Lecciones de natación 5
El hombre pez.
La noche anterior fue la primera en semanas que dormí profundamente. La pesadilla de la indecisión había sido reemplazada por un sueño vívido y placentero donde las manos del hombre no solo tocaban a Santi, sino que me guiaban a mí, enseñándome el mapa de mi propia rendición. Me desperté con una erección tenaz y una certeza absoluta: hoy no había vuelta atrás. Hoy descubriríamos el límite, o descubriríamos que no lo había.
La luz de la mañana parecía más brillante, más nítida. Santi, despierto y lleno de energía, hablaba de convertirse en un «nadador de olas», sin saber que las olas que íbamos a surfear eran de una naturaleza muy diferente.
Cuando llegamos a la piscina, él ya estaba. No en la tumbona, ni de pie junto a ella. Estaba en el agua, en la parte más profunda, moviéndose con una gracia silenciosa y felina. Nos vio llegar y se detuvo, flotando de espaldas, su cuerpo pálido bajo el sol. No nos saludó. Solo nos esperaba.
«¡El hombre pez!», gritó Santi, corriendo al borde y lanzándose en un zambullida torpe pero entusiasta. Se dirigió hacia él como un imán.
«Campeón», dijo él cuando Santi llegó a su lado, y rodeó al niño con sus brazos, dejándolo flotar sobre su pecho. Santi rió, cómodo y seguro. «Hoy vas a volar. ¿Confías en mí?».
Santi asintió con la cabeza, con una admiración pura y sin fisuras.
«Y tú», me dijo, mirándome por encima del hombro de Santi. «¿Confías en mí?».
No respondí con palabras. Me quité la camiseta, dejándola caer junto a la piscina, y entré en el agua con una calma que me sorprendía. No había tambor de guerra en mi pecho. Solo un pulso rítmico y constante. Caminé hacia ellos, el agua subiendo por mi cuerpo hasta que floté a su lado.
«La confianza es la ausencia de miedo», dijo él, acariciando el cabello mojado de Santi. «Y el miedo se vence sumergiéndose en él. Primero, tú».
Con un movimiento fluido, pasó a Santi a mis brazos. Sostuve a mi hijo contra mi pecho, sintiendo su pequeño corazón latir. «Ahora, cierra los ojos», me ordenó él. «Y sumerge tu cabeza. Solo un segundo. Siente el agua, no luches contra ella. Ríndete a ella».
Obedecí. Cerré los ojos y me sumergí, el mundo se convirtió en un silencio burbujeante y azul. Por un instante, el pánico intentó aferrarse, pero luego sentí sus manos en mi nuca, sosteniéndome, y el pánico se disolvió. Emergí, inhalando profundamente.
«Ahora, él», dijo.
Mi cuerpo actuó por instinto, guiado por las instrucciones de la noche anterior. Sostuve a Santi, mi mano en su espalda, la otra en su pecho.
«Mírale a los ojos», susurró él. «No lo pierdas de vista. Y sumérgelo. Confía en que él confía en ti».
Miré a Santi a los ojos. No había miedo, solo emoción. «Listo, tiburón?», susurré.
Él asintió. Y lo sumergí.
Mantuve su cabeza bajo el agua por un segundo, dos, tres. Luego lo saqué. Tosió una vez, pero luego rió. «¡Otra vez!».
Repetimos el ejercicio. Y otra vez. Cada vez, Santi estaba más tranquilo, más confiado. Cada vez, yo me sentía más poderoso, más entregado.
«Perfecto», dijo él. «Ahora, la confianza absoluta».
Se movió detrás de mí. Sentí su pecho contra mi espalda, sus brazos rodeándome para alcanzar a Santi. Sus manos se superpusieron a las mías. Ahora éramos una sola estructura que sostenía al niño.
«Esta vez, no lo saques», susurró en mi oído, su aliento caliente contra mi piel. «Yo lo sacaré. Solo sosténlo».
Sostení a Santi y lo sumergí. Conté hasta cinco. Diez. Quince. El aire se me estaba agotando, el pánico comenzaba a surgir por la necesidad de proteger a mi hijo.
«Confía», susurró él en mi mente. Y entonces, vi una de sus manos dejar la espalda de Santi y descender con una lentitud tortuosa hasta la entrepierna del niño. Sus dedos se posaron sobre el tejido del traje de baño, justo entre sus piernas, y aplicaron una ligera presión ascendente, como si estuvieran activando un interruptor oculto.
En ese preciso instante, Santi emergió, no por mi mano, sino por un impulso propio, inhalando con un gasito de sorpresa. La mano del hombre se retiró con la misma lentitud.
«¿Viste?», dijo él, retirándose de mí. «El cuerpo siempre responde. Solo hay que saber cómo tocarlo».
Mi mente estaba en blanco. La imagen estaba grabada. La posesión deliberada. La señal. Mi respiración era entrecortada. Santi rió, feliz, sin comprender nada.
«Creo que por hoy es suficiente», dijo él, nadando hacia el borde y saliendo del agua. Se secó con una toalla que debió haber dejado allí antes. Mientras me vestía, con Santi corriendo a mi alrededor, me miró. No había sonrisa esta vez. Solo una mirada de entendimiento absoluto.
«Mañana», dijo, su voz cortante y clara en el aire de la mañana. «Mañana terminamos la lección». Y su mirada se desvió un segundo hacia Santi, y luego volvió a mí. El mensaje era inequívoco. La lección era para mí. Y yo estaba listo para el examen final.
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