía, hacía que le diera sexo oral. Recuerdo que en esa época él sacaba mucho semen, era muy blanco y espeso; según él, era porque solo conmigo tenía sexo. Incluso me decía: «La vieja de tu abuela ya no aguanta coger, por eso eres mi preferida». A pesar de ser pocas las ocasiones en las que íbamos a la parcela, él seguía consintiéndome, comprándome todo lo que le pedía.

En mi cumpleaños número 12 me organizó una fiesta, rentó un local con piscina, hubo comida y cerveza. Ese día yo tenía un traje de baño de dos piezas color azul. Tal vez por mi prematura actividad sexual con mi abuelo, mi cuerpo se desarrolló de forma rápida: mis caderas ya eran un poco más definidas, mis pechos habían crecido, ya usaba corpiño porque mis pezones comenzaron a marcarse bajo mis blusas, y mi abuela comenzó a criticarme por andar mostrándome. Mis nalgas ya eran un poco más grandes y firmes, incluso ya tenía algo de vello púbico; siempre he sido chaparrita pero piernuda, con un poco de nalgas y pechos bastante regulares.

Mi abuelo decía que cada día me ponía más buena, más hermosa y sabrosa. Cada vez que teníamos sexo le gustaba estar chupando mis pechos; incluso, cuando había oportunidad porque mi abuela había salido a la tienda, hacía que me sentara en sus piernas, levantaba mi blusa y comenzaba a succionar mis pezones. Era algo que también me fue gustando con el tiempo.

Regresando al día de la fiesta de cumpleaños, todo transcurría con normalidad; ya entrada la noche, muchos de los señores ya se encontraban algo tomados, entre ellos mi abuelo. Ya casi acabando la fiesta quedaba poca gente, únicamente unos amigos de mi abuelo y tíos. Mi abuela, como siempre, andaba molesta porque mi abuelo estaba muy tomado. Yo seguía entrando y saliendo de la piscina, por lo tanto seguía con el traje de baño. Mi abuelo, por ocasiones, me pedía que le llevara alguna cerveza; cuando me acercaba a él, aprovechaba para tocar mi vagina por encima del traje de baño, o ponía mi mano encima de su pene para que lo sintiera.

En una de esas ocasiones, cuando mi abuelo me pidió cerveza, él se levantó y dijo que me ayudaría a buscarlas. Fuimos al lugar donde estaban las cervezas; ahí metió su mano en la tina y dijo que no había, entonces les gritó a los demás que iríamos a la bodega a sacar algunas. Todos gritaron que estaba bien y permanecieron sentados. Me tomó de la mano y entramos a una pequeña bodega del local donde estaban las cajas de cerveza; apenas entramos, cerró la puerta, se bajó el pantalón y me dijo que desde hacía rato tenía ganas de cogerme. Comenzó a besarme mientras metía sus dedos bajo mi bikini buscando que entraran en mi vagina.

Después de sentir que ya me encontraba húmeda, acercó su pene a mi boca y comencé a darle sexo oral; fue algo rápido. Después me subió en unas cajas de cerveza para que quedara al mismo tamaño de él; ahí me bajó el bikini y abrió mis nalgas, enseguida metió su cabeza en mi raya y comenzó a lamer mi culo y mi vagina. Se bajó el pantalón y acomodó su pene en la entrada de mi vagina; sentí cómo, de un empujón, logró meterme por completo su verga. Emití un gemido y enseguida él me tapó la boca y dijo: «Aguanta, amor, no hagas ruido, es rapidito». Comenzó a penetrarme rápido; se escuchaba el clásico sonido del sexo. Recuerdo que no tardó mucho cuando sentí como sus metidas eran más lentas, y en la última, mientras su pene estaba dentro, dio unos empujones mientras se aferraba a mis caderas. Ahí sentí por primera vez los disparos de semen dentro de mí; sentí cómo el líquido caliente era disparado en mi interior y cómo su pene palpitaba dentro de mí, era como si se inflara y desinflara al mismo tiempo. Mi abuelo enseguida gritó: «¡Puta madre, ya la cagué!». Me tenía agarrada de las caderas e intentaba seguir penetrando, pero su pene ya había quedado flácido. Lo guardó en su pantalón y me dijo: «Mi vida, anda al baño a lavarte bien y orina todo lo que puedas». Únicamente le dije que sí. Él salió primero de la bodega y detrás de él yo; fui al baño e hice todo lo que él ordenó. La fiesta terminó y siguió con normalidad.

A los pocos días, como de costumbre, fuimos a la parcela en la tarde. Durante el camino me estuvo manoseando, y durante el camino de monte, en muchas ocasiones, paró y comenzó a besarme; así estuvimos hasta llegar al terreno. Cuando llegamos nos pusimos a alimentar a los animales; al terminar, entramos al pequeño cuarto, se quitó la camisa y comenzó a hacerme cosquillas y a besarme; yo le correspondía. Poco a poco fue quitándome la ropa, sus dedos comenzaron a entrar y salir de mi vagina; por mi parte, había comenzado a bajarle el pantalón para dejar expuesto su pene y poder masturbarlo como le gustaba. Después me llevó hacia una silla que había dentro; él se sentó, abrió las piernas y me pidió que me arrodillara para darle sexo oral. Como siempre obedecí y comencé a lamer su miembro; agarré con una mano su pene y empecé desde el tronco hasta la punta; por ocasiones bajaba a sus testículos. Él tenía una mano en mi cabeza y empujaba para que todo su miembro entrara en mi garganta cuando lo introducía en mi boca.

Después de un rato de sexo oral, se levantó y me pidió que me pusiera encima de él. Me acomodé de frente a él y me subí encima; guié su pene hacia mi vagina y, cuando entró por completo, comenzamos a movernos para que ambos disfrutáramos. Tener sexo con mi abuelo era algo que disfrutaba, que hacía por voluntad propia; esa sensación de euforia y cosquillas ninguna otra actividad me la producía. Mi vagina lubricaba cada vez que él me tocaba; sentir sus dedos o su pene entrando y saliendo de mi vagina era algo que me dejaba muy excitada, disfrutaba sentir lo caliente de su miembro cuando estaba dentro de mí y más cuando entraba y salía de mi vagina.

Continuando con la historia: yo seguía encima de él; con ambas manos mi abuelo abría mis nalgas y guiaba el ritmo; por momentos mordía y besaba mis pechos o hacía círculos con un dedo en la entrada de mi culo. No paraba de besarme, su lengua entraba y salía de mi boca, y me repetía cuánto me quería. Después de un rato me cargó y en el aire comenzó a penetrarme; me sostenía de las piernas. Al principio comenzó con un ritmo fuerte y después fue bajando; sentía que su pene entraba hasta el fondo de mi cuerpo. En el lugar se escuchaban mis gemidos y el sonido que hacía su pene al entrar y salir de mi vagina, de lo mojada que estaba. Cuando se cansó, me bajó y pidió que me pusiera a cuatro patas en la silla.

De nuevo volví a obedecer; sin decir pero alguno me puse en la posición que me indicó. Se colocó detrás de mí; primero comenzó a pasar sus dedos por encima de mis labios vaginales, después comenzó a introducirlos para lubricarme, hasta que sentí que colocó sus manos en mis caderas para, después, con ellas, abrir mis nalgas y colocar su pene en la entrada de mi vagina. De un solo empujón lo introdujo por completo; pegué un pequeño salto y un gemido. Por momentos paraba, con ambas manos abría mis nalgas y metía su cara dentro de mi culo para lamerlo; me tenía sujeta de las caderas y en ocasiones me jalaba el cabello.

Mientras me penetraba, por momentos decía que si seguía obedeciéndolo y portándome bien con él, me seguiría comprando cosas y consintiendo. Preguntaba si me había gustado mi fiesta, si me había gustado lo que él me había regalado (un collar de oro), preguntaba si lo quería mucho; yo, con lo poco que podía hablar por el movimiento, le decía que sí a todo. Por un momento paró y comenzó a besarme, y a decir: «Te amo mucho, mi vida; qué bueno que te gustaron los regalos, ya viste que si sigues portándote bien te voy a dar todo lo que tú quieras». Hasta que tocó el tema de la bodega y dijo: «¿Cómo sentiste la leche que te dejé? ¿Lo sentiste rico? Te gustó, verdad. ¿Quieres que te vuelva a dejar lechita dentro?». Mientras me decía esto lentamente seguía cogiéndome; alcanzaba a responderle diciendo: «Sí, me gustó, se sentía caliente, se me escurrió después en el baño, sí quiero más». Yo respondía sabiendo que obtenía beneficios dándole placer.

Él seguía penetrándome mientras repetía que me daría leche otra vez; sentía que sus embestidas eran más lentas pero metía hasta el final su pene, me apretaba fuertemente las caderas, hasta que sentí de nuevo cómo el semen caliente salía disparado dentro de mí. Él seguía hundiendo su pene sin parar, y decía: «Ya estás grandecita para que te comience a llenar de leche; voy a comenzar a dejarte leche cada vez que juguemos». Sentía cómo intentaba meter hasta el fondo de mi vagina su pene, sentía cómo poco a poco su pene iba perdiendo firmeza hasta que salió de mi vagina y su semen comenzó a escurrir. Enseguida me acostó en la hamaca, abrió mis piernas y comenzó a lamer mi vagina; pasaba su lengua por todos lados, era algo que me gustaba, pues me dejaba muy excitada; según él, lo hacía para limpiarme la leche que salía de mi vagina. Cuando terminó, se acostó aún desnudo a mi lado.

Mientras él reponía fuerzas a mi lado, me explicaba que no siempre podía venirse dentro de mí, porque yo podía quedar embarazada; él decía que si el semen tardaba dentro de mí era muy probable que quedara embarazada. Igual me decía que después de tener sexo tenía que ir al baño para orinar y sacar toda la leche que quedaba dentro; únicamente me reía y decía que sí. Le pregunté si por eso el día de mi fiesta me dijo que fuera al baño a hacer pipí; él se comenzó a reír y dijo: «Ándale, necesitas sacar toda la leche, no puedes dejar nada dentro de ti». Aprovechó que tocó el tema de la bodega y me dijo que ese fue mi regalo por convertirme en una señorita, que ya no era una niña, que ahora, por ser una señorita, deberíamos jugar cosas de jóvenes, por eso él ya se podía venir dentro de mí. Comenzó a explicarme los cambios que tenía mi cuerpo, el porqué de que mis pechos habían crecido y por qué me estaba saliendo vello púbico; mientras me lo explicaba me besaba los pechos y me tocaba la vagina. Yo, como siempre, me reía.

Estuvimos un rato acostados platicando de los cambios que tenía mi cuerpo; él me explicaba que ya era una jovencita. Igual me dijo que para que mi cuerpo quedara bonito teníamos que coger más seguido; me preguntó si quería quedar gorda o flaca, le dije que quería ser flaca, entonces me dijo: «Ya ves, si cogemos seguido tu cuerpo va a quedar bonito, estás quedando bien chula, el día de tu fiesta te veías hermosa». Yo lo abrazaba y besaba en agradecimiento. Igual me dijo que me iba a cuidar para no quedar gorda como mis primas. Hubo un momento en el que puso mi mano en su pene para masturbarlo, hasta que de nuevo su miembro quedó duro y erecto; me pidió que me pusiera encima de él y comenzamos a tener sexo otra vez.

Yo estaba encima de él moviéndome; él me tenía agarrada de las caderas y por ratos apretaba mis pechos. Él llevaba el ritmo; por un momento me jaló hacia su pecho, mi cara quedó en su pecho mientras me penetraba, me apretaba fuerte hacia su pecho; tenía una mano en mi espalda y la otra en mis nalgas, sentía cómo empujaba duro su miembro, hasta que de nuevo volví a sentir los chorros de leche caliente en mi interior. Su semen, en combinación con mi lubricante, hacía que terminara muy mojada; él seguía moviéndose hasta que su pene quedaba flácido y salía de mi vagina.

Cuando sacó por completo su pene de mi vagina, comenzó a darme sexo oral de nuevo. Después de que terminara, nos pasamos a enjuagar como siempre para quedar limpios, ya que habíamos tardado y no podíamos descansar como siempre. Después de bañarnos, mi abuelo sacó de la mochila que siempre cargaba una pastilla y me dijo que la tomara para no quedar embarazada; me dijo que cada vez que él se viniera dentro de mí tenía que tomar esa pastilla y se debía tomar apenas termináramos de tener sexo, para que, si a él se le olvidaba, yo le recordara. Abrí la boca y la tragué. Nos fuimos a la casa, pues ya estaba a punto de oscurecer.

Con el paso del tiempo, cada que teníamos relaciones sexuales en la parcela era común que mi abuelo terminara dentro de mí, y siempre me tomaba la pastilla para que no quedara embarazada. Tal vez por el tiempo, ya que ahí podíamos tardar a diferencia de la casa, prácticamente la mitad de las veces que teníamos sexo él me dejaba llena de semen. A los dos meses aproximadamente de comenzar a tomar la pastilla, por fin me llegó mi menstruación. Recuerdo que me llegó en la escuela, ya me encontraba en 6.º de primaria; me acerqué a la maestra de ese entonces y ella me explicó la situación, así mismo me brindó una toalla sanitaria. Al llegar a casa le comenté a mi abuela lo sucedido; contrario a lo que me explicó la maestra, ella comenzó a regañarme y a decir que ya iba a comenzar a tener picazón mi culo, que ahora debía cuidarme más porque de seguro iba a comenzar a buscar macho. Ella fue a la tienda y me trajo un paquete de toallas; me dijo que desde ahora, cada que sintiera que la toalla se llenara, la debía cambiar, así mismo me dijo que apenas me cambiara de ropa debía lavarla y no dejarla en el mismo lugar de la ropa de los demás, para que nadie supiera que tenía mi mes.

Esa noche, en la cena, mi abuelo le comentó a mi abuela que ya me había bajado. Ella comenzó a quejarse diciendo que sería una carga más, porque en cualquier momento alguien me iba a embarazar; mi abuelo le siguió la corriente para evitar problemas. Después de terminar de cenar, él se acercó a mí y me felicitó, porque ya era una jovencita completa; le dijo que era algo normal y que no le hiciera caso a las tonterías de mi abuela, porque él sabía que con el único con el que tenía sexo era con él. Además me dijo que para celebrar que ya era una mujercita me compraría un borrego para crecerlo y al siguiente año de mi cumpleaños comerlo. Cuando mi abuela se fue a su cuarto, me besó y me dijo que estaba muy feliz conmigo.

A los días siguientes mi abuelo me seguía consintiendo; me preguntaba cómo estaba porque me dieron cólicos muy fuertes, incluso fue a comprarme toallas y pastillas para el dolor. Mi abuela, como siempre, se enojaba por los tratos que él me daba. La primera semana mi abuelo no me tocó para nada; yo pensaba que le daba asco saber que tenía mi menstruación, incluso se lo pregunté. Él se rió y me dijo que la única razón era porque no se había dado la ocasión. Apenas hubo oportunidad de estar solos, lo primero que me pidió fue que le diera sexo oral; llevaba casi una semana sin probar el pene de mi abuelo, por lo que apenas lo sacó comencé a succionarlo de forma desesperada buscando que sacara su leche, pues esa era la forma de saber que lo había complacido. Le dije que tenía ganas de montarme encima de él, pero él me dijo que no podíamos tener sexo hasta que se me quitara el mes. La menstruación hacía que me dieran muchas ganas de coger; hubo días en los que casi le suplicaba a mi abuelo que me tocara el cuerpo, incluso llegué a insinuarle durante una comida que extrañaba ir a la parcela a jugar con los animales. Ahora entendía por qué mi abuela decía que comenzaría a buscar macho.

Durante las dos semanas que tardó mi menstruación, únicamente le daba sexo oral a mi abuelo; él lo disfrutaba, pues decía que mamaba con desesperación. Al tercer día de que se detuvo el sangrado, él de nuevo me llevó a la parcela. Recuerdo que apenas me dijo que iríamos brillaron mis ojos; apenas nos adentramos en las veredas del monte para llegar a la parcela, y le dije que tenía muchas ganas de coger. Siempre íbamos en su triciclo, entonces se detuvo y nos adentramos caminando unos metros al monte; apenas buscamos un buen lugar, él comenzó a besarme y a dedearme, se bajó el pantalón y comencé a mamarle la verga. Después me bajó el short, acomodó su verga en la entrada de mi vagina y comenzó a penetrarme; estaba muy mojada y excitada, gemía y le decía que no parara. Él tuvo que taparme la boca para que no nos fueran a escuchar. Cuando estuvo a punto de terminar, sacó su miembro y me lo puso en la boca; comencé a succionar hasta que recibí la descarga de semen en mi boca.

Después de esa breve parada regresamos al triciclo y nos fuimos hacia la parcela. En el camino me estuvo preguntando si había extrañado coger con él, y si extrañaba tomarme su leche; yo a todo le respondía que sí. Al llegar a la parcela, primero él se puso a trabajar y a mí me puso a darle de comer a los animales. Cuando terminamos entramos a la construcción que había; como de costumbre comenzaron los besos y caricias. Mientras nos quitábamos la ropa, él me preguntaba si tenía muchas ganas de coger, yo le decía que sí; él me dijo que era normal que estuviera caliente por mi menstruación, ya que, según él, estaba en celo. Me dio una explicación usando de ejemplo a los animales; entendí que al tener mi menstruación mis hormonas se alteraban y era porque mi cuerpo quería buscar la forma de embarazarse, y esa forma era teniendo sexo.

Me encontraba montando la verga de mi abuelo mientras me explicaba los nuevos cambios de mi cuerpo. Me dijo que ahora, por mi menstruación, sería más fácil saber cuándo él podía terminar dentro y cuándo no; me dijo que debíamos contar los días después de que terminara mi mes para que así él supiera si podía o no venirse dentro, y después de esos días, si él se venía dentro, debía tomar la pastilla. De todas formas me dijo que me llevaría a un doctor de Mérida para ver si podía darme pastillas o inyecciones para no quedar embarazada. Trataba de escuchar sus explicaciones mientras estaba encima de él; ese día en especial disfrutaba sentir cómo entraba y salía su pene de mi vagina, estaba más húmeda que lo normal, sentía que todo mi cuerpo hervía, en mi interior todo palpitaba y mi corazón parecía que se me saldría del cuerpo. Mi abuelo dejó de hablar y comenzó a bufar mientras estaba aferrado a mis caderas; dejé de moverme por un momento porque sentí muchas ganas de orinar, paré bruscamente e intenté levantarme, pero él no me dejó. Sentía que su pene llegaba al final de mi útero, mi cuerpo temblaba pero disfrutaba cada centímetro de su miembro.

Él se encontraba disfrutando cogerme; a cada rato preguntaba si yo aún tenía muchas ganas de coger, yo le respondía que sí mientras brincaba encima de él. Mi abuelo me penetraba con más fuerza; por ocasiones mordía mis pezones y me besaba metiendo su lengua en mi boca. Por un momento él se detuvo y cambiamos de posición: me acostó boca arriba en la hamaca, él se paró de tal forma que sus piernas quedaron entre la hamaca y yo en medio, levantó mis piernas y comenzó a cogerme de nuevo; por momentos paraba y me daba sexo oral, seguía repitiendo que me sentía muy caliente y mojada.

Hubo un momento en el que me levantó las piernas y puso su pene en la entrada de mi ano; pensé que se equivocó de lugar y le dije: «Papi, ahí no es» (acostumbraba a decirle papi de forma cotidiana, en forma de respeto). Él me respondió diciendo que me enseñaría algo nuevo y me gustaría. Siguió dirigiendo la cabeza de su miembro en mi culo; sentía cómo su pene empujaba la entrada de mi ano, era algo incómodo, le dije en muchas ocasiones que me dolía, pero mi abuelo siempre respondía que era momentáneo. Estuvo intentándolo varias veces porque su pene no entraba en mi culo; en ocasiones paraba para lamer mi culo y lubricarlo, de igual forma acercaba su pene a mi boca para que lo chupara y, según él, así entraría mejor.

A los minutos de estar intentándolo, por fin la cabeza de su miembro logró entrar en mi culo. Recuerdo que tuve una sensación rara, pues sentía ganas de ir al baño mientras su cabeza se movía dentro de mí; igual sentía un poco de dolor. Al principio solo la punta me había metido; yo seguía acostada boca arriba con las piernas abiertas viendo cómo él disfrutaba de mi culo, con una mano sostenía su pene para que pudiera entrar y con la otra mano tallaba mi clítoris. Él metía y sacaba la punta de su pene; por momentos se inclinaba y comenzaba a lamer mi culo para dejarlo mojado, siempre con el pretexto de lubricarme para que entrara mejor su miembro en mi culo.

Continuó penetrándome por unos minutos únicamente con la cabeza de su pene, hasta que mi culo se dilató y comenzó a recibir el miembro completo de mi abuelo sin problema. Yo emitía pequeños pujidos y continuaba diciéndole que tenía un poco de ganas de ir al baño, pero a mi abuelo parecía no importarle. Cuando me dijo: «Ya está bien abierto tu culo, amor», quitó su mano de su pene y con ambas manos sujetó mis piernas para mantenerlas abiertas; como estaba acostada boca abajo, mis rodillas tocaban mis hombros. Él me besaba y me decía que me amaba mientras movía su pene dentro de mi culo; no lo sacaba, solo empujaba y retrocedía poco a poco la cabeza. Estuvo realizando ese movimiento hasta que entró todo el cuerpo de su miembro completo y sin problema en mi culo, sentia cómo sus huevos rebotaban en mi culo; era una sensación extraña, pues al inicio sentía que se abría una parte de mi cuerpo y después ya no dolía, aunque por ratos sentía que me iba a hacer del baño.

Seguimos en esa posición por un buen tiempo (yo boca arriba y mi abuelo encima); la sensación de incomodidad ya era menor, ya la penetración hacía el clásico sonido al estar bien lubricado mi culo por el pene de mi abuelo. Mi culo ya se encontraba bien dilatado; sentía que movía mis tripas cuando llegaba al final el miembro de mi abuelo. Me sentía incómoda pero a la vez comenzaba a gustarme; sentía los huevos de mi abuelo cuando empujaba hasta el final el pene dentro de mí. Los movimientos que realizaba eran suaves, podía sentir cómo su miembro se deslizaba en mi interior, sentía lo caliente y cómo palpitaba su verga. Yo tenía los ojos cerrados mientras me retorcía y gemía al ser penetrada por mi abuelo.

Mi culo se encontraba muy dilatado, a tal grado que ya comenzaba a disfrutar la verga de mi abuelo; cuando su miembro salía hacía un sonido de vacío, al introducirlo, de tan lubricado que se encontraba, deslizaba fácilmente hasta el final. Seguía con las piernas abiertas hacia arriba, hasta que sentí cómo metía en mi vagina su dedo pulgar, para así tener mis dos hoyos ocupados; tengo que admitir que esa sensación me gustaba mucho, hacía que lubricara más. Mientras seguía moviendo su miembro en mi culo, me besaba con pasión, besaba mi cuello, podía sentir su respiración agitada mientras empujaba hacia dentro y afuera su pene.

Continuó unos minutos hasta que sentí que empujaba más lento, y comenzó a decirme que no moviera para que su pene no se saliera de mi culo. Mi abuelo continuaba besándome y diciendo lo mucho que me amaba mientras emitía sonidos que confirmaban que disfrutaba de mi culo; en algún momento emitió un gemido hondo y fue cuando sentí lo caliente de su leche en mi interior. A diferencia de las veces que terminaba dentro de mi vagina, esta vez podía sentir cómo el pene de mi abuelo se hinchaba y palpitaba para soltar los chorros de semen dentro de mi culo, y cada disparo que daba su pene se sentía caliente y cómo se esparcía su leche en mi interior. Sentí cómo su pene fue quedando flácido en mi interior, hasta que lo sacó por completo; al momento de estar fuera, sentí cómo mi ano se cerraba y escurría todo el semen de mi abuelo. Mi culo se quedó con una sensación rara, era como si estuviera haciendo del baño sin tener ganas de ir al baño. Recuerdo que él se paró, sacudió su pene y dijo: «Apenas me manchaste para hacer la primera vez». Había un pequeño olor a popo en el cuarto; yo me moría de pena. Mi abuelo se fue a la parte de la choza donde había agua para enjuagarse y enseguida me habló para que también me enjuagara.

Cuando me quise levantar de la hamaca aún tenía la sensación de querer ir al baño; de igual forma me ardía al caminar. Mi abuelo se reía, me dijo que llegando a la casa me pondría un poco de crema y, si me llegara a preguntar mi abuela, que me pasó, que yo diga que tenía mucha diarrea y que estaba yendo muy seguido al baño, por eso me rocé. Así mismo me dijo que intentara caminar o disimular la incomodidad, porque le dije: «Abuelito, es que me arde mucho». Él, como siempre, respondió que con el tiempo me iba a acostumbrar y me iba a comenzar a gustar; preguntó: «¿Acaso no te gustó?». Solo me reí y le dije que sí.

Terminamos de bañarnos, nos acostamos desnudos un rato en la hamaca; mi abuelo me decía que era normal la sensación y que cuando consiguiera la crema ya no me dolería y me entraría más fácil su verga. Mi abuelo insistía en que terminaría gustándome el sexo anal; yo a todo le decía que sí, sabía que no oponerme me permitiría conseguir lo que yo quería y mi abuelo me lo daría sin ningún reproche. Después de un rato de descanso regresamos a la casa para la cena; ahí mi abuelo le dijo a mi abuela que estaba mal del estómago y mi abuela me dio una pastilla para el dolor de panza y la diarrea; a pesar de no tener nada de eso, terminé tomándome el medicamento para no levantar ninguna sospecha.

Los días siguientes visitamos de nuevo la parcela; el sexo ya no era solo oral y vaginal, se le añadió el anal. La rutina a la que estaba acostumbrada con mi abuelo cambió; ahora cada vez que llegábamos a la parcela comenzaba, como siempre, con los besos y caricias, tanto de parte de él como mía hacia él. Cómo he dicho en muchas ocasiones, por iniciativa propia y por haberme acostumbrado, me abalanzaba hacia él para besarlo en la boca o acariciarle su pene. Él seguía con la misma costumbre: comenzaba besándome la boca y poco a poco iba bajando hacia mis pechos; mientras me quitaba la ropa, sus manos recorrían todo mi cuerpo, mi vagina, la raja entre mis nalgas o mis piernas. A veces él me daba primero sexo oral, o me pedía que yo iniciara dándole sexo oral para que su verga quedara dura; después comenzábamos a tener sexo. Siempre iniciaba penetrándome por la vagina; la posición que le gustaba era donde él se ponía encima de mí y yo me encontraba boca arriba, o donde yo comenzaba montándolo; de ahí cambiábamos a otras posiciones: yo en cuatro, yo sentada de espaldas mientras él estaba sentado en la silla, yo acostada boca arriba con las piernas abiertas. Normalmente, al rato de haber comenzado a coger, él comenzaba a jugar con mi culo; poco a poco iba introduciendo su dedo gordo en mi ano hasta que entraba por completo. Para que pudiera entrar bien, muchas veces metía el dedo a su boca para llenarlo de saliva y así pudiera deslizarse hasta el fondo.

Cuando mi ano había cedido y el dedo de mi abuelo entraba y salía sin dificultad, significaba que mi abuelo comenzaría a penetrarme analmente. Seguía siendo incómodo, dolía y sentía raro mi culo, con una sensación extraña, como si estuviera poniendo involuntariamente fuerza para apretar mi culo; sin embargo, para que mi abuelo no se molestara o me regañara, no le decía nada. Pues en algunas ocasiones, cuando me negaba a tener sexo con él, él se molestaba y dejaba de hablarme por días, ya no me consentía como lo hacía comúnmente; por lo tanto, mi abuela aprovechaba para castigarme más fuerte, ya que era el momento en el cual mi abuelo no intercedía por mí. Entonces no podía decirle que no a algo que mi abuelo me ordenara; por lo tanto, cuando él quería cogerme por el culo o normal, tenía que acceder.

Como decía, en nuestra rutina sexual ya se había agregado el sexo anal. Cuando mi culo estaba listo, apuntaba su pene a la entrada de mi ano y poco a poco iba introduciéndolo hasta que lograba meterlo por completo; yo cerraba fuerte las manos o apretaba la ropa que había cerca de mí para soportar las primeras metidas, emitía pujidos al principio, pero conforme pasaba el tiempo mi cuerpo ya comenzaba a disfrutar, por lo tanto, de estar rígida ya me movía y emitía gemidos para disfrutarlo. Fue algo que también aprendí: prefería disfrutarlo para que no me doliera, pues cuando no quería, el dolor y la incomodidad eran demasiado, ya sea en sexo vaginal o anal. A mi abuelo le gustaba escucharme gemir; su verga quedaba dura cuando me escuchaba decir que quería más, cuando él preguntaba si me estaba gustando; como él decía, me ponía flojita y cooperando.

Ya sabía qué le gustaba a mi abuelo; ahora yo sola abría mis nalgas con ambas manos para que él pudiera lamer mi culo o penetrarme con mayor facilidad. Cada vez que yo abría mis nalgas, él me tomaba por las caderas y me penetraba con más fuerza. Cuando su pene estaba en mi vagina sentía cómo sus testículos chocaban con mis labios vaginales, era algo que se sentía bastante bien y me ponía húmeda; en cambio, cuando lo estábamos haciendo por el culo y yo me encontraba de pie abriendo mis nalgas, sentía cómo su pene se deslizaba hasta el fondo de mis intestinos. Cuando entraba por completo su miembro en mi culo, apretaba fuerte mis nalgas para calmar el dolor; sin embargo, él siempre me lubricaba al principio untándome su saliva, ya después le ponía aceite de bebé a su pene y a mi culo para que se deslizara con mayor facilidad; sin embargo, el dolor y la incomodidad seguían igual.

Como he dicho, siempre empezábamos teniendo sexo de forma suave y con la excitación del momento aumentaba la fuerza de la penetración; mi cuerpo, conforme pasaba el tiempo, lo iba disfrutando, pues mi abuelo siempre me lubricaba bastante para que su pene entrara hasta el fondo en mi culo. Una vez adentro su miembro, mi abuelo únicamente hacía pequeños movimientos, pocas veces lo sacaba por completo; algo que le gustaba, cuando no lo manchaba, era sacar su pene de mi ano y meterlo en mi vagina, así turnaba mis dos agujeros hasta que se venía, usualmente en mi ano, y cuando terminaba en mi vagina tenía que tomar la pastilla que me compraba.

Con el pasar del tiempo me fui acostumbrando a que mi abuelo disfrutara de mi culo cuando él quisiera. Comencé a disfrutar del sexo, ya que si me ponía dura, lejos de disfrutar era un dolor que no me gustaba sentir; entonces aprendí a dejarme llevar y no poner oposición, además de que obtenía cualquier cosa que le pidiera a mi abuelo, era raro que él me dijera que no a algo después de haber quedado satisfecho. Por esa razón es que comencé a faltar demasiado a la escuela, ya que prefería quedarme en casa y ver tv; mi abuelo lo justificaba diciendo que por ser mujer debía mejor aprender las labores de la casa. Mi abuela salía favorecida, pues la ayudaba en las tareas por la mañana para que en la tarde pudiera acompañar a mi abuelo a su parcela.

Espero pronto entregar la 4a parte, donde mi abuelo comienza a usar más seguido mi culo y se vuelve menos discreto.

3 Lecturas/29 de octubre de 2026/0 Comentarios/por juamedx.
Etiquetas: amigos, anal, baño, cumpleaños, madre, mayor, semen, sexo
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