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Dominación Hombres, Masturbacion Femenina, Orgias

Nabil una adolescente en el último vagón del metro

Nabil descubre el secreto del último vagón del metro.
Hola me llamo Nabil y tengo 12 años. Soy delgada, de pecho pequeño pero con muslos gruesos y un trasero firme que siempre llama la atención aunque no quiera.

Ayer fue mi primer día de secundaria en la CDMX. El metro está lleno de gente apresurada en las mañanas, todos empujándose para caber como sardinas enlatadas. Yo me agarro fuerte de los pasamanos porque una vez casi me caigo cuando el tren frenó de golpe.

Mi mamá trabaja todo el día en un hospital así que llego a una casa vacía. A veces me da miedo quedarme sola, pero ya me acostumbré. Lo bueno es que puedo ver lo que quiero en mi celular sin que nadie me diga nada.

El otro día encontré unos videos que me hicieron sentir cosas raras. Era un hombre grande, con manos enormes, haciéndole cosas a una chica que gemía como si le doliera pero a la vez no. No entendía bien por qué me gustaba ver eso, sólo sabía que me ponía caliente entre las piernas.

Nose si por ver esos tipos de videos me empezaron a gustar los hombres mayores, pero últimamente cuando voy en el metro no puedo evitar mirar fijamente a los señores con traje. Sus manos grandes, sus voces graves… me dan un cosquilleo en el estómago que no entiendo. Ayer, un señor de unos 40 años se paró muy cerca de mí y su aroma a colonia barata me mareó. Cerré los ojos sin querer y casi tropiezo cuando el tren se movió.

Hoy salí más tarde del colegio porque tuve que quedarme a terminar un trabajo. El metro ya no estaba tan lleno, pero igual me fui hasta el último vagón porque ahí siempre hay menos gente. No me di cuenta al principio, pero había algo raro en el ambiente. Un olor a sudor mezclado con algo dulce que no reconocía. Escuché gemidos ahogados detrás de mí y cuando giré la cabeza, entre las sombras alcancé a ver a una pareja… bueno, más bien a un señor con una chica joven pegada contra la pared del vagón.

Me quedé paralizada. La sangre me latía en las sienes tan fuerte que casi no escuchaba nada más. La chica llevaba el uniforme de una prepa cercana y sus muslos temblaban mientras el hombre, con sus pantalones bajados hasta las rodillas, la empujaba contra él con movimientos bruscos. Debería haber mirado hacia otro lado, debería haberme ido corriendo. Pero algo en mí se prendió como un foco roto que parpadea antes de fundirse.

El tren frenó en la siguiente estación y la sacudida hizo que el hombre se separara de la chica por un segundo. Fue suficiente para que nuestros ojos se encontráramos. Ella me vio mirando, sus labios brillaban húmedos y abiertos. El señor seguía jadeando cuando notó mi presencia también. Sus ojos oscuros me escanearon de arriba abajo, se detuvieron en mis muslos apretados contra el short del uniforme. Sentí que me mojaba entre las piernas de puro nerviosismo.

La chica se acomodó la falda y salió corriendo en la estación. Yo me quedé ahí, clavada en el piso como si mis zapatos escolares se hubieran pegado con cemento. El señor se subió los pantalones lentamente, limpiándose una mano en el muslo. Se acercó a mí y su voz resonó en mis oídos como un bajo distorsionado: «¿Te perdiste, princesa?»

El aire se espesó alrededor mío como si alguien hubiera cerrado todas las ventanas del vagón. La voz del señor tenía ese tono que usan los adultos cuando quieren sonar amables pero saben que no lo son. «No estás en el vagón correcto, ¿verdad?» dijo mientras se limpiaba los dedos en el pañuelo que sacó del bolsillo. Sus ojos no dejaban de bajar hasta mis piernas, donde el short del uniforme se me había arrugado al sentarme.

Quise decir algo, pero solo atiné a tragar saliva. El tren arrancó bruscamente y casi caigo hacia adelante, pero sus manos grandes me agarraron de los hombros. El calor de sus palmas me quemó a través de la tela del uniforme. «Cuidado,» murmuró, y su aliento olía a café barato y cigarrillos. No me soltó inmediatamente. Sus pulgares hicieron círculos pequeños sobre mis clavículas como si estuviera tocando un instrumento delicado.

«T-tengo que bajarme en la siguiente,» mentí, mirando hacia la puerta automática que separaba nuestro vagón del anterior. Allí había gente normal leyendo sus celulares o mirando por la ventana, completamente ajenos a lo que ocurría aquí. El señor siguió mi mirada y sonrió, mostrando unos dientes un poco amarillos. «¿Segura?» preguntó mientras una de sus manos bajaba hasta mi cintura, el dedo índice metiéndose apenas bajo el elástico de mi short. «Parece que te gustó el espectáculo.»

Sentí cómo la humedad entre mis piernas se hacía más evidente. Mis muslos se apretaron instintivamente, pero eso solo hizo que su dedo rozara el borde de mi ropa interior. Un escalofrío me recorrió la espalda. «No sé de qué habla,» murmuré, pero el temblor en mi voz me delataba. Él se rió bajo, un sonido que resonó en mi estómago como una nota grave.

La mano que tenía en mi cintura se deslizó hacia atrás hasta posarse sobre mi trasero, apretando con firmeza. «Mentirosa,» susurró contra mi oreja mientras el tren doblaba una curva y nuestros cuerpos se aplastaron uno contra el otro. Pude sentir algo duro presionando mi muslo a través de sus pantalones. El pánico y la excitación se mezclaron en mi garganta como un caramelo ácido que no podía tragar.

«Quieres intentarlo tambien» — las palabras se quedaron suspendidas en el aire como humo de cigarrillo, pesadas y dulzonas. Mis labios temblaron al abrirse, pero antes de que pudiera responder, el tren frenó bruscamente en otra estación. La inercia me lanzó contra su pecho, y olí su colonia mezclada con el sudor bajo la camisa de vestir. Sus manos me sujetaron las caderas con una firmeza que me hizo contener el aire.

La puerta se abrió con un silbido. Alguien tosió al pasar junto a nosotros, pero ni siquiera giré la cabeza. El señor no apartaba los ojos de mí, como si estuviera descifrando algo escrito en mi piel. «No… no debería,» balbuceé, pero mis piernas no se movían. Sus dedos, todavía enroscados en el elástico de mi short, el vagon quedó medio vacion, estando nosotros 2 y el señor que acaba de entrar.

El nuevo señor que entró al vagón llevaba una camisa azul manchada de sudor bajo los brazos. Sus ojos saltaron de mí al otro hombre, luego bajaron hasta donde la mano del primero aún se aferraba a mi cintura. El aire se cargó de electricidad estática. «Parece que llegué tarde a la fiesta,» dijo con una risa áspera mientras se ajustaba el cinturón.

«Aun estas a tiempo» — las palabras del primer señor resonaron mientras su mano se deslizaba por mi muslo, los dedos encontrando el calor húmedo a través de la tela delgada de mi ropa interior. El recién llegado cerró la distancia en tres pasos largos, su sombra cubriéndome por completo. Olía a gasolina y mentol, como si hubiera fumado mientras llenaba el tanque de su coche.

El segundo señor se llevó dos dedos a la boca, los chupó con un ruido húmedo y luego los pasó por mi cuello. «Chiquita pero bien formada,» murmuró, y su voz sonó como arena en un motor. Sentí sus uñas rasguñándome la clavícula cuando el tren arrancó de nuevo, haciéndonos tambalear. El primer hombre me apretó contra su cuerpo para que no cayera, y ahí sentí su erección dura contra mi estómago.

Senti como el hombre que me tenia sujeto por atras me bajaba mi ropa interior, mientras en de enfrente me dio un beso en mi cuello, mientras me manoseaba mis pechos a traves de mi blusa escolar. Mi respiracion se agitaba cada vez mas mientras sus lenguas jugueteaban con mis orejas, dejandome paralizada entre ellos. «Miren nada mas como tiemblas, seguro es tu primera vez verdad?» dijo el mas alto mientras desabotonaba mi blusa, dejando mi sostén al descubierto.

El de atras no perdio tiempo y empezo a acariciar mis nalgas con sus manos grandes, mientras yo no podia evitar gemir levemente. «Nos vas a dejar probar esta fruta tan jugosa?» susurro el otro mientras bajaba mi short hasta los tobillos. El aire frio del vagón me hizo estremecer cuando quedé completamente expuesta ante ellos, solo con mi sostén y calcetines blancos escolares.

Sentia algo duro y caliente entre mis muslos, mientras el otro hombre bajaba mi cabeza asta su cintura, y podia ver un gran bulto entre sus pantalones. Uno de ellos me agarro del cabello y me acerco asta su entrepierna, oliendo ese aroma masculino mezclado con sudor que me mareaba. «Abre la boca, nena,» ordeno el de camisa azul mientras desabrochaba su cinturon con la otra mano. Mis labios temblaron al obedecer, y de pronto senti como algo grueso y salado llenaba mi boca hasta el fondo de mi garganta.

Gemí ahogada mientras los dedos del otro hombre exploraban entre mis piernas, encontrando mi humedad con facilidad. «Mierda, está empapada,» murmuró contra mi cuello mientras empujaba dos dedos dentro de mí sin previo aviso. El dolor agudo se mezcló con una sensación extrañamente placentera que me hizo arquear la espalda. El tren tomó una curva brusca y los tres nos tambaleamos, haciendo que el pene en mi boca se hundiera más profundamente, mientras el pene en mi trasero se undio en mi vagina.

El hombre frente a mí sujetó mis coletas como riendas mientras comenzaba a empujar hacia adentro y afuera de mi boca, cada embestida enviando oleadas de náuseas y placer contradictorios por mi cuerpo. Detrás de mí, los dedos del segundo señor se habían retirado solo para ser reemplazados por algo mucho más grande—lo sentí presionando contra mi entrada, tan caliente que quemaba a través del aire frío del vagón. «Respira, putita,» gruñó el de atrás mientras sus manos me agarraban las caderas con fuerza suficiente para dejar moretones.

El dolor fue agudo y cegador cuando él entró de un solo empujón. Grité alrededor del pene en mi boca, las lágrimas saliendo a chorros mientras mis uñas se clavaban en los muslos del hombre frente a mí. Él solo se rió y me jaló más cerca por el cabello, sus bolas golpeando mi barbilla con cada movimiento. «Así se rompen las colegialas,» murmuró el de atrás mientras comenzaba a moverse, cada sacudida del tren haciendo que su empuje fuera más profundo, más brutal.

El dolor inicial fue como un cuchillo al rojo vivo que me partía en dos, pero algo dentro de mí se adaptó con una velocidad que me asustó. Los gemidos ahogados que salían de mi garganta alrededor del pene del señor ya no eran solo de dolor—una humedad cálida corría por mis muslos, mezclándose con el sudor que goteaba de sus testículos contra mi barbilla. El hombre de atrás jadeaba como un animal, sus dedos hundiéndose en la carne de mis caderas mientras el ritmo de sus empujes se volvía más errático. «Mírala, se está viniendo la muy zorrita,» gruñó contra mi nuca, y fue entonces cuando sentí la contracción involuntaria en mi vientre, las sacudidas eléctricas que me hicieron morder involuntariamente el miembro en mi boca.

El señor frente a mí maldijo y me golpeó la mejilla con su mano abierta. El sonido resonó en el vagón casi vacío. «Así no, perra,» escupió mientras me obligaba a tragar más profundamente, su grueso pulgar presionando contra mi tráquea. Las lágrimas nublaron mi visión cuando sentí el primer chorro caliente golpeando la parte posterior de mi garganta. Tragué por instinto, el sabor salado y amargo haciéndome arcadas, pero él no me soltó hasta vaciarse por completo. Cuando finalmente se separó, babas y semen me corrían por la barbilla, pegajosas bajo la luz fluorescente del metro.

Detrás de mí, el otro hombre había cambiado de ángulo—ahora levantaba una de mis piernas con su brazo, permitiéndole hundirse hasta el fondo con cada embestida. Podía sentir cómo su vientre peludo golpeaba mis nalgas con un sonido húmedo, cómo sus bolas se tensaban contra mis labios hinchados. «Aquí viene, putita,» gruñó, y de pronto sus manos me sujetaron con una ferocidad que me dejó sin aire. Sentí el líquido caliente llenándome en pulsaciones gruesas, tan abundante que goteó por mis muslos cuando finalmente se retiró.

El vagón olía a sexo y sudor, a colonia barata mezclada con mis fluidos. Me dejaron caer sobre el suelo pegajoso, mis rodillas temblorosas incapaces de sostenerme. El señor de la camisa azul se abrochaba los pantalones con movimientos perezosos mientras miraba cómo el semen se escapaba de mí y formaba un charco entre mis pies descalzos. «Buena alumna,» dijo con una risa corta antes de escupir al suelo cerca de mi cara. El otro solo se ajustó el cinturón y revisó su reloj como si esto fuera una parada rutinaria en su viaje a casa.

El tren comenzó a disminuir la velocidad al aproximarse a la siguiente estación. Ellos se encaminaron hacia la puerta sin mirar atrás, sus siluetas borrosas a través de mis pestañas húmedas. El de atrás se detuvo un momento para arrojar un pañuelo usado a mis pies. «Limpia esa cara de golfa antes de que te vea tu mamá,» fue lo último que escuché antes de que las puertas se abrieran y desaparecieran en el andén.

Quede sola en el vagón, temblando en el suelo con las piernas abiertas, sintiendo cómo su semen caliente escurría entre mis muslos. El pañuelo arrugado a mis pies olía a sudor y colonia barata. Con manos temblorosas lo tomé y me limpié la cara primero, luego entre las piernas, donde todo ardía como si me hubieran frotado con lija.

El tren se detuvo en mi estación y salí tambaleándome, tratando de caminar derecha mientras el dolor punzante en mi entrepierna me recordaba cada paso. Afuera, la noche ya había caído y las luces de la calle parpadeaban como ojos maliciosos. Me ajusté el sostén que colgaba de un hombro y subí el short que aún olía a sexo y manos ajenas.

En mi rostro tenia una expresión de felicidad, aunque mi cuerpo estaba dolorido. El semen de ambos hombres seguía saliendo de mis hoyos y cayendo en mi ropa interior. Me bajé del tren tambaleándome, cada paso hacia la salida de la estación me recordaba lo que acababa de pasar. La gente pasaba a mi lado sin mirarme, como si fuera invisible. Me ajusté el short con manos temblorosas y noté que el elástico estaba estirado, roto en un lado.

El camino a casa nunca me había parecido tan largo. Cada esquina que doblaba, cada farol que pasaba, sentía sus miradas pegadas a mi cuerpo. ¿O era mi imaginación? Me tocaba la nuca donde aún sentía el ardor de sus mordiscos, los moretones empezaban a formarse bajo mi blusa desgarrada. El viento nocturno me hacía estremecer al pasar entre mis piernas húmedas.

Al abrir la puerta de mi casa, como siempre sola, no desaproveche para esa oportunidad, en mi cuarto sola quede desnuda frente al espejo, observando los moretones que dejaron los hombres en mi cuerpo, mientras seguía goteando semen de mi vagina.

Mis manos temblorosas se deslizaron por mis labios rosados empapados de semen, sintiendo el líquido espeso y salado entre mis dedos, me lleve ese líquido a mi boca, un sabor salado que me encanto, espero volver salir tarde para regresar a ese vagon.

8 Lecturas/22 junio, 2026/0 Comentarios/por Kique69
Etiquetas: colegio, culo, joven, mayores, semen, sexo, vagina, viaje
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