Los deseos ocultos de los maduros
En mi búsqueda de pervertir más personas para mis prácticas de bondage, aprendí que no siempre es buena idea provocar el morbo de los maduros.
Aquí estamos de nuevo para platicar algunas de mis variadas experiencias en el mundillo de los fetiches y placeres particulares.
Hace un tiempo me tuve que mudar de ciudad por cuestiones de trabajo y fue hacer borrón y cuenta nueva. La nueva ciudad a la que llegué no es muy grande, pero comparado a la ciudad de donde vengo, es enorme y completamente diferente.
A pesar de que tengo familia en esa nueva ciudad, preferí mejor buscar un sitio para mí, una casa, departamento, un cuarto, etcétera, algo para no depender de alguien más (y de paso tener un sitio para mis perversiones, jeje)
Después de un año de vivir solo, en esas tardes de aburrimiento, decidí buscar algún encuentro o contacto por internet, algo que me llamara la atención, pero por supuesto, mis gustos son algo extraños, no encontré nada de lo que buscaba. ¿De verdad no hay nadie que quiera una sesión de bondage en más de 1 millón de personas? Es imposible, bueno, si yo no encuentro una sesión, entonces publicaré mis intenciones y veamos que pasa.
Puse mi publicación en una página de clasificados en internet y me fuí a dormir esa noche esperando alguna respuesta, quizás un par de mensajes serían suficientes para que eso haya valido la pena. A la mañana siguiente, para mí sorpresa, tenía mas de diez mensajes, todo un récord, en especial la de un usuario que me llamaba la atención.
El usuario tenía como pseudónimo su nombre (le llamaremos César), seguido de su nombre, e incluso su número de teléfono. Me quedaba claro que era un señor grande que quizás no le entendía a la tecnología, pues se había doxxeado por completo él solo con el simple nombre de su usuario. Me bastó una rápida búsqueda por internet con esos datos para confirmar que era su información real, vaya locura.
Aprovechando que ya tenía su número, me puse en contacto con él para ver si teníamos un encuentro, un faje al menos le iba a proponer, pero también para ayudarle a bajar su información de internet, pues algún loco podría ponerse en contacto con él (como yo)
Para mí sorpresa, respondió bastante rápido, empezamos a chatear y la conversación fluyó bien, le platiqué de mis experiencias y parece que logré mi cometido, le provoqué el morbo y la curiosidad por el bondage, teníamos un gusto mutuo por los pies, por lo que desde ahí nos pusimos de acuerdo y acordamos vernos en mi casa después de unos días de conversación.
Por fin llegó el esperado día un viernes en la mañana, el amigo César llegó en un Uber, pues no tenía transporte para ir conmigo y cuando llegó conmigo lo noté extraño, estaba pálido, asustado, se le notaba un nerviosismo gigantesco. Era algo normal en mis encuentros, simplemente encontrarte con alguien nuevo es inquietante pero a él se le veía el alma salir del cuerpo, así que platicamos un rato para tratar de tranquilizarlo.
Era un hombre maduro, tenía 58 años, pelo canoso, un bigote tupido color castaño claro claramente pintado, tenía pancita «chelera», piel morena requemada por el sol (sobre todo en sus brazos), barba descuidada de una semana al menos, pelo corto, bajito, de 1.70 más o menos y olía a un perfume barato de cítricos, definitivamente era su primera vez haciendo algo del estilo.
Después de calmarlo le pregunté una vez más si estaba seguro de tener el encuentro, me había dicho que le llamaba la atención lo que le dije de estar atado, quería sentir la experiencia y yo accedí a atarlo como me decía, pero algo no estaba bien, cuando lo desnudé, le tapé la boca y le amarré las manos empezó a llorar, eso no es algo que me agrade ver y menos en una persona adulta, así que tal vez no era buena idea seguir, por lo que lo desaté y le pregunté qué pasaba.
Después de una larga plática me confesó ciertas cosas que me hacían imposible atarlo, de joven lo habían secuestrado, debido a eso había desarrollado cierto trauma, y a pesar de él querer ser amarrado, no pudo tolerarlo. Pensé que todo había terminado y ya me había resignado a tener una tarde normal, mandarlo a casa y dejar esto en el olvido, pero él me pidió una oportunidad más, no me quería quedar mal y me dijo que, en su lugar, me podía amarrar a mí. Le dije que sí, le enseñé algunas cosas básicas de seguridad pues se notaba que era primerizo en estas cosas y finalmente comenzó la sesión.
Me desnudé yo también y ambos ya estábamos desnudos, me tumbé en mi cama, me amarró las manos con cinta plateada detrás de la espalda, al igual que los pies juntos. Le estaba dando instrucciones y él los seguía al pie de la letra, le dije qué podía hacer, cómo podía hacerlo y una vez que le dije el resto de instrucciones, me tapó la boca y el proceso terminó, estaba atado de pies y manos, vendado y amordazado.
Cesar estaba impresionado, se escuchaba que tenía mucha emoción, estaba extasiado, le daba un gusto inusual verme amarrado.
«Oye amiguito, me encanta cómo te ves» – me dijo mientras me veía amarrado – «es muy cachondo tenerte así, ¿De verdad te puedo tener amarrado el tiempo que yo quiera?»
Yo le respondí que sí haciendo un gemido debajo de la cinta de mi boca, pues le había dicho que podía tenerme amarrado el tiempo que quisiera, pero yo sugerí un par de horas.
«Muy bien» dijo mientras sentía como se acomodaba en un lado mío… «Voy a disfrutar este rato»
Se puso a chuparme el cuerpo, me lamió los pies, los olió, me masturbó, me mamó la verga e incluso me hizo «piojito» en la cabeza, el señor estaba siendo cariñoso y me daba cierto gusto que se sintiera mejor, pero poco a poco eso fue cambiando, me empezaba a pellizcar los pezones, me empezaba a dar nalgadas, a mordisquear los dedos de los pies y esas cosas no me estaban gustando. Tenía la boca tapada así que solo gemía tratando de decir que no… Pero él dió rienda suelta a sus perversiones.
«¿Para qué me querías tener amarrado?» Me preguntó «¿te exita tener a alguien controlado a tu Merced?»
Yo dije que sí, como pude.
«Ya veo, es cierto que es emocionante tener a alguien amarrado y solo para tí» dijo mientras se acercaba a mi oído, «¿Quieres que te coja?»
Yo no podía decir mucho, así que simplemente le dije que sí. Entonces sentí su lengua en mi culo, después algo de lubricante que extendió con sus dedos, y por fin como su verga usando condón entraba por mi parte posterior. Se dió el gusto de su vida. Gritaba, me daba nalgadas, hasta un par de cachetadas recibí, definitivamente le estaba gustando mucho esa experiencia, y a mí por supuesto que también me agradaba.
Llegamos al clímax del encuentro, me estaba cogiendo duro y rápido, llegó al máximo y se vino, dejando toda su leche dentro del condón. Después de un rato, se separó de mí, intentó quitarme la cinta de las manos pero no lo dejé, me moví y retorcí para evitarlo.
«¿Que pasa? ¿Te sientes mal?»
Yo gemí que no, todavía tenía la boca tapada.
«¿Acaso no quieres que te suelte?»
De nuevo, gemí un «no».
«Entonces te puedo dejar así amarrado un rato si quieres» entonces gemí que sí.
«Ya veo porque te gusta esto» me dijo nuevamente «se siente bien tener el control, es divertido y muy morboso… De hecho… Se siente muy bien…»
Hubo un silencio largo, César estaba ahí, podía oír sus respiraciones, pero no decía nada, probablemente me estaba observando. Poco a poco sus preguntas fueron subiendo de tono y a mí me emocionaba eso.
«¿De verdad te gusta que te tengan amarrado?» Yo gemí nuevamente que sí.
«Entonces creo que no hay problema porque me quede el resto de la tarde aquí contigo, ¿O sí? ¿Quieres que me quedé un rato más?» Y yo sin dudarlo gemí que sí.
«¿Y qué me dices si me quedo el fin de semana? Puedo tenerte amarrado y vendado todo el tiempo que quieras»
En ese momento me quedé perplejo, definitivamente César había tomado confianza y su morbo estaba despertando. Yo por supuesto, gemí que «sí» todo lo que pude.
«Me encanta como te ves, estás amarrado a mi merced y quiero cogerte todo lo que quiera…» Dijo mientras me daba una fuerte nalgada. «Oye, ¿Tienes pendientes el fin de semana?»
Ya me estaba dando cuenta por dónde iban esas preguntas, y cada vez que lo escuchaba, mi morbo crecía más y más. En esta ocasión gemí que «no» pues tenía el fin de semana libre, y como trabajaba desde casa solo entre semana, realmente no tenía problema por quedarme atado más tiempo.
«Tengo una idea» me dijo mientras me agarraba del pelo «me gustaría quedarme en tu casa el fin de semana. Tenerte amarrado todo el tiempo, que seas mi perra, violarte todo lo que quiera, quiero cogerte, darte de tomar leche, que la disfrutes, ¿Cómo ves?»
El morbo dentro mío era enorme, estaba muy emocionado y de inmediato gemí que sí todo lo que pude.
«Muy bien, entonces vas a estar secuestrado este fin de semana» me dijo mientras acariciaba mi cabeza «te vas a quedar aquí acostado, calladito, amarrado, desnudo y tranquilo. Te voy a dar de comer y de tomar agua, pero no te voy a soltar. Si vas al baño, yo te llevo, pero cuidado con gritar o tratar de soltarte porque me vas a conocer… y te va a doler»
Yo sentía algo muy raro, entre placer, temor, emoción y una erección muy fuerte que no paraba. No era mi plan para el fin de semana, pero bien dicen que lo que es improvisado sale mejor.
De esa forma fue como pasó ese fin de semana, su palabra la cumplió, no me soltó en todos esos días, me tuvo amarrado desde el viernes a medio día hasta el domingo en la noche. Me tuvo los ojos vendados todo el tiempo, no me quitó venda ni siquiera para ir al baño, él me llevó a ciegas. Me tuvo la boca tapada casi todo el tiempo, solo me quitó la mordaza para comer, ya fuera pizza o lo que sea que encontraba en mi refrigerador, me daba de tomar agua natural y siempre, antes de ponerme la mordaza de nuevo, me daba a chupar sus pies y a mamar su verga, antes de meterme algún trapo a la boca y rodearlo con cinta. Me cambió los amarres varias veces, manos detrás de la espalda, sobre la cabeza atado a la cama, al igual que los pies, nunca estuvieron libres, solo los soltaba para llevarme al baño, descalzo por supuesto, y cuando regresaba, me los amarraba de nuevo con cinta o con cuerdas a la cama.
Definitivamente, fue una sesión larga e inesperada, una que aún no tengo idea de cómo aguanté, porque es muy cansado estar amarrado. César me cogió varias veces durante ese fin de semana y ahora se le nota más seguro, pero eso sí, ahora cada vez que nos vemos me quiere tener amarrado, aunque no me quejo, me encanta estar así.


Dejar un comentario
¿Quieres unirte a la conversación?Siéntete libre de contribuir!