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Dominación Hombres, Gays, Heterosexual

Más que compañeros de equipo Parte 1

La noche estaba pesada, húmeda, como solo puede estarlo en una vieja construcción abandonada en las afueras de San José. Habían jugado fútbol toda la tarde bajo un sol que parecía querer derretirlos. Una semana sin bañarse, la misma ropa interior sudada y pegada al cuerpo, sin desodorante, sin nada..
Más que compañeros de equipo

Parte 1

—

 

La noche estaba pesada, húmeda, como solo puede estarlo en una vieja construcción abandonada en las afueras de San José. Habían jugado fútbol toda la tarde bajo un sol que parecía querer derretirlos. Una semana sin bañarse, la misma ropa interior sudada y pegada al cuerpo, sin desodorante, sin nada. Olían a puro macho: sudor rancio, pies sucios, huevos y verga acumulada de días. El olor era fuerte, denso, casi animal.

 

Diego y Juan, dos chamacos de 13 y 16 años, estaban sentados sobre unos bloques de concreto rotos, compartiendo una botella de guaro barato y un par de churros de mota que les tenían los ojos rojos y la cabeza dando vueltas. Los dos se veían todavía aniñados: Diego, moreno, delgadito, con esa carita de adolescente inocente y cuerpo pequeño pero bien formado de tanto jugar fútbol. Juan, un poco más alto, blanco, pelo largo cayéndole sobre los hombros, también con esa cara de chamaco que todavía no acababa de madurar.

 

Estaban sudados, la camiseta pegada al pecho, los shorts cortos dejando ver las piernas sucias. El olor a macho encerrado llenaba el aire.

 

Diego dio una calada larga al churro, soltó el humo y se recostó contra la pared.

 

—Mae, estoy que reviento… —dijo con la voz ronca por el guaro y la mota—. Tengo como cuatro días sin sacarme una presa decente. La verga me duele de tan hinchada. Me urge meterla en algo bien cerdo, algo que no le dé asco. Que me chupe los sobacos sudados, que me lama el culo, que me limpie el gorro con la lengua aunque esté lleno de esmegma y leche vieja… Y después que me preste el culo bien sudado, para que cuando se la meta suene puro splash, puro líquido, y le llegue hasta el fondo, que los huevos le reboten en el culo mientras lo parto.

 

Juan sintió cómo se le paraba la verga al instante dentro del short sudado. Desde hacía años fantaseaba exactamente con eso: que su mejor amigo Diego lo usara como una puta barata. Que lo tratara sin piedad, que le diera verga hasta dejarlo lleno de leche. Aunque los dos se decían heteros, Juan en secreto solo quería ser el agujero de Diego.

 

El moreno siguió hablando, sin filtro:

 

—Ojalá fuera con alguien que oliera igual de puerco que yo… sudado, apestoso, que me deje hacer lo que se me dé la gana.

 

Juan tragó saliva, el corazón le latía fuerte. El guaro y la mota le quitaron toda vergüenza.

 

—Mae Diego… si se te antoja… yo te puedo ayudar con eso —dijo casi en un susurro—. Te presto el culo y la boca. Todo lo que quieras.

 

Diego se quedó mirándolo unos segundos, con esa carita aniñada pero los ojos brillantes de pura calentura. Se levantó tambaleándose un poco por el trago.

 

—Voy a pensarlo mientras orino —dijo.

 

Se paró frente a Juan, a menos de treinta centímetros, se bajó el short y sacó la verga. Estaba semi-dura, morena, gruesa para su cuerpo delgado, con el gorro medio cubierto de esmegma blanco y un olor fuerte a verga sudada de toda la semana. Empezó a orinar, el chorro dorado cayendo fuerte contra el piso de concreto sucio.

 

Juan no podía quitar los ojos de ahí. La verga de su amigo se veía más dura a cada segundo. Se lamió los labios sin darse cuenta.

 

Diego lo notó. Con una mano se agarró la verga y las bolas pesadas, sacudiéndosela un poco mientras terminaba de mear.

 

—¿Se te antoja, mae? —preguntó con voz baja y templada, esa carita de adolescente contrastando con la mirada de puro macho caliente.

 

Juan, con la respiración agitada y la verga palpitándole, respondió sin pensarlo dos veces:

 

—Usted sabe que sí, Diego… Mae, deme verga.

 

Diego no dijo ni una palabra más. Soltó la verga todavía goteando orina y precumen, agarró a Juan del pelo largo con ambas manos y lo jaló hacia adelante.

 

—Entonces si quiere verga, le voy a dar verga sin clemencia, puta.

 

De una sola embestida brutal le metió la verga todavía húmeda de orina y sudor directo hasta el fondo de la garganta. Juan sintió cómo le llegaba hasta los huevos, el olor fuerte a verga sucia invadiéndole la nariz. Diego le sujetó la cabeza con fuerza y empezó a cogerle la boca sin piedad, metiendo y sacando la verga gruesa con golpes profundos, haciendo que Juan babeara y gorgotease.

 

—Así, mae… chúpeme esa verga puerca. Límpiemela con la lengua —gruñía Diego mientras le follaba la cara.

 

Juan se dejaba usar, las lágrimas le salían de los ojos por la profundidad, pero no se oponía. Al contrario, succionaba con ganas, lamiendo el esmegma acumulado, saboreando el sabor salado y fuerte de su amigo.

 

Diego lo sacó de la boca de un jalón, la verga brillando de saliva.

 

—Quítese la ropa, todo. Quiero verle ese culo sudado.

 

Juan obedeció rápido. Se quedó completamente desnudo, el cuerpo blanco sudado, la verga dura goteando. Diego también se desnudó. Su cuerpo delgado y moreno brillaba de sudor.

 

—Póngase en cuatro, mae. Primero quiero que me limpie todo.

 

Juan se puso en cuatro sobre el concreto sucio. Diego se paró atrás, abrió las nalgas sudadas de Juan y le enterró la cara.

 

—Chúpeme el culo, cerdo.

 

Juan hundió la lengua sin dudar, lamiendo el agujero arrugado y sudado de Diego, saboreando el sabor fuerte y masculino. Luego Diego lo volteó y le hizo chupar sus sobacos peludos y empapados de sudor rancio. Juan lamía como desesperado, oliendo y saboreando todo lo que tanto había deseado.

 

—Buen puta… ahora límpiame el gorro bien.

 

Diego le metió la verga otra vez en la boca, pero esta vez Juan se dedicó a lamer y chupar solo el glande, sacando con la lengua todo el esmegma blanco y espeso que se había acumulado en una semana. Diego gemía de placer.

 

Después lo puso contra una pared, le levantó una pierna y le escupió en el culo.

 

—Ahora sí… le voy a partir ese culito virgen.

 

Colocó la punta gruesa contra el agujero sudado de Juan y empujó de una sola vez. El “splash” húmedo se escuchó claro por todo el lugar: sudor, saliva y fluidos haciendo que la verga entrara fácil y profundo. Diego empezó a bombear fuerte, los huevos golpeando contra las nalgas de Juan con cada embestida.

 

—Escuche ese sonido, mae… puro splash de culito mojado —gruñía Diego mientras lo cogía sin misericordia—. Le voy a llenar ese culo de leche, puta.

 

Juan solo gemía y pedía más:

 

—Más duro, Diego… úseme como quiera… soy su puta…

 

Diego lo cambió de posición varias veces: lo puso en cuatro, lo levantó contra la pared, lo puso de lado. Lo cogía profundo, rápido, haciendo que el sonido húmedo llenara la construcción abandonada. Le mordía el cuello, le escupía en la cara, le daba nalgadas fuertes mientras le metía verga sin parar.

 

Al final, cuando ya no aguantaba más, Diego lo puso de rodillas otra vez.

 

—Abra la boca, mae. Le voy a dar la presa que tanto quiere.

 

Le metió la verga hasta el fondo y se corrió con fuerza, chorros gruesos y calientes bajando directo por la garganta de Juan. Cuando terminó, sacó la verga y le pintó la cara con las últimas gotas.

 

Juan, jadeando, con el culo rojo y lleno de leche que empezaba a escurrir, miró a su amigo con ojos llenos de placer.

 

Diego, todavía con la verga semi-dura y esa carita aniñada, sonrió satisfecho.

 

—Esto apenas empieza, puta. Esta noche le voy a dar verga hasta que no pueda ni caminar.

 

Y así, entre el olor a macho, sudor y semen, los dos chamacos siguieron toda la noche, disfrutando de lo que tanto habían deseado en secreto.

 

Fin parte 1

15 Lecturas/30 abril, 2026/0 Comentarios/por GROBICK
Etiquetas: adolescente, amigo, culito, culo, leche, puta, semen, virgen
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