Mi dueño
En el taxi ya me estaba manoseando. Me metió la mano debajo del vestido, sintió que estaba mojada, y me escupió en la cara, delante del taxista que nos miró por el espejo. Yo me limpié la saliva con la mano y me la lamí, humillada y excitada..
Soy Tamara, una puta de 22 años con la cabeza llena de ideas que hoy en día las feminazis odiarían. Mientras mis amigas hablan de empoderamiento y de «mi cuerpo mi decisión», yo sé la verdad: mi cuerpo no es mío, es propiedad del hombre que me domine. Soy una morenita con tetas naturales y firmes, culo redondo y apretado, y una vagina siempre húmeda lista para recibir verga.
Me calienta pensar que soy inferior. Me excita saber que mi lugar es servir, no mandar. No quiero ser «igual» a los hombres; quiero estar debajo de ellos, literal y figurativamente. Soy consciente de que esto me hace una loca, una bicha rara, pero mi vagina no miente: se moja cuando pienso en ser tratada como un objeto, como un recipiente para semen, como un pedazo de carne con tres agujeros diseñados para el placer masculino.
Conocí a Alex, un hombre de 52 años, feo, bajo, canoso, de un país famoso por su machismo. Y fue amor a primera orden. Él no me trataba como princesa; me trataba como la puta que soy. Me ordenaba enviarle fotos de mi vagina extendida, me hacía masturbarme en video llamada mientras él ni siquiera se desvestía, solo observaba con desprecio. Y yo, perra en celo, obedecía cada orden.
Durante tres años, fui la esclava virtual de Alex. Nos conocimos en una página de citas donde yo buscaba precisamente esto: un hombre que no me tratará como una «igual», sino como lo que soy, una puta para usar. Él tenía 49 cuando empezamos, yo 19, y desde el primer mensaje supo dominarme.
Por años, nuestra relación fue digital pero intensamente sexual. Me ordenaba enviarle fotos de mi vagina extendida con los dedos, fotos de mi culo abierto, videos mientras me masturbaba con los pepinos de la cocina llamándolo «papá». En las video llamadas, él se sentaba con su verga fuera, a veces ni siquiera se tocaba, solo me observaba con desprecio mientras yo, desnuda en mi cuarto, me follaba sola con los dedos o consoladores, rogándole que me dejara venirme.
—Todavía no, perra —decía—. Quiero que sufras. Quiero que esa vagina esté mojada y frustrada pensando en mi verga.
Y yo gemía, lloraba de deseo, me torturaba el clítoris sin permitirme el orgasmo hasta que él, con una señal, me daba permiso. Y cuando me venía, tenía que hacerlo mirando a la cámara, gritando su nombre, diciendo que era su propiedad.
Por años soñé con su verga real. Me masturbaba pensando en cómo sería sentir su semen real dentro de mí, no solo verlo en pantalla. Me ordenaba escribirle por correo detallando mis fantasías: cómo quería que me usara, cómo quería servirle desnuda, cómo quería que me tratara como a una esclava sexual sin derechos.
En enero de este año, Alex me mandó un mensaje corto:
—Compré el pasaje. Llego en septiembre. Prepara tu cuerpo, puta. Un mes entero siendo mi esclava personal.
Me vine ahí mismo, sola en mi cuarto, sin tocarme, solo de la emoción. Tres años esperando esto. Tres años de masturbarme bajo sus órdenes, de dormir con el consolador dentro para «entrenar mi vagina para él», de escribirle fantasías de sumisión. Y ahora iba a ser real.
Los meses previos fueron una tortura excitante. Me ordenó no depilarme durante agosto, quería que llegara con el coño peludo, «como una puta natural». Me ordenó comprar lencería barata, ropa de sirvienta sexy, juguetes anales para que me abriera el culo antes de que llegara. Cada noche era una video llamada donde me hacía entrenar la garganta con consoladores grandes, para poder tragar su verga sin ahogarme.
**LA LLEGADA**
Llegó hace una semana exactamente. Yo estaba en el aeropuerto con el coño mojado, sin ropa interior debajo del vestido, como me ordenó. Cuando lo vi, ese hombre bajito, canoso, con cara de pocos amigos, casi me vengo ahí mismo. No me besó. Me miró de arriba abajo, me agarró del brazo, y al oído me dijo:
—Vamos, puta. Tengo tres años de semen guardado para llenarte.
En el taxi ya me estaba manoseando. Me metió la mano debajo del vestido, sintió que estaba mojada, y me escupió en la cara, delante del taxista que nos miró por el espejo. Yo me limpié la saliva con la mano y me la lamí, humillada y excitada.
Llevamos siete días de este mes de esclavitud real, y cada día es una mezcla de servidumbre y sexo brutal.
**La mañana:**
Despierto a las 6:00 AM, desnuda como debo estar siempre en el apartamento. Alex duerme hasta las 9:00, así que tengo tres horas para preparar todo. Limpio el baño desnuda, preparo su desayuno (huevos, café, fruta), y me aseguro de que todo esté perfecto. A veces, mientras friego los platos, me meto los dedos en la vagina para mantenerla húmeda y lista, como me ordenó.
Cuando despierta, entro a la habitación con el desayuno. Él está en calzoncillos, su verga ya medio dura por la mañana. Me ordena arrodillarme al lado de la cama y chupársela mientras él come. Ahí estoy, desnuda, con el culo en el aire visible desde la puerta, mamándole la verga, tragando su precum, mientras él ignora mi existencia y revisa su celular.
Si se despierta de buen humor, después del desayuno me ordena ponerme en cuatro en la cama y me coge rápido, antes de bañarse. Me mete la verga de una embestida, me agarra de las caderas, y me folla como a una muñeca inflable, sin mirarme a la cara, solo usando mi vagina para sacar la leche de la mañana. Se viene dentro, siempre dentro, y luego me ordena que siga con mis quehaceres con su semen goteándome por las piernas.
**El mediodía:**
Alex sale a caminar o hacer sus cosas, pero a veces me ordena quedarme desnuda en el balcón, donde los vecinos pueden verme, para «exhibir su propiedad». Me quedo ahí, lavando ropa a mano (su ropa interior, siempre a mano), sintiendo los ojos de los vecños en mis tetas y mi culo.
Cuando regresa, alrededor de las 2:00 PM, suele tener hambre de dos cosas: comida y mi culo. Me ordena prepararle un sándwich desnuda, y mientras lo como, yo estoy debajo de la mesa, chupándole la verga. A veces me ordena que me ponga el plug anal durante la comida, para tener mi culo listo.
Después de comer, si quiere siesta, me lleva a la cama. No para dormir juntos, sino para usar mi cuerpo como almohada sexual. Me acuesto boca arriba, él se recuesta parcialmente sobre mí, con su cabeza en mis tetas mientras ve el celular, y yo debo masturbarlo lentamente hasta que se duerma. Si se despierta con la verga dura, me monta y me coge dormilón, a veces sin siquiera mirarme, solo moviendo sus caderas mientras yo aguento su peso.
**La tarde:**
Es el momento de «entrenamiento». Alex me hace ejercicios de sumisión. Me ordena ponerme en posiciones humillantes: en cuatro con el culo en el aire durante media hora mientras él ve televisión, o atada a la cama con las piernas abiertas mientras él se masturba mirándome pero sin tocarme, dejándome frustrada.
A veces, me hace limpiar el apartamento desnuda con el plug anal puesto, y cada vez que paso cerca de él, me da una palmada en el culo o en las tetas, diciéndome que soy una «sirvienta sexual barata».
Si tiene ganas de algo más intenso, me coge el culo. Me ordena ponerme en posición fetal, me escupe el agujero, mete dos dedos ásperos sin delicadeza, y luego me penetra analmente. Me duele siempre, grito, lloro, y eso lo excita más. Me folla el culo diciéndome que mi dolor es su placer, que mi culo es suyo para destrozar, y cuando se viene, lo hace profundo, llenándome de semen, y luego me ordena que me quede así, con el culo abierto y goteando, mientras él se va a duchar.
**La noche:**
Cenamos, yo siempre desnuda, sirviéndole. Después, a veces me ordena que le haga un masaje en los pies mientras él ve televisión, y yo debo hacerlo con el culo expuesto, a veces con la vagina abierta con un especulum si quiere ver dentro de mí mientras relaja.
Antes de dormir, siempre hay una sesión de «revisión». Me examina el cuerpo, revisa mis agujeros, me ordena abrir la vagina con los dedos para ver si todavía está apretada, me revisa el culo. Si está satisfecho, me coge una última vez antes de dormir, usualmente de espaldas, mirándome a los ojos con desprecio, diciéndome que soy su mejor compra, su puta de importación.
Se viene dentro, me deja llena, y me ordena dormir con las piernas abiertas para que su semen se quede dentro toda la noche. A veces, en la madrugada, se despierta con la verga dura y me monta dormida, usando mi vagina como un masturbador, viniéndose dentro y volviendo a dormirse, dejándome llena de su leche dos veces en una noche.
**LOS DÍAS RESTANTES**
Quedan tres semanas más. Tres semanas más de ser su esclava desnuda, de recibir sus órdenes, de sentir su verga real dentro de mí después de años de fantasías. Cuando se vaya, volveré a ser su puta virtual, pero ahora con la memoria de cómo se siente su semen caliente dentro de mi cuerpo, de cómo me trata como a una basura útil, de cómo soy realmente su propiedad.
Soy Tamara, tengo 22 años, y durante este mes soy la esclava sexual completa de Alex, un hombre de 52 años que sabe que mi lugar es servirle y recibir su verga. Y cada día que pasa, mi vagina está más feliz, más usada, más llena de él.

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