la perdida de mi vida 3
Martin de apoco cae en una desesperación, la infidelidad de su esposa hace que caiga en una humillacion que no puede entender o admitir ,lo cual causa un deseo en el que no entenderá todavía .
El viento gélido azotaba mi rostro, filtrándose por las costuras de mi abrigo y calando hasta los huesos. Caminaba mecánicamente, sintiendo que mis pies apenas tocaban el pavimento. El día en la oficina había sido un torbellino de gritos, llamadas telefónicas y correos urgentes. La fusión con la otra empresa había convertido los pasillos en un campo de batalla; el caos era la única constante. Sin embargo, mientras el resto de mis colegas discutían sobre expansiones y cuotas de mercado, yo me sentía flotar. Mi trabajo, mi vida entera, parecía haberse vuelto etérea, como si estuviera hecho de aire que se escapaba entre mis dedos.
Subí las escaleras del edificio con una pesadez que no pertenecía solo a mis músculos. Cada escalón era una lucha contra la gravedad. Al abrir la puerta de casa, el calor del hogar me golpeó, pero no logró entibiar el vacío que cargaba en el pecho. Allí estaba ella.
Elena lucía una campera verde que luchaba por contener sus pechos generosos, los cuales amenazaban con reventar la tela en cada movimiento. Llevaba unas calzas azules que se adherían a su piel como una segunda capa, resaltando la curva imponente de sus muslos y la firmeza de ese culo enorme que siempre había sido mi perdición. Se giró hacia mí con una sonrisa radiante, una expresión de felicidad que me resultó ajena, casi obscena.
—¡Hola, mi vida! Pensé que tardarías más con todo ese lío de la fusión.
Me quité el abrigo lentamente, evitando mirarla a los ojos.
—El caos no tiene horario, Elena.
—Te ves exhausto, Martín. Ven aquí, dame un beso.
Ella se acercó y envolvió sus brazos alrededor de mi cuello. Sentí la presión de sus tetas aplastándose contra mi pecho, una sensación que antes me habría disparado el deseo, pero que ahora solo me provocaba una náusea sorda.
—¿Y qué tal estuvo todo? ¿Ya definieron los nuevos cargos?
—No lo sé. No me importa mucho, la verdad.
Elena retrocedió un paso, frunciendo el ceño con una curiosidad fingida.
—No seas así. Deberías estar emocionado, es una oportunidad increíble para expandirse.
—Tú pareces muy emocionada por todo hoy.
—Bueno, es un día hermoso, ¿no crees? He preparado el almuerzo, está caliente.
—No tengo mucha hambre.
—Tonterías. Te sientas ahora mismo y comes algo, que te estás consumiendo.
Nos sentamos a la mesa. El aroma de la comida llenaba la cocina, pero para mí sabía a ceniza. Ella hablaba sin parar sobre cosas triviales, sobre la vecina, sobre un libro que había empezado a leer, mientras yo observaba el movimiento de sus labios. En mi mente, la imagen de Elena comenzó a fragmentarse. De repente, el recuerdo emergió como un golpe seco: ella en los brazos de otro, los sonidos de un placer que ya no me pertenecía, la traición grabada a fuego en mi memoria.
—¿Me estás escuchando, Martín?
La voz de Elena me devolvió a la realidad. Me miraba con esos ojos azules, brillantes y cargados de una inocencia que yo sabía que era mentira.
—Sí, te escucho. Solo estoy cansado.
—Estás muy distante últimamente. ¿Pasa algo en la oficina que no me quieras contar?
—Nada que no sepas ya, Elena.
—No sé de qué hablas. Estás actuando como un extraño.
Apreté los cubiertos con fuerza. El metal crujió bajo mis dedos. El silencio se volvió denso, cargado de una tensión que parecía vibrar en el aire. Ella siguió comiendo, moviendo sus caderas ligeramente bajo la mesa, rozando mi pierna con la suya. Ese contacto, que alguna vez fue el combustible de mi mundo, ahora se sentía como una quemadura. Cada centímetro de su cuerpo, desde la curva de su cintura hasta la plenitud de sus pechos, me recordaba que alguien más había explorado ese mapa recientemente.
—Terminé —dije, empujando el plato lejos de mí.
—Pero si casi no has probado nada, cariño.
—Necesito lavarme la cara.
Me levanté bruscamente, sintiendo que el oxígeno desaparecía de la habitación. Caminé hacia el baño sin mirar atrás, escuchando el sonido de su risa suave, una risa que ahora me sonaba a burla. Al cerrar la puerta tras de mí, me apoyé contra la madera y cerré los ojos. El silencio del baño era el único lugar donde podía escuchar los gritos de mi propia rabia.
El aire en el baño estaba saturado de un olor metálico y dulzón. Me quedé allí, inmóvil, con la respiración agitada y el corazón martilleando contra mis costillas como un animal enjaulado. Miré hacia abajo. Mi mano temblaba. El semen, una cantidad descomunal y espesa, decoraba el suelo de baldosas blancas y mis propios muslos, producto de una descarga violenta y desesperada. No había sido un acto de placer, sino una purga. Había pasado la última hora masturbándome con una furia ciega, visualizando la imagen de Elena, mi esposa, entregada a Juan. Cada embestida de mi mano sobre mi polla, ese miembro de diecisiete centímetros, gordo, grueso y surcado por venas que parecían raíces bajo la piel, había sido un intento de borrar la humillación. Pero el orgasmo no trajo paz, solo un vacío más profundo y una culpa que me asfixiaba. Limpié el desastre con torpeza, sintiendo que el silencio del departamento me gritaba la verdad: ya no era el dueño de su deseo. Al salir del baño, el ambiente en la sala era gélido. Elena estaba sentada en el sofá, con la espalda recta y la mirada perdida en las páginas de un libro. Su cabello rubio caía en cascada sobre sus hombros, enmarcando un rostro que seguía siendo la definición de la belleza, aunque para mí ahora era una máscara. Llevaba una camiseta ligera que apenas contenía sus tetas generosas, y sus muslos, anchos y firmes, se desbordaban ligeramente del asiento. Yo me refugié en mi escritorio, fingiendo que el trabajo absorbía mi atención, pero las letras bailaban frente a mis ojos. —Voy a salir un momento a despejarme —dije, sin mirarla. Mi voz sonó ronca, quebrada. Elena ni siquiera levantó la vista del libro. —Ten cuidado —respondió con una monotonía que me heló la sangre. No me reprochó nada. No me preguntó por qué mis ojos estaban rojos o por qué mi respiración seguía siendo errática. Sabía que iría a fumar, mi único refugio cuando la mente se convertía en un laberinto de sospechas y recuerdos degradantes. Caminé hacia la terraza del edificio, arrastrando los pies. El aire fresco de la tarde golpeó mi rostro, pero no logró limpiar la sensación de suciedad que llevaba pegada a la piel. Saqué un cigarrillo, lo encendí con manos temblorosas y solté una bocanada de humo que se disolvió en el cielo grisáceo. Cerré los ojos, tratando de expulsar la imagen de Juan y Elena, la forma en que me había degradado hace unos instantes pensando en ellos. Suspiré, un sonido cargado de derrota que pareció romper el silencio del balcón. —Un cigarrillo arregla todo, ¿eh? Me sobresalté y giré la cabeza. A pocos metros, apoyada en la barandilla, estaba Carla, la vecina. Era una mujer que contrastaba violentamente con Elena. Carla era flaquita, de piel morena y un cabello negro cortado muy corto, casi al ras, que resaltaba sus rasgos afilados y sus ojos curiosos. Tenía pechos pequeños, casi imperceptibles bajo su camiseta ajustada, pero lo que siempre robaba la atención era su parte inferior. Llevaba un short corto de tela deportiva que se clavaba en un culo enorme, redondo y firme, producto de horas interminables de gimnasio. Era una anatomía casi irreal, una curva poderosa que parecía no pertenecer a su cuerpo delgado. Se acercó a mí con paso lento y se colocó a mi lado, encendiendo ella también un cigarrillo. —A veces parece que sí —respondí, forzando una sonrisa que no llegó a mis ojos. —Soy Carla, por cierto. Aunque creo que ya nos hemos cruzado en el pasillo un par de veces. —Martin. —Mucho gusto, Martin. Nos quedamos en silencio un momento, compartiendo la nube de nicotina. Había algo en su mirada, una distancia cansada que resonaba con la mía. Parecía que ella también cargaba con un peso invisible. —Vengo aquí para escapar de mi propia vida —confesó ella, mirando hacia el horizonte—. A veces siento que las paredes de mi departamento se cierran sobre mí. —Te entiendo —susurré. —Estoy buscando trabajo, pero es frustrante. Siento que nada avanza. Hay días en los que simplemente quiero tirar todo a la mierda y desaparecer. La escuchaba, pero mi mirada, traicionera y hambrienta, se deslizó hacia atrás. Desde mi ángulo, el short de Carla dejaba poco a la imaginación. La tela se tensaba sobre esas nalgas gordas y redondas, creando un relieve que me hizo tragar saliva. Era un culo hipnótico, una promesa de firmeza y calor. Elena no me caía bien, o mejor dicho, Elena se sentía incómoda cada vez que yo hablaba con Carla. Siempre había una tensión invisible, un recelo que Elena no sabía ocultar. Pero yo sentía a Carla agradable, genuina en su melancolía. —¿Y cómo es tu vida, Carla? —pregunté, intentando sonar interesado en algo más que su cuerpo. Ella soltó una risa amarga y me contó que se había separado hacía poco. Me habló de la traición, del vacío que deja alguien que prometió quedarse y terminó siendo un extraño. —El amor es una mierda, Martin. Una mentira bien adornada para que aceptemos el dolor. —No creo que sea así para todos —mentí. Carla se giró hacia mí, entornando los ojos. —¿Y qué hay de Elena? Parecen una pareja muy buena, muy estable. Sentí una punzada de asco en el estómago. La mentira me supo a ceniza en la boca. —Sí, estamos muy bien —respondí, mientras imaginaba a Elena con Juan. Hablamos un rato más, una conversación superficial que servía de escudo para el caos interno que ambos sentíamos. Cuando decidí que ya había tenido suficiente aire, me despedí. —Fue muy lindo hablar contigo, Martin. Espero que nos veamos más seguido. —Igualmente, Carla. Me alejé caminando hacia la puerta, pero no pude evitar mirar atrás una última vez. El movimiento de sus caderas al caminar, ese culo redondo rebotando rítmicamente bajo el short, se quedó grabado en mi retina como una marca de fuego. Entré al departamento y el silencio me recibió como una bofetada. Busqué a Elena con la mirada, pero el sofá estaba vacío. El libro yacía cerrado sobre la mesa. Un presentimiento oscuro comenzó a crecer en mi pecho. Caminé hacia el pasillo y, al acercarme a la habitación de huéspedes, escuché un sonido que hizo que se me helara la sangre. Era un ritmo sordo. El roce de la madera contra el suelo. Respiraciones agitadas, jadeos cortos y húmedos. El miedo volvió, pero esta vez mezclado con una curiosidad morbosa. Me acerqué lentamente, con el corazón latiendo en mis oídos. La puerta estaba entreabierta, apenas unos centímetros. Me pegué a la pared y miré hacia adentro. Elena estaba sobre la cama, de rodillas. Llevaba un short corto y una camiseta blanca ajustada que dejaba ver la silueta de sus tetas, cuyos pezones se marcaban contra la tela debido a la excitación. Debajo de ella había una almohada para estabilizarse, y clavado en la almohada, un dildo negro, grueso y brillante. Se estaba masturbando. Moviendo sus caderas hacia adelante y hacia atrás, Elena se hundía en el juguete con una entrega que jamás me había mostrado en meses. Tenía el teléfono móvil en la mano, mirando fijamente una foto. No pude ver la imagen, pero por la forma en que gimía, por la manera en que sus ojos azules se nublaban de deseo, sabía que no era yo. Era Juan. Se tocaba los pechos, apretando la carne blanda de sus tetas mientras el dildo entraba y salía de su vagina, creando un sonido húmedo, un squelch rítmico que llenaba la habitación. Sus caderas oscilaban con una urgencia animal. Yo no sabía que tuviera juguetes sexuales. Me quedé allí, paralizado, sintiendo cómo mi polla se ponía dura instantáneamente. Verla así, poseída por la fantasía de otro hombre, despertó en mí una erección dolorosa, una mezcla de odio y deseo prohibido. Ella estaba a punto de llegar. Sus gemidos se volvieron más agudos, su espalda se arqueó y sus dedos se enterraron en las sábanas. Justo en el momento del clímax, el teléfono sonó. Elena dio un salto, asustada. Reaccionó con una rapidez felina; escondió el dildo en algún lugar invisible y apartó la almohada, que había quedado empapada de fluidos vaginales. Me escondí detrás de la puerta justo antes de que ella saliera a atender la llamada. No me vio. Regresé a mi oficina, cerré la puerta y me senté frente al monitor. Intenté concentrarme en los números, en los correos, en cualquier cosa que no fuera la imagen de Elena siendo poseída por un trozo de plástico negro mientras pensaba en Juan. Escuché sus pasos regresar a la habitación. Probablemente volvía a su fantasía, o quizás intentaba limpiar el rastro de su traición. Más tarde, el aroma a comida llegó hasta mi oficina. Salí y la encontré en la cocina. No se dio cuenta de que yo había estado observándola. —Volví hace un rato —dije, apoyándome en el marco de la puerta—. Empezó a hacer frío afuera. Elena se sobresaltó ligeramente. Intentaba ocultar la calidez de su piel, el rastro de la calentura que yo había presenciado. —Ah, sí. No te escuché entrar —respondió, evitando mi mirada. Hablamos del clima, de cosas triviales. Me contó que planeaba salir con unas amigas a comprar ropa. Por un momento, la normalidad pareció regresar, una máscara de matrimonio funcional que nos protegía a ambos. Pero la erección que presionaba contra la tela de mis pantalones me recordaba que nada era normal. Cenamos en un silencio tenso y nos pusimos a ver una serie en el salón. A medida que avanzaba el episodio, la trama se volvió explícita. Una escena de sexo intenso llenó la pantalla. Noté que Elena se inquietaba. Cambiaba de posición, se mordía el labio inferior, sus piernas se rozaban nerviosamente. Estaba caliente. Me acerqué a ella lentamente. Comencé a tocarla, primero con caricias suaves en el brazo, luego bajando hacia su cintura. Mis dedos buscaron la humedad de su vagina a través de la tela. La miré a los ojos; esos ojos azules profundos me miraban con un cariño que ahora me parecía falso, una actuación perfecta. Admiraba su cuerpo, la curva de sus labios, la firmeza de sus tetas, la estrechez de su cintura. Todo en ella era perfecto, aunque supiera que ya no me pertenecía. Nos besamos apasionadamente. Fue un beso hambriento, una lucha de lenguas que buscaban recuperar un territorio perdido. El deseo era tangible, eléctrico. Parecía que íbamos a terminar follando allí mismo, sobre el sofá, pero justo cuando mis manos empezaron a despojarla de su ropa, Elena me alejó con brusquedad. —No puedo, Martin. Es tarde y estoy cansada —dijo, recuperando la compostura con una frialdad quirúrgica. Me quedé congelado, confundido y herido. El rechazo fue como un golpe físico. —Está bien —susurré. Ella se levantó y se fue a dormir primero. Desde la puerta del cuarto, la vi caminar hacia la cama. Ese culo, ese movimiento de caderas que antes me volvía loco, ahora me recordaba que probablemente ya no era mío. Mi polla estaba gigante de nuevo, palpitando de frustración. Me acosté a su lado, tratando de cerrar los ojos, pero la calentura era un incendio que no se apagaba. Pasaron treinta minutos. Elena, una diosa de piel pálida y curvas generosas, dormía plácidamente a centímetros de mí, y yo no podía follarla. El deseo se transformó en una necesidad violenta. Me acerqué a ella, intentando acariciarla, pero ella se movió, negándose incluso en sueños. De repente, se levantó y fue al baño. —No tengo ganas esta noche, Martin. Por favor, déjame dormir —dijo antes de cerrar la puerta. Cuando volvió y se acomodó en la cama, yo me puse de pie al lado del colchón. Mi polla estaba a punto de explotar, la piel del glande tensa y brillante. La miré dormir. No quería masturbarme. La idea de tocarme a mí mismo me parecía patética. Quería coger con fuerza, quería reclamar lo que el mundo me estaba arrebatando. Con movimientos lentos y calculados, me acerqué a su trasero. Le bajé el short y la tanga con cuidado, exponiendo sus nalgas blancas y redondas. Mi polla, gorda y venosa, buscó la entrada de su vagina. La penetré despacio, centímetro a centímetro, tratando de no despertarla. Pero Elena abrió los ojos. Se giró un poco, mirándome con una sorpresa que rápidamente se transformó en una sonrisa dulce, casi condescendiente. —Si tenías tantas ganas, te tenías que haber hecho una paja, tontito —susurró con una voz melosa—. Mañana tengo mucho que hacer, no puedo ahora. Sus palabras fueron la chispa que encendió la pólvora. No aguantaba más. Empecé a coquetearle al oído, susurrando palabras sucias, pero ella seguía negándose, aunque su cuerpo empezaba a responder. La puse boca abajo, con la cara hundida en la almohada. Vi cómo su culo rebotaba con cada uno de mis movimientos leves. —No quiero, Martin… para —decía ella, pero su voz ya no tenía fuerza. No le hice caso. La penetré con un empujón violento, sintiendo cómo mi grosor dilataba sus paredes vaginales. —Tú eres mi perra, Elena. Mi puta perra —gruñí, la calentura nublándome el juicio. Comencé a follarla con un ritmo frenético. Ella seguía negándose verbalmente, pero yo empecé a nalguearla. Cada golpe de mi mano contra su carne firme producía un sonido seco que parecía despertar algo en ella. Sus gemidos cambiaron; ya no eran de protesta, sino de un placer involuntario. La agarré de los brazos y la levanté, haciendo que sus tetas rebotaran violentamente contra el colchón. Me corrí rápido, una descarga potente que llenó su interior, pero mi polla seguía dura. La frustración y el odio no se habían ido. La arrastré al lado de la cama de forma violenta. Ella se asustó, sus ojos se abrieron de par en par. —Quítate la ropa —le ordené. No esperé a que lo hiciera. Le arranqué la camiseta y el resto de sus prendas con una fuerza bruta. Comencé a follarla de nuevo, pero esta vez el ritmo era salvaje, casi animal. La estaba violando con una fuerza que buscaba borrar cualquier rastro de Juan en ella. Penetré su culo con una violencia ciega, sintiendo la resistencia del esfínter antes de que mi polla se hundiera en la estrechez de su ano. Sus nalgas rebotaban contra mis muslos con un sonido rítmico y húmedo: slap, slap, slap. Ella gemía más fuerte con cada penetrada, un sonido que llenaba la habitación, pero yo sabía la verdad. Ella no pensaba en mí. Y yo, en un giro perverso de la mente, empecé a pensar en Carla. Imaginé el culo de la vecina, esa redondez firme y morena, mientras embestía a mi esposa. Pensé en engañar a Elena, en devolverle la moneda con la misma moneda. La idea de Carla me puso aún más duro, haciendo que cada estocada fuera más profunda, más cruel. —¿Estás bien? —gritó Elena de repente, perdiendo el control, su voz quebrada por la intensidad del acto. Me quedé confundido por un segundo. —Sí —respondí secamente. La empujé contra la cama y me tiré encima de ella. La penetré de nuevo por la vagina, esta vez chupando sus tetas con furia, mordiendo sus pezones hasta que ella soltó un grito. Le susurré al oído que era una perra, que solo servía para esto. Eso la excitó; sus tetas rebotaban mientras ella me besaba con desesperación. Pero mientras sus labios buscaban los míos, yo solo podía pensar que Juan también la había visto así, que Juan probablemente había escuchado esos mismos gemidos. Follamos salvajemente durante dos horas. Perdimos la noción del tiempo en una danza de sudor, fluidos y resentimiento. La puse en posición del misionero, enterrando mi pene contra esa vagina que ya estaba roja y ardida de tanto roce. El sonido era constante, un squelching vulgar que marcaba la destrucción de nuestra intimidad. Finalmente, llegué al límite. Me vine con una fuerza volcánica sobre sus tetas, cubriendo la piel blanca de semen espeso y caliente. Elena intentó hacerme una paja con sus tetas, apretándolas contra mi polla para prolongar el placer, pero yo ya estaba agotado. El vacío volvió a instalarse en mi pecho. Ella parecía decepcionada. Se levantó sin decir una palabra y se fue al baño a limpiarse. Yo me quedé acostado en la cama, cansado y físicamente satisfecho, pero espiritualmente muerto. Después de un rato, me levanté para buscar agua. Al pasar por el baño, la puerta estaba entreabierta. Me detuve y miré. Elena estaba desnuda, de pie frente al espejo. Tenía los dedos hundidos en su vagina, moviéndolos con una rapidez frenética. —Juan… oh, Juan… —gimió en un susurro que cortó el aire como una navaja. Me quedé petrificado, escondido en la sombra del pasillo. La vi cerrar los ojos, entregándose a la fantasía del hombre que me había destrozado la vida, justo después de que yo la hubiera poseído con toda mi furia. En ese momento lo entendí. La había perdido. Ya no la satisfacía, o quizás nunca lo hice. No importaba cuánto la nalgueara, cuánto la penetrara o cuántas veces me corriera dentro de ella; yo era un fantasma en su cama. Había intentado reclamar su cuerpo mediante la fuerza, pero su mente pertenecía a otro. Me acosté frustrado, sintiendo que la noche me aplastaba. Me había corrido más de seis veces, la había tratado como a una perra, la había follado hasta el agotamiento, y aun así, yo era el único que seguía solo. Al día siguiente, me desperté desnudo. No me cambié inmediatamente; me quedé mirando el techo, sintiendo el peso de la derrota. Finalmente, me puse la ropa para ir al trabajo. Bajé a saludar a Elena, pero la noté fría, distante. Sus ojos azules ya no tenían rastro de la pasión de la noche anterior; solo había una indiferencia gélida. La besé en la mejilla, pero sentí cómo se tensaba. No habló mucho. Desayuné el café que me preparó, que sabía a nada, mientras ella evitaba mirarme a los ojos. Parecía triste, o quizás simplemente asqueada. —Me voy —dije. —Adiós —respondió ella, sin levantar la vista de su taza. Salí del departamento y cerré la puerta detrás de mí. Afuera, el sol brillaba con una intensidad cruel, iluminando la ciudad en un día radiante. Pero mientras caminaba hacia mi trabajo, sentía que mi vida era una lluvia constante y gris. Sabía que anoche, en ese acto de desesperación y violencia, no había salvado mi matrimonio. Lo había terminado de destruir.


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