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Dominación Hombres, Fantasías / Parodias

La sombra en el establo

Desahogo en tiempos de esclavitud .
# La sombra en el establo

 

Mi nombre es William, y tengo catorce años. Vivo en la plantación de algodón Montgomery, en Carolina del Sur, en el año 1842. Mi padre, el señor Robert Montgomery, es un hacendado respetado, y mi madre, Eleanor, lleva la casa con mano férrea. Nuestra propiedad se extiende más allá de lo que alcanza la vista, y con ella, cerca de sesenta almas esclavizadas.

 

Todo comenzó una tarde sofocante de agosto. El aire olía a heno seco y sudor. Yo había perdido mi navaja de bolsillo y recordé haber estado en el establo mayor por la mañana. Decidí buscarla a escondidas, pues mi padre desaprobaba mi descuido. Al acercarme a la pesada puerta de madera, escuché ruidos extraños: un quejido ahogado, un jadeo rudo. Asomé por una rendija y el mundo se detuvo.

 

Allí estaba mi padre, con su chaleco de lino beige y sus pantalones de montar desabrochados. Frente a él, presionada contra el pesebre, estaba una mujer llamada Bessie. Bessie era una esclava de la casa, de unos veinticinco años. Vestía el habitual vestido de tela burda, de un color índigo desteñido, sin forma, que le llegaba hasta los tobillos. La tela era tan delgada que en algunos lugares casi se transparentaba. Su piel era del color de la tierra húmeda después de la lluvia, un marrón profundo y cálido. Era alta, casi a la altura de mi padre, con caderas anchas y pechos generosos que se marcaban bajo la tela.

 

Mi padre le había alzado el vestido por la espalda, amasando la tela en su puño. La prenda interior, si es que la tenía, no era visible. Su espalda desnuda brillaba con un sudor frío. Su trasero, redondo y firme, estaba expuesto al aire polvoriento. Entre sus piernas, se veía el vello pubiano rizado y oscuro, y los labios de su vagina, de un tono más oscuro que el resto de su piel, brillaban húmedos y entreabiertos.

 

“Quietecita,” gruñó mi padre, su voz un sonido extraño y animal que nunca le había escuchado. Con una mano libre, se bajó los pantalones. Su pene, erecto, palidecía contra la oscuridad de la piel de Bessie. Era grueso, de un blanco rosáceo que parecía casi irreal en la penumbra del establo. Sin ceremonia, lo guió hacia ella. Vi con una claridad espantosa cómo la punta blanca se hundía en la abertura oscura. Bessie gimió, un sonido que era más dolor que placer. Tenía el rostro vuelto hacia un lado, apretado contra la madera del pesebre. Por sus mejillas corrían lágrimas silenciosas que trazaban caminos brillantes en su piel.

 

“Ni un sonido,” amenazó mi padre, su aliento entrecortado. “Si le dices algo a la señora, o a cualquiera, te mando al campo de azotes. ¿Entendido?” Bessie asintió con la cabeza, un movimiento convulsivo, mientras su cuerpo se sacudía con cada embestida de mi padre. Él la sujetaba de la cadera con fuerza, sus nudillos blancos. El contraste era obsceno: su palidez contra su oscuridad, su poder contra su sumisión. El sonido húmedo y rítmico de la penetración se mezclaba con los sollozos ahogados de ella y los gruñidos de él. Yo me quedé paralizado, escondido entre las sombras, sintiendo una mezcla de asco, curiosidad y una excitación confusa que me avergonzó al instante. Me retiré antes de que terminara, con el corazón golpeándome el pecho como un pájaro enjaulado.

 

Nueve meses después, Bessie dio a luz a un niño. El bebé tenía la piel color café con leche y unos ojos claros que no dejaban lugar a dudas. Mi madre, una mujer de carácter frío como el mármol, hizo llamar a Bessie al salón principal. Bajo la mirada gélida de mi madre y la mirada evasiva de mi padre, Bessie, con el bebé en brazos, confesó entre sollozos quién era el padre. No hubo gritos. Mi madre simplemente palideció, y luego, su rostro se endureció como una máscara.

 

A la semana siguiente, llegó un cargamento especial. Mi madre, con la ayuda del capataz, reunió a todas las esclavas adultas. Yo solo atisbé desde una ventana superior: les colocaron unos extraños arneses de metal y cuero alrededor de la cintura y entre las piernas. No entendí qué eran. Mi madre los llamó “cinturones de virtud”. Yo, en mi ignorancia de catorce años, no pregunté. La vida continuó, pero más tensa, más silenciosa.

 

Al cumplir los quince, la inquietud en mi sangre era un fuego constante. Una mañana, una joven esclava llamada Cora, de quizás diecisiete años, entró a mi habitación para hacer la cama. Era delgada, con una belleza triste. El deseo, bruto y repentino, me dominó. Cuando se inclinó sobre el colchón, me acerqué y, con un pulso acelerado, le alcé la falda de su vestido gris. Esperaba encontrar lo que había visto en el establo. Pero mis dedos tropezaron con algo frío y duro. Un artilugio de hierro, con una placa que cubría su pubis y barras que se ceñían a sus caderas, cerrado con un candado pequeño. Cora se giró, aterrorizada.

 

“¿Qué… qué es esto?” balbuceé, retrocediendo.

 

Ella bajó la vista, la voz apenas un susurro. “Es el cinturón, joven amo. La señora… la señora manda que lo llevemos todas. Para… para guardar la virtud.” El significado cayó sobre mí como un balde de agua helada. La rabia sustituyó al deseo. “No digas una palabra de esto,” le amenacé, recuperando la compostura. “O tendrás problemas.” Ella asintió, temblando, y salió corriendo.

 

En las semanas siguientes, el fuego no se apagaba. Acechaba a las esclavas cuando estaban solas, en los pasillos, en el lavadero. Les tocaba el trasero, les apretaba las caderas por encima de la ropa, buscando una rendija, una debilidad. Pero todas, sin excepción, llevaban bajo sus vestidos el frío hierro del cinturón de castidad. Era una prisión para ellas y una frustración insoportable para mí.

 

Hasta que un día, mis ojos se posaron en dos niñas. No estaban en el grupo de las adultas. Eran dos hermanas, creo. No eran bonitas como las mujeres de la casa grande; tenían rasgos toscos, caras redondas como frutas aún verdes. Una, que supe después se llamaba Leah, tenía doce años. Era bajita, no llegaba a mi hombro, regordeta. Su pelo estaba recogido en unas trenzas cortas y apretadas, cubierto con un pañuelo descolorido. Vestía un saco de vestido marrón, tan grande que parecía nadar en él. La otra era Martha, de trece años. Un poco más alta que su hermana, pero igualmente delgada y con el mismo vestido holgado, gris esta vez. Su cabello era un rizo corto y apretado que escapaba de su pañuelo. Ambas tenían la piel de un negro azabache, suave y con un brillo juvenil. Leah barría el corredor de la cocina, y Martha fregaba trastos con las manos enjabonadas hasta los codos.

 

Vi a mis padres montar a caballo para su ronda de inspección por los campos. Se irían por horas. Una idea, perversa y clara, se formó en mi mente. Sus vestidos eran enormes, infantiles. ¿Llevarían también el cinturón? Eran demasiado jóvenes, demasiado pequeñas para ese arnés de adultas. El corazón me latió con fuerza. Fui a mi habitación y desorganicé la cama a conciencia. Luego volví a la cocina.

 

“Leah,” dije, tratando de que mi voz sonara normal. “Mi cama está hecha un desastre. Cuando termines de barrer, ve a arreglarla.”

 

La niña asintió, sin levantar la vista de su escoba. “Sí, joven amo.”

 

Me senté en la silla de mi escritorio, junto a la ventana, con un libro de historia abierto. No leía. Escuchaba cada sonido. Finalmente, un suave golpe en la puerta. “Adelante.”

 

Leah entró, cabizbaja. Su vestido marrón le llegaba casi al suelo. “Disculpe el desorden, joven amo,” murmuró, y se dirigió directamente a la cama, empezando a estirar las sábanas con sus manitas oscuras.

 

Me levanté con calma, caminé hacia la puerta y la cerré. El clic del pestillo sonó como un disparo en el silencio. Leah se giró, alerta. Yo ya estaba detrás de ella. La abracé por la espalda, mis brazos rodeando su cuerpo pequeño y regordete. Mis manos, buscando, se deslizaron por su vientre, por sus caderas, bajo el grueso tejido del vestido. No había hierro. Solo la curva suave de su barriga y el calor de su cuerpo a través de la delgada tela de su ropa interior. Un triunfo salvaje me recorrió.

 

“Quietecita,” susurré, imitando sin saberlo la voz de mi padre. Ella se puso rígida como un palo. “No te muevas. Si gritas, si le dices a alguien… te mando al campo de azotes. A ti y a tu hermana. ¿Entendido?”

 

Un temblor recorrió su cuerpo. Asintió, un movimiento casi imperceptible. Con una mano, seguí sobándole el vientre y el bajo vientre, sintiendo su calor a través de la tela. Con la otra, comencé a alzarle el vestido por detrás. Ella intentó forcejear, un movimiento débil y desesperado. “Quieta,” repetí, más fuerte, apretándola contra mí. Se quedó inmóvil, pero un sollozo silencioso escapó de sus labios. Tenía el rostro bañado en lágrimas que brillaban contra su piel oscura.

 

Le alcé el vestido hasta la cintura. Debajo, solo llevaba unos calzones de algodón crudo, cortos. Se los bajé hasta las rodillas. Ahí estaba, expuesta. Su piel, en las nalgas y los muslos, era de un negro intenso, lisa como la seda, sin una marca. Sus nalgas eran pequeñas, redondas y firmes. Me agaché un poco. Su ano era un pequeño círculo rosado y apretado, un contraste sorprendente con la piel oscura. Más abajo, entre sus muslos regordetes, estaba su sexo. No tenía vello todavía. Los labios menores, de un tono púrpura oscuro, casi negro, estaban cerrados, protegidos. Era pequeña, intacta.

 

Me desabroché los pantalones con manos temblorosas. Mi pene, erecto y palpitante, parecía enorme en comparación con su pequeñez. Me acerqué. Con una mano, separé sus piernas un poco. Ella gimió, un sonido ahogado por el miedo. Apoyé la punta, húmeda por mi excitación, en la entrada de su vagina. Estaba seca y apretada. Empujé.

 

Ella gritó, un sonido agudo y desgarrador que ahogó inmediatamente con su propio puño, mordiéndoselo. Sentí una resistencia, un delgado obstáculo que cedió con un desgarro sutil que yo más imaginé que escuché. Un gemido profundo salió de su garganta. La penetré, centímetro a centímetro. Era una opresión abrasadora, un calor virgen que me envolvía. Su interior era una estrechez casi dolorosa para mí, y sin duda lo era para ella. Sentía cada pliegue, cada contracción de su cuerpo aterrorizado. Ella temblaba violentamente, sus lágrimas caían sobre la colcha blanca. Yo me movía con embestidas cortas y torpes, dominado por una urgencia animal, embriagado por el poder y la transgresión. La sensación era abrumadora: la suavidad de su piel contra mis manos, el contraste de mi palidez con su oscuridad en el punto de unión, los sollozos que ella intentaba contener. No duró mucho. Una oleada de calor se acumuló en mi base y, recordando de pronto al niño de Bessie, me retiré bruscamente. Mi semen brotó sobre sus nalgas y la parte baja de su espalda, manchando su piel oscura con hilos blancos y pegajosos.

 

Me aparté, jadeando. Leah se desplomó sobre la cama, sollozando en silencio, con el vestido aún alzado. “Arréglate,” dije, mi voz ronca. Ella, con movimientos torpes y dolorosos, se subió los calzones y bajó el vestido. Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano. “No digas nada. A nadie. O lo pagarás.” Asintió, sin mirarme, y salió corriendo de la habitación, cojeando ligeramente.

 

Al día siguiente, la excitación y la impunidad eran un veneno dulce en mis venas. Busqué a Martha. La encontré recogiendo hierbas en el huerto.

 

“Martha,” la llamé. “Necesito huevos frescos. Ve al gallinero y tráeme una docena. Los mejores.”

 

“Sí, joven amo,” dijo, con la misma voz baja de su hermana.

 

Esperé a que tomara una cesta y se encaminara hacia el gallinero, una construcción de madera apartada, cerca del límite del bosque. Miré a mi alrededor. Nadie. La seguí.

 

El gallinero olía a plumas, estiércol y paja. Martha estaba agachada, metiendo la mano con cuidado en un nido. El vestido gris se le tensaba sobre su trasero delgado. El ruido de la puerta al cerrarse la hizo volverse. Sus ojos, grandes y oscuros, se abrieron de par en par al verme. No hubo preámbulos esta vez. El deseo era una cosa viva y urgente.

 

“No… por favor, joven amo,” suplicó, retrocediendo hasta chocar con la pared de tablones.

 

“Cállate,” dije, avanzando. La agarré por los brazos, que eran finos como ramitas. Ella forcejeó con más fuerza que su hermana, pataleando, tratando de girar la cabeza para evitar mi aliento. La empujé contra la pared, la paja del suelo crujiendo bajo nuestros pies. Con una mano le cubrí la boca. Con la otra, al igual que con Leah, le levanté el vestido. El mismo procedimiento. Los mismos calzones de algodón. Su cuerpo era más delgado, los huesos de sus caderas más marcados. Su piel, sin embargo, era igual de impresionante: un ébano liso y sin defectos que parecía absorber la tenue luz que entraba por las rendijas. En sus nalgas, la piel tenía un brillo satinado. Su sexo, también sin vello, era similar, una pequeña abertura protegida por labios oscuros y cerrados.

 

“Si gritas, lastimo a Leah,” amenacé, buscando el punto débil. Su resistencia se quebró. Un llanto silencioso sacudió su cuerpo. La penetración fue igual de difícil, igual de desgarradora. Ella apretó los dientes, un gruñido de dolor escapando por entre ellos. Su interior era igual de estrecho, pero quizás un poco menos tenso, como si el miedo la hubiera paralizado de otra manera. Yo tomé mi tiempo esta vez, embriagado por la posesión. Observaba cómo mi pene, blanco y sonrosado, desaparecía y reaparecía en la oscuridad de su cuerpo. Sentía la textura de su piel bajo mis manos, la suavidad absoluta de sus muslos. El contraste era hipnótico, obscenamente bello para mis ojos cegados por la lujuria. Movía mis caderas con un ritmo más pausado, deliberado, prolongando el momento, grabando cada sensación: el calor, la opresión, el poder absoluto. Ella lloraba sin sonido, sus lágrimas surcando el polvo de su cara. Cuando finalmente alcancé el clímax, me retiré también, manchando la paja a sus pies.

 

Me ajusté la ropa, mirándola desmoronarse en el suelo, abrazándose las rodillas, el vestido desordenado. “Nada de esto ha pasado,” dije, fríamente. “Recoge los huevos y llévalos a la cocina. Como si nada.”

 

Salí del gallinero primero, dejándola allí, en la penumbra y el olor a animales. El sol de la tarde brillaba implacable sobre la plantación. Caminé hacia la casa, sintiendo el peso pesado y extraño de mi secreto, un secreto que ahora manchaba no solo mi alma, sino también la piel impecable y oscura de dos niñas que nunca pidieron nada. El ciclo, al parecer, estaba completo. Yo ya no era solo el testigo escondido en el establo. Me había convertido en la sombra activa dentro de él.

8 Lecturas/3 septiembre, 2026/0 Comentarios/por Trocca2020
Etiquetas: culo, hermana, madre, mayor, padre, semen, sexo, vagina
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