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Dominación Hombres, Heterosexual, Intercambios / Trios

Me encuentro con Sara

Me encuentro con Sara la hija de jorge de 12 años .
La brisa del mar entraba por la ventana abierta de mi habitación en el hotel Costa Brava. Era junio, y el calor pegajoso de la ciudad me había llevado a buscar refugio en esta playa alejada. Llevaba tres días sin hacer nada más que tomar cervezas en el chiringuito y sumergirme en el agua cuando el sol apretaba demasiado.

Estaba en la terraza del bar del hotel, con los pies descalzos sobre el balcón de madera, cuando la vi.

Sara.

Llevaba un bikini amarillo que se le clavaba en las nalgas, y su piel morena brillaba con el bronceador. No la veía desde el viaje que hicimos a la cabaña yo con carla y Jorge con ella, cuando nos intercambio las hijas para follar durante horas, Yo y Sara en mi habitación y Jorge con Carla en la habitación de al lado. Antes de eso, la primera mamada había sido en los baños de aquella gasolinera mugrienta cuando íbamos camino a la cabaña, ella con 12 años y esa inocencia y desenfreno que me volvía loco.

Pero ahora no estaba sola. Estaba rodeada de chicas de su edad, un montón de niñas que estaban para comérselas, todas con camisetas iguales que decían «Viaje de Fin de Curso – 2026». Había un par de profesores también, uno con camisa hawaiana y otro con gafas de sol que parecía contar cabezas cada cinco minutos.

Nuestros ojos se cruzaron. Sara se quedó quieta, el vaso de fanta a medio camino de sus labios. Vi cómo se sonrojaba, cómo sus mejillas se encendían recordando probablemente mi polla dentro de ella, mis manos en su cuello, la forma en que gemía cuando la penetraba por detrás en la cabaña.

 

Escribí el número de habitación en un papel arrugado del bolsillo. 204. Lo doblé en cuatro y esperé mi momento.

Estaban todas en la piscina, las chicas del viaje de fin de curso, tomando una fanta en un vaso con cubitos y una sombrilla queriendo imitar a un cóctel y eso les hacían reír demasiado alto. Los profesores estaban en la terraza del bar, ya relajados, con la cuenta atrás para la revisión de las 22:00.

Sara estaba en el agua, hasta la cintura, hablando con una rubia de pelo mojado. Me acerqué por el borde de la piscina, fingiendo ir hacia los hamacas. Al pasar, dejé caer el papel en el borde de su vaso de plástico. No se movió. Solo nuestros ojos se encontraron un segundo. Ella asintió casi imperceptiblemente.

Me fui a mi habitación. Esperé.

—

A las 22:15 escuché pasos descalzos en el pasillo. Tres golpes suaves en la puerta. Abrí.

Sara estaba allí, con el pelo mojado todavía de la ducha, oliendo a gel barato del hotel. Llevaba una camiseta larga, blanca, de esas que usan para dormir, que le llegaba hasta medio muslo. Estaba descalza. Y cuando entró y la luz del pasillo iluminó la tela delgada, vi que no llevaba nada debajo. Los pocos contornos de su cuerpo se dibujaban perfectos, los pezoncitos erectos contra la tela, la sombra oscura entre sus piernas.

—Tardan media hora en dormirse —susurró, cerrando la puerta—. Las he dejado hablando de unos chicos que hemos conocido. Mi compañera de habitación ronca en cinco minutos, pero he dicho que iba a tomar algo que me dolía la barriga.

La agarré por la cintura y la apoyé contra la pared. Le levanté la camiseta de un tirón, dejándola completamente desnuda. Su piel olía a jazmín y cloro. La besé con fuerza, metiéndole la lengua hasta el fondo, saboreando el miedo y la excitación mezclados.

Se arrodilló sin que se lo pidiera. Quería hacerlo rápido, volver pronto. Pero yo quería disfrutar.

Me desabroché los pantalones. Mi polla salió dura, ya palpitante. Sara la tomó con ambas manos y se la metió todo lo que pudo en la boca. La chupó con urgencia pero con maestría, usando la lengua en la punta. Gemía al hacerlo, vibrando contra mi carne.

—Más despacio… —siseé, agarrándole el pelo mojado—. Quiero que dure.

Me ignoró. Quería mi corrida, quería terminar. Pero no iba a ser así.

La levanté. La tiré sobre la cama boca arriba. Separé sus muslos y me hundí entre ellos. Lamí su coñito con los primeros pelitos que ya tenía no como en la cabaña que no tenía nada pero ya estaba más mayor, Lo tenía húmedo ya de excitación. Metí la lengua profundo, saboreando su sabor salado a mar, encontrando su clítoris con la punta y haciendo círculos lentos. Sara se mordió el puño para no gritar, retorciéndose, levantando las manos para buscar mi cabeza y apretarla a ella.

—Por favor… fóllame ya… —suplicó, jadeando.

Me levanté. La penetré de una embestida, hundiéndome hasta el fondo en su vagina caliente y estrecha. Se arqueó, con los ojos en blanco, conteniendo un grito. Empecé a moverme, lentamente al principio, luego con fuerza, viendo cómo sus diminutas tetitas se movían con cada golpe de cadera.

La saqué. La giré. La puse a cuatro patas y busqué su ano con los dedos, húmedos de su propia excitación. Empujé despacio, sintiendo cómo se abría para mí, cómo se relajaba a pesar de la urgencia.

—Joder… —gimió, enterrando la cara en la almohada—. Más… más fuerte…

La cogí por las caderas y empecé a follarla por el culito con fuerza, embistiendo una y otra vez, escuchando el sonido de nuestras carnes chocando en la habitación silenciosa. Ella se tocaba el clítoris con una mano, masturbándose, como una experta
mientras yo la penetraba, acercándose al orgasmo.

—Me voy a correr —avisé, sintiendo el nudo en mi vientre, la presión creciente.

—Saca… —jadeó—.No quiero… problemas…

La agarré con más fuerza. La inmovilicé contra mí, hundiéndome al máximo en su ano.

—No —gruñí—. Te quedas con todo. Quiero que vuelvas a tu habitación con mi semen dentro. Quiero que duermas toda la noche sintiéndome dentro de ti. Que te despiertes y siga saliendo.

—Eres malo conmigo… —gimió, pero no intentó escapar.

—Dime que lo harás —ordené, acelerando los envites finales—. Dime que mañana por la mañana, cuando te despiertes y sientas que aún te gotea, lo recogerás con la mano y te lo comerás. Sin que nadie te vea. Que te tragarás mi corrida de desayuno.

—Sí… sí, lo haré… —sollozaba, rozándose el clítoris frenéticamente—. Me lo comeré… todo…

Me corrí con un gemido ahogado. Disparé mi semen profundo en su ano, llenándola, marcándola. Sentí cómo pulsaba mi polla dentro de ella, cómo ella se contraía al llegar al orgasmo simultáneo, mordiendo la almohada para no gritar.

Nos quedamos así un momento, jadeando, sudados.

Sara se levantó con cuidado. Inmediatamente, mi semen empezó a escurrirse por su muslo. Se limpió lo que pudo con un pañuelo, pero sabía que había mucho más dentro, profundo.

Se puso la camiseta larga de dormir. La tela blanca se pegó a su piel húmeda. No llevaba nada debajo. Mi semen ya empapaba ligeramente la tela por detrás.

—Tengo que irme —dijo, besándome rápido—. Mañana desayunamos a las ocho.

—Recuerda lo que tienes que hacer —dije, acariciándole el culo a través de la camiseta—. Cuando te despiertes.

Sonrió con picardía, ya en la puerta.

—Lo recordaré —susurró—. Será nuestro secreto.

Salió. La puerta se cerró sin ruido.

—

La vi al día siguiente, en el desayuno buffet. Estaba con sus amigas, riendo, todas inocentes, con un vaso de zumo de naranja en la mano. Llevaba un vestido veraniego ligero. Nuestros ojos se cruzaron un segundo.

Vi cómo sonreía discretamente. Cómo sus dedos se movían bajo la mesa, invisibles para los demás, simulando el gesto de recoger algo y llevárselo a la boca.

Se lamió el dedo índice, mirándome directamente a los ojos.

Desayunó con mis restos dentro de ella. Y yo desayuné sabiéndolo.

3 Lecturas/24 agosto, 2026/0 Comentarios/por benjionda42
Etiquetas: follar, hija, hotel, mayor, orgasmo, playa, semen, viaje
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