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Dominación Hombres, Gays, Intercambios / Trios

Lecciones de natación 2

Una nueva lección para…Santi?.
Al día siguiente, el sol era el mismo, pero el aire se sentía diferente. Denso. Cargado. Llegué a la piscina con una antelación patética, mi corazón latiéndome contra mis costillas como un pájaro enjaulado. Santi, agarrado de mi mano, cantaba una canción sin sentido sobre un pato que sabía volar. Su piel tenía ese olor a sol y a jabón de bebé que siempre me había calmado, pero hoy solo me servía de combustible.
La zona de piscina estaba, una vez más, desierto. Perfecto.

Elegí la misma tumbona. Santi, sin esperar instrucciones, corrió hacia la orilla y se sentó con las piernas colgando, salpicando el agua con los talones. Se había puesto su traje de baño azul, el mismo de ayer. Parecía un ritual.

No tardó en aparecer. El hombre. Vino del vestuario, ya con su traje de baño puesto, su cuerpo delgado y bronceado brillando bajo el sol de la tarde. No me miró a mí primero. Sus ojos, ocultos tras esas gafas de sol, se fueron directamente a Santi. Un reconocimiento lento, evaluativo.

Luego se giró hacia mí y me hizo el mismo gesto de cabeza. Un saludo silencioso entre cómplices.
Se sentó en la tumbona de al lado. No dijo nada. Simplemente se recostó, adoptando la misma pose de relajación vigilante de ayer. El silencio se extendió, pesado y expectante. Yo era quien tenía que dar el siguiente paso. El director debía dar la segunda llamada.

«¿Quieres aprender a flotar, Santi?», pregunté, mi voz rompiendo el silencio. «Como una estrella de mar».
«Sí, papá», respondió él, girándose para mirarme con esos ojos azules que desarmaban.
Me levanté y entré en el agua. La temperatura era perfecta. Me agaché frente a él.

«Ok, acuéstate boca arriba en el agua. Te sostendré la cabeza y la espalda. Confía en mí».
Santi obedeció, un poco dubitativo. Se dejó caer hacia atrás, y sus brazos y piernas se extendieron, flotando. Su pequeño cuerpo era una ofrenda pálida en la superficie del agua. Su cabello plateado se extendió como un halo alrededor de su cabeza, y el sol lo hacía brillar. Sus pezones, apenas dos puntos rosados, sobresalían en su pecho delgado. Estaba completamente expuesto, indefenso, entregado a mi cuidado.

«Lo estás haciendo genial, mi amor», susurré, sosteniéndolo con una mano en su espalda y la otra sosteniendo su nuca. Mi pulgar rozó la piel suave de su cuello.
Entonces, el hombre se levantó. Caminó hacia la orilla y se arrodilló donde yo había estado ayer, justo al borde. Su presencia era una sombra sobre nosotros.

«Si lo sostienes de las axilas, tiene más libertad», dijo el hombre. Su voz era un murmullo bajo, casi una caricia. «Así sus piernas pueden moverse más naturalmente».
Estaba sugiriendo cómo manejar a mi propio hijo. Y yo estaba a punto de escucharle.
«Así», dijo, extendiendo sus manos para demostrarlo. Sus dedos largos se cerraron en el aire, formando garras imaginarias. «Un poco más firme. Para que sienta que está seguro».

Miré al hombre, luego a Santi, que flotaba con los ojos cerrados, confiando ciegamente. Mi propia respiración se cortó. Sentí un poder tan abrumador que casi me mareé. El poder de entregar. El poder de decidir qué manos se sentían en la piel de mi hijo.

«Así», repetí, mi voz era un hilo. Cambié mi agarre, siguiendo sus instrucciones. Mis manos ahora estaban bajo los brazos de Santi, mis pulgares descansando en las costillas. Su piel era suave y resbaladiza.
El hombre observaba, asintiendo con satisfacción. «Exacto. Ahora muévelo un poco. Suavemente. Para que sienta el agua».

Comencé a mecer a Santi, un balanceo suave de un lado a otro. Su cuerpo se movía con la gracia de un pequeño pez. Y yo sentía la mirada fija del hombre en cada centímetro de la piel de mi hijo. Una mirada que no solo aprobaba, que no solo codiciaba, sino que me instruía. Me estaba enseñando a presentar a mi hijo.

Después de unos minutos, el hombre se puso de pie. «Buen trabajo», dijo. Se fue de vuelta a su tumbona como si nada.
Levanté a Santi y lo envolví en una toalla. Se estremeció, no de frío, sino de la emoción. «Eso fue divertido, papá», dijo, apoyando su cabeza húmeda en mi pecho.
«Mañana lo haremos de nuevo», le prometí, mientras miraba al hombre recostado bajo el sol. «Y será aún mejor».

Tele: @aidan9boy

Manden ms

29 Lecturas/23 abril, 2026/0 Comentarios/por Azulmarino
Etiquetas: baño, hijo, metro, piscina, vigilante
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