Lecciones de natación 1
Las clases más eróticas que un padre permite que le den a su hijo..
Llevaba semanas notando cómo la gente miraba Santi. No era solo la típica admiración por un niño bonito; era algo más intenso, un hambre en los ojos de los extraños que duraba un segundo demasiado largo.
Santi, con sus cinco años, era una obra de arte. Tenía el cabello tan rubio que casi parecía plateado, cortado en un estilo desaliñado que hacía que sus mechones se levantaran como plumas de duna. Sus ojos eran de un azul imposible, el color del mar en una postal, rodeados de pestañas tan largas y oscuras que parecían dibujadas con tinta. Su piel era translúcida, con una red de venitas azuladas que se adivinaban en sus sienes y en el delicado puente de su nariz.
Esa tarde, en la piscina comunitaria de nuestro complejo de apartamentos, decidí poner a prueba una teoría que me había estado dando vueltas en la cabeza. La mayoría de la gente estaba en el trabajo, así que la zona de la piscina estaba casi desierto, salvo por un par de adolescentes escuchando música en la parte lejana.
Santi estaba en la escalera de la piscina poco profunda, aprendiendo a sumergir la cara. Usaba un traje de baño azul brillante que contrastaba dramáticamente con su piel pálida. El agua le llegaba hasta la cintura, y cada vez que se movía, su espalda delgada se arqueaba, mostrando la prominencia de sus vértebras, como las cuentas de un collar. Me senté en una tumbona a unos metros de distancia, con una revista abierta sobre mi regazo que no estaba leyendo.
«¡Papá, mira!», gritó, riendo. Se sumergió, y su pequeño cuerpo se convirtió en una sombra borrosa bajo el agua. Cuando salió, se rio, el agua chorreando por su cara. Se frotó los ojos con los puños pequeños y regordetes, y el sol brilló en cada gota que quedaba atrapada en sus pestañas.
Fue entonces cuando lo vi.
Un hombre, sentado solo en la tumbona de al lado de la mía. Debe haber tenido unos cuarenta y tantos, con un cuerpo delgado y bronceado que claramente pasaba mucho tiempo allí. Estaba recostado, con gafas de sol oscuras, pero su cabeza estaba ligeramente girada hacia Santi, no hacia la revista que tenía abierta sobre su pecho.
No dijo nada. No se movió. Pero su atención era un palpable físico en el aire.
Mi corazón comenzó a latir más rápido. Aquí estaba. La oportunidad. Me levanté y me arrodillé al borde de la piscina, junto a la escalera.
«¿Estás listo para el juego del cohete, Santi?», dije, mi voz más sonora de lo necesario.
«Sí», gritó él, aleteando con entusiasmo.
«Ok, agarra el borde y estira tus piernas».
Santi obedeció. Sus dedos pequeños se aferraron al borde mojado y sus piernecitas, delgadas y pálidas, salieron del agua, goteando. Estiró los dedos de los pies, que tenían las uñas cortas y limpias. El agua formaba pequeños arcoíris en la piel de sus muslos. Era completamente vulnerable, expuesto, suspendido entre el agua y el aire, confiado en que su padre lo sostendría.
Mientras hablaba con Santi, riendo y dándole instrucciones, mantuve a Santi en esa posición durante lo que pareció una eternidad. «Más alto, aa. ¡Más alto! ¡Casi estás volando!». Cada vez que estiraba las piernas, el traje de baño se ajustaba un poco más, definiendo las formas redondeadas de su trasero. Cada vez, el hombre en la tumbona se recostaba un poco más, su postura cambiando sutilmente de relajación a una atención tensa.
Sentí una punzada de poder. No era solo que el hombre estuviera mirando; era que yo le estaba dando un espectáculo. Yo era el director, el guardián de la puerta que había decidido abrirla.
Después de un rato, dejé que Santi se soltara y salpicara en el agua. Volví a mi tumbona y recogí mi revista. El hombre no se movió. Pero después de un minuto, se levantó y caminó lentamente hacia la parte más profunda de la piscina, donde se sumergió y desapareció bajo la superficie.
Mi respiración era aguda. Mi cuerpo estaba tenso. Me sequé el sudor de la frente con el dorso de la mano. Sabía que no había terminado. Sabía que esto solo había sido el prólogo. Y cuando el hombre salió del agua, a unos metros de donde jugaba Santi, me miró por encima de sus gafas de sol y me hizo un leve gesto con la cabeza. Un gesto de agradecimiento. Y yo le devolví el gesto. Sabía que volvería a la piscina mañana. Y que Santi también estaría ahí.



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