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Dominación Hombres, Infidelidad, Intercambios / Trios

Los secretos de mi esposa

Un esposo luego de regresar del trabajo descubre secretos de su esposa poco a poco descubrirá más de ella .

La ciudad se hundía bajo un manto de gris plomo. La lluvia no era una simple precipitación; era un castigo constante que calaba los huesos y empapaba el ánimo de quienes transitaban sus calles congestionadas. Jose cerró el paraguas con un movimiento brusco al entrar en el recibidor, soltando un suspiro que mezclaba el cansancio del trabajo con la melancolía del clima.

—Maldita sea esta ciudad… —susurró Jose para sí mismo, sacudiendo las gotas de su abrigo—. Siempre lo mismo. Frío, lluvia y un vacío que no se llena con nada.

Miró a su alrededor. La casa estaba en silencio.

—¿Fernanda? —llamó, pero solo el eco de su propia voz le respondió—. ¿Mi amor? ¿Estás aquí?

No hubo respuesta. Jose frunció el ceño. Probablemente se había ido a hacer algunas compras o había olvidado algo en el camino. Se quitó la ropa húmeda con lentitud, sintiendo el peso de la jornada sobre sus hombros. Caminó hacia la habitación matrimonial, el único refugio cálido de aquel hogar. Encendió la televisión, pero el sonido del noticiero se volvió un zumbido lejano. Se recostó en la cama, cerrando los ojos por un instante.

—Solo cinco minutos… —murmuró, dejándose llevar por el sueño.

Una hora después, el sonido de la puerta principal abriéndose lo sacó abruptamente de su letargo. Jose se incorporó, parpadeando, todavía medio dormido.

—Ya llegó —pensó—. Debe ser Fernanda.

Se levantó y caminó hacia la puerta de la habitación, dispuesto a saludarla. Sin embargo, justo antes de abrir, se congeló. No era solo la voz de su mujer. Había otra voz. Una voz masculina, profunda, segura, desconocida.

—¿Quién demonios es ese? —susurró Jose, sintiendo un frío repentino que no tenía nada que ver con la lluvia exterior.

Con el corazón latiéndole en la garganta, abrió la puerta apenas unos centímetros, lo suficiente para asomarse desde el segundo piso hacia la planta baja. Lo que vio le robó el aire.

Fernanda, su esposa, estaba allí. Y no estaba sola. Un hombre fuerte, atlético y alto, la sujetaba firmemente por la cintura, pegando el cuerpo de ella contra el suyo.

—¡No puede ser! —jadeó Jose, retrocediendo rápidamente y pegándose a la pared, oculto detrás de la puerta—. ¿Qué está pasando? ¿Quién es él?

El pánico y la confusión lo invadieron, pero la curiosidad morbosa y el dolor lo obligaron a asomarse una vez más. Abajo, Fernanda y el desconocido se besaban con una pasión voraz, una intensidad que Jose no recordaba haber visto en su matrimonio en años.

—¡Me engaña! —pensó Jose, sintiendo que el mundo se desmoronaba—. ¡Mi propia mujer me está traicionando en mi propia casa!

Se sintió mareado. La rabia comenzó a hervir en su sangre, pero el miedo lo mantenía paralizado. No podía gritar, no podía bajar y enfrentarlos; se sentía pequeño, insignificante. Aun así, sus ojos no podían apartarse de la escena.

El hombre fuerte se sentó en el sofá, desabrochando sus pantalones con una naturalidad insultante. Fernanda, con una sonrisa que Jose nunca le había dedicado a él, comenzó a bailar frente a él.

—Mira cómo me miro, cariño —parecía decir la actitud de Fernanda, aunque Jose solo podía escuchar los jadeos.

Lentamente, ella comenzó a deslizarse el vestido negro, dejándolo caer al suelo. Debajo, llevaba un conjunto de lencería azul eléctrico, un encaje transparente que Jose jamás había visto.

—¡Dios mío! —exclamó Jose en un susurro ahogado—. ¿Cuándo se compró eso? Nunca… nunca me ha mostrado ese conjunto.

El corpiño parecía luchar por contener sus pechos, esos senos grandes, redondos y firmes que Jose tanto amaba, pero que ahora parecían estar a punto de explotar, resaltados por el color azul. Las medias negras abrazaban sus muslos, dirigiendo la mirada hacia sus caderas y ese trasero en forma de corazón que siempre lo había vuelto loco.

Fernanda se lanzó sobre el hombre, besándolo con desesperación. El desconocido soltó un gruñido de placer y comenzó a manosear con fuerza el trasero de la mujer.

—¡No puede ser! —sollozó Jose, escondiéndose de nuevo—. Todos estos años… todo lo que hice por ella… ¿y así me paga?

El dolor era insoportable, pero mientras se daba la vuelta para alejarse, un instinto primitivo lo detuvo. Quiso bajar, quiso gritarles, quiso detener esa aberración. Pero en el momento en que dio un paso hacia el pasillo, escuchó pasos subiendo la escalera.

—Ven, vamos arriba —la voz de Fernanda sonó sensual, cargada de una excitación que Jose reconoció como genuina—. Quiero que me des más en la cama.

Jose entró en pánico. El corazón le martilleaba el pecho. Miró a su alrededor desesperadamente. No había dónde esconderse, la habitación estaba despejada. En un acto de cobardía y desesperación, se lanzó al suelo y se deslizó debajo de la cama, justo en el momento en que la puerta se abría.

—¡Qué carajos acabo de hacer! —se maldijo a sí mismo, apretando los dientes mientras sentía el polvo del suelo en su rostro—. Soy un idiota, un maldito cobarde.

Desde su posición, Jose vio los pies de su mujer entrar en la habitación. Caminaba con lentitud, balanceando las caderas, moviéndose de espaldas hacia la cama. El hombre se quedó en el marco de la puerta, admirándola con una mirada depredadora.

*Clack.*

El sonido de un cierre abriéndose resonó en el silencio. Jose vio cómo el corpiño de encaje azul caía al suelo, quedando a escasos centímetros de su rostro.

—¿Te gusta lo que ves, mi amor? —preguntó Fernanda con una risita maliciosa.

—Dios, Fernanda… —la voz del hombre era un rugido bajo—. Extrañaba demasiado estas tetas. Son perfectas.

—Ah… —gemió ella—. Entonces no las hagas esperar más.

De repente, el colchón vibró violentamente. Jose sintió el impacto de dos cuerpos lanzándose sobre la cama. El peso era considerable.

—¡Mmm! ¡Sí, justo ahí! —gritó Fernanda.

—¡Ahhh! —el hombre soltó un gemido profundo.

Jose escuchó el sonido del pantalón del hombre siendo arrancado y lanzado a un lado. Luego, una risita excitante de Fernanda, seguida de un sonido húmedo y seco.

*¡Plap! ¡Plap! ¡Plap!*

—¡Oh, Dios! ¡Darius! ¡Darius, me llenas toda! —gritó ella, arqueando la espalda.

Jose cerró los ojos, aterrado. Sentía cómo su vida se desmoronaba con cada embestida. El colchón se balanceaba rítmicamente sobre él, y el olor a sexo, a sudor y a perfume femenino comenzó a llenar el espacio reducido bajo la cama.

—¡Ahhh! ¡Más fuerte, Darius! ¡Rómpeme! —suplicaba Fernanda.

Jose comenzó a llorar en silencio, pero entonces sucedió algo que lo dejó horrorizado. A pesar del dolor, a pesar de la traición, sintió que algo en su interior reaccionaba. Una erección involuntaria, una respuesta biológica traicionera, comenzó a crecer en sus pantalones.

—No… no puede ser… —susurró Jose, sintiendo una vergüenza profunda—. ¡Soy un enfermo! ¡Estoy excitado viendo cómo me ponen los cuernos!

Se sentía como si fuera un participante involuntario de un trío al que no habían invitado. Con desesperación, agarró su pene a través de la tela, intentando obligarlo a bajar, temiendo que el bulto resaltara tanto que pudieran sentirlo a través del colchón.

—¡Mmm… sí! ¡Sigue así! —gemía Fernanda arriba.

Jose miraba hacia arriba, y a través de las rendijas del colchón y la transpiración que empezaba a marcar la tela, pudo ver la silueta de los pechos pesados de su mujer presionando el material. Esas tetas colosales que él siempre había admirado estaban siendo entregadas a otro hombre.

—¡Sí! ¡Así, dame más fuerte, Darius! —gritaba ella, llamando al amante por su nombre.

—¡Tú eres mía, Fernanda! ¡Solo mía en esta cama! —respondió Darius, aumentando el ritmo.

El sonido de los cuerpos chocando era ensordecedor para Jose. Cambiaron de posición; ahora sentía más presión, como si estuvieran en el misionero. El colchón se hundía profundamente.

—¡Ah… mmm! —Fernanda soltó un gemido largo y agudo—. ¡Me encantas, Darius! ¡Eres tan grande!

—Cállate y siente esto —gruñó él.

Jose escuchó cómo Darius comenzaba a succionar los pechos de Fernanda. Los gemidos de ella se volvieron rápidos, cortos, jadeantes. Pasó más de una hora en aquel infierno de placer y dolor. Jose estaba impotente, atrapado entre el odio y una excitación que lo consumía.

Finalmente, el ritmo disminuyó. El silencio volvió a reinar, roto solo por la respiración agitada de los dos amantes.

—Tengo que irme ya —dijo Darius, su voz recuperando la calma.

—¿Ya? —se quejó Fernanda—. No quiero que te vayas.

—Tengo que hacerlo. Tu marido llegará en cualquier momento, zorra.

—Jeje… sí, el pobre idiota —rio Fernanda con desprecio—. Seguro que ni se imagina lo que pasa en su propia cama.

Jose sintió una puñalada en el corazón. La humillación era total.

—Bueno, entonces nos despedimos —dijo Darius.

El hombre se levantó. Jose, movido por una curiosidad masoquista, se asomó apenas unos milímetros por debajo del borde de la cama. Vio a Fernanda bajar al suelo, poniéndose de rodillas, sentada sobre sus talones.

—No te vayas sin que te dé mi postre favorito —susurró ella.

Jose abrió los ojos de par en par. Vio cuando Darius se expuso completamente.

—¡Madre mía! —pensó Jose, sintiendo que su propio miembro se encogía de insignificancia—. ¿Qué es eso? ¡Es descomunal!

Era un pene enorme, de unos 24 o 25 centímetros, grueso, venoso y moreno. Jose nunca había visto algo así en su vida. Fernanda lo miró con adoración y comenzó a lamerlo con una lentitud tortuosa.

—Mmm… —gemía ella, saboreándolo como si fuera un helado—. Es tan perfecto… tan grueso…

Jose, abajo, comenzó a masturbarse frenéticamente a través del pantalón, sintiendo una mezcla de rabia y deseo. Nunca había visto a su esposa actuar así. Nunca le había hecho una mamada con tanta entrega y pasión.

—¡Ah… sí, así! —gruñó Darius, mirando el techo de la habitación mientras se arqueaba por el placer.

Entonces, Fernanda hizo algo que dejó a Jose sin aliento. Tomó el miembro de Darius y lo colocó entre sus enormes pechos, apretándolos con fuerza para crear un canal de carne.

—Mira cómo encaja aquí, Darius —susurró ella, realizando una «rusa» perfecta.

Sus pechos, aunque colosales, apenas podían rodear el grosor de aquel pene. Darius agarró la cabeza de Fernanda, guiando el movimiento, acelerando el ritmo.

—¡Voy a… voy a venirme! —gritó el hombre.

—¡Dámelo todo! ¡Lléname! —exclamó ella.

En ese instante, Darius llegó al clímax. Jose sintió que su propio pantalón se empapaba de semen en una descarga violenta y dolorosa, sincronizada con el orgasmo del amante. Vio cómo Fernanda tragaba el espeso semen con avidez y cómo sus pechos quedaban manchados de leche blanca.

Ella se levantó, limpiándose la comisura de los labios con un dedo, luciendo una expresión de satisfacción absoluta.

—Fue increíble —dijo Darius, dándole un beso rápido y posesivo.

—Vuelve pronto —respondió ella.

Jose escuchó los pasos de Darius bajando las escaleras y la puerta cerrándose finalmente. Fernanda, caminando con un contoneo alegre y satisfecha, salió de la habitación detrás de él, dejando a Jose solo, temblando y destrozado, en la oscuridad y el polvo debajo de la cama.

5 Lecturas/18 septiembre, 2026/0 Comentarios/por blancoynegro
Etiquetas: amante, amantes, leche, madre, mamada, orgasmo, semen, sexo
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