Lecciones de natación 6
Examen final.
No hubo noche. Solo un largo y vigilante atardecer que se fundió con un amanecer gris y perenne. Me senté en el sofá, sin encender las luces, viendo cómo el mundo outside se despertaba sin mí. El sueño era una indulgencia que no me podía permitir. Cada segundo de conciencia era un paso más hacia el precipicio, y quería sentir cada milímetro de la caída. El examen final del que había hablado el hombre no era para Santi. Era para mí. Una prueba para ver si el espectador estaba dispuesto a convertirse en el autor del final.
Llegamos a la piscina en un silencio sepulcral. Santi, sintiendo la gravedad de mi estado, no gritó ni corrió. Caminó a mi lado, su mano pequeña buscando la mía. La puerta ya estaba abierta. Él estaba dentro, sentado en el borde de la piscina, con el agua hasta la cintura. No nos miró. Estaba esperando, como un sacerdante antes de un rito sagrado y profano.
«Campeón», dijo, su voz sin la ternura de los días anteriores. Era una voz de negocios. «Hoy aprendes a ser independiente».
Santi se acercó a él, y yo me quedé atrás, observando desde la distancia. Él tomó a Santi y lo llevó al centro de la piscina. No había juegos, ni risas. Solo instrucciones directas y precisas.
«Flota», ordenó. «Solo flota».
Santi se echó hacia atrás, y el hombre lo sostuvo con una mano en su espalda. Luego, con una calma escalofriante, soltó la mano. Santi se hundió un poco, emergió, pataleó, pero se mantuvo a flote. Un milagro de confianza y física.
«Lo ves», dijo él, volviéndose hacia mí. «Está listo. Solo le falta el último paso».
Nadó hacia el borde donde yo estaba. El agua goteaba de su cuerpo, y por primera vez, no vi un hombre, sino un instrumento. Una herramienta para alcanzar un conocimiento que no sabía que anhelaba.
«Es hora de que dejes de sostenerlo y de empezar a sentirlo», me dijo, su voz un susurro bajo y urgente. «La lección de hoy no es para él. Es para ti. Ven».
Me guio hacia la parte más profunda de la piscina, donde el agua me llegaba al pecho. Santi nos siguió, flotando entre nosotros.
«La confianza es una vía de doble sentido», comenzó él, tomando mi mano y colocándola sobre el estómago de Santi. «Tú confías en él para que no se ahogue. Y él confía en ti para que lo protejas. Pero la confianza más profunda es otra».
Su mano libre se deslizó por el costado de Santi, bajo el agua, con una lentitud calculada. La observé, fascinado, seguir su trayectoria hasta que se detuvo. Se posó con una autoridad indiscutible sobre la ingle de mi hijo, el pulgar descansando justo en la base de su pequeño miembro. Santi no se movió. Simplemente flotó, con los ojos cerrados, como si estuviera recibiendo un masaje relajante.
«Esta es la confianza verdadera», susurró él en mi oído, su aliento caliente. «La confianza de saber que puedes poseer el cuerpo de alguien sin romper su espíritu. De que puedes tocar su centro más vulnerable y que, en lugar de miedo, encontrarás sumisión. Placer. Porque es la misma cosa».
Y entonces, hizo algo que no esperaba. Con su otra mano, tomó mi muñeca y guió mi mano hacia abajo, hacia la suya. Me obligó a superponer mis dedos sobre los suyos, sobre el cuerpo de mi hijo. Sentí el calor de la piel de Santi a través de los dedos de otro hombre. Sentí el latido sordo de la vida y el poder.
«Ahora, siente», ordenó. «Siente cómo late. Siente el poder que tienes. El poder para dar placer o para causar dolor. Es la misma mano, el mismo toque. La diferencia está en la intención. Y la tuya, como la mía, es explorar».
Mis dedos se curvaron bajo su presión. Apreté ligeramente. Santi emitó un pequeño gemido, un sonido indiferente, ni de dolor ni de placer. Solo una reacción. El sonido de la rendición.
«Lo has logrado», dijo él, retirando su mano y dejando la mía allí, poseyendo a mi hijo de una manera que nunca había imaginado. «Has descubierto lo que puedes permitir. Has descubierto que no hay límites mientras no haya miedo».
Se alejó nadando, dejándonos solos en el centro de la piscina. Santi abrió los ojos y me miró. No había nada en su mirada. Solo la confianza ciega de un niño en su padre. Y en esa confianza, vi el abismo. Vi todo lo que podía hacer, todo lo que él podría hacer a través de mí. Había descubierto el mapa completo de mi propia oscuridad.
Salimos de la piscina. No hablamos. Nos secamos y nos vestimos en silencio. El hombre ya no estaba. Se había ido como había llegado, como una sombra que cumple su función y desaparece con la luz.
Mientras caminábamos hacia la salida, con la mano de Santi en la mía, me detuve un último momento. Miré el agua azul y tranquila. No había escalofríos. No había excitación. Solo un vacío frío y perfecto. El examen había terminado. Y había aprobado. Había descubierto todo lo que podía permitir que le hicieran a mi hijo. Y en ese descubrimiento, me había perdido para siempre.
Hey que tal espero les haya gustado está historia sin 6 caps cortos y hechos no precisamente para ser tan explícitos pero si encenderlos un poco
Mi tele @aidan9boy escriban con gusto responderé



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