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Dominación Hombres, Fetichismo, Sado Bondage Hombre

LA VIEJA PSICOPATA SÁDICA

Este es un relato extremo, una inmersión en las profundidades más oscuras de la sumisión y el castigo. Advertencia: lo que sigue contiene descripciones explícitas de azotes crueles, humillación extrema, vejaciones y una escatología brutal y sin filtros.
Este es un relato extremo, una inmersión en las profundidades más oscuras de la sumisión y el castigo. Advertencia: lo que sigue contiene descripciones explícitas de azotes crueles, humillación extrema, vejaciones y una escatología brutal y sin filtros. Siempre ha sido mi fantasía, un anhelo latente en mi alma, el deseo de entregarme por completo a una dominatrix mayor, una mujer cuya edad fuera sinónimo de sabiduría y perversidad. Nunca la encontré. Solo me crucé con mujeres  jóvenes que buscaban dinero rápido y que no entendían la verdadera esencia del dolor que yo anhelaba. Yo buscaba a una diosa madura, una verdadera maestra del terror y la humillación que disfrutara con la crueldad por sí misma. Quizás algún día encuentre a una dominatrix perversa a la que le guste esto, y pagaré su precio sin dudarlo. Mientras tanto, les ofrezco esta ficción, un relato de terror y sadomasoquismo atípico y cruel. Espero que les guste.

 

El chirrido agudo del anillo de metal rozando la varilla de la cortina rompió el silencio de la sala. Fue un sonido seco, deliberado, el preludio de una queja que ya conocía de memoria. Mi madre, con el ceño fruncido en un nudo de frustración, tiró del tejido con un gesto brusco que casi arranca la cortina de su perchero. El sol del atardecer, que momentos antes teñía el suelo de un color miel cálido, fue aniquilado de golpe, sumergiendo la estancia en una penumbra súbita y violenta. «Mira, mira», siseó, sin necesidad de señalar. «Como siempre. La bruja está en su puesto, vigilando». Su voz era un veneno espeso, cargado con años de resentimiento acumulado. «No tiene nada mejor que hacer que hurgar y cotillear  en nuestra vida».

 

Y allí estaba ella. La vecina de enfrente. vieja y monstruosa, una fortaleza de carne y malicia plantada en su propio jardín como si fuera un trono. Su edad era un misterio que nadie se molestaba en resolver; setenta, ochenta, quizás un siglo entero de maldad solidificada en su cuerpo. Era colosal, una montaña de mujer con una voluminosa presencia que parecía expandirse y ocupar más espacio del que le correspondía. Su figura era un monumento a la decadencia, con una carne pesada y flácida que se derramaba bajo un delantal de jardín manchado de tierra. Pero eran sus pies y manos los que completaban aquella visión grotesca: siempre calzaba unas botas de goma negras llenas de barro que le subían hasta las rodillas, y sus manos, regordetas y con venas prominentes, estaban perpetuamente encasquetadas en unos guantes de goma amarillentos, húmedos por el sudor y la tierra, como si acabara de estrangular a alguien con sus propias manos.

 

 

Su jardín era su reino y su campo de batalla. Allí pasaba las horas, agachándose con lentitud para arrancar una mala hierba que nadie más veía, o para podar un rosal que ella misma había hecho crecer torcido y feo. Pero su verdadera afición no era la jardinería, sino el control. Aquella vieja era la autoproclamada fiscal de la calle, la guardiana de una moralidad perversa que solo ella entendía. Desde su ventana, o desde en medio de sus petunias, lanzaba sus miradas acusadoras, memorizando cada llegada, cada partida, cada visitante. Criticaba en voz alta el color de la pintura, la altura de los setos, las horas a las que uno sacaba la basura. Creaba normas absurdas que esperaba que todos cumplieran, como si su voluntad fuera ley. Muchos decían que estaba loca, que sus majaderías eran el fruto de una mente chiflada, y su comportamiento extraño lo confirmaba: a veces se la oía hablar sola con sus plantas durante horas, o reírse sin motivo alguno en medio de la noche. Era una vieja chiflada, y su locura era un arma que blandía contra todos nosotros.

 

Cada vecino, en algún momento, había sido blanco de su ira, protagonista de alguna de sus disputas . Todos la evitaban, cruzando la calle para no tener que saludarla, bajando la vista al escuchar su voz. Y yo, como todos, la odiaba. Odiaba su existencia misma, esa masa gorda y autoritaria que se empeñaba en envenenar el aire con su simple presencia. Era un tumor en el vecindario, y cada día que pasaba, crecía un poco más, alimentándose de nuestro miedo y nuestro silencio.

El odio que sentía por aquella vieja no era una pasión estéril; era una semilla de fuego que crecía en mi interior, exigiendo ser liberada. No se trataba de simples travesuras de adolescente. Mi mente, curtida por el desprecio, concebía actos que sobrepasaban el límite, que eran venganza pura y dura. La primera fue silenciosa y química. Una noche de luna llena, me deslicé hasta su jardín, con una botella de lejía pesando como un secreto en mi mano. Vertí el líquido blanqueador sobre el corazón de sus preciadas plantas, sobre sus rosas torcidas y sus petunias orgullosas. La mañana siguiente, su grito de furia no fue un grito, fue un aullido. Una detonación de dolor puro que resonó en todo el vecindario. La vi de pie, temblando, entre el jardín convertido en un cementerio de hojas amarillas y marchitas. Y desde mi ventana, oculto tras la cortina que ella me había obligado a cerrar, me reí. Una carcajada silenciosa y satisfecha.

 

Pero la lejía no fue suficiente. Necesitaba que mi venganza fuera pública, que todo el mundo viera su humillación. Con un bote de pintura roja, tan brillante como la sangre, me acerqué a su fachada una noche oscura. No me limité a mancharla. Escribí. Insultos directos y crueles que todos podían leer: «BRUJA CODICIOSA», «CHIFLADA VIGILANTE», «ODIO A TODOS». Al día siguiente, el vecindario entero era un coro de risas contenidas y murmullos aprobadores. La gente se detenía a mirar, señalando con el dedo, y por primera vez, aquella vieja no parecía una autoridad, sino una burla, un monumento a su propia maldad devuelta en su cara. El poder se había desplazado, y por un instante, yo lo sostenía en mis manos manchadas de pintura.

 

Sin embargo, mi ambición me llevó a un terreno más peligroso. La vieja, en su delirio de grandeza, había mandado construir lo que ella llamaba «su taller», pero lo que todos veíamos como un búnker. Una especie de granero de hormigón en el fondo de su jardín, una habitación grande y fría con estanterías de metal industrial donde guardaba todo tipo de instrumentos de jardinería y otras majaderías de su mente chiflada. Un día, en un arrebato de audacia, me colé. La puerta estaba abierta . Dentro, el olor a metal y a tierra estancada era abrumador. Robé cuanto pude: herramientas, artilugios sin nombre, objetos de un valor sentimental para ella pero inútiles para mí. Logré vender una taladradora pesada y un par de cortasetos en el mercado negro por unas pocas monedas que brillaban como el triunfo. Desde entonces, vi el candado nuevo y brillante en la puerta de su santuario. Ella sabía que debía andar  con cuidado. Alguien la provocaba, y ella no descansaría hasta encontrar al culpable.

 

Pero subestimé a la vieja. No era solo una chiflada; había algo aún más extraño  en ella, un sexto sentido para el odio. Una tarde, cuando el sol comenzaba a bajar, sonó el timbre. Abrí la puerta y allí estaba ella, más gorda y amenazante que nunca, ocupando todo el umbral de mi puerta con su figura de botas de goma. Llevaba puestos sus guantes de fregar, y mi estómago se revolvió al verlos. Eran una segunda piel sucia y grasienta, con la tierra incrustada en sus grietas y un olor acre y dulzón que parecía impregnar el aire a su alrededor, una mezcla fétida de sudor, goma podrida y humedad. Sin preámbulos, su dedo regordete enguantado apuntó directamente a mi cara. Me daban asco aquellos guantes embutidos en sus carnosos brazos, que parecían a punto de reventar por la presión. Veía cómo la goma del guante apretaba su carne con fuerza en el codo, marcando los pliegues de grasa como si fuera a estrangularla. «¡Sinvergüenza!», escupió. «¡Ladrón! ¡Mal educado!». Sus acusaciones resonaron en el recibidor, densas y cargadas de una certeza aterradora. Sabía que había sido yo. No lo sospechaba, lo sabía. Mi madre acudió corriendo, poniéndose entre nosotros. «¿Qué está diciendo usted? ¡Mi hijo no haría nunca una cosa así!», protestó, y su voz me protegió. «¡Mire! ¡Usted tiene tantos enemigos que podría haber sido cualquiera!», añadió mi madre, con una lógica que me salvó. La vieja me miró fijamente, sus ojos pequeños y feroces clavados en los míos, y en su mirada no había duda, solo una promesa silenciosa de que esto no había terminado.

 

Al día siguiente, el destino, o quizás su propia y retorcida voluntad, nos hizo cruzarnos en la calle. Estaba de pie junto a la tapia de su jardín, como si me estuviera esperando. Nuestros ojos se encontraron y el aire se heló. Se acercó a mí, caminando con una pesadez que hacía temblar la acera, y comenzó de nuevo, su voz un torrente de bilis. «Ladrón. Mal educado. Sinvergüenza». Las palabras no eran un reproche, eran sentencias. Me espetaba que necesitaba aprender modales, que mi madre no me había enseñado a respetar a mis mayores. Mi sangre hirvió, el miedo se transformó en rabia. «¡Cállate, puta vieja gorda!», le grité, mi voz rasgando el silencio de la calle. Fue una escena terrible, un duelo de odios crudos y sin filtros. Ella, hinchada por una ira sagrada, y yo, devolviéndole insulto por insulto, sintiendo cómo cada palabra nos desgarraba un poco más por dentro.

 

Fue entonces cuando se detuvo. Su ira se condensó en una calma aterradora. Levantó lentamente su mano, aquella masa de carne y goma sucia, y me apuntó con su dedo enguantado. Y dijo algo que nunca se me olvidaría, con una voz serena pero cargada de una promesa de hierro: «Te aseguro que recibirás tu merecido. Tu sonrisa se convertirá en llanto». Las palabras me atravesaron como una hoja de metal frío. Sentí un escalofrío recorrer mi espina dorsal. Me alejé de ella, haciendo un ademán obsceno con la mano, intentando aparentar una valentía que ya no sentía. No sabía que su venganza hacia mí ya estaba servida, que en ese preciso instante ella había decidido que era la hora de que yo aprendiese modales y pagase, con cada fibra de mi ser, mi osadía.

 

 

La vieja lo tenía todo planeado. Una noche, vi la puerta de aquella habitación del jardín, la que parecía un granero, entreabierta. Un descuido. Un olvido. Mi mente codiciosa no vio otra cosa que una oportunidad, la oportunidad  perfecta para vengarme de nuevo y robar algo más de su santuario. Salté la valla de su jardín con una agilidad que el miedo me prestaba y me adentré en la oscuridad del granero. Era demasiado fácil. Mientras rebuscaba ansioso en las estanterías de metal, el eco de un portazo resonó como un disparo a mis espaldas. Me giré y la vi a ella, cerrando la puerta desde el interior y colocando un candado grueso de hierro en la puerta. El sonido de la cerradura al accionar la llave fue el de mi propia sentencia. Con una lentitud teatral, se guardó la llave en el escote, bajo el vestido, deslizándola hasta el hueco entre sus enormes pechos. Estaba fuera de mi alcance.

Mi corazón dio un vuelco y se precipitó a mis pies. No saldría de aquella habitación sin esa llave. Contemplé, aterrorizado, cómo la vieja sacaba del bolsillo de su delantal sus guantes de goma sucios y comenzaba a enfundárselos en sus brazos gordos. La goma entraba lentamente, produciendo un chirrido húmedo y repulsivo que llenaba el silencio de la habitación, mientras sus ojos me clavaban sin pestañear. «Ahora te enseñaré modales», siseó. Me acerqué despacio, movido por un instinto ciego y sin plan. Estiré la mano. La idea de arrebatarle la llave, custodiada entre sus pechos, era absurda, un acto de desesperación. No llegué a tocarla. Antes de que mis dedos se acercaran, ella terminó de ajustarse sus guantes, que marcaban sus brazos por lo apretados que estaban, y me soltó una bofetada de derecha a izquierda. El golpe fue tan brutal que me dejó aturdido, con la cabeza zumbando. «¡Ni se te ocurra tocarme, cerdo!», sentenció, su voz un rugido lleno de ira.

 

Mientras me reponía del impacto, ella se abalanzó sobre mí. Se colocó detrás de mi cuerpo y sentí su mano enguantada deslizarse por mi espalda, bajando por mi pantalón hasta mis glúteos. Encontró lo que buscaba: mis testículos. Los agarró por detrás, con una presa firme y experta, y los apretó y retorció con una fuerza sobrehumana. El dolor fue horrible, una aguda punzada que me recorrió como una descarga eléctrica y me paralizó. Estaba a punto de gritar cuando pegó su cuerpo enorme y carnoso al mío desde atrás, y con el otro guante me tapó la boca para ahogar cualquier grito. El guante que me oprimía los labios sabía fatal, a goma rancia y podrida, a tierra y a una suciedad que parecía provenir de una fosa fecal. En aquella posición me tenía inmovilizado. El dolor era tan intenso, tan abrumador, que no podía hacer nada para escapar. Apretó un poco más y susurró en mi oído, su aliento caliente y maloliente rozando mi piel: «No se te ocurra moverte». Y no me moví un milímetro. No por su orden, sino porque el dolor me había destrozado, mientras seguía tapándome la boca con su mano enguantada, rodeándome con su antebrazo desde atrás en un abrazo de hierro y muerte.

 

Sujetando, atenazando y retorciendo todavía mis testículos con su guante de goma, me obligó a recostarme en el suelo frío y de cemento. Liberó mi boca por un instante, y con la mano libre, que seguía enguantada, sacó del bolsillo de su delantal unas esposas de metal. Un terror glacial me recorrió. ¿Qué hacía aquella vieja con unas esposas de metal? Antes de poder procesarlo, me dio un último manotazo en mis ya maltrechos testículos. El dolor fue una explosión cegadora que me hizo retorcerme en el suelo, gimiendo sin sonido, incapaz de moverme. Ella entonces, con una calma aterradora, agarró mis manos con sus manos enguantadas y las condujo a mi espalda, donde las esposó con un chasquido metálico. Las apretó con una fuerza brutal, tan fuerte que los metales se clavaron en mi piel. «¡Me hacen daño las esposas!», logré quejarme. Mi lamento no surtió ningún efecto. Ella solo me recriminó con una voz cortante como el vidrio: «Cállate. Silencio. No quiero escuchar una palabra». Continuó atándome los pies con una cuerda gruesa y resistente. En unos minutos, estaba completamente inmovilizado, esposado de espaldas y con los pies atados a la altura de mis tobillos.

Ella se levantó, pesada y majestuosa como un panteón, y arrastró una silla de madera hasta el centro de la estancia, colocándola justo a mi lado. El pánico se apoderó de mí. «¡Suéltame, suéltame, puta vieja loca!», comencé a gritar, mi voz resonando desesperadamente contra las paredes de hormigón. Se plantó a mi lado, mirándome desde arriba con un desprecio infinito mientras yo yacía en el suelo, un gusano atrapado. Dirigió su voz seria hacia mí: «No volverás a faltarme al respeto. Voy a cerrarte esa bocaza». Y entonces, con una lentitud calculada para maximizar mi horror, se levantó el delantal. Luego el vestido. Y me mostró unas bragas enormes viejas , blancas y sucias. Las bajó por sus gruesos muslos, luego por las rodillas carnosas, y las sacó por sus botas de goma embarradas hasta las rodillas. Hizo un ovillo con la prenda en su mano enguantada, y quedé paralizado por un terror más profundo cuando comprobé, con una claridad nauseabunda, que aquellas bragas estaban terriblemente sucias por dentro. Había restos marrones y pegajosos de su ano adheridos a la tela. Aquella vieja cuidaba su jardín con una obsesión patológica, pero parecía que su propia higiene era un concepto desconocido. Las bragas apestaban a caca, un olor fecal y acre que ya empezaba a impregnar el aire, y llevaban heces secas y costras de mierda pegadas en el interior. Era asqueroso, una vileza tan profunda que mi mente se negaba a aceptarla, un horror que iba más allá del dolor, una humillación que amenazaba con disolver mi propia alma.

Principio del formulario

Final del formulario

 

La vieja chiflada se inclinó hacia mí, su cuerpo una masa de sombra y malicia. Acercó sus bragas blancas y apestosas, con sus marcas marrones del culo, a mi cara. Con una mano enguantada, me tapó la nariz, obstruyendo mi único respiro. Por instinto, abrí la boca para buscar aire, y en ese preciso instante, ella forzó el ovillo de tela sucia al interior. Con la fuerza de la yema de sus dedos de goma, las empujó hasta el fondo de mi garganta. Continuaba forzando las bragas mientras seguía tapándome la nariz. No tenía aire. Mis pulmones ardían en protesta y creí que me asfixiaría allí mismo, mientras ella se aseguraba de que aquella humillación entrara por completo. Cuando por fin me soltó la nariz, respiré exhalando con un sonido ronco y desesperado. Me había faltado el aire durante casi un minuto. Estaba siendo cruel conmigo, y solo era el principio.

 

Agarró un rollo de cinta americana, ancha y de un blanco impoluto. Comenzó a rodear mis labios, mi rostro y mi cabeza con la cinta gruesa. Parecía pegamento caliente, se adhería a mi piel con una ferocidad que me arrancaba el vello. Ella se aseguró de que quedara bien tensa, de que quedara bien pegada sobre mi boca inflada. Tenía la boca completamente inflada por sus bragas apestosas. El sabor era rancio, a caca, un sabor a heces secas que impregnaba mi lengua y el paladar. El olor era insoportable, incluso a través de mis narices. Me sentía humillado hasta la médula, tenía arcadas que no podían salir por el tapón de tela y cinta. Terminó de envolverme la boca, dando muchas vueltas con la cinta hasta que mi cabeza quedó como un capullo de sufrimiento. Sonriendo, me dijo con una voz dulce y venenosa: «Así calladito estás más guapo».

 

Me agarró del pelo, obligándome a levantarme del suelo. Tiraba con una fuerza salvaje de mi cabeza, creyendo de verdad que me arrancaba el mechón de pelo con la dureza con la que jalaba. Sentí la goma de su guante sucio enredarse en mi cabello, y su olor del guante repugnante se colaba por mis fosas nasales. Se me escapó una lágrima, no de miedo, sino del dolor puro y agudo del tirón. Se sentó en la silla que había colocado en el centro de la estancia y me colocó en su regazo, inerte y ahora en silencio forzado. Desbrozó la cremallera de mi pantalón y me lo bajó hasta los tobillos, junto con mi ropa interior, dejando al descubierto mi pene. Sentí una vergüenza tan profunda que me quemaba, expuesto y vulnerable sobre el regazo de aquella monstruosa vieja.

 

Me inclinó hacia adelante en su regazo, colocándome de tal forma que mi cara casi quedaba pegada al suelo, con mis manos esposadas a mi espalda agarradas firmemente por ella, impidiéndome levantarme. En aquella posición, humillante y forzada, comprobé con horror que ella se había sentado en la silla levantando su vestido por encima de la cintura, dejando su coño al descubierto, ya que no llevaba bragas. Era un coño enorme de vieja, lleno de pelos y pliegues húmedos, y desprendía un fuerte olor a orina rancia y a viejo. Me sentía humillado y no dejaba de mirar su sexo repugnante, incapaz de apartar la vista de aquella visión de decadencia. Estaba atrapado en su regazo, inclinado, sin poder incorporarme. Ella entonces, con una mano sujetando mis esposas para mantenerme en esa posición de sumisión, con la otra agarró una correa que tenía preparada al lado de la silla. La dobló por la mitad. Era una pesada correa de cuero marrón, ancha y gruesa. ¿Qué pretendía hacerme con aquella correa de piel ?

 

Entonces comenzó el azote. La correa descendió sobre mi culo con una fuerza brutal. El dolor fue instantáneo, una línea de fuego que me recorrió entero. Mi cuerpo se estremeció violentamente, y mi carne golpeó contra sus muslos voluptuosos, produciendo un traqueteo sordo y húmedo. No pude moverme, sujeto como estaba por una mano enguantada  y mi propia postura forzada. Ella volvió a azotar, y luego otra vez. Cada golpe era un latigazo de puro sufrimiento, y el dolor no se acumulaba, se multiplicaba. Avanzaba la azotaina y mi dolor aumentaba hasta convertirse en una bestia que me devoraba por dentro. No podía escapar, no podía gritar, solo podía soportar.

 

En mi desesperación, mi mente se aferró a un pensamiento. Mi madre. Estaría en casa, nuestra casa estaba justo enfrente. Si pudiera gritar, solo un poco, me escucharía. Intenté emitir un sonido, una llamada de auxilio, pero solo logré un gemido ahogado contra la tela y la cinta que me oprimían la cara. Fue entonces cuando la vieja, como si leyera mis pensamientos más profundos, se inclinó hacia mí y susurró con una voz gélida que me heló la sangre: «Tu mamá no te va a escuchar. Me he asegurado de ello. Ahora tu mamá soy yo». Y continuó azotándome con la correa, un verdadero suplicio sobre mi carne viva.

El castigo era un infierno interminable. Mi culo, primero enrojecido, pronto pasó a un morado oscuro y violento. La piel se rompió en varios lugares, Lloraba y lloraba, un río de lágrimas silenciosas que se deslizaban por mis mejillas y caían al suelo de cemento, sobre el que mi cabeza estaba tan cerca. Lloraba de dolor, de humillación, de impotencia. En su regazo, inmovilizado, no podía emitir sonido alguno. Lo único que se oía en la habitación era el sonido siniestro y rítmico de la correa estrellándose contra mi culo y mis muslos, y su voz, recriminándome. «Mamá te tiene que castigar. Has sido un muchacho malo». Era una vieja chiflada azotándome duramente, un castigo tan doloroso como injusto, y yo, su niño sumiso, recibía cada latigazo como el único castigo que merecía.

 

El castigo se prolongó por lo que pareció una eternidad. El tiempo se había disuelto en una espiral de dolor rítmico. Llevaba ya una hora sobre su regazo, un peso muerto y sufriente, mientras la correa no daba tregua. El dolor era terrible, una marea creciente que amenazaba con ahogarme. Cada vez que un quejido se agitaba en mi garganta o un pensamiento de clemencia nacía en mi mente, solo conseguía degustar con más intensidad la presencia de las bragas en mi boca. Mi boca se había convertido en un vertedero de basura, y todo sabía a su caca. El sabor rancio y fecal era mi única realidad, un recordatorio constante de mi total degradación.

 

 

Estuvo más de una hora azotándome. Cuando por fin se detuvo, no fue por piedad. Se detuvo porque su obra estaba terminada. Me dejó sobre su regazo, temblando y vencido. Mi culo era un campo de batalla, un mapa del dolor marcado y magullado. La carne estaba destrozada, un lienzo de morados, rojos violentos y marcas. Sabía, con una certeza absoluta, que no podría sentarme en semanas, que cada movimiento me recordaría este momento, este suplicio. Me había dejado un aspecto terrible, una prueba indeleble de su autoridad y mi sumisión.

 

Su castigo no había terminado. Con un último y brutal tirón de pelo, me bajó de su regazo y me arrastró por el suelo de cemento como si fuera un saco de basura. Me llevó a un lado oscuro de la habitación, donde una gruesa cadena de metal estaba anclada a la pared. En su extremo, un collar de metal, frío y pesado, con una argolla de perro. Me lo colocó alrededor del cuello con una violencia que me hizo chascar los dientes contra la tela sucia en mi boca. Cerró el candado con un chasquido final y definitivo. Quedé encadenado a la pared por el cuello, como a un animal al que se trata con el máximo desprecio.

 

 

Me miró con una cara de odio puro, una expresión que no contenía ni una pizca de humanidad. «Ahí te quedarás hasta que aprendas a respetarme», siseó, sus palabras una sentencia. Y entonces se marchó. Escuché cómo cruzaba la habitación, el sonido de sus pasos de sus botas de goma pesadas, el chirrido de la puerta al abrirla y, por último, el eco metálico del candado exterior siendo cerrado. El silencio que siguió fue absoluto y aterrador. Nadie podría escucharme allí, encerrado en aquella habitación a oscuras, inmovilizado, amordazado por sus bragas apestosas y encadenado a la pared como un perro rabioso.

 

Me dejó horas allí encerradas. El tiempo se perdió de nuevo, pero esta vez en un vacío frío y solitario. La oscuridad era total, un manto negro que me devoraba. Intenté escapar, tirar de la cadena, pero el collar se clavaba en mi cuello y el anclaje era de hierro sólido. Intenté pedir ayuda, pero mis gritos eran solo mudos y ahogados susurros contra la humedad fecal de mis propia mordaza. Era inútil, no podía hacer nada. Y el dolor en mi culo era una hoguera constante, un pulsar agudo que me recordaba cada segundo mi humillación y mi cautiverio. Estaba solo, roto y completamente a su merced.

 

La puerta se abrió a medianoche. Llevaba horas allí encerrado, un espectro atrapado en la oscuridad, inmovilizado y amordazado. Era hora de culminar su castigo. Entró ella, una silueta enorme bajo la tenue luz que se filtraba desde el exterior, llevando en sus manos una olla de metal con una tapadera. Cerró la habitación con el candado, quedando ambos encerrados dentro. El eco del metal fue el sonido de mi tumba. Agarró de nuevo la silla y la colocó frente a mí, donde yacía inmovilizado por la cadena. Se sentó en la silla y  dejo la cazuela cerrada a sus pies, junto a sus botas de goma, y comenzó a colocarse de nuevo sus guantes. Chirriaban al enfundárselos en sus manos gordas, y la goma apenas cedía en cada tirón, tensándose sobre su carne como una segunda piel resistente y sucia. Abrió la cazuela y me mostró el interior. Allí había una comida que detestaba con cada fibra de mi ser: aquella hortaliza blanca, redonda y absurda. La coliflor.

La vieja señora siempre estaba cotilleando y sabía todo de todos. Conocía la última discusión que tuve con mi madre por la dichosa coliflor que tanto odiaba. Aquel día me enfurecí, tiré el plato entero a la basura y le grité a mi madre. Aquello lo escuchó la vieja chiflada, siempre al acecho. Ella sonrió, una mueca cruel en su cara arrugada. «Ahora te vas a comer todo. A mí no me vas a hacer lo que le hiciste a tu madre». Era un nuevo castigo, extraño y perverso. Con una brusquedad dolorosa, arrancó la cinta americana de mi boca, raspándome la piel al despegarla de lo fuerte que estaba. Sacó sus bragas sucias de mi boca, y yo respiré exhausto, con la garganta seca y adolorida. Intenté pedir clemencia, pero ella solo me mandó callar. «¡Cállate, estúpido!», y me soltó una terrible bofetada con su guante de goma que me dejó aturdido, el zumbido en mis oídos ensordecedor.

 

Sacó de su delantal una pinza de madera, de las de colgar la ropa, y la colocó con fuerza sobre mi nariz, apretando hasta que el dolor fue punzante. Tenía que tener la boca abierta para poder respirar. Observé con horror cómo se inclinaba y metía su guante de goma sucio, ya casi marrón de la grasa y la suciedad pegajosa, dentro de la cazuela. Agarró un trozo de coliflor, empapado en un agua turbia, y lo metió en mi boca con sus dedos enguantados. Fue asqueroso. La textura blanda y repulsiva de la coliflor se mezclaba con el sabor rancio y podrido de su guante. Mi estómago se revolvió, pero la pinza en mi nariz me obligaba a tragar para no ahogarme y dejar la boca vacía para respirar .

 

«Traga», ordenó, y volvió a meter su mano en la olla. Esta vez, empujó dos o tres trozos, llenando mi boca hasta que mis mejillas se abultaron. Su dedo enguantado, duro y sin piedad, presionaba los trozos contra mi paladar, obligándome hacia atrás. La asfixia era real, un pánico ciego que se apoderaba de mí. Tragaba con dificultad, sentía los pedazos resbalosos bajar por mi garganta, un bolo humillante de mi verdura más odiada. No me daba tregua. Metía más y más cachos con sus dedos enguantados, llenando mi boca tan rápido como yo podía tragar. «Lámelo bien», siseó, y metió su dedo índice, cubierto de esa goma rancia y de los restos de mi propia saliva, en mi lengua. Lo lamí con sumisión, sintiendo la textura áspera y el sabor nauseabundo, mientras ella llenaba mi boca de nuevo.

 

El proceso fue interminable. Cada bocado era una agonía. La combinación del sabor que odiaba, el olor de sus guantes, la presión de la pinza en mi nariz y la dureza de sus dedos empujando en mi boca era abrumadora. A veces, me daba pequeños golpecitos en la garganta con su dedo para hacerme tragar más rápido. Otras, simplemente esperaba, mirándome con aquellos ojos feroces mientras luchaba por no ahogarme. Poco a poco, tuve que tragar toda la coliflor de la cazuela. Cuando el último trozo desapareció en mi garganta, me sentía vacío, sucio y completamente vencido. Me había obligado a consumir mi propio castigo, a tragar mi humillación hasta la última hebra. Ella retiró la pinza de mi nariz y una bocanada de aire entró en mis pulmones, pero no sentí alivio. Solo el sabor persistente de la derrota.

 

La vieja chiflada rio, un sonido que resonó en la habitación. Riéndose, me preguntó: «¿Te ha gustado tu comida?». Negué con la cabeza, un gesto débil y desafiante. Ella acercó su mano enguantada a mi cara y, con una falsa voz condescendiente llena de perversidad, me acarició la mejilla con el dorso de su guante de goma. «Pobrecito, no le ha gustado». Aparté la nariz al oler su guante, que olía fatal, y fue entonces cuando averigüé su secreto. Todos tenemos secretos ocultos, pero el de ella era que era una vieja chiflada psicópata, una amante de causar dolor a los demás aunque pareciera una vieja respetable. Puso su guante de goma, su dedo índice, bajo mi nariz para que lo oliera bien. Olfateé a cañerías fecales, a un perfume de suciedad antigua.

 

«Me encanta la escatología, la coprofilia… llámalo como quieras… jugar con la mierda», me confesó con una voz tranquila. «Me encanta defecar y que alguien se la trague. Meter mis guantes en mi culo, limpiarme con mis guantes el culo “. Ahora descubrí el aspecto y porque olían tan mal.  Se levantó lentamente, y con sus ojos clavados en los míos, metió su dedo de goma directamente dentro de su culo. Lo sacó lentamente, y vi, pegado a la yema del guante, un trozo oscuro y pegajoso de su caca. Metió ese dedo sucio en mi boca. «Límpialo «, ordenó. Lo lamí, y mi lengua tocó la masa fecal. Era asqueroso, un sabor a putrefacción y a ella, pero lo tragué con arcadas que me oprimían el pecho. Ella sonrió, una mueca de aprobación, y me felicitó: «Buen chico».

Se levantó el vestido por completo y me mostró su culo enorme y grueso, marcado por la celulitis como un relieve geográfico. Con sus guantes de goma, se abrió las nalgas, mostrándome un agujero oscuro, contraído, con algún pelo gris alrededor. Se rio. «También te dejaré lamerlo». Acercó su culo a mi cara, agarró mi pelo con su guante sucio y metió mi cara entre sus mejillas carnosas.

Comencé a lamer, pero mi lengua era tímida, solo se atrevía a rozar la superficie. Ella no le gustó cómo lo hacía. Se enfadó, su respiración se agitó y su cara se contrajo en una mueca de ira. «¡No así, imbécil!», gruñó. Con sus guantes de goma, abrió bien las nalgas, exponiendo su agujero oscuro con una brutalidad que me heló. «¡Quiero la lengua dentro del agujero! ¡Profunda! ¡Quiero sentir la lengua profunda en mi culo, ahora mismo!». Asustado por su furia, obedecí. Hundí mi lengua en su ano, un abismo cálido y estrecho. El asco fue inmediato y abrumador. El sabor era amargo, fecal, una mezcla de sudor y de la esencia más íntima y sucia de su cuerpo. Notaba cómo sus músculos se contraían alrededor de mi lengua, mientras ella jadeaba de placer, de la satisfacción de sentirme sucio y sometido por completo.

 

 

 

Ella sonrió, satisfecha, y dio una palmada sonora entre sus guantes de goma que resonó en la habitación como un trueno. Agarró la cazuela vacía, la tapó y se dispuso a marcharse. Pero cuando se dio la vuelta, se le había olvidado algo. Volvió a meter las bragas sucias dentro de mi boca para silenciarme y colocó la cinta americana blanca de nuevo en mi rostro, envolviéndolo con fuerza. Y fue entonces cuando me contó su plan. «Cuando regrese de nuevo, esta cazuela no llevará coliflor. Llevará mi mierda reciente. Ya conoces el método: la pinza en la nariz y, con la boca abierta, te la meteré con mis guantes. Te aseguro que vas a tragar hasta el papel con el que me limpie mi ano. A partir de ahora, vas a ser mi come-mierdas. Olvídate de salir de esta habitación».

 

La vieja chiflada se marchó, resonando el paso de sus botas de goma con cada paso. Escuché cómo cerraba la puerta desde el exterior y me dejó de nuevo encerrado, inmovilizado y amordazado, a la espera de mi próximo castigo: comer su mierda podrida de sus guantes de goma. No iba a salir de aquella habitación. Nadie sabía que estaba allí y mi madre no me escucharía.

La vieja chiflada se apartó, su pecho subía y bajaba con una excitación febril. Había encontrado a su esclavo perfecto, y su mente ya urdía el siguiente acto de nuestra depravada obra. Fue hacia una pequeña caja de metal en una de las estanterías y sacó varias pastillas blancas. Eran laxantes. Sus ojos brillaron con una luz de locura consumada. Con su guante de goma, se metió una pastilla en la boca, la tragó sin agua. Luego otra. Una pastilla ya daba una diarrea fuerte; dos, según su lógica perversa, serían una catástrofe intestinal, una diarrea terrible. Deseaba tener una diarrea bestial, una explosión líquida para llenar la cazuela hasta los bordes con heces podridas y acuosas. Esa sería mi próxima comida, y ella disfrutaría inmensamente dármela de comer con su método preferido: forzándome a tragar con la pinza en la nariz. Usaría una cuchara esta vez, para no desperdiciar ni una gota de su néctar, pero juró que lo tragaría todo. No tendría más remedio que hacerlo, con la pinza clavada en mi nariz para no asfixiarme.

Al cabo de cinco minutos, un rugido profundo y violento provino de sus entrañas. Su rostro se contrajo en una mueca de dolor y urgencia desesperada. Se levantó de golpe, subiéndose el vestido con torpeza, y salió corriendo hacia el pequeño baño. Casi no llega. La urgencia era tan bestial que un chorro oscuro ya comenzaba a resbalar por el interior de sus muslos mientras corría. Llegó al inodoro justo a tiempo, se sentó de golpe, y una explosión líquida y violenta salpicó todo el inodoro, el suelo y la parte de atrás de sus piernas. Desde mi posición encadenada, escuché su alivio mezclado con una risa perversa. Allí, sentada con sus guantes de goma sobre las rodillas y la cazuela colocada dentro del inodoro  para recogerlo todo, empezó a defecar sin parar. Pero no eran solo sonidos; sus palabras atravesaron la puerta, murmullos perversos para sí misma. «Necesitaré una cuchara para darle de comer todo este montón de mierda», se oía decir, entre jadeos. «No podrá cerrar la boca, ¡no! Le colocaré un abre bocas metálico, y la pinza en la nariz, ¡claro! ¡Voy a disfrutar mucho!». Su risa se hizo más aguda, más loca. «Será larga su cena, durará horas si es necesario, pero ¡tragará todo!». Mientras hablaba, el sonido de su culo defecando se intensificaba, un chorro líquido y violento que salpicaba contra el metal de la cazuela sin descanso. «¡Más, más!», gritaba para sí misma, riendo perversamente mientras su estómago rugía una y otra vez, expulsando más y más de aquel torrente marrón y pestilente. La cazuela se iba llenando, y yo, encadenado y a la espera de mi próximo y horrible festín.

FIN

Para cualquier comentario: [email protected]

 

5 Lecturas/8 agosto, 2026/0 Comentarios/por scatgummi
Etiquetas: hijo, madre, madura, mayor, mayores, montaña, sexo, vecina
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